XXVII. ENCONTRADA
Di un grito ahogado y bajé corriendo los escalones.
—¡No se marche! —grité al cochero—. Lo necesitaré dentro de diez minutos.
Y, volviendo apresuradamente sobre mis pasos, subí la escalera en un estado de ánimo del que no tengo motivo alguno para sentirme orgullosa. Por fortuna, el señor Gryce no estaba allí para verme.
—¿Se ha ido? ¿Se ha ido la señorita Oliver? —pregunté a gritos a la doncella, a la que encontré temblando en un rincón del vestíbulo.
—Sí, señora; ha sido culpa mía, señora. Estaba tan tranquila en la cama que creí que podía salir un momento, pero cuando volví faltaba su ropa y ella se había ido.
Debió de escabullirse por la puerta principal mientras Dan estaba en el vestíbulo de atrás.
No comprendo de dónde sacó fuerzas para hacerlo.
Yo tampoco. Pero no me detuve a razonar sobre ello; había demasiado que hacer.
Seguí corriendo y entré en la habitación que había dejado pocas horas antes con tantas esperanzas.
Tenía el vacío ante mí, y comprendí lo que era verse burlada en el momento del triunfo.
Pero no perdí un instante en la inactividad.
Registré los armarios y abrí de un tirón los cajones; comprobé que faltaban su abrigo y su sombrero, pero no la falda marrón de la señora Van Burnam, aunque habían sacado el monedero de su bolsillo.
—¿Está aquí su bolso? —pregunté.
Sí, estaba en su antiguo lugar, debajo de la mesa; y en el lavabo y la cómoda seguían los sencillos artículos de tocador que, según me habían dicho, había traído consigo. ¡Con qué prisa debía de haber huido para dejar atrás aquellas cosas necesarias!
Pero lo que más me impresionó fue ver la labor de punto, con la que tan desconsideradamente había trasteado la noche anterior, en montones de hilos deshechos sobre la mesa, como si la hubieran desgarrado en un arrebato de frenesí.
Aquello probaba que aún tenía fiebre; y, al considerar este hecho, cobré ánimos, pensando que a una persona en su estado no le permitirían vagar mucho tiempo por las calles, sino que la recogerían y la llevarían a algún hospital.
Con esta esperanza emprendí mi búsqueda.
La señorita Althorpe, que llegó justo cuando yo me disponía a salir, accedió a telefonear a la Jefatura de Policía para dar una descripción de la muchacha y pedir que le avisaran si aquella noche encontraban a una persona así en las calles, en los muelles o en cualquiera de las comisarías.
—No es —le aseguré, cuando nos apartamos del teléfono y me dispuse a despedirme hasta el día siguiente— que deba esperar que la traigan de nuevo a esta casa, pues no es mi intención que vuelva a poner los pies en ella.
De modo que avíseme si la encuentran, y la eximiré de toda otra responsabilidad en el asunto.
Luego me puse en marcha.
Nombrar las calles que recorrí o los lugares que visité aquel día ocuparía más espacio del que deseo dedicar al asunto.
Llegó el crepúsculo y no había obtenido la menor pista de su paradero; cayó la noche y seguía sin haber rastro de la fugitiva.
¿Qué debía hacer? ¿Confiarme al señor Gryce después de todo?
Sería muy doloroso para mi orgullo, pero empezaba a temer que tendría que someterme a aquella humillación cuando se me ocurrió pensar en el chino.
Pensar en él una vez fue pensar en él dos veces, y pensar en él dos veces fue sentir un deseo irresistible de visitar su establecimiento y averiguar si alguien, aparte de mí, había ido a preguntar por la ropa de la desaparecida.
Acompañada de Lena, me apresuré a ir a la Tercera Avenida.
La lavandería estaba cerca de Twenty-seventh Street.
A medida que nos acercábamos, me fui sintiendo inquieta y presa de una inexplicable expectación.
Cuando llegamos, comprendí mi agitación y me serené al instante.
Porque allí estaba la señorita Oliver, mirando como hechizada a través de los cristales iluminados el estrecho local donde el propietario se inclinaba sobre su plancha.
Evidentemente llevaba allí algún tiempo, pues un grupito de muchachos adolescentes la observaba con todas las señales de estar a punto de dar muestras maliciosas de curiosidad.
Sus manos, sin guantes, estaban apoyadas contra el cristal, y toda su postura revelaba un cansancio tan intenso que la habría derribado al suelo si no la hubiera sostenido una determinación igual de intensa.
Envié a Lena en busca de un coche, me acerqué a la pobre criatura y la aparté a la fuerza del escaparate.
—¿Quiere algo de aquí? —pregunté—. Si es así, entraré con usted.
Me miró con una extraña apatía y, sin embargo, también con cierta especie de alivio. Luego negó despacio con la cabeza.
—No sé nada de ello. Me da vueltas la cabeza y todo me parece extraño, pero alguien o algo me ha enviado a este sitio.
—Entre —la apremié—, entre un momento.
Y, medio sosteniéndola, medio arrastrándola, conseguí hacerla cruzar el umbral y entrar en el establecimiento del chino.
Inmediatamente una docena de rostros se apretujaron contra el cristal donde antes había estado el suyo.
El chino, un ser impasible, se volvió al oír el tintineo de la campanilla que anunciaba a un cliente.
—¿Es esta la señora que dejó aquí la ropa hace unas noches? —pregunté.
Se detuvo y se quedó mirando, reconociéndome poco a poco y recordando gradualmente lo ocurrido entre nosotros en nuestra última entrevista.
—Usted decir señora morir; ¿cómo ella señora si señora morir?
—La señora no ha muerto; me equivoqué. ¿Es esta la señora?
—Señora hablar; yo no ver cara, yo oír hablar.
—¿Ha visto antes a este hombre? —pregunté a mi compañera, casi inconsciente.
—Creo que sí, en un sueño —murmuró, tratando de hacer regresar sus pobres facultades extraviadas de alguna región por la que se habían perdido.
—¡Ella señora! —exclamó el chino, alborozado ante la perspectiva de cobrar su dinero—. Hablar bonito, yo conocer. ¿Señora querer ropa?
—Esta noche no. La señora está enferma; mire, apenas puede tenerse en pie.
Y, muy contenta ante aquella aparente prueba de que la policía no había descubierto mi interés por aquel lugar, deslicé una moneda en la mano del chino y conduje a la señorita Oliver hacia el coche que en aquel momento vi detenerse ante el local.
Los ojos de Lena, cuando se acercó a ayudarme, eran dignos de verse. Parecían preguntar quién era aquella muchacha y qué iba yo a hacer con ella. Respondí a su mirada con una explicación brevísima y, a todas luces, enteramente inesperada.
—Es tu prima, la que se escapó —observé—. ¿No la reconoces?
Lena me dio entonces y allí por imposible; pero aceptó mi explicación e incluso mintió en su afán por secundar mi capricho.
—Sí, señora —dijo—, y bien que me alegro de volver a verla.
Y, con un hábil empujón por aquí y un suave tirón por allá, consiguió meter a la enferma en el coche.
La multitud, que había aumentado considerablemente, empezaba a agolparse a nuestro alrededor entre gritos no poco burlones.
Escapando de ella como mejor pude, me senté junto a la pobre muchacha y ordené a Lena que indicase que fuéramos a casa.
Cuando dejamos atrás el bordillo, sentí que se había cerrado la última página de mis aventuras como detective aficionada.
Pero había echado la cuenta sin la huéspeda.
La señorita Oliver, cuya fiebre estaba muy avanzada, descansó como un peso muerto sobre mi hombro mientras recorríamos la avenida; pero, cuando entramos en el parque y nos acercamos a mi casa, empezó a dar tales muestras de violenta agitación que, aun uniendo nuestros esfuerzos, a Lena y a mí nos costó impedir que se arrojase por la puerta del coche, que de algún modo había conseguido abrir.
Al detenerse el coche empeoró y, aunque no hizo más intentos de abandonarlo, me resultó aún más difícil luchar contra sus nuevos impulsos que contra los anteriores.
Porque ahora no había modo de hacerla salir, ni empujándola ni tirando de ella, sino que se encogía en el fondo, gimiendo y forcejeando, con los ojos fijos en la escalinata, que no es muy distinta de la de la casa contigua; hasta que, al comprender de pronto que la causa de su terror era el miedo a volver al escenario de sus recientes y espantosas experiencias, ordené al cochero que siguiera y, de mala gana, lo confieso, la llevé de nuevo a la casa de la que había salido aquella mañana.
Y así fue como pasé una segunda noche en la hospitalaria mansión de la señorita Althorpe.