XXIX. AMELIA SE VUELVE IMPERIOSA
—Señora, espero encontrarla satisfecha.
Este fue el saludo del señor Gryce al entrar en mi salón aquella memorable mañana.
—¿Satisfecha? —repetí, levantándome y encarándome con él con lo que más tarde describió como una mirada pétrea.
—¡Discúlpeme! Supongo que habría quedado aún más satisfecha si hubiésemos esperado a que usted nos señalase a nosotros al culpable. Pero debe disculpar un poco el egoísmo profesional, señorita Butterworth. Realmente no podíamos permitir que diera el primer paso en un asunto de tanta importancia.
—¡Oh! —fue mi única respuesta; pero después me ha dicho que había mucho en aquel oh ; tanto, que incluso él se sobresaltó al oírlo.
—Fijó usted el día de hoy para hablar conmigo —prosiguió—, confiando probablemente en aquello de lo que se proponía cerciorarse ayer.
Pero que hayamos descubierto los anillos en la oficina del señor Van Burnam al mismo tiempo que usted no tiene por qué impedir que nos otorgue toda su confianza.
El trabajo que ha hecho ha sido excelente, y estamos dispuestos a reconocerle un mérito considerable por ello.
—¡Vaya!
No me quedaba más remedio que recurrir así a las exclamaciones.
La noticia que acababa de darme era tan sorprendente, y su suposición de que yo comprendía perfectamente y había participado en el descubrimiento que afirmaba haber hecho tan desconcertante, que no me atrevía a aventurarme más allá de aquellas sencillas exclamaciones, por temor a que viera el estado en que me había dejado y se cerrase como una ostra.
—Hemos guardado reserva sobre lo que hemos encontrado —continuó el cauteloso y anciano detective, con una sonrisa que me gustaría poder imitar, pero que, por desgracia, le pertenece solo a él—. Espero que usted, o, mejor dicho, su doncella, hayan sido igualmente discretas.
¡Mi doncella!
—Veo que la he tocado en un punto sensible; pero a las mujeres les cuesta tanto guardar un secreto… Con todo, no importa. Esta noche toda la ciudad sabrá que ha sido el hermano mayor, y no el menor, quien ha tenido esos anillos en su poder.
—Los periódicos se van a poner las botas —comenté; luego, haciendo un esfuerzo, observé—: Es usted un hombre muy juicioso, señor Gryce, y debe de tener otras razones, aparte del descubrimiento de esos anillos, para amenazar con detener a un hombre de tan excelente reputación como el hijo mayor de Silas Van Burnam.
Me gustaría oírlas, señor Gryce. Me gustaría muchísimo oírlas.
Mi intento de parecer tranquila en aquellas circunstancias embarazosas debió de dar cierta aspereza a mi tono, pues, en vez de responder, observó, con una preocupación muy bien fingida y una condescendencia paternal hacia mi necedad especialmente exasperante para alguien de mi temperamento:
—Está disgustada, señorita Butterworth, porque no hemos dejado que usted encontrara los anillos.
—Quizá; pero el terreno estaba abierto a todos. No podía esperar que la policía se apartase para dejarme paso.
—¡Exactamente! Sobre todo cuando tiene la íntima satisfacción de haber puesto a la policía sobre la pista de esas joyas.
—¿Cómo?
—Sencillamente hemos tenido la fortuna de echarles mano primero. Usted, o más bien su doncella, nos mostró dónde buscarlas.
Otra vez Lena.
Esta última afirmación me dejó tan estupefacta que no intenté responder. Afortunadamente, él interpretó mal mi silencio y la «mirada pétrea» que lo acompañaba.
—Sé que debe de parecerle lamentable que le hayan puesto una zancadilla en el momento del triunfo que esperaba.
Pero, si unas disculpas bastan para expresar que somos conscientes de nuestra presunción, le ruego que las acepte, señorita Butterworth, tanto de mi parte como de la del superintendente de Policía.
No entendía en absoluto de qué estaba hablando, pero reconocí el sarcasmo de su última expresión y tuve ánimo suficiente para responder:
—El asunto es demasiado importante para seguir con tonterías. ¿En qué parte del escritorio de Franklin Van Burnam se encontraron esos anillos y cómo sabe que no los puso allí su hermano?
—Su ignorancia resulta refrescante, señorita Butterworth.
Si pregunta a cierta muchacha vestida de gris en qué objeto del escritorio del señor Van Burnam puso las manos ayer por la mañana, tendrá respuesta a su primera pregunta.
La segunda es aún más fácil de contestar.
El señor Howard Van Burnam no escondió los anillos en la oficina de Duane Street por la sencilla razón de que no ha estado en esa oficina desde que asesinaron a su esposa.
De ese hecho estamos tan bien informados como usted.
Ahora cambia de color, señorita Butterworth.
Pero no hay necesidad. Para ser una aficionada, ha dado menos problemas y ha cometido menos errores de lo que cabía esperar.
¡Cada vez peor! Ahora me trataba con condescendencia, y por unos resultados a cuya obtención yo no había contribuido en nada.
Lo contemplé con absoluto asombro. ¿Se estaba divirtiendo a mi costa o se equivocaba él mismo acerca de la naturaleza y el rumbo de mis últimas investigaciones?
Era una cuestión que debía resolver, y de inmediato; y como la duplicidad había resultado hasta entonces mi mejor arma para tratar con el señor Gryce, decidí recurrir a ella en aquella emergencia.
Despejé el ceño y contemplé con aire más complaciente el pequeño jarrón húngaro que había cogido al entrar en la habitación y dentro del cual llevaba hablando desde que creyó oportuno felicitar a su dueña.
—No deseo —dije— que se proclame ante el mundo que he descubierto la culpabilidad de Franklin Van Burnam.
Pero sí quiero que la policía me reconozca algún mérito, aunque solo sea porque uno de sus miembros ha tenido a bien mirar mis esfuerzos con desdén.
Me refiero a usted, señor Gryce; de modo que, si habla en serio —él sonrió al jarrón con suma cordialidad—, aceptaré sus disculpas en la medida en que me honre con su confianza.
Sé que está deseando oír qué pruebas he recogido, pues de lo contrario no perdería el tiempo conmigo en una mañana tan ocupada.
—¡Sagaz! —fue la breve exclamación que lanzó a la boca del jarrón que manejaba.
—Si ese término de admiración va dirigido a mí —observé—, le aseguro que soy muy consciente del honor.
Pero los halagos nunca han conseguido hacerme hablar contra mi buen juicio.
Puede que sea sagaz, pero hasta un necio podría ver lo que busca usted esta mañana.
Felicíteme cuando me lo haya merecido. Sé esperar.
—Empiezo a pensar que lo que oculta con tanta firmeza tiene un valor nada corriente, señorita Butterworth.
Si es así, no debo ser el único que escuche sus explicaciones.
¿No es un coche lo que oigo detenerse? Estoy esperando al inspector Z——.
Si es él, ha obrado usted sabiamente al retrasar sus comunicaciones hasta su llegada.
En efecto, un coche se detenía , y fue el inspector quien bajó de él. Empecé a sentir mi importancia de una manera verdaderamente grata, y alcé los ojos hacia el retrato de mi padre con el íntimo anhelo de que su original estuviera allí para presenciar el cumplimiento de su profecía.
Pero aquellos pensamientos no me distraían hasta el punto de impedirme intentar obtener algo del señor Gryce antes de que el inspector se reuniera con nosotros.
—¿Por qué me habla una vez de mi doncella y otra de una muchacha de gris? ¿Creía que Lena…?
—¡Silencio! —ordenó—. Tendremos sobradas oportunidades de hablar de este asunto más adelante.
«¿Las tendremos? —pensé—. No hablaremos de nada hasta que sepa con mayor certeza adónde quiere ir a parar».
Pero no dejé ver nada de aquella determinación en mi rostro. Por el contrario, me volví toda amabilidad al entrar el inspector, e hice los honores de la casa de una manera que espero que mi padre habría aprobado de haber estado vivo y presente.
El señor Gryce siguió mirando fijamente dentro del jarrón.
—Señorita Butterworth —hablaba el inspector—, me han dicho que se interesa mucho por el asesinato de los Van Burnam y que incluso ha llegado a recoger algunos datos relacionados con él que aún no ha comunicado a la policía.
—Le han informado correctamente —respondí—. Me he interesado profundamente por esta tragedia y he llegado a conocer ciertos hechos referentes a ella que, hasta el momento, no he revelado a alma viviente.
El interés del señor Gryce por mi pobre jarroncito aumentó de manera prodigiosa. Al verlo, continué, satisfecha:
—No habría podido conseguir tanto si me hubiera permitido tener un confidente.
El éxito de un trabajo como el que he intentado depende del secreto con que se lleva a cabo.
Por eso el trabajo de un aficionado es a veces más eficaz que el de un profesional.
Nadie sospechaba que estaba haciendo averiguaciones, salvo quizá este caballero, y a él lo había prevenido de mi posible intervención.
Le dije que, en caso de que detuvieran a Howard Van Burnam, me encargaría de remover el asunto; y lo he hecho.
—¿Entonces no cree en la culpabilidad del señor Van Burnam? Ni siquiera en su complicidad, supongo —aventuró el inspector.
—No sé nada de su complicidad; pero no creo que la herida que recibió su esposa se la infligiera su mano.
—Comprendo, comprendo. Cree que fue obra de su hermano.
Antes de responder, miré de soslayo al señor Gryce. Había puesto el jarrón boca abajo y estudiaba atentamente su etiqueta; pero no podía ocultar que esperaba una respuesta afirmativa. Muy aliviada, adopté enseguida la posición que había decidido y observé con calma, pero con energía:
—Lo que creo, y lo que he averiguado en apoyo de esa creencia, sonará igual de bien en sus oídos dentro de diez minutos que ahora.
Antes de comunicarles el resultado de las averiguaciones que he podido hacer, necesito saber qué pruebas han reunido ustedes contra el caballero al que acaban de nombrar y en qué sentido resultan tan incriminatorias como las que pesan contra su hermano.
—¿No resulta eso imperioso, señorita Butterworth? ¿Y cree que estamos obligados a revelar todos o alguno de los secretos de nuestro oficio? Le hemos informado de que contamos con pruebas nuevas y sorprendentes contra el hermano mayor; ¿no debería bastarle?
—Quizá, si yo fuera su ayudante, o siquiera estuviera a sus órdenes.
Pero no soy ni una cosa ni la otra; actúo por mi cuenta y, aunque soy mujer y no estoy acostumbrada a estos asuntos, me he ganado, como creo que reconocerán más adelante, el derecho a cierta consideración por su parte.
No puedo exponer debidamente los hechos que tengo que contar hasta saber con exactitud en qué punto se encuentra el caso.
—No es la curiosidad lo que inquieta a la señorita Butterworth —señora, he dicho que no era curiosidad—, sino un loable deseo de que todo el asunto quede ordenado con precisión —salió entonces de los labios del detective, en su tono más seco.
—El señor Gryce conoce admirablemente mi carácter —observé con gravedad.
El inspector parecía desconcertado. Miró al señor Gryce y me miró a mí, pero la sonrisa del primero era inescrutable, y mi expresión, si mostré alguna, debió de revelar muy poca disposición a ceder.
—Si la llamaran a declarar como testigo, señorita Butterworth —así pretendió manejarme—, no tendría elección. Se vería obligada a hablar o incurriría en desacato al tribunal.
—Es cierto —reconocí—. Pero no es lo que pudiera verme obligada a decir entonces, sino lo que puedo decir ahora, lo que les interesa en este preciso momento.
Así pues, sean generosos, caballeros, y satisfagan mi curiosidad, porque eso es lo que el señor Gryce considera que es, pese a sus afirmaciones en sentido contrario.
¿No saldrá todo en los periódicos dentro de unas horas, y no me he ganado de ustedes tanto como los reporteros?
—Los reporteros son nuestra plaga. No se compare con los reporteros.
—Y, sin embargo, a veces les proporcionan una pista valiosa.
El señor Gryce pareció dispuesto a negarlo, pero era un hombre prudente y se limitó a dar al jarrón un giro que creí que me costaría aquella pequeña pieza artística.
—¿Complacemos a la señorita Butterworth? —preguntó el inspector.
—Haremos algo mejor —respondió el señor Gryce, dejando el jarrón con una precisión que me hizo dar un respingo, pues adoro los objetos de adorno y estimo los pocos que poseo quizá por encima de su valor real—.
La trataremos como a una colaboradora, que, por cierto, dice que no es, y mediante la confianza que depositemos en ella nos aseguraremos de que use nuestros secretos con la misma discreción que demuestra, con tanto espíritu, respecto de los suyos.
—Empiece, entonces —dije.
—Lo haré —dijo—, pero antes permítame reconocer que fue usted quien primero nos puso sobre la pista de Franklin Van Burnam.