XXX. EL ASUNTO SEGÚN LO EXPUESTO POR EL SEÑOR GRYCE #2
»Aclarar si aquel hombre tenía algún motivo para cometer un crimen tan aparentemente ajeno a su vida y a su carácter era, por supuesto, el siguiente punto.
Su conducta en la investigación judicial no había mostrado una animadversión decidida hacia la esposa de su hermano, ni había en la superficie de los hechos señal alguna de ese odio mortal que era lo único que podía explicar un crimen tan deliberado y tan brutal a la vez.
Pero los detectives nos sumergimos bajo la superficie, y, tras resolver la cuestión de la identidad de Franklin con el supuesto señor Pope del Hotel D——, dejé Nueva York y sus asuntos —entre los que contaba sus esfuerzos detectivescos, señorita Butterworth— al cuidado de un joven de mi oficina que, me temo, no comprendía del todo la perseverancia de su carácter; pues, a mi regreso, no tuvo nada que contarme acerca de usted, salvo que había estado cultivando la amistad de la señorita Althorpe, cosa, naturalmente, tan propia de usted que me sorprende que creyera necesario mencionarla.
»Mi destino era Four Corners, el lugar donde Howard conoció a su futura esposa. Al contar lo que averigüé allí, sin duda repetiré hechos que ya conoce, señorita Butterworth.
—Eso no tiene importancia —respondí, con una duplicidad casi descarada; porque no solo ignoraba lo que iba a decir, sino que tenía todos los motivos para creer que guardaría la relación más remota posible con el secreto que entonces me agitaba el pecho—.
Una exposición del caso de sus labios —proseguí— reforzará lo que sé.
Así que le ruego que no escatime ninguna revelación. Soy toda oídos.
Aquello era más cierto de lo que mi tono, un tanto sarcástico, dejaba entender, pues ¿no podía resultar que su relato guardase, después de todo, alguna relación inesperada con los hechos que yo misma había reunido?
—Es un placer —dijo— pensar que soy capaz de proporcionar alguna información a la señorita Butterworth; y como no me tropecé con usted ni con su ágil y descarada doncellita durante mi estancia en Four Corners, daré por sentado que limitó sus averiguaciones a la ciudad y a esa sociedad en la que tanto brilla.
Esto se refería, sin duda, a mis dos visitas a casa de la señorita Althorpe.
—Four Corners es una encantadora localidad del sur de Vermont, y allí conoció Howard Van Burnam a la señorita Stapleton hace tres años. Ella vivía entonces con la familia de un caballero, como acompañante de viaje de su hija enferma.
Ah, ahora comprendía la explicación que aquel cauteloso y anciano detective se daba de mis visitas a la señorita Althorpe, y empecé a regocijarme por dentro anticipando mi próximo triunfo sobre él.
—El puesto no era adecuado para ella, pues la señorita Stapleton solo brillaba en compañía de hombres; pero el señor Harrison aún no había descubierto aquella peculiaridad suya y, como su hija podía recibir a algunos amigos y, de hecho, necesitaba cierta distracción, quedó abierto el camino para que su acompañante conociese al señor Van Burnam, conocimiento que tan desastrosos resultados ha tenido.
»La casa en que se conocieron era particular, y pronto averigüé muchos hechos poco conocidos en esta ciudad.
En primer lugar, que ella no estaba tan enamorada de Howard como él de ella.
Él sucumbió a sus encantos al instante y le propuso matrimonio, según creo, a las dos semanas de haberla visto; pero, aunque ella lo aceptó, pocos de los que los veían juntos creían que tuviese muy comprometidos los afectos, hasta que Franklin apareció de pronto en la localidad.
Entonces todos sus modales cambiaron, y se volvió tan radiante e irresistiblemente hermosa que su pretendiente declarado quedó doblemente esclavizado, y Franklin…
En fin, hay pruebas de que tampoco él fue insensible a sus encantos; de que, a pesar de su compromiso con su hermano y de la actitud que el honor le exigía mantener hacia su futura cuñada, perdió la cabeza al menos durante un breve tiempo y, bajo sus seducciones, no lo dudo —pues tenía fama de ser una mujer de dos caras—, llegó a expresar su pasión en una carta de la que oí hablar mucho antes de tener la fortuna de verla.
Esto ocurrió hace tres años, y creo que la señorita Stapleton habría estado dispuesta a romper con Howard y casarse con Franklin si este último hubiera tenido el valor de afrontar los reproches de su hermano.
Pero, al parecer, carecía de esa cualidad.
Su propia carta, que es ardiente, pero que no le ofrece esperanza alguna de un vínculo más estrecho entre ellos que el de su futura unión con su hermano, demuestra que aún conservaba cierto sentido del honor; y como poco después abandonó Four Corners y no volvió a aparecer donde ellos estaban hasta poco antes de la boda, es probable que todo hubiera ido bien si la mujer hubiera compartido aquel sentimiento.
Pero estaba hecha de materiales mezquinos y, aunque dispuesta a casarse con Howard por lo que este podía darle, o por lo que ella creía que podía darle, albergaba un rencor implacable contra Franklin por su debilidad, como la llamaba ella, al no seguir los dictados de su corazón.
Astuta además de apasionada, ocultó sus sentimientos a todo el mundo salvo a una confidente venal, aunque en apariencia devota, una joven llamada…
«Oliver», completé para mis adentros.
Pero el nombre que mencionó fue muy distinto.
—Pigot —dijo, mirando la cesta de filigrana que tenía en la mano como si extrajera aquella palabra de uno de sus muchos intersticios—.
Era francesa y, una vez que la encontré, me costó muy poco averiguar todo lo que tenía que contar.
Había sido doncella de la señorita Harrison, pero no tenía escrúpulos en servir a la señorita Stapleton de muchas maneras secretas y deshonrosas.
Por ello pudo darme los detalles de una entrevista que aquella dama había mantenido con Franklin Van Burnam la tarde de su boda.
Tuvo lugar en el jardín del señor Harrison, y se suponía que era secreta; pero la mujer que había concertado el encuentro no era persona que se mantuviese alejada cuando este se celebrase, y, en consecuencia, he podido conocer con mayor o menor exactitud lo que sucedió entre ellos.
No favorecía a la señorita Stapleton. El señor Van Burnam solo quería recuperar su carta, pero ella se negó a devolvérsela a menos que le prometiera un reconocimiento completo de su matrimonio por parte de su familia y le asegurase que sería recibida en casa de su padre como esposa de Howard.
Era más de lo que él podía comprometerse a cumplir.
Ya había hecho, según su propio relato, todos los esfuerzos posibles por influir en el anciano a favor de ella, pero solo había conseguido irritarlo contra sí mismo.
Era una confesión que habría satisfecho a la mayoría de las mujeres, pero a ella no la satisfizo.
Declaró su intención de conservar la carta por temor a que él cesase en sus esfuerzos y, sin atender al efecto que aquella descarada amenaza le producía, empezó a arremeter contra su hermano por el mismo amor que hacía posible su unión con él; y, como si aquello no fuera bastante, mostró al mismo tiempo tal disposición a aprovechar cualquier bien material que prometiera el enlace, que Franklin perdió toda estima por ella y empezó a odiarla.