El caso de la casa de al lado XXXVI. EL RESULTADO
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XXXVI. EL RESULTADO

Me sorprendió tanto como a él aquel resultado del plan del señor Gryce, y posiblemente me disgustó más.

Pero no entraré a hablar de mis sentimientos al respecto ni los cansaré más con mis conjeturas.

Sé que les interesará mucho más saber qué le ocurrió al señor Gryce al entrar en el coche en el que estaba la señorita Oliver.

Había esperado, por la intensa emoción que mostró ella al ver a Howard Van Burnam —pues no me había equivocado en cuanto a la identidad de la persona que ocupaba el coche con ella—, encontrarla encendida por las pasiones propias de aquel encuentro y a su compañero en un estado de ánimo que ya no le permitiera negar su relación con aquella mujer y, en consecuencia, su culpable complicidad en un asesinato al que ambos estaban unidos por tantas circunstancias incriminatorias.

Pero, pese a toda su experiencia, el detective quedó defraudado en aquella expectativa, como lo había quedado en tantas otras relacionadas con el caso.

Nada había en la actitud de la señorita Oliver que indicase que había desahogado alguna de las emociones que tan dolorosamente la agitaban, ni mostraba el señor Van Burnam sentimiento más profundo que un leve rubor en la mejilla; y hasta este desapareció bajo el escrutinio del detective, dejándolo tan sereno e imperturbable como lo había estado durante su memorable interrogatorio ante el juez forense.

Decepcionado y, sin embargo, en cierta medida estimulado por aquel súbito revés de unos planes que había creído demasiado bien trazados para fracasar, el señor Gryce examinó a la joven con más atención y vio que no se había equivocado en cuanto a la fuerza o intensidad de los sentimientos que la habían impulsado a presentarse ante el señor Van Burnam; y, volviéndose hacia aquel caballero, estaba a punto de hacer unas observaciones muy pertinentes cuando el señor Van Burnam se le adelantó preguntando con su antigua calma, que nada parecía capaz de perturbar:

—¿Quién es esta muchacha loca que me han impuesto? Si hubiera sabido que iba a verme sometido a semejante compañía, no habría acogido mi salida con tanto agrado.

El señor Gryce, que nunca se permitía sorprenderse por nada de lo que pudiera hacer o decir un sospechoso, lo contempló tranquilamente un momento y luego se volvió hacia la señorita Oliver.

—¿Oye cómo la llama este caballero? —dijo.

Ella tenía el rostro oculto entre las manos, pero las bajó al dirigirle la palabra el detective y mostró unas facciones tan alteradas por la pasión que interrumpieron el curso de sus pensamientos y le hicieron preguntarse si el calificativo que le había aplicado su compañero, un tanto insensible, carecía por completo de fundamento.

Pero pronto algo más que había en aquel rostro le devolvió la confianza en su cordura, y comprendió que, aunque su razón pudiera estar sacudida, aún no había sido destronada, y que tenía buenos motivos para esperar, tarde o temprano, algún acto de una mujer cuya desdicha podía adoptar un aspecto de resolución tan desesperada.

Que no era el único afectado por la fuerza y el carácter desesperado de su mirada se hizo evidente poco después, pues el señor Van Burnam, con un tono más amable del que había empleado antes, observó con calma:

—Veo que la señora está sufriendo. Pido perdón por mis palabras desconsideradas. No deseo insultar a los desdichados.

Nunca había estado el señor Gryce tan desconcertado.

Había en los modales del que hablaba una mezcla de cortesía y serenidad tan alejada como era posible de ese forzado esfuerzo de dominio propio que delata una pasión reprimida o un temor secreto; mientras que en la mirada vacía con que ella recibió aquellas palabras no había ira ni desprecio ni, en realidad, ninguna de las pasiones que cabría esperar.

Por consiguiente, el detective no forzó la situación, sino que se limitó a observarla con atención creciente hasta que ella bajó los ojos y se encogió, apartándose de ambos. Entonces dijo:

—Puede decir el nombre de este caballero, ¿verdad, señorita Oliver, aunque él no quiera reconocerla a usted ?

Pero su respuesta, si es que la dio, fue inaudible, y el único resultado que el señor Gryce obtuvo de aquel intento fue una rápida mirada del señor Van Burnam y estas palabras tajantes de sus labios:

—Si cree que esta joven me conoce o que yo la conozco a ella, está muy equivocado. Es tan desconocida para mí como yo para ella, y aprovecho la ocasión para decirlo. Espero que mi libertad y mi buen nombre no vayan a depender de la palabra de una pobre desamparada como esta.

—Su libertad y su buen nombre dependerán de su inocencia —replicó el señor Gryce, y no dijo más, pues se sentía en desventaja ante la imperturbabilidad de aquel hombre y la actitud silenciosa y exenta de acusación de aquella mujer, del choque de cuyas pasiones había esperado tanto y obtenido tan poco.

Mientras tanto, avanzaban rápidamente hacia la Jefatura de Policía y, temiendo que la vista de aquel lugar alarmase a la señorita Oliver más de lo conveniente para ella, intentó de nuevo despertarla de su ensimismamiento con unas palabras amables.

Pero fue inútil. Evidentemente trataba de prestar atención y seguir lo que él decía, pero sus pensamientos estaban demasiado ocupados con el único gran asunto que la absorbía.

—Un caso grave —murmuró el señor Van Burnam, y con la frase pareció desechar todo pensamiento acerca de ella.

—¡Un caso grave! —repitió el señor Gryce—, pero —viendo la rapidez con que la expresión de resolución sustituía a su anterior aire de frenesí— uno que aún causará daño al hombre que la ha engañado.

La detención del coche la hizo reaccionar. Levantó la mirada y habló por primera vez.

—Quiero ver a un agente de policía —dijo.

El señor Gryce, que había recobrado toda su seguridad, saltó al suelo y le tendió la mano.

—La llevaré ante uno —dijo; y ella, sin mirar al señor Van Burnam, cuya rodilla rozó al pasar, saltó al suelo y volvió el rostro hacia la Jefatura de Policía.