El caso de la casa de al lado XXX. EL ASUNTO SEGÚN LO EXPUESTO POR EL SEÑOR GRYCE
68%

XXX. EL ASUNTO SEGÚN LO EXPUESTO POR EL SEÑOR GRYCE

Había agotado mi capacidad de asombro, de modo que acepté aquella afirmación sin más muestra de sorpresa que una sonrisa adusta.

—Cuando no logró identificar a Howard Van Burnam como el hombre que acompañó a su esposa al interior de la casa contigua, comprendí que debía buscar en otra parte al asesino de Louise Van Burnam.

Ya ve que tenía más confianza en la excelencia de su memoria que usted misma; tanta, en efecto, que le di más de una ocasión de ejercitarla, pues, mediante ciertos pequeños procedimientos que a veces empleo, había provocado distintos estados de ánimo en el señor Van Burnam en cada una de sus visitas, para que variase su porte y usted tuviera todas las oportunidades de reconocer en él al hombre al que había visto aquella noche fatal.

—¿Entonces era él a quien traía aquí cada vez? —interrumpí.

—Era él.

—¡Vaya! —exclamé.

—El superintendente y algunos otros a quienes no es necesario mencionar —aquí el señor Gryce cogió otro pequeño objeto de la mesa— creían ciegamente en su culpabilidad; el asesinato entre cónyuges es tan frecuente, y las causas que conducen a él, tan a menudo pueriles…

Por consiguiente, tuve que trabajar solo.

Pero aquello no me preocupó. Sus dudas reforzaron las mías, y cuando me confió que había visto entrar en la casa vecina, la noche del funeral, a una figura semejante a la que tratábamos de identificar, hice averiguaciones de inmediato y descubrí que el caballero que había entrado justo detrás de las cuatro personas que usted describió era Franklin Van Burnam .

Aquello me proporcionó una pista definida, y por eso digo que fue usted quien me dio el primer impulso en este asunto.

«¡Hum!», pensé para mis adentros, al recordar con un repentino sobresalto que una de las palabras que habían salido de los labios de la señorita Oliver durante su delirio había sido precisamente aquel nombre: Franklin.

—Ya había tenido mis dudas acerca de ese caballero —continuó el detective, animándose poco a poco con el asunto—.

Un hombre de mi experiencia duda de todo el mundo en un caso de esta índole, y en mis ratos sueltos había formado una especie de teoría secundaria, por así decirlo, en la que ciertos detalles surgidos durante la investigación judicial parecían encajar con mayor o menor precisión; pero no tuve una verdadera justificación para sospechar hasta el suceso del que le hablo.

El hecho de que usted hubiese formado, a todas luces, la misma teoría que yo y estuviera resuelta a entrar en liza conmigo puso a prueba mi temple, señora, y, lo supiera usted o no, empezó la lucha entre nosotros.

—¿De modo que su desdén hacia mí —intervine aquí con un aire triunfal que no pude dominar— era solo fingido? En adelante sabré qué pensar de usted. Pero no se detenga, siga; todo esto me interesa profundamente.

—Lo comprendo. Prosigamos, pues; mi primer deber, por supuesto, consistía en vigilarla a usted . Tenía sus propias razones para sospechar de aquel hombre, y esperaba descubrirlas vigilándola.

—¡Bien! —exclamé, sin poder ocultar por completo el asombro y la adusta diversión que me producía su persistente error acerca del rumbo de mis sospechas.

—Pero nos obligó a correr detrás de usted, señora; debo reconocer que nos obligó a correr.

El que fuera una aficionada me había llevado a esperar que emplease métodos de aficionada, pero demostró habilidad, señora, y el hombre al que envié a vigilar a la señora Boppert en previsión de su visita quedó burlado por la sencillísima estratagema de reunirse con ella en una tienda vecina.

—¡Bien! —exclamé de nuevo, aliviada al saber que no había compartido conmigo el descubrimiento hecho en aquel encuentro.

—Nosotros mismos habíamos sondeado a la señora Boppert, pero nos había parecido una tarea sin esperanza, y aún no comprendo cómo sacó usted agua de aquella piedra, si es que la sacó.

—¿No? —repliqué de manera ambigua, disfrutando tanto del manifiesto deleite del inspector ante aquella escena como de mis propios pensamientos secretos y de la perspectiva de la sorpresa que les tenía reservada.

—Pero su intervención con el reloj y su descubrimiento de que estaba en marcha cuando cayeron los estantes no nos eran desconocidos, y nos hemos servido de ello; nos hemos servido muy bien, como verá más adelante.

—¡Vaya! Después de todo, aquellas muchachas no sabían guardar un secreto —murmuré; y aguardé con cierta ansiedad a que mencionara el alfiletero, pero, para mi gran alivio, no lo hizo.

—¡No culpe a las muchachas! —intervino; evidentemente sus oídos son tan agudos como los míos—.

Puesto que las preguntas habían partido de Franklin, era natural que sospechase que pretendía engañarnos con algún cuento de artificios.

Así que yo fui a ver a las muchachas. Que me costara llegar al fondo del asunto les honra, señorita Butterworth, teniendo en cuenta que usted les había hecho prometer que guardarían el secreto.

—Tiene razón —asentí, y las perdoné en el acto.

Si yo no podía resistirme a la elocuencia del señor Gryce —y a veces me afectaba—, ¿cómo iba a esperar que lo hicieran aquellas muchachas?

Además, no habían revelado el secreto más importante que les había confiado, y en consideración a ello estaba dispuesta a perdonarles casi cualquier cosa.

—El hecho de que el reloj estuviera en marcha cuando cayeron los estantes y de que fuera él quien nos llamase la atención sobre ello parecería, a una inteligencia superficial, prueba concluyente de que era inocente del acto con el que tan estrechamente se relacionaba —prosiguió el detective—.

Pero, para alguien versado en los subterfugios de los criminales, aquel hecho en apariencia concluyente a su favor admitía una explicación tan acorde con la sutileza demostrada en todos los demás aspectos de este singular crimen que empecé a considerarlo un punto en su contra más que a su favor. De esto hablaré después.

»Sin dejarme desalentar, pues, por aquel revés momentáneo, y regocijándome en un asunto que mis superiores daban por resuelto, procedí a establecer la relación de Franklin Van Burnam con el crimen que, con tanta razón aparente, se había atribuido a su hermano.

»El primer hecho que había que aclarar era, naturalmente, si la identificación que usted había hecho de él como el caballero que acompañó a su víctima a casa del señor Van Burnam podía corroborarla alguna de las muchas personas que habían visto al supuesto señor James Pope en el Hotel D——.

»Como ninguno de los testigos que asistieron a la investigación judicial se había atrevido a reconocer en ninguno de aquellos dos caballeros tan pulcros y altivos a la persona encogida que acabo de mencionar, sabía que cualquier intento abierto por mi parte de lograr una identificación tendría un resultado desastroso.

Así que recurrí a la estrategia, como los que me superan, señorita Butterworth —aquí su reverencia resultó abrumadora en su fingida humildad—; y, considerando con acierto que, para identificar satisfactoriamente a una persona con otra, hay que verla en las mismas circunstancias y casi en el mismo lugar, busqué a Franklin Van Burnam y, con engañosas promesas de un gran beneficio para su hermano, lo induje a acompañarme al Hotel D——.

»Ya fuera porque penetró mis planes y creyó que dar la cara con valentía y fingir franqueza era lo que mejor podía servirle en aquel dilema inesperado, o porque se sentía tan resguardado tras las precauciones adoptadas que no temía ser descubierto en ninguna circunstancia, solo puso una objeción antes de disponerse a acompañarme.

Esa objeción, sin embargo, fue significativa, pues la provocó mi consejo de que cambiase su traje por otro menos llamativamente elegante o lo ocultase bajo un abrigo largo o un impermeable.

Y, como prueba de su osadía —recuerde, señora, que su relación con este crimen está demostrada—, llegó incluso a ponerse el abrigo, aunque debía de saber cuánto iba a alterar su aspecto.

»El resultado fue cuanto podía desear. Al entrar en el hotel, vi que cierto cochero se sobresaltaba y se inclinaba hacia delante para seguirlo con la mirada.

Era el que había llevado al señor y a la señora Pope desde el hotel.

Y, cuando pasamos junto al portero, este respondió a mi guiño alzando los párpados, gesto que después tradujo por: “¡Se parece! ¡Se parece mucho!”.

»Pero fue del recepcionista de quien recibí la prueba más inequívoca de su identidad.

Al entrar en la recepción, había dejado al señor Van Burnam lo más cerca posible del lugar donde había estado el señor Pope mientras su supuesta esposa inscribía sus nombres en el registro y, diciéndole que se mantuviera en segundo plano mientras yo hablaba unas palabras en el mostrador, todo en interés de su hermano, por supuesto, conseguí dirigir disimuladamente hacia él la atención del señor Henshaw.

El sobresalto que dio y la exclamación que pronunció fueron inequívocos.

“¡Pero si ahí está ese hombre!”, exclamó, por fortuna en un susurro.

“Mirada inquieta, cabeza inclinada, bigote castaño; todo menos el guardapolvo”.

“¡Bah! —dije yo—. ¡El que está mirando es el señor Franklin Van Burnam! ¿En qué está pensando?”.

“No puedo evitarlo —dijo—. Vi a los dos hermanos en la investigación judicial, y entonces no observé en ellos nada que me recordase a nuestro último huésped misterioso. Pero, ahí de pie, se parece —— mucho más a James Pope que el otro, y no lo olvide”.

Me encogí de hombros, le dije que era un necio y que más les valía a los necios guardarse sus necedades, y me marché con mi hombre, disgustado por fuera, pero por dentro en excelente disposición para proseguir una investigación que había comenzado con tan buenos auspicios.