El caso de la casa de al lado XLI. HISTORIA SECRETA #2
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XLI. HISTORIA SECRETA #2

»Mis recursos procedían de mi padre, que ahora, cuando ya era demasiado tarde, veía la necesidad de que me instruyera.

Lo que estudié aquel primer año fue asombroso, pero no fue nada comparado con lo que hice el segundo, porque las cartas de mi marido habían empezado a escasear y me veía obligada a trabajar para ahogar la pena y alejarme de la desesperación.

Por fin dejaron de llegar cartas y, cuando terminó el segundo año y al menos podía expresarme correctamente, desperté a la certeza de que, por lo que a mi marido se refería, todo aquel esfuerzo había sido en vano y de que, a menos que por alguna afortunada casualidad encontrase una pista de su paradero en el gran mundo más allá de nuestra pequeña localidad, probablemente pasaría el resto de mis días en la viudez y la desolación.

»Mi padre murió por entonces y me dejó mil dólares, y no supe emplearlos mejor que en la desesperanzada búsqueda que acabo de mencionar.

Así pues, después de su entierro me puse en camino, ganando experiencia con cada milla.

No llevaba ni una semana fuera cuando comprendí la necedad en que había incurrido al esperar volver a ver a John Randolph a mi lado.

Vi los hogares en que vivían hombres como él y conocí en trenes y vapores a la clase de personas con quienes debía relacionarse para ser feliz, y pareció abrirse entre nosotros un abismo que ni siquiera un amor como el mío podría salvar.

»Pero, aunque así se hundiera la esperanza en mi pecho, no perdí mi antigua ambición de hacerme tan digna de él como las circunstancias permitieran.

Solo leía los mejores libros y solo me permitía conocer a las mejores personas; y, al verme apreciada por ellas, la torpeza de mis modales fue desapareciendo poco a poco y empecé a sentir que llegaría el día en que todos me reconocerían como una dama.

»Entretanto no avanzaba un ápice en el objeto de mi viaje; y, al fin, perdida toda expectativa de volver a ver a mi marido, me dirigí a Toledo.

Allí encontré pronto empleo y, lo que era aún mejor para alguien de mis ambiciosas inclinaciones, una oportunidad de añadir a mis conocimientos el francés y la música.

Aprendí francés de la familia con la que vivía, y música de un profesor de la misma casa, cuyo amor por su arte predilecto era tan grande que le procuraba una sencilla felicidad transmitirlo a alguien tan ávida de mejorar como yo.

»Allí, con el tiempo, aprendí también mecanografía, y fue con el propósito de buscar empleo en ese oficio por lo que finalmente vine a Nueva York. Esto ocurrió hace tres meses.

»Cuando llegué no conocía la ciudad en absoluto y, durante uno o dos días, anduve de un lado a otro buscando una casa de huéspedes adecuada.

Fue mientras me dirigía a casa de la señora Desberger cuando vi venir hacia mí a un caballero en cuyo porte y modales advertí un parecido con el marido que unos cinco años antes me había abandonado.

La conmoción fue demasiado grande para que pudiera dominarme.

Temblando de pies a cabeza, me quedé esperando a que se acercase y, cuando llegó junto a mí y vi por el sobresalto con que me reconoció que era él en efecto, lancé un grito y me arrojé sobre su brazo.

El respingo que dio no fue nada comparado con la expresión espantosa que cruzó su rostro al encontrarse conmigo; pero atribuí ambas cosas a la sorpresa, aunque ahora estoy convencida de que nacían de las emociones más hondas y peores de que es capaz un hombre.

»“¡John! ¡John!”, exclamé, y no pude decir más, porque las agitaciones de cinco años solitarios y desesperados me ahogaban; pero él estaba enteramente mudo, abrumado, no lo dudo, más allá de lo que yo podía imaginar.

¿Cómo iba a soñar que, en consideración, poder y prestigio, había avanzado aún más deprisa que yo, y que en aquel mismo momento no solo era el ídolo de la sociedad, sino que estaba a punto de unirse a una mujer —no diré de casarse con ella, pues no podía hacerlo mientras yo viviera— que lo convertiría en el envidiado poseedor de millones?

Semejante fortuna, semejante audacia, sí, y semejante depravación, quedaban fuera del alcance de mi imaginación; y, aunque pensaba que su alegría era menor que la mía, no soñaba que mi existencia amenazara todas sus esperanzas y que, durante aquel momento de silencio, estuviera sondeando su propia naturaleza en busca de medios para librarse de mí, aun a costa de mi vida.

»Su primer movimiento fue apartarme de un empujón, pero yo me aferré a él con más fuerza; entonces cambió por completo de actitud y empezó a hacer esfuerzos inútiles por calmarme y sacarme de allí.

Viendo que aquellos intentos no daban resultado, palideció y alzó el brazo con violencia, pero enseguida volvió a bajarlo y, mirando a un lado y a otro, rompió de pronto a reír a carcajadas y se convirtió de nuevo, como por el toque de una varita mágica, en mi antiguo enamorado.

»“¡Pero, Olive! —exclamó—. ¡Pero, Olive! ¿Eres tú? —¿He dicho que me llamaba Olive?—. ¡Qué feliz encuentro, querida! No sabía lo que me había faltado todos estos años, pero ahora sé que eras tú. ¿Vendrás conmigo o voy yo contigo a tu casa?”.

»“No tengo casa —dije—; acabo de llegar a la ciudad”.

»“Entonces solo veo una alternativa”. Sonrió, ¡y qué poder tenía su sonrisa cuando quería ejercerlo! “Tienes que venir a mis habitaciones; ¿estás dispuesta?”.

»“Soy tu esposa”, respondí.

»Para entonces me había cogido del brazo, y el movimiento de rechazo que hizo al oír aquellas palabras fue muy perceptible; pero su rostro seguía sonriendo, y yo estaba demasiado loca de alegría para observarlo con espíritu crítico.

»“Y te has convertido en una esposa muy bonita y encantadora”, dijo, haciéndome avanzar unos pasos. De pronto se detuvo, y sentí que la antigua sombra volvía a caer entre nosotros. “Pero tu vestido está muy raído”, observó.

»No lo estaba; ni de lejos estaba tan raído como el guardapolvo de lino que llevaba él.

»“¿Llueve?”, preguntó, levantando la mirada al caer una o dos gotas.

»“Sí, está lloviendo”.

»“Muy bien; entremos en esta tienda a la que nos acercamos y compremos un impermeable ligero. Así se tapará tu vestido. No puedo llevarte a mi casa vestida como estás”.

»Sorprendida, pues había creído que mi vestido era muy pulcro y propio de una dama, pero sin soñar siquiera con cuestionar su gusto, como tampoco lo había hecho en los antiguos días de Michigan, entré con él en la tienda que había señalado y me compré un impermeable, que pagó él.

Cuando me hubo ayudado a ponérmelo y atado bien el velo sobre el rostro, pareció sentirse más cómodo y me ofreció el brazo con bastante alegría.

»“Ahora —dijo— tienes buen aspecto, pero ¿qué pasará cuando debas quitarte el impermeable? Te diré lo que hay, querida: tendrás que renovar por completo tu vestuario para que yo quede satisfecho”.

Y de nuevo lo vi lanzar a su alrededor aquella mirada furtiva e inquisitiva que me habría causado más sorpresa de la que me causó si hubiera sabido que nos encontrábamos en una parte de la ciudad donde tenía muy pocas probabilidades de tropezarse con algún conocido.

»“Este viejo guardapolvo que llevo —dijo de pronto entre risas— es un compañero muy apropiado para tu impermeable”; y, aunque no estaba de acuerdo con él, porque mi ropa era nueva y la suya vieja y raída, también me reí, sin soñar con mal alguno.

»Como aquella prenda que tanto alteraba su aspecto aquella mañana ha dado lugar a muchas especulaciones falsas por parte de quienes tenían el cometido de investigar el crimen con el que está tan desgraciadamente relacionada, bien puedo explicar aquí y ahora por qué un caballero tan escrupuloso como Randolph Stone llegó a llevarla.

El caballero llamado Howard Van Burnam no fue la única persona que visitó las oficinas de los Van Burnam la mañana anterior al asesinato.

Randolph Stone también estuvo allí, pero no vio a los hermanos, pues, al encontrarlos encerrados juntos, decidió no interrumpirlos.

Como los visitaba a menudo, su presencia no suscitó comentarios ni nadie reparó en su partida.

Después de bajar la escalera que separaba las oficinas de la calle, estaba a punto de salir del edificio cuando advirtió el aspecto amenazador de las nubes.

Vestido como iba para almorzar con la señorita Althorpe, no quería mojarse, de modo que retrocedió al pasillo contiguo y empezó a buscar a tientas un paraguas en un pequeño armario bajo la escalera donde ya había encontrado uno en otra ocasión.

Mientras lo hacía, oyó bajar y salir al menor de los Van Burnam y, comprendiendo que ahora podría ver a Franklin sin dificultad, estaba a punto de volver a subir cuando oyó que también aquel caballero bajaba y seguía a su hermano a la calle.