XXX. EL ASUNTO SEGÚN LO EXPUESTO POR EL SEÑOR GRYCE #3
»Como no hizo ningún esfuerzo por ocultar sus sentimientos, ella debió de advertir inmediatamente el cambio que se había producido en ellos.
Pero, por mucho que le afectara, no dio señal alguna de ceder en su propósito.
Al contrario, persistió en su decisión de conservar la carta, y cuando él protestó y amenazó con irse de la localidad antes de su boda, ella replicó que, si lo hacía, mostraría su carta a su hermano en cuanto el pastor los hubiera unido.
Esta amenaza pareció afectar profundamente a Franklin y, aunque intensificó su animadversión hacia ella, lo sometió por el momento a su capricho.
Se quedó en Four Corners hasta que se celebró la ceremonia, pero estuvo tan sombrío como invitado que todos convinieron en que no había hecho honor a la ocasión.
»Esto es todo por lo que respecta a mi trabajo en Four Corners.
Para entonces había advertido que el señor Gryce se dirigía principalmente al inspector, complacido, sin duda, de aquella oportunidad de exponerle por extenso su caso.
Pero, fiel a sus peculiares costumbres, no miraba a ninguno de los dos, sino a la cesta calada, en cuyo asa iba marcando sus argumentos a golpecitos mientras proseguía rápidamente:
—La joven pareja pasó los primeros meses de su matrimonio en Yonkers; así que fui a Yonkers después.
Allí supe que Franklin había visitado el lugar dos veces; ambas, según deduzco, por una orden perentoria de ella.
El resultado fue mutuo disgusto y resentimiento, pues no había avanzado nada en sus intentos por obtener el reconocimiento de los Van Burnam; e incluso había tenido ocasión de advertir que el amor de su marido, basado como estaba en sus atributos físicos, empezaba a resentirse bajo la presión de su inquietud y su insatisfacción.
Anhelaba más que nunca el reconocimiento y la distinción sociales, y, cuando la familia se marchó a Europa, solo accedió a acompañar a su marido al tranquilo retiro que él consideraba más adecuado para ganarse la aprobación de su padre con la promesa de tiempos mejores en otoño y de una posible visita a Washington en invierno.
Pero la tranquilidad a que estaba sometida tuvo mal efecto en ella.
Se volvió cada vez más inquieta y, a medida que se acercaba el regreso de la familia, concibió tantos planes para congraciarse con ellos que su marido no pudo contener su disgusto.
Pero nunca llegó a conocer el peor plan de todos, el que sin duda condujo a su muerte.
Consistía en sorprender a Franklin en su oficina y, renovando las amenazas de mostrar a su hermano aquella vieja carta de amor, arrancarle la promesa absoluta de que la apoyaría en un nuevo intento de ganarse el favor de su padre.
Verá, ella no comprendía el verdadero carácter de Silas Van Burnam y persistía en mantener las ideas más extravagantes acerca del ascendiente de Franklin sobre él, así como sobre el resto de la familia.
Incluso llegó a insistir, en la entrevista que oyó Jane Pigot, en que era el propio Franklin quien se interponía en sus deseos, y en que, si se lo proponía, podía conseguir que la invitasen a vivir con los demás en Gramercy Park.
Por eso fue a Duane Street antes de presentarse en casa de la señora Parker; un hecho que no salió a la luz en la investigación judicial, ya que Franklin, por supuesto, no lo reveló, y el empleado no la reconoció bajo el nombre falso que ella decidió dar.
Ignoro los detalles de aquella entrevista, pero, como estuvo encerrada con él durante algún tiempo, es natural suponer que mantuvieron una conversación de cierta importancia.
El empleado que trabaja en la oficina exterior no sabía entonces, como he dicho, quién era, pero se fijó en su rostro al salir y declara que mostraba una insolencia triunfal, mientras que el señor Franklin, que fue lo bastante cortés o calculador para acompañarla hasta la salida, estaba pálido de rabia y se comportaba de un modo tan impropio de él que todos lo observaron.
Ella tenía en la mano su carta, una carta fácil de distinguir por el sello de color violeta del reverso, y jugaba con ella de la manera más irritante mientras cruzaba la estancia: fingía dejarla en el escritorio de Howard al pasar y volvía a cogerla con una mirada maliciosa hacia Franklin, bonita de ver, pero odiosa por el efecto que le causaba.
Al volver a su despacho, su rostro estaba lleno de cólera, y la visita le afectó tanto que se negó a recibir a nadie más aquel día.
Probablemente ella se había mostrado tan resuelta a revelar a su marido la antigua perfidia de su hermano que sus temores acabaron por despertarse del todo, y vio que corría el riesgo de perder no solo su buen nombre, sino también la estima con que acostumbraba a mirarlo aquel hermano menor, al que, evidentemente, quería mucho.
»Y ahora, considerando su intenso orgullo y su afecto por Howard, ¿no ve el motivo que aquel hombre, en apariencia bueno, tenía para hacer desaparecer de este mundo a su molesta cuñada?
Quería recuperar aquella carta y, para conseguirla, tuvo que recurrir al crimen.
O esa es mi teoría actual de este asesinato, señorita Butterworth. ¿Coincide con la suya?