XLI. HISTORIA SECRETA #3
»Su primer impulso fue reunirse con él, pero, al no encontrar en el armario más que un viejo guardapolvo, abandonó aquella intención y, poniéndose aquella prenda raída, pero protectora, se encaminó a sus habitaciones, sin sospechar el rumbo de duplicidad y crimen por el que estaba destinada a conducirlo.
Porque atribuyo la tentación de asesinar de John Randolph al hecho de llevar aquel viejo guardapolvo precisamente aquella mañana, por inocente que fuera la ocasión.
Si hubiera salido sin él, habría seguido su camino habitual por Broadway y nunca se habría encontrado conmigo ; o, aunque hubiese dado el mismo rodeo hacia sus habitaciones que condujo a nuestro encuentro, jamás se habría atrevido, con su elegante ropa habitual, tan llamativa, a emprender unas medidas que, como es lo bastante inteligente para saber, conducen a la deshonra cuando no terminan en la celda de un criminal.
Fue, pues, John Randolph, o Randolph Stone, como tiene a bien llamarse en Nueva York, y no Franklin Van Burnam —que sin duda se había dirigido hacia otro lugar—, quien llegó al sitio donde había estado Howard, vio las llaves que este había dejado caer y se las metió en el bolsillo.
Fue una acción tan inocente como ponerse el guardapolvo y, sin embargo, estuvo preñada de las peores consecuencias para él y para otros.
»Como tenía la misma estatura y el mismo color de tez que Franklin Van Burnam, y ambos caballeros llevaban entonces bigote —mi marido se lo afeitó después del asesinato—, los errores surgidos de aquel extraño atuendo fueron muy naturales.
Vistos de espaldas o en la penumbra de la recepción de un hotel, podían parecerse, aunque para mí, o para cualquiera que los estudiase bien, sus rostros son en realidad muy distintos.
»Pero volvamos al relato. Me condujo por calles que yo desconocía y, al poco rato, se detuvo ante la entrada de un gran hotel.
»“Mira, Olive —dijo—, lo mejor será que entremos aquí, tomemos una habitación y encarguemos lo que necesites para parecer una dama”.
»Como no tenía nada que objetar a cuanto me mantuviese a su lado, le dije que lo que a él le pareciera bien me parecía bien a mí y lo seguí con entusiasmo hasta la recepción.
Entonces no sabía que aquel hotel era de segunda categoría, pues no había conocido los mejores; pero, de haberlo sabido, no me habría extrañado su elección, ya que nada había en su aspecto, como ya he indicado, ni en sus modales hasta aquel momento, que me hiciese pensar que era uno de los grandes elegantes de la ciudad y que solo en un establecimiento tan poco distinguido como aquel podría pasar sin ser reconocido.
No puedo explicar cómo, con sus facciones tan marcadamente hermosas y su porte distinguido, logró comportarse de modo que pareciera un hombre de educación inferior, como tampoco puedo explicar el singular cambio que se produjo en él una vez que se encontró entre la gente que holgazaneaba por aquella recepción.
»De hombre capaz de atraer todas las miradas pasó a ser de inmediato uno que no atraía ninguna, y se encorvó y pareció tan vulgar que lo miré con asombro, sin pensar que había adoptado aquellos modales como disfraz. Al verme desconcertada, habló con bastante autoridad:
»“Guardemos nuestro secreto, Olive, hasta que puedas presentarte en sociedad hecha y derecha. Y oye, querida, ¿quieres ir al mostrador y pedir una habitación? No tengo habilidad para esas cosas”.
»Confundida por una proposición tan inesperada, pero demasiado hechizada por mis sentimientos para discutir sus deseos, balbuceé:
»“¿Y si me piden que me inscriba en el registro?”.
»Entonces me dirigió una mirada que me recordó los antiguos días de Michigan y se burló con calma:
»“Dales un nombre falso. A estas alturas ya has aprendido a escribir, ¿no?”.
»Herida por su sarcasmo, pero más enamorada que nunca de él, porque su momentánea muestra de pasión le había dado un aspecto a la vez dominante y hermoso, me acerqué al mostrador para obedecerlo.
»“¡Una habitación!”, dije; y, cuando me pidieron que escribiera nuestros nombres en el libro que tenía delante, puse el primero que se me ocurrió. Escribí con los guantes puestos, y por eso la letra resultó tan extraña que se tomó por una caligrafía disimulada.
»Hecho esto, volvió a mi lado y subimos la escalera; yo estaba demasiado feliz de estar de nuevo en su compañía para extrañarme de sus peculiaridades o sopesar las consecuencias de la confianza ciega que le concedía.
Estaba otra vez desesperadamente enamorada y me sumaba a todos sus planes sin pensar en nada más allá del gozoso presente.
Estaba tan guapo sin sombrero; y cuando, después de una breve demora, se quitó el guardapolvo, me sentí por primera vez en mi vida en presencia de un caballero perfecto.
Además, sus modales habían cambiado tanto.
Se parecía tanto al de antes, a su mejor versión; se parecía tan peligrosamente al que había sido en aquellas horas, desvanecidas hacía tanto, bajo los pinos de mi hogar barrido por la arena a orillas del lago Michigan.
Que vacilase a veces y se hundiera en extraños intervalos de silencio, en los que había algo que me hacía respirar entrecortadamente, no despertaba mis temores ni suscitaba en mí más que una curiosidad pasajera.
Creía que lamentaba el pasado, y cuando, después de una de aquellas pausas en nuestra conversación, sacó del bolsillo un par de llaves atadas con un cordel y examinó la tarjeta que llevaban sujeta con una extraña mirada, que ahora me resulta muy fácil comprender, yo me limité a reírme de su distracción y a prodigarle una nueva caricia para que recordase mejor mi presencia.
»Aquellas llaves eran las que había dejado caer el marido de la señora Van Burnam y que él había recogido antes de encontrarse conmigo; y, después de volver a guardárselas en el bolsillo, se mostró más hablador que antes y más metódicamente enamorado.
Creo que hasta aquel momento no había visto con claridad su camino, aquel camino oscuro y terrible que debía terminar, según él suponía, en mi muerte.
»Pero yo no temía nada, no sospechaba nada.
Una maldad tan honda y desesperada como la que estaba planeando quedaba más allá de los vuelos más desenfrenados de mi imaginación.
Cuando insistió en encargar para mí un juego completo de ropa y cuando, al dictado suyo, escribí una lista de los artículos que quería, creí que lo movía su deseo, como marido, de verme vestida con prendas compradas por él.
Que todo fuera un plan para despojarme de mi identidad no podía ocurrírsele a una mente como la mía; y cuando llegaron los paquetes y él los recibió de la manera furtiva que el público ya conoce, no vi en sus precauciones más que un juguetón despliegue de misterio que terminaría con mi novelesca instalación en un hogar de amor y de lujo.
»O, mejor dicho, así es como explico ahora mi conducta; y, sin embargo, la precaución que tomé de no cambiarme los zapatos en los que llevaba escondido mi dinero quizá indique que no carecía de alguna duda íntima sobre su completa sinceridad.
Pero, si fue así, me la oculté a mí misma y, según tengo todos los motivos para creer, también a él, justificando sin duda mi proceder al pensar que unos cuantos dólares propios no me vendrían mal, aunque él fuera mi marido y me hubiera prometido placeres y comodidades sin fin.
»Más de una vez me había asegurado que se proponía hacerme feliz.
De hecho, llevábamos poco tiempo en aquella habitación de hotel cuando me informó de que me aguardaban grandes experiencias; que había prosperado mucho en los últimos cinco años y que ahora tenía una casa propia que ofrecerme y un amplio círculo de amigos que harían agradable nuestra vida en ella.
»“Esta noche iremos a nuestra casa —dijo—. Últimamente no he vivido en ella y quizá la encuentres un poco incómoda, pero mañana lo remediaremos. Cualquier cosa es mejor que quedarnos aquí con un nombre falso, y no puedo llevarte a mis habitaciones de soltero”.
»Había dudado de algunas de sus afirmaciones anteriores, pero aquella la creí sin reservas.
¿Por qué no iba a tener casa propia un hombre tan elegante?
Y, si me hubiera dicho que estaba construida en mármol y adornada con tapices florentinos, también lo habría creído.
Me encontraba en un país de hadas, y él era mi caballero de novela, incluso cuando volvió a agachar la cabeza al salir del hotel y pareció de nuevo tan vulgar y tan poco interesante.
»Acepté con la misma falta de sospecha la estratagema de la que se valió para cortar toda relación entre nosotros y el señor y la señora James Pope que se habían inscrito en el Hotel D——.
Que no quisiera llevar ningún recuerdo de nuestra antigua vida a nuestro nuevo hogar me pareció una deliciosa locura y, cuando propuso que legásemos mi impermeable y su guardapolvo, que tanto afeaba su aspecto, al cochero en cuyo coche viajábamos, me reí alegremente y lo ayudé a doblarlos y colocarlos debajo de los cojines, aunque sí me pregunté por qué cortaba un trozo del cuello del primero y puse mala cara, con la alegre libertad de una mujer segura de sí misma, cuando dijo:
»“Es lo primero que te he comprado, y soy lo bastante tonto para querer conservar este pedacito como recuerdo. ¿Te molesta, querida?”.
»Como era consciente de albergar una locura semejante respecto de él y habría sido capaz de estrechar contra mi corazón hasta aquel viejo guardapolvo suyo, le ofrecí un beso, dije que no y él se guardó el retal en el bolsillo.
No se me ocurrió que era el trozo en el que estaba estampado el nombre del establecimiento donde lo habíamos comprado.