XXXVIII. UN VESTIDO DE RASO BLANCO
Los acontecimientos que acabo de relatar no llegaron a mi conocimiento hasta varios días después de ocurridos, pero los he consignado ahora para preparar de algún modo al lector para una entrevista que poco después mantuvimos el señor Gryce y yo.
No lo había visto desde nuestra despedida, bastante insatisfactoria, delante de la casa de la señorita Althorpe, y la incertidumbre que había soportado en el intervalo hizo que mi saludo fuera innecesariamente cálido. Pero él se lo tomó con toda naturalidad.
—Se alegra de verme —dijo—; se ha estado preguntando qué ha sido de la señorita Oliver. Bueno, está en buenas manos; con la señora Desberger, en pocas palabras, una mujer a la que creo que conoce.
—¿Con la señora Desberger? — Sí que estaba sorprendida—. ¡Pero si he buscado todos los días en los periódicos la noticia de su detención!
—Sin duda —respondió—. Pero los policías somos lentos; todavía no estamos preparados para detenerla. Entretanto puede hacernos un favor. Desea verla; ¿está dispuesta a visitarla?
Mi respuesta contenía muy poco de la curiosidad y la impaciencia que realmente sentía.
—Siempre estoy a su disposición. ¿Quiere que vaya ahora?
—La señorita Oliver está impaciente —admitió—.
Su fiebre ha mejorado, pero se encuentra en un estado de excitación que la vuelve un tanto irrazonable.
Para hablar con claridad, no está del todo en sí y, aunque aún esperamos algo de su testimonio, la dejamos muy a su aire y no la contrariamos en nada.
Por tanto, escuche lo que diga y, si es posible, ayúdela en cuanto emprenda, salvo que apunte directamente a destruirse a sí misma.
Creo que lo que haga la sorprenderá. Pero ya se va acostumbrando a las sorpresas, ¿verdad?
—Gracias a usted, sí.
—Muy bien, entonces solo tengo una sugerencia más que hacerle. Ahora trabaja para la policía, señora, y no debe ocultarnos nada de lo que vea o averigüe en relación con esa muchacha. ¿Me he explicado?
—Perfectamente; pero es justo que le replique que no estoy del todo satisfecha con el papel que me asigna. ¿No podría haber dejado eso a mi buen juicio, sin expresarlo con tantas palabras?
—Ah, señora, el caso es ahora demasiado grave para riesgos de esa clase. La reputación del señor Van Burnam, por no hablar de su vida, depende de que conozcamos el secreto de esa muchacha; ¿no podrá hacer una concesión en un asunto de tanta importancia?
—Ya he hecho varias, y puedo hacer una más, pero espero que la muchacha no me mire demasiado a menudo con esos ojos suyos tan desdichados y suplicantes; me hacen sentir como una traidora.
—No tendrá que preocuparse por ninguna súplica en ellos. La súplica ha desaparecido; ahora hay algo más duro y aún más difícil de afrontar: ira, determinación y deseo de venganza. No es la misma mujer, se lo aseguro.
—Bien —suspiré—, lo lamento; hay algo en esa muchacha que me conmueve, y detesto ver semejante cambio en ella. ¿Ha preguntado por mí por mi nombre?
—Creo que sí.
—No comprendo que quiera verme, pero iré; y tampoco la dejaré hasta que me demuestre que está cansada de mí. Estoy tan deseosa como usted de ver el final de este asunto.
Luego, con la vaga idea de haberme ganado el derecho a cierta muestra de confianza por su parte, añadí de manera insinuante:
—Supuse que daría el caso por resuelto cuando ella estuvo a punto de desmayarse al ver al menor de los señores Van Burnam.
La antigua sonrisa ambigua que tan bien recordaba vino a suavizar su brusca réplica.
—Si hubiera sido una mujer como usted, lo habría hecho; pero es inescrutable, señorita Butterworth, demasiado para que una pequeña estratagema como la mía tenga éxito. ¿Está preparada?
No lo estaba, pero no tardé en estarlo y, antes de que transcurriera una hora, me hallaba sentada en el salón de la señora Desberger, en Ninth Street. La señorita Oliver estaba en casa y no tardó en aparecer. Llevaba ropa de calle.
Estaba preparada para encontrarla cambiada y, sin embargo, la impresión que sentí al ver su rostro por primera vez debió de ser evidente, porque observó enseguida:
—Me encuentra completamente restablecida, señorita Butterworth. En parte se lo debo a usted. Fue muy buena al cuidarme con tanto esmero. ¿Tendrá la bondad de ayudarme aún más, en un nuevo asunto que me siento del todo incapaz de emprender sola?
Tenía la cara encendida y los modales nerviosos, pero en sus ojos había una expresión extraordinaria que me afectó dolorosamente, pese al realce que daba a su belleza.
—Desde luego —dije—. ¿Qué puedo hacer por usted?
—Quiero comprarme un vestido —fue su inesperada respuesta—. Un vestido bonito. ¿Le importaría mostrarme las mejores tiendas? No conozco Nueva York.
Más asombrada de lo que puedo expresar, pero ocultándolo cuidadosamente en recuerdo de la advertencia del señor Gryce, respondí que estaría encantada de acompañarla en aquella gestión. Al oírlo, perdió su nerviosismo y se dispuso de inmediato a salir conmigo.
—Se lo habría pedido a la señora Desberger —observó mientras se ajustaba los guantes—, pero su gusto —aquí lanzó una mirada significativa por la habitación— no es lo bastante discreto para mí.
—¡Ya lo creo que no! —exclamé.
—Voy a darle trabajo —prosiguió la muchacha, con un brillo en los ojos que hablaba del espíritu inquieto que llevaba dentro—. Tengo muchas cosas que comprar, y todas deben ser ricas y hermosas.
—Si tiene dinero suficiente, no habrá problema con eso.
—Oh, tengo dinero. —Habló como la hija de un millonario—. ¿Vamos a Arnold’s?
Como yo siempre compraba en Arnold’s, accedí de buen grado y salimos de la casa. Pero no antes de que ella se hubiera atado un velo muy espeso sobre el rostro.
—Si nos encontramos con alguien, no me presente —rogó—. No puedo hablar con la gente.
—Puede estar tranquila —le aseguré.
En la esquina se detuvo.
—¿Hay alguna manera de conseguir un coche? —preguntó.
—¿Quiere uno?
—Sí.
Hice señas a un coche de alquiler.
—¡Ahora, a por el vestido! —exclamó.
Fuimos directamente a Arnold’s.
—¿Qué clase de vestido quiere? —pregunté al entrar en la tienda.
—Uno de noche; de raso blanco, creo.
No pude evitar que se me escapara una exclamación; pero la disimulé lo antes posible con una apresurada observación a favor del blanco, y nos dirigimos enseguida al mostrador de sedas.
—Se lo confiaré todo a usted —susurró con un tono extraño y ahogado cuando el dependiente se acercó—. Compre lo que compraría para su hija… ¡no, no!, para la hija del señor Van Burnam, si tiene alguna, y no repare en gastos. Llevo quinientos dólares en el bolsillo.
¡La hija del señor Van Burnam! ¡Vaya, vaya! ¡Se avecinaba alguna clase de tragedia! Pero compré la tela para el vestido.
—Ahora —dijo ella—, encaje y todo lo que necesite para confeccionarlo como es debido.
Y debo tener zapatos de baile y guantes.
Usted sabe lo que necesita una joven para parecer una dama.
Quiero ir tan bien que el ojo más crítico no encuentre un solo defecto en mi aspecto.
Se puede conseguir, ¿verdad, señorita Butterworth?
Mi cara y mi figura no estropearán el efecto, ¿verdad?
—No —dije—; tiene usted un buen rostro y una figura hermosa. Debería lucir bien. ¿Va a ir a un baile, querida?
—Voy a ir a un baile —respondió; pero su tono era tan extraño que las personas que pasaban a nuestro lado se volvieron a mirarla.
—Hagamos que lo lleven todo al coche —dijo, y me acompañó de mostrador en mostrador con el monedero dispuesto en la mano, pero sin levantar una sola vez el velo para mirar lo que nos ofrecían; repetía una y otra vez, cuando yo intentaba consultarle algo sobre algún artículo—: Compre lo más lujoso; lo dejo todo en sus manos.
Si el señor Gryce no me hubiera dicho que había que complacerla, jamás habría soportado aquella prueba.
Ver a una muchacha gastar así sus ahorros acumulados en tales frivolidades me resultaba verdaderamente doloroso, y más de una vez estuve tentada de negarme a seguir participando en semejante derroche.
Pero pensar en mis obligaciones para con el señor Gryce me contuvo, y seguí gastando los dólares de la pobre muchacha con más dolor que si los hubiera sacado de mi propio bolsillo.
Comprados todos los artículos que creímos necesarios, nos dirigíamos hacia la puerta cuando la señorita Oliver susurró:
—Espéreme en el coche unos minutos. Tengo que comprar una cosa más y debo hacerlo sola.
—Pero… —empecé.
—Lo haré, y no consentiré que me sigan —insistió, en un tono agudo que me hizo dar un respingo.
Y, como no veía otra forma de evitar una escena, la dejé marchar, aunque me costó quince minutos de ansiedad.
Cuando volvió a reunirse conmigo, al cabo de aquel tiempo, observé con decidida curiosidad el paquete que llevaba. Pero no pude adivinar su contenido.
—Ahora —exclamó, mientras volvía a sentarse y cerraba la puerta del coche—, ¿dónde encontraré una modista capaz y dispuesta a confeccionar este vestido de raso en cinco días?
No pude decírselo. Pero, después de buscar un poco, logramos encontrar a una mujer que se comprometió a hacer un traje elegante en el plazo indicado.
Tomaron las primeras medidas y regresamos a Ninth Street, con el recuerdo perdurable en mi mente de la figura fría y rígida de la señorita Oliver, de pie en el salón triangular de madame, sometiéndose a los movimientos mecánicos de la modista con serenidad exterior, pero con un horror sombrío en los ojos que revelaba un tormento íntimo.