El caso de la casa de al lado XLI. HISTORIA SECRETA #5
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XLI. HISTORIA SECRETA #5

»Me han preguntado a mí, y también a la señorita Butterworth, cómo explicamos, a la luz de lo que ahora sabemos sobre la presencia allí de aquella pobre víctima, que estuviera a oscuras y mostrara tan poco temor ante nuestra entrada y la aproximación del señor Stone.

Yo lo explico de este modo: en la chimenea del salón se encontraron dos cerillas a medio quemar.

Una la arrojé yo; la otra la habría utilizado ella para encender el gas del comedor.

Si aún estaba encendido cuando llegamos en el coche, como pudo ser, entonces, alarmada por el ruido del carruaje al detenerse, lo había apagado con la vaga idea de ocultarse hasta saber si quien llegaba era el anciano o solo su marido, suspicaz e irrazonable.

Si no estaba encendido, probablemente se despertó de un sueño en el sofá del salón y, por el momento, estaba demasiado aturdida para gritar o rechazar un abrazo que no tuvo tiempo de comprender antes de sucumbir a la cruel estocada que la mató.

La señorita Butterworth, sin embargo, cree que la pobre criatura tomó al intruso por Franklin hasta que oyó mi voz, momento en que probablemente quedó tan asombrada que se paralizó en cierta medida y le resultó imposible moverse o gritar.

Como la señorita Butterworth es una mujer de gran discernimiento, consideraría su explicación la más acertada si no la creyera un poco predispuesta contra la señora Van Burnam.

»Pero vuelvo a mí misma.

»Con el primer vislumbre de luz que entró por los postigos cerrados, me levanté y emprendí mi terrible tarea.

Sostenida por un propósito tan implacable como el que había empujado al autor de aquel horror al asesinato, desnudé el cadáver y le puse mi propia ropa, con la única excepción de los zapatos.

Después, cuando me hube vestido con la suya, me armé de valor y, de un tirón desesperado, derribé el armario sobre ella para que su rostro perdiera sus rasgos y resultara imposible identificarla.

»Cómo tuve fuerzas para hacerlo y cómo pude contemplar el resultado sin gritar es algo que ahora no puedo imaginar.

Quizá apenas era humana en aquel trance; quizá algo del demonio que lo había animado a él en su espantosa tarea había entrado en mi pecho, haciendo posible aquello.

Solo sé que hice lo que he dicho y lo hice con calma.

Más aún: que me quedaron mente y juicio para atender a mi propio aspecto.

Al observar que el vestido que me había puesto era de unos cuadros llamativos, cambié de lugar la falda con las enaguas de seda marrón que llevaba debajo y, al advertir que asomaba por debajo de la otra, como era natural, recorrí la casa hasta encontrar unos alfileres con los que la recogí para ocultarla.

Vestida así, seguía siendo alguien que llamaría la atención, sobre todo porque no tenía sombrero que ponerme; el mío se me había caído de la cabeza y había quedado cubierto por el cuerpo de la muerta, que nada me habría inducido a mover de nuevo.

»Pero confiaba en mis propias facultades para eludir preguntas, templados como estaban todos mis nervios por lo terrible de mi situación, y, en cuanto estuve en condiciones decorosas para huir, abrí la puerta principal y me dispuse a escabullirme.

»Pero entonces el intenso miedo que sentía hacia mi marido, un miedo que había impulsado todos mis movimientos y me había sostenido en una tarea tan atroz como jamás hubiera realizado mujer alguna, se apoderó de mí con renovada fuerza, y flaqueé ante la perspectiva de salir sola a la calle.

¡Y si estaba en la escalinata! ¡Y si estaba incluso en una ventana de enfrente!

¿Podría volver a encontrarme con él y vivir?

No estaba lejos, o eso sentía yo. Un asesino, según se dice, no puede evitar rondar el escenario de su crimen, y, si me viera viva y sana, ¿qué no podría esperar de su asombro y su alarma?

No me atrevía a salir. Pero tampoco me atrevía a quedarme, así que, después de temblar durante unos buenos cinco minutos en el umbral, me lancé desesperadamente a través de la puerta.

»No había nadie a la vista y llegué a Broadway antes de encontrarme con hombre o mujer alguno.

Aun entonces conseguí pasar sin que nadie me hablara y, favorecida por la Providencia, encontré un rincón al fondo de un callejón donde permanecí sin ser descubierta hasta que estuvo lo bastante avanzada la mañana para entrar en una tienda y comprar un sombrero.

»El resto de mis movimientos se conoce. Llegué a casa de la señora Desberger, esta vez sin interrupciones, y desde allí busqué y encontré un puesto con la señorita Althorpe.