XXXII. ICONOCLASIA #2
Accedí a su petición con toda la modestia posible.
Pero era difícil reprimir por completo el triunfo ante el entusiasmo sin reservas con que recibía mi relato.
Cuando le hablé de las dudas que había concebido acerca del destino de los paquetes sacados del Hotel D—— y de cómo, para resolverlas, había dado aquel paseo a medianoche por Twenty-seventh Street, pareció asombrado, sus labios se movieron y realmente esperé verlo intentar arrancar aquella flor de la alfombra, tan amorosamente la miraba.
Pero, cuando mencioné la lavandería iluminada y mis descubrimientos allí, su admiración desbordó todos los límites y exclamó, aparentemente a la rosa de la alfombra, en realidad al inspector:
—¿No le dije que era una mujer entre mil?
¡Mire usted! Deberíamos haber pensado nosotros mismos en esa lavandería; pero no lo hicimos, ninguno de nosotros.
Fuimos demasiado crédulos y nos dimos por satisfechos con demasiada facilidad con las pruebas de la investigación judicial.
Bueno, tengo setenta y siete años, pero no soy demasiado viejo para aprender. Prosiga, señorita Butterworth.
Lo admiraba y lo compadecía, pero nunca había disfrutado tanto en toda mi vida. ¿Cómo podía evitarlo, o cómo podía impedirme echar de vez en cuando una mirada al retrato de mi padre, que me sonreía desde la pared de enfrente?
Me correspondía ahora mencionar el anuncio que había insertado en los periódicos y las reflexiones que me habían llevado a describir, con cierto atrevimiento, a la mujer errante como alguien vestida de tal y cual manera y sin sombrero .
Aquello pareció impresionarlo, como yo había esperado, y me interrumpió con una rápida palmada en la pierna, para la que solo aquella pierna estaba preparada.
—¡Bien! —exclamó—. ¡Un golpe magnífico! ¡La obra de una mujer de genio! Ni yo mismo podría haberlo hecho mejor, señorita Butterworth. ¿Y qué salió de ello? Algo, espero; un talento como el suyo no debería quedarse sin recompensa.
—Salieron dos cartas —dije—. Una de Cox, el sombrerero, diciendo que una muchacha con la cabeza descubierta había comprado un sombrero en su tienda a primera hora de la mañana indicada; y otra de una señora Desberger que concertaba una entrevista en la que obtuve una pista concreta de esa muchacha, la cual, pese a haber salido del lugar de la tragedia con la ropa de la señora Van Burnam, no es la propia señora Van Burnam, sino una persona llamada Oliver, que ahora se encuentra en casa de la señorita Althorpe, en Twenty-first Street.
Como aquello equivalía en cierta medida a poner el asunto en sus manos, vi que ambos se impacientaban, ansiosos por ver a la muchacha con sus propios ojos.
Pero los retuve unos minutos más mientras contaba mi descubrimiento del dinero en sus zapatos e insinuaba la explicación que ofrecía de que no se hubiera cambiado aquellas prendas pese a la influencia del hombre que la acompañaba.
Este fue el último golpe que asesté al orgullo del señor Gryce. Se estremeció bajo él, pero pronto se recobró y pudo disfrutar de lo que llamó otro detalle admirable de aquel extraordinario caso.
Pero su deleite alcanzó el apogeo cuando le informé de mi infructuosa búsqueda de los anillos y de mi conclusión final de que habían estado enrollados dentro del ovillo de lana unido a su labor de punto.
No sé si su placer residía principalmente en el talento demostrado por la señorita Oliver al escoger un escondite para aquellas joyas o en la agudeza que yo había mostrado al descubrirlo; pero manifestó una satisfacción ilimitada ante mis palabras y exclamó:
—¡Magnífico! ¡No conozco nada más interesante! ¡Hace años que no vemos cosa igual! ¡Casi puedo felicitarme por mis errores, tan admirables son los aspectos del caso que han puesto de manifiesto!
Pero su satisfacción, por grande que fuese, no tardó en dar paso a su ansiedad por ver a aquella muchacha que, si no era la criminal, constituía un factor tan importante en aquel gran crimen.
Yo misma estaba deseando que la viera, aunque temía que su estado no permitiera esperar un esclarecimiento inmediato de los puntos dudosos de aquel problema, tan lejos aún de estar enteramente dominado.
Y le indiqué que interrogara también al chino, a la señora Desberger e incluso a la señora Boppert, pues no quería que diera por supuesto nada de lo que yo había dicho, aunque veía que había abandonado su actitud de desdén y se inclinaba a tomar muy en serio mis opiniones.
Respondió de una manera bastante desenfadada mientras el inspector estaba presente; pero, cuando aquel caballero se hubo retirado hacia la puerta, el señor Gryce observó con más seriedad de la que había empleado hasta entonces:
—Me ha librado de cometer una necedad, señorita Butterworth.
Si hubiera detenido hoy a Franklin Van Burnam y mañana hubieran salido a la luz todos estos hechos, no habría vuelto a levantar cabeza.
Aun así, los hombres del cuerpo harán numerosas insinuaciones y correrán muchos murmullos de que Gryce se está haciendo viejo, de que Gryce ha dejado atrás sus mejores días.
—¡Tonterías! —fue mi enérgica réplica—. No tenía la pista, eso es todo.
Tampoco yo la obtuve gracias a ninguna perspicacia por mi parte, sino por la fuerza de las circunstancias.
La señora Boppert se creía en deuda conmigo y por eso me otorgó su confianza.
Sus laureles siguen muy a salvo. Además, aún queda trabajo en este caso para mantener ocupado a más de un gran detective como usted.
Aunque no se haya demostrado que los Van Burnam sean culpables, tampoco están tan libres de sospecha como para que pueda dar su tarea por terminada.
Si Ruth Oliver cometió este crimen, ¿cuál de los dos hermanos estuvo implicado en él con ella?
Los hechos parecen apuntar a Franklin, pero no de manera tan infalible que no quepa duda alguna al respecto.
—Cierto, cierto. El misterio se ha ahondado en vez de aclararse. Señorita Butterworth, me acompañará a casa de la señorita Althorpe.