XXXV. UNA ESTRATAGEMA
Era algo nuevo para mí participar a ciegas en un plan. Pero las últimas semanas me habían enseñado muchas lecciones, entre ellas a confiar un poco en el criterio ajeno.
Así pues, me encontraba con mi paciente a la hora señalada y, mientras sostenía sus pasos temblorosos por la escalera, procuré no revelar el intenso interés que me agitaba ni despertar con mi curiosidad en su ánimo un temor mayor que el que ya implicaba abandonar aquel hogar de generosidad y buenos sentimientos para adentrarse en un porvenir desconocido y quizá muy temible.
El señor Gryce nos esperaba en el vestíbulo de abajo y, al ver su figura esbelta y su rostro inquieto, toda su actitud se volvió de inmediato tan protectora y comprensiva que no me extrañó que ella no lo relacionase con la policía.
Cuando llegó a su lado, le dirigió un cordial gesto de saludo.
—Me alegro de verla tan adelantada en el camino de la recuperación —observó—. Me demuestra que mi pronóstico es correcto y que dentro de pocos días volverá a ser usted misma.
Ella lo miró con ansiedad.
—Parece saber tantas cosas sobre mí, doctor, que quizá pueda decirme adónde van a llevarme.
Él levantó una borla de una cortina cercana, la miró, negó con la cabeza ante ella y preguntó, sin venir a cuento:
—¿Se ha despedido de la señorita Althorpe?
Sus ojos se desviaron hacia los salones y susurró, como intimidada en parte por el esplendor que la rodeaba:
—No he tenido ocasión. Pero me entristecería marcharme sin una palabra de agradecimiento por su bondad. ¿Está en casa?
La borla se deslizó de la mano de él.
—La encontrará en un coche junto a la puerta. Esta tarde tiene un compromiso fuera, pero desea despedirse de usted antes de marcharse.
—¡Oh, qué buena es! —brotó de los pálidos labios de la muchacha; y con un gesto apresurado se encaminaba hacia la puerta cuando el señor Gryce se le adelantó y la abrió.
Había dos coches detenidos delante, ninguno de los cuales parecía poseer la elegancia del carruaje de una mujer tan rica. Pero el señor Gryce se mostró satisfecho y, señalando el más cercano, observó con calma:
—La están esperando. Si ella no le abre la portezuela, no dude en abrirla usted misma. Tiene algo importante que decirle.
La señorita Oliver pareció sorprendida, pero se dispuso a obedecer.
Apoyándose en la balaustrada de piedra, bajó lentamente los escalones y avanzó hacia el coche.
Yo la observaba desde la puerta y el señor Gryce desde el vestíbulo.
Parecía una situación corriente, pero algo en el rostro de este último me convenció de que del encuentro que iba a producirse dependían intereses de no poca importancia.
Pero, antes de que pudiera decidir de qué naturaleza eran o comprender plenamente los modales del señor Gryce, ella había retrocedido ante la portezuela del coche y le decía con tono de recatado azoramiento:
—Hay un caballero en el coche; debe de haberse equivocado.
El señor Gryce, que evidentemente esperaba otro resultado de su estratagema, vaciló un momento, durante el cual sentí que la leía de parte a parte; luego respondió con ligereza:
—¿Me he equivocado, eh? Oh, es posible. Mire en el otro coche, hija mía.
Con un aire de confianza sin afectación se volvió para hacerlo, y yo me volví para observarla, pues empezaba a comprender el «plan» al que asistía y preveía que la emoción que no había mostrado ante la puerta del primer coche no tenía por qué faltar al abrir la del segundo.
Me sentí aún más segura de ello al ver que la majestuosa figura de la señorita Althorpe se distinguía con toda claridad en aquel momento, no en el coche al que se acercaba la señorita Oliver, sino en una elegante victoria que acababa de doblar la esquina.
Mis expectativas se cumplieron, pues, apenas la pobre muchacha hubo abierto de par en par la puerta del segundo coche de alquiler, todo su cuerpo sucumbió a una conmoción tan grande que esperé verla desplomarse en la acera.
Pero se sostuvo con un esfuerzo decidido y, con un súbito movimiento lleno de furia contenida, saltó al interior del coche y cerró violentamente la puerta, justo cuando el primero se apartaba para dejar sitio al carruaje de la señorita Althorpe.
—¡Hum! —escapó de los labios del señor Gryce en un tono tan lleno de emociones diversas que me costó no bajar corriendo los escalones para ver por mí misma quién ocupaba el coche en el que mi reciente paciente se había precipitado con tanta pasión.
Pero la vista de la señorita Althorpe, a quien su solícito enamorado ayudaba a bajar, me recordó tan de pronto mi propia y anómala posición en su escalinata que dejé pasar aquel primer impulso y me ocupé, en cambio, de preparar las disculpas que juzgaba necesarias en aquellas circunstancias.
Pero aquellas disculpas nunca llegaron a pronunciarse.
El señor Gryce, con el tacto infinito que demuestra en todas las situaciones graves, acudió en mi ayuda y distrajo de tal modo la atención de la señorita Althorpe que esta no advirtió que había interrumpido una situación de no poca importancia.
Mientras tanto, a una señal del cauteloso detective, el coche que llevaba a la señorita Oliver se había puesto en marcha tras el primero, y tuve la dudosa satisfacción de verlos rodar calle abajo sin haber penetrado el secreto de ninguno.
Una mirada del señor Stone, que había seguido a la señorita Althorpe por la escalinata, interrumpió el caudal de elocuencia del señor Gryce, y unos minutos más tarde me encontré haciendo aquellas despedidas que había esperado evitar marchándome en ausencia de la señorita Althorpe.
Un instante después me apresuraba calle abajo en la dirección que habían tomado los dos coches, uno de los cuales se había detenido en la esquina, a pocos metros de distancia.
Pero, aunque soy ágil para una persona de costumbres tan asentadas y carácter tan sosegado, el señor Gryce me adelantó; y, cuando quise acelerar el paso, se lanzó hacia delante como un muchacho y, sin una palabra de explicación ni reconocimiento alguno del entendimiento mutuo que sin duda existía entre nosotros, saltó al coche al que yo trataba de llegar y se alejó en él.
Pero no antes de que yo vislumbrara en su interior el vestido gris de la señorita Oliver.
Decidida a no dejarme burlar por aquel hombre, me volví y seguí al otro coche.
Se acercaba a una parte concurrida de la avenida y, al cabo de unos minutos, tuve la satisfacción de verlo detenerse a pocos pasos del bordillo.
No debía despreciar la oportunidad que así se me ofrecía de satisfacer mi curiosidad.
Sin detenerme a considerar las consecuencias ni a cuestionar la conveniencia de mi conducta, me planté resueltamente ante su ventanilla medio bajada y miré dentro.
Solo había una persona, y esa persona era Franklin Van Burnam.
¿Qué debía deducir de aquello? Que el ocupante del otro coche era Howard y que el señor Gryce sabía ahora a cuál de los dos hermanos estaban ligados los recuerdos de la señorita Oliver.