XXVI. UN ENCONTRONAZO CON EL SEÑOR GRYCE
A las siete de la mañana siguiente, mi paciente descansaba con tal sosiego que juzgué que podía dejarla sola un rato sin peligro.
Así pues, informé a la señorita Althorpe de que debía ir a la parte baja de la ciudad para hacer una gestión importante y pedí a Crescenze que cuidase de la enferma en mi ausencia.
Como accedió, salí de la casa en cuanto terminé de desayunar y fui inmediatamente en busca del señor Gryce.
Quería cerciorarme de que no sabía nada de los anillos.
Dieron las once antes de que lograse encontrarlo. Como estaba segura de que una pregunta directa no obtendría respuesta, disimulé mi verdadera intención cuanto mis principios me permitían y me dirigí a él con el aire ansioso de quien tiene grandes noticias que comunicar.
—¡Oh, señor Gryce! —exclamé impetuosamente, como si de veras fuese la mujer débil por la que él me tenía—. He encontrado algo; algo relacionado con el asesinato de los Van Burnam. Ya sabe que le prometí ocuparme del asunto si detenía a Howard Van Burnam.
Su sonrisa era irritante en extremo.
—¿Ha encontrado algo? —repitió—. ¿Y puedo preguntarle si ha tenido la bondad de traerlo consigo?
Aquel anciano y respetable detective estaba jugando conmigo. Contuve mi cólera, contuve incluso mi indignación y, con una sonrisa muy semejante a las suyas, respondí brevemente:
—Nunca llevo encima objetos de valor. Media docena de anillos caros representan demasiado dinero para que corra con ellos riesgos innecesarios.
Mientras yo hablaba, acariciaba la cadena de su reloj, y advertí que interrumpía aquel movimiento durante un lapso infinitesimal al oír la palabra anillos . Luego continuó como antes, pero yo sabía que había captado su atención.
—¿De qué anillos habla, señora? ¿De los que faltaban de las manos de la señora Van Burnam?
Seguí su propio ejemplo y me permití una pequeña burla.
—Oh, no —protesté—, de esos anillos no, por supuesto. De los anillos de la reina de Siam; de cualesquiera otros, menos de los que nos interesan especialmente.
Encontrarme frente a él en su propio terreno lo desconcertó de manera evidente.
—Está usted bromista, señora. ¿Qué debo deducir de semejante ligereza? ¿Que el éxito ha coronado sus esfuerzos y que ha encontrado a una persona más culpable que la que está ahora detenida?
—Es posible —respondí, limitando mis avances a los suyos—. Pero sería ir demasiado deprisa hablar aún de eso. Lo que quiero saber es si usted ha encontrado los anillos de la señora Van Burnam.
Mi tono triunfal, el acento casi burlón que deliberadamente di a la palabra usted , cumplieron su propósito.
Ni por un momento se le ocurrió que yo estaba jugando con él; creyó que rebosaba de orgullo y, lanzándome una mirada penetrante —la primera, dicho sea de paso, que recibía de él—, preguntó con perceptible interés:
—¿Los ha encontrado usted ?
Convencida al instante de que conocía el paradero de aquellas joyas tan poco como yo, me levanté y me dispuse a marcharme. Pero, al ver que no quedaba satisfecho y que esperaba una respuesta, adopté un aire misterioso y observé con calma:
—Si viene mañana a mi casa, me explicaré. Hoy no estoy dispuesta a hacer más que insinuar mis descubrimientos.
Pero no era hombre que dejase escapar a nadie con tanta facilidad.
—Discúlpeme —dijo—, pero los asuntos de esta clase no admiten demora. El gran jurado se reúne esta semana, y hay que recoger de inmediato cualquier prueba que merezca presentarse ante él. Debo pedirle que sea franca conmigo, señorita Butterworth.
—Y lo seré, mañana.
—Hoy —insistió—, hoy.
Viendo que no ganaría nada por aquel camino, volví a sentarme y le dirigí, al hacerlo, una sonrisa decididamente ambigua.
—Reconoce entonces —dije— que, después de todo, la solterona puede contarle algo. Creía que se tomaba todos mis esfuerzos a broma. ¿Qué le ha hecho cambiar de parecer?
—Señora, me niego a enzarzarme en discusiones. ¿Ha encontrado esos anillos o no?
— No los he encontrado —dije—, pero usted tampoco, y como de eso quería cerciorarme, ahora me despediré sin más ceremonias.
El señor Gryce no es hombre que diga palabras malsonantes, pero se le escapó una que no era precisamente una bendición. Sin embargo, al momento siguiente lo reparó con esta observación:
—Señora, una vez dije, como sin duda recordará, que llegaría el día en que me encontraría a sus pies. Ese día ha llegado. Y ahora, ¿hay algún otro pequeño y preciado dato conocido por la policía que le gustaría que le comunicasen?
Me tomé en serio su humillación.
—Es usted muy amable —repuse—, pero no le molestaré pidiéndole datos : esos puedo recogerlos por mí misma; lo que sí me gustaría que me dijera es esto: si encontrase esos anillos en poder de una persona de la que se sabe que estuvo en el lugar del crimen cuando se cometió, ¿no los consideraría una prueba incontrovertible de culpabilidad?
—Sin duda —dijo, con una súbita alteración de sus modales que me advirtió de que debía reunir todas mis fuerzas si quería guardar mi secreto hasta estar enteramente dispuesta a revelarlo.
—Entonces —dije, con un decidido movimiento hacia la puerta—, esos son todos mis asuntos por hoy. Buenos días, señor Gryce; le esperaré mañana.
Me hizo detenerme cuando mi pie ya había cruzado el umbral; no con una palabra ni una mirada, sino simplemente con sus modales paternales.
—Señorita Butterworth —observó—, las sospechas que ha albergado desde el principio han adquirido en los últimos días una forma definida. ¿Hacia dónde apuntan? Dígamelo.
Algunos hombres y la mayoría de las mujeres habrían cedido ante aquel imperioso ¡dígamelo! Pero Amelia Butterworth no cedía. En lugar de eso, le obsequié con un toque de ironía.
—¿Es posible —pregunté— que crea que merece la pena consultarme a mí ? Pensaba que sus ojos eran demasiado perspicaces para buscar la ayuda de los míos. Está tan convencido como yo de que Howard Van Burnam es inocente del crimen por el que lo ha detenido.
Una expresión peligrosamente insinuante cruzó su rostro al oírme. Se adelantó con rapidez y, reuniéndose conmigo donde yo estaba, dijo sonriendo:
—Unamos nuestras fuerzas, señorita Butterworth. Desde el principio se ha negado a considerar culpable al hijo menor de Silas Van Burnam. Sus razones eran entonces débiles y apenas merecían comunicarse. ¿Tiene ahora otras mejores que aducir? Si las tiene, no es demasiado tarde para mencionarlas.
—Mañana tampoco será demasiado tarde —repliqué.
Convencido de que no conseguiría hacerme cambiar de postura, me dedicó una de sus profundas reverencias.
—Olvidaba —dijo— que se había entrometido en este asunto como rival y no como colaboradora.
Y volvió a inclinarse, esta vez con un aire sarcástico que yo estaba demasiado satisfecha de mí misma para tomar a mal.
—¿Mañana, entonces? —dije.
—Mañana.
Y con esto lo dejé.
No regresé inmediatamente a casa de la señorita Althorpe.
Visité la sombrerería de Cox, la casa de la señora Desberger y las oficinas de las diversas líneas de tranvías de la ciudad.
Pero no obtuve ninguna pista de los anillos; y, convencida al fin de que la señorita Oliver, como ahora debo llamarla, no los había perdido ni se había desprendido de ellos en el trayecto entre Gramercy Park y su refugio actual, volví a casa de la señorita Althorpe aún más decidida que antes a registrar aquel lujoso hogar hasta encontrarlos.
Pero me esperaba una verdadera sorpresa. Al abrirse la puerta vislumbré el rostro del mayordomo y, al advertir su expresión azorada, pregunté enseguida qué había ocurrido.
Su respuesta reveló una extraña mezcla de vacilación y descaro.
—No mucho, señora; solo que la señorita Althorpe teme que usted se disguste. La señorita Oliver se ha ido, señora; se escapó mientras Crescenze estaba fuera de la habitación.