El caso de la casa de al lado XXXVII. «¡DOS SEMANAS!»
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XXXVII. «¡DOS SEMANAS!»

Pero, antes de haber entrado del todo, su semblante cambió.

—No —dijo—, primero quiero pensar. Déjeme tiempo para pensar. No me atrevo a decir una palabra sin pensarlo.

—La verdad no necesita reflexión. Si desea denunciar a este hombre…

Su mirada decía que sí.

—… ahora es el momento.

Le dirigió una mirada penetrante, la primera que le había dedicado desde que salieron de casa de la señorita Althorpe.

—Usted no es médico —declaró—. ¿Es agente de policía?

—Soy detective.

—¡Oh! —Y vaciló un momento, apartándose de él con una desconfianza y una aversión muy naturales—.

Entonces he estado atrapada sin saberlo; no es extraño que me hayan cogido.

Pero no soy una criminal, señor; y, si es usted quien tiene aquí más autoridad, le ruego que me permita hablar unas palabras con usted antes de que me encierren.

—La llevaré ante el superintendente —dijo el señor Gryce—. Pero ¿desea ir sola? ¿No quiere que la acompañe el señor Van Burnam?

—¿El señor Van Burnam?

—¿No es a él a quien desea denunciar?

—Hoy no deseo denunciar a nadie.

—¿Qué desea? —preguntó el señor Gryce.

—Déjeme ver al hombre que tiene el poder de retenerme aquí o dejarme marchar, y se lo diré a él.

—Muy bien —dijo el señor Gryce, y la condujo a presencia del superintendente.

En aquel momento era una persona muy distinta de la que había sido en el coche.

Todo lo juvenil de su aspecto y lo suplicante de su actitud se había desvanecido, evidentemente para siempre, y había dejado en su lugar algo tan desesperado y tan mortal a la vez que parecía no solo una mujer, sino una de naturaleza muy resuelta y peligrosa.

Sus modales, sin embargo, eran tranquilos, y solo en sus ojos podía verse lo cerca que estaba del frenesí.

Habló antes de que el superintendente pudiera dirigirse a ella.

—Señor —dijo—, me han traído aquí a causa de un crimen espantoso que tuve la desgracia de presenciar.

Yo soy inocente de ese crimen, pero, que yo sepa, no hay otra persona viva, salvo el culpable que lo cometió, que pueda decirle cómo, por qué o por quién fue cometido.

Un hombre ha sido detenido por él y otro no.

Si me concede dos semanas de completa libertad, le señalaré cuál es el verdadero hombre de sangre, ¡y que el Cielo se apiade de su alma!

—Está loca —indicó el superintendente al señor Gryce, aparte.

Pero este negó con la cabeza; aún no estaba loca.

—Sé —continuó ella, sin rastro de la timidez que parecía natural en otras circunstancias— que esto debe parecer una petición presuntuosa en alguien como yo, pero solo concediéndola podrá llegar a echar mano al asesino de la señora Van Burnam.

Porque nunca hablaré si no puedo hacerlo a mi manera y a su debido tiempo.

Los tormentos que he sufrido deben tener alguna compensación.

De lo contrario, moriría de horror y de pena.

—¿Y cómo espera obtener compensación con esa demora? —objetó el superintendente—. ¿No hallaría mayor satisfacción en denunciarlo aquí y ahora, antes de que pueda pasar otra noche creyéndose a salvo?

Pero ella se limitó a repetir:

—He dicho dos semanas, y dos semanas debo tener. Dos semanas en que ir y venir como me plazca. ¡Dos semanas!

Y ningún argumento que pudieron aducir consiguió arrancarle otra respuesta ni alterar en modo alguno su aire de tranquila determinación, bajo el que se adivinaba el frenesí.

Reconociendo con una mirada su derrota común, el superintendente y el detective se apartaron a un lado y mantuvieron una conversación semejante a la siguiente.

—¿Cree que está cuerda?

—Sí.

—¿Y que seguirá estándolo durante dos semanas?

—Si se la complace.

—¿Está seguro de que está implicada en este crimen?

—Lo presenció.

—¿Y de que dice la verdad al declarar que es la única persona capaz de señalar al criminal?

—Sí; es decir, es la única que lo hará. La actitud de los Van Burnam, especialmente la de Howard hace un momento en presencia de esta muchacha, demuestra lo poco que podemos esperar de ellos.

—¿Y, sin embargo, cree que saben tanto como ella sobre el asunto?

—No sé qué pensar. Por una vez estoy desconcertado, superintendente.

Todas las pasiones que posee esta mujer se despertaron al encontrarse inesperadamente con Howard Van Burnam y, sin embargo, la indiferencia de ambos al enfrentarlos, así como la conducta de ella ahora, parecen indicar una falta de relación entre los dos que derriba de inmediato la teoría de la culpabilidad de él.

¿Fue entonces la vista de Franklin lo que en realidad la afectó?

¿Y su aparente indiferencia al verlo no fue sino una prueba de su dominio propio?

Parece una conclusión imposible de sacar y, de hecho, en este caso no hay más que obstáculos y circunstancias improbables.

Nada encaja; nada concuerda. Llego hasta cierto punto y luego me doy de bruces contra un muro.

O hay una capacidad sobrehumana de disimulo en las personas que tramaron este asesinato, o vamos enteramente por mal camino.

—En otras palabras, ha probado todos los medios a su alcance para llegar a la verdad de este asunto y ha fracasado.

—Así es, señor, por mucho que lamente reconocerlo.

—Entonces debemos aceptar sus condiciones. ¿Se la puede seguir?

—En todo momento.

—Muy bien, entonces. Los casos extremos exigen medidas extremas. Le daremos rienda suelta y veremos qué resulta. La venganza es un arma poderosa en manos de una mujer resuelta, y, por su aspecto, creo que sabrá aprovecharla al máximo.

Y, volviendo junto a la joven, el superintendente le preguntó si estaba segura de que el asesino no escaparía durante el tiempo que debía transcurrir antes de su detención.

Al instante, sus mejillas, que parecían incapaces de recobrar nunca el color, se tiñeron de un escarlata intenso y doloroso, y exclamó con vehemencia:

—Si le llegase el menor indicio de lo que aquí está ocurriendo, yo sería impotente para impedir su huida. Juren, pues, que mi propia existencia será un secreto entre ustedes dos, o no haré nada por lograr su detención; ¡no, ni siquiera por salvar al inocente!

—No lo juraremos, pero lo prometeremos —respondió el superintendente—. Y ahora, ¿cuándo podemos esperar volver a tener noticias suyas?

—De hoy en dos semanas, cuando el reloj dé las ocho de la noche. Estén dondequiera que yo me encuentre a esa hora y vean sobre qué brazo pongo la mano. Será el del hombre que mató a la señora Van Burnam.