XXXIX. EL OJO VIGILANTE
Como me despedí de la señorita Oliver en la escalinata de la señora Desberger y no volví a visitarla en aquella casa, introduciré el informe de una persona mejor situada que yo para observar a la muchacha durante los días siguientes.
Es evidente que esa persona era una mujer al servicio de la policía y que, como tal, quizá no cuente con la aprobación de ustedes; pero sus palabras son de interés, como podrán comprobar:
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«Viernes, por la tarde.
»La vigilada ha salido hoy en compañía de una mujer mayor de aspecto respetable. Dicha mujer lleva bucles abultados y se mueve con gran precisión. Lo consigno por si resultase necesario identificarla.
»Me habían advertido de que la señorita O.
probablemente saldría y, como el hombre encargado de vigilar la puerta principal estaba en su puesto, aproveché su ausencia para hacer un pequeño y cuidado agujero en el tabique que separa nuestras dos habitaciones, a fin de no verme obligada a ofender a mi vecina con visitas demasiado frecuentes.
Hecho esto, aguardé su regreso, que se retrasó hasta casi el anochecer.
Cuando entró, llevaba los brazos llenos de paquetes.
Los metió en un cajón de la cómoda, excepto uno, que colocó con sumo cuidado debajo de la almohada.
Me pregunté qué podía contener, pero su tamaño y su forma no me dieron indicio alguno.
Al quitarse el sombrero, sus modales eran más feroces que antes, y una extraña sonrisa, que no había observado previamente en sus labios, daba mayor fuerza a su expresión.
Pero se desvaneció después de la cena, y pasó una noche inquieta.
La oía pasear por la habitación mucho después de la hora en que juzgué prudente retirarme, y a intervalos, durante la noche, me perturbaban sus gemidos, que no eran los de una persona enferma, sino los de alguien muy afligido de espíritu.
»Sábado.
»La vigilada, tranquila. Pasa la mayor parte del tiempo sentada ante el fuego, con las manos enlazadas sobre la rodilla.
Da frecuentes sobresaltos, como si despertara de pronto de una absorbente cadena de pensamientos.
Un ser lastimoso, sobre todo cuando la acomete el terror, cosa que ocurre de vez en cuando.
Hoy no ha salido a pasear ni ha recibido visitas.
En una ocasión la oí pronunciar unas palabras en una lengua extraña, y en otra se irguió ante el espejo con tal dignidad que me sorprendió el distinguido aspecto que ofrecía.
El fuego de sus ojos en aquel momento era notable.
No me sorprendería ninguna acción que pudiera emprender.
»Domingo.
»Hoy ha estado escribiendo. Pero, cuando hubo llenado varias páginas de papel de cartas, de pronto las rompió todas y las arrojó al fuego.
El tiempo parece pasarle muy despacio, pues cada pocos minutos se acerca a la ventana, desde la que se ve a lo lejos el reloj de una iglesia, y suspira al apartarse.
Más escritura por la noche y algunas lágrimas.
Pero quemó lo escrito, como antes, y las lágrimas cesaron con una risa que augura poco bueno a la persona que la provocó.
Ha sacado el paquete de debajo de la almohada y lo ha puesto en algún lugar que no es visible desde mi mirilla.
»Lunes.
»La vigilada ha vuelto a salir hoy; ha estado fuera unas dos horas o más.
A su regreso se sentó ante el espejo y empezó a peinarse.
Tiene un hermoso cabello y probó a arreglárselo de varias maneras.
Ninguna pareció satisfacerla, y volvió a deshacérselo y lo dejó suelto hasta la hora de la cena, cuando lo recogió en su sencillo moño habitual.
La señora Desberger pasó unos minutos con ella, pero su conversación distó mucho de ser confidencial y, por tanto, careció de interés.
Ojalá la gente hablara más alto cuando habla sola.
»Martes.
»Gran inquietud por parte de la joven a la que vigilo. No hay sosiego para ella ni para mí y, sin embargo, no hace nada, y hasta ahora no me ha proporcionado ninguna pista sobre sus pensamientos.
»Esta noche han traído una caja enorme a la habitación.
Pareció causarle espanto más que placer, pues retrocedió al verla y aún no ha intentado abrirla.
Pero sus ojos no se han apartado de ella desde que la dejaron en el suelo.
Parece una caja de modista, pero ¿por qué tanta emoción ante un vestido?
»Miércoles.
»Esta mañana abrió la caja, pero no mostró su contenido.
Vislumbré una masa de papel de seda; luego volvió a poner la tapa y permaneció una buena media hora acurrucada a su lado, estremeciéndose como quien sufre un ataque de escalofríos.
Empecé a sentir que había algo mortífero en la caja, tanto se volvían hacia ella sus ojos, con expresiones tan contradictorias de temor y feroz determinación.
Cuando se levantó, fue para ver cuántos minutos más de aquel día miserable habían transcurrido.
»Jueves.
»La vigilada está enferma; no ha intentado levantarse de la cama.
La señora Desberger le subió el desayuno y la colmó de atenciones, pero no pudo persuadirla de que comiera.
Sin embargo, no dejó que se llevaran la bandeja y, cuando volvió a quedarse sola, o creyó estarlo, dejó reposar los ojos tanto tiempo en el cuchillo que había atravesado sobre el plato que me puse nerviosa y apenas pude contenerme para no entrar precipitadamente en la habitación.
Pero recordé mis instrucciones y permanecí quieta incluso cuando vi que su mano se deslizaba hacia aquella posible arma, aunque mantuve la mía en el cordón de la campanilla que, por fortuna, colgaba a mi lado.
Parecía muy capaz de herirse con el cuchillo, pero, tras sopesarlo un momento en la mano, volvió a dejarlo y se volvió hacia la pared con un gemido apagado.
No intentará darse muerte hasta haber cumplido lo que tiene en mente.
»Viernes.
»Todo va bien en la habitación de al lado; es decir, la joven está levantada; pero desde anoche ha vuelto a cambiar de aspecto.
Ha empezado a despreciarse a sí misma y se abandona menos a las cavilaciones.
Pero continúa su impaciencia ante el lento paso del tiempo, y su interés por la caja es aún mayor que antes.
No la abre, sin embargo; se limita a mirarla y a posar de vez en cuando su mano temblorosa sobre la tapa.
»Sábado.
»Un día vacío. La vigilada, abatida y muy quieta.
Sus ojos empiezan a parecer espantosas oquedades en su rostro pálido.
Habla sola sin cesar, pero de un modo bajo y mecánico, sumamente fatigoso para quien escucha, sobre todo porque no se distingue una sola palabra.
Hoy intenté verla en su propia habitación, pero no me dejó entrar.
»Domingo.
»Desde el principio he observado una Biblia en un extremo de la repisa de su chimenea.
Hoy la advirtió también ella y tendió impulsivamente la mano para cogerla.
Pero, a la primera palabra que leyó, lanzó un grito apagado, cerró apresuradamente el libro y volvió a dejarlo en su sitio.
Más tarde, sin embargo, lo cogió de nuevo y leyó varios capítulos.
El resultado fue una dulcificación de sus modales, pero se fue a la cama tan encendida y resuelta como siempre.
»Lunes.
»Ha paseado por la habitación todo el día. No ha visto a nadie y parece apenas capaz de contener su impaciencia. No puede soportar esto mucho tiempo.
»Martes.
»Mis sorpresas empezaron por la mañana. En cuanto arreglaron su habitación, la señorita O.
cerró la puerta con llave y comenzó a abrir sus paquetes.
Primero desenrolló un par de medias de seda blanca, que colocó cuidadosamente, pero sin mostrar interés, sobre la cama; después abrió un paquete que contenía guantes.
También eran blancos y, evidentemente, de la mejor calidad.
Luego salieron a la luz un pañuelo de encaje, unos zapatos de baile, un abanico de noche y un par de alfileres de adorno; y, por último, abrió la misteriosa caja y sacó un vestido de tejido tan rico y de una elegancia tan sencilla que casi me dejó sin aliento.
Era blanco y estaba hecho del raso más pesado, y parecía tan fuera de lugar en aquella habitación destartalada como su dueña en los momentos de exaltación de los que he hablado.
»Aunque tenía el rostro encendido al sacar el vestido, volvió a palidecer cuando lo vio extendido sobre la cama.
En efecto, una expresión de apasionado aborrecimiento marcó sus facciones mientras lo contemplaba; se llevó las manos a los ojos y retrocedió tambaleándose, pronunciando las primeras palabras que he logrado distinguir desde que estoy de servicio.
Eran violentas y parecían abrirse paso por sus labios casi contra su voluntad.
“Lo que siento es odio, nada más que odio. ¡Ah, si solo fuera el deber lo que me animase!”.
»Más tarde se tranquilizó y, cubriendo todos aquellos efectos con una sábana suelta que evidentemente había reservado para tal fin, mandó llamar a la señora Desberger.
Cuando esta entró, la recibió con una sonrisa pálida, pero en absoluto vacilante, y, sin atender, con serena dignidad, a la clarísima curiosidad con que la buena mujer contemplaba la cama, dijo en tono de súplica:
»“Ha sido tan buena conmigo, señora Desberger, que voy a contarle un secreto. ¿Seguirá siendo un secreto o lo veré mañana en las caras de todos mis compañeros de pensión?”.
Puede imaginar la respuesta de la señora Desberger y la manera en que la dio, pero no el secreto de la señorita Oliver.
Lo expresó con estas palabras: “Voy a salir esta noche, señora Desberger. Voy a entrar en la alta sociedad. Voy a asistir a la boda de la señorita Althorpe”.
Luego, mientras la buena mujer balbuceaba algunas palabras de sorpresa y de alegría, continuó: “No quiero que nadie lo sepa, y me alegraría mucho poder salir de la casa sin que nadie me viese. Necesitaré un coche, pero usted me conseguirá uno, ¿verdad?, y me avisará en cuanto llegue. Me intimida lo que diga la gente y, además, como sabe, no soy feliz ni estoy bien, aunque vaya a bodas y tenga vestidos nuevos y…”.
Casi se derrumbó, pero se repuso con asombrosa rapidez y, con una mirada persuasiva que le daba un aspecto casi espantoso, tan discordante resultaba con su actitud tensa y poco natural, levantó una esquina de la sábana y dijo: “Le enseñaré mi vestido si me promete que me ayudará a salir de la casa sin que se note”, lo cual, por supuesto, produjo el efecto deseado en la señora Desberger, pues la mayor debilidad de esa mujer es su afición a los vestidos.
»Así que desde aquella hora supe qué esperar y, después de enviar los avisos preventivos a la Jefatura de Policía, me dispuse a observar sus preparativos para la noche.
La vi arreglarse el cabello y ponerse su elegante vestido, y el resultado me sorprendió tanto como si no hubiera tenido el menor presentimiento de que solo necesitaba ropa lujosa para parecer a la vez hermosa y distinguida.
Sacó el paquete cuadrado que en otro momento había escondido bajo la almohada y lo dejó en la cama; y, cuando la suave llamada de la señora Desberger anunció la llegada del coche, lo cogió y lo ocultó bajo la capa que se echó apresuradamente sobre los hombros.
La señora Desberger entró y apagó la luz, pero, antes de que la habitación quedase a oscuras, alcancé a ver una vez el rostro de la señorita Oliver.
Su expresión era más terrible que cuanto había visto jamás en un semblante humano».