El caso de la casa de al lado XXV. «¡LOS ANILLOS! ¿DÓNDE ESTÁN LOS ANILLOS?»
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XXV. «¡LOS ANILLOS! ¿DÓNDE ESTÁN LOS ANILLOS?»

De haber estado presente el señor Gryce, habría dominado al instante mi decepción, contenido mi disgusto y vuelto a ser la inescrutable Amelia Butterworth antes de que él pudiera decir: «¡A esta mujer le ha salido algo mal!

». Pero el señor Gryce no estaba presente y, aunque no dejé traslucir ni la mitad de lo que sentía, mostré emoción suficiente para que la señorita Althorpe observara:

—Parece sorprendida por lo que le he dicho. ¿Ha dicho alguien que esas dos mujeres se parecían?

Obligada a hablar, recobré en un instante el dominio de mí misma y asentí con energía.

—Alguien ha cometido semejante necedad —observé.

La señorita Althorpe se quedó pensativa. Aunque le interesaba el asunto, su interés no era tan grande como para comprenderlo en su totalidad. Sus propias preocupaciones la tenían distraída, y yo me alegré mucho de ello.

—Louise Van Burnam tenía la barbilla afilada y unos ojos azules muy fríos. Con todo, a algunos les resultaba fascinante su rostro.

—¡En fin, fue una tragedia espantosa! —observé, e intenté cambiar de tema, cosa que, por fortuna, conseguí tras un breve esfuerzo.

Luego recogí la cesta y, al advertir un ligero movimiento en los labios de la enferma, me acerqué a ella y descubrí que murmuraba para sí.

Como la señorita Althorpe se había levantado al mismo tiempo que yo, no me atreví a escuchar aquellos murmullos; pero cuando mi encantadora anfitriona me hubo dado las buenas noches, con numerosas recomendaciones de que no me fatigara y de que no olvidase que había una licorera y un plato de galletas en una mesa de fuera, volví apresuradamente junto a la cama e, inclinándome sobre mi paciente, traté de captar las palabras que salían de sus labios.

Como eran sencillas y no hacían sino repetir las que en aquel mismo momento me rondaban por la cabeza, no tuve dificultad en distinguirlas.

—¡Van Burnam! —decía—. ¡Van Burnam!

Alternaba estas palabras con un breve «¡Howard!» y, en una ocasión, con un vacilante «¡Franklin!».

«¡Ah! —pensé, con una súbita reacción—, aunque no sea Louise Van Burnam, es la mujer a la que busco». Y, sin hacer caso del sobresalto que dio, retiré la manta con que la había cubierto y, quisiera ella o no, le quité el zapato y la media del pie izquierdo.

No había cicatriz alguna en su tobillo desnudo; volví a cubrirlo enseguida y cogí el zapato.

Al instante quedó explicada la inquietud que había mostrado cuando una mano extraña se acercaba a aquella prenda.

En el forro de la parte superior había cosidos billetes por una suma nada corriente y, como el otro zapato probablemente le servía de igual depósito, era natural que la preocupase cualquier movimiento que pudiera conducir al descubrimiento de su pequeña fortuna.

Asombrada ante un misterio que ofrecía tantos puntos de interés, metí el zapato entre la ropa de cama y me senté a reconsiderar la situación.

Mi error había consistido en deducir que, puesto que la fugitiva cuyo rastro había seguido llevaba la ropa de Louise Van Burnam, tenía que ser necesariamente aquella desdichada señora.

Ahora comprendía que, después de todo, la asesinada era la esposa de Howard, y mi paciente, probablemente, su rival.

Pero aquello exigía cambiar por completo todo mi razonamiento.

Si la que tenía ante mí era la rival y no la esposa, ¿cuál de las dos lo había acompañado al lugar de la tragedia?

Él había dicho que su esposa; yo me había demostrado a mí misma que había sido la rival; ¿tenía razón él, la tenía yo o no la teníamos ninguno de los dos?

Incapaz de decidirlo, concentré mi atención en otra pregunta.

¿Cuándo habían intercambiado sus ropas las dos mujeres o, más bien, cuándo se había hecho esta mujer con los vestidos de seda y los elaborados adornos de su rival, más opulenta?

¿Antes de que cualquiera de las dos entrara en casa del señor Van Burnam? ¿O después de su encuentro allí?

Repasé ciertos pequeños hechos a los que hasta entonces no había intentado dar explicación, los reuní y busqué en ellos inspiración.

Estos son los hechos:

Una de las prendas que llevaba la asesinada estaba desgarrada por la espalda. Como era nueva, evidentemente había sufrido algún tirón brusco que ninguna señal de lucha permitía explicar.

Los zapatos y las medias hallados en la víctima eran las únicas prendas que llevaba cuya procedencia no podía remontarse a Altman’s.

Cuando la supuesta señora James Pope se cambió de ropa, no se había cambiado estas prendas.

¿No podía explicarse aquello por la presencia de una considerable suma de dinero en sus zapatos?

La salida con la cabeza descubierta de una fugitiva deseosa de pasar inadvertida, dejando atrás sombrero y guantes en un armario del comedor.

Había intentado explicar este último acto anómalo por su temor a que le siguieran el rastro gracias a un objeto tan llamativo como aquel sombrero; pero la explicación no me había satisfecho entonces y mucho menos ahora.

Y, por último, lo más decisivo de todo: las palabras que había oído pronunciar a aquella muchacha medio inconsciente: «¡Oh, cómo voy a tocarla! Está muerta y nunca he tocado un cadáver».

¿Podía faltarme la inspiración ante semejante relación? ¿No era evidente que el cambio se había efectuado después de la muerte, y por las propias manos de aquella muchacha en apariencia tan sensible?

Era una idea horrible, y conducía a otras más horribles aún.

Porque el mero hecho de cometer un acto tan repugnante revelaba un afán de ocultación que solo podía explicarse por una gran culpa.

Ella había sido la culpable y la esposa la víctima; y Howard…

En fin, sus actos seguían siendo un misterio, pero ni siquiera ahora estaba dispuesta a admitir su culpabilidad.

Al contrario, veía su inocencia con mayor claridad aún.

Porque, si hubiera consentido abierta o encubiertamente en la muerte de su esposa, ¿habría abandonado tan de inmediato a su cómplice, por no hablar de dejarle la espantosa tarea de ocultar el crimen?

No; prefería pensar que la tragedia había ocurrido después de su partida, y que su negativa a reconocer la identidad de su esposa mientras le fue posible se explicaba por su desconocimiento de la presencia de esta en la casa donde él creía haber dejado tan solo a su rival.

Como el intercambio de las prendas de ambas mujeres solo podía haberse producido después, y como era natural que juzgase a la víctima por su ropa, quizá él mismo se hubiera equivocado de veras en cuanto a su identidad.

No era, desde luego, una suposición improbable, y explicaba muchas cosas que de otro modo resultaban inexplicables en la conducta del señor Van Burnam.

Pero ¿y los anillos? ¿Por qué no encontraba los anillos?

Si mi razonamiento actual era correcto, aquella mujer debía de llevar consigo esas pruebas de culpabilidad.

Pero ¿no los había buscado sin éxito en todos los lugares a mi alcance?

Irritada por no conseguir atribuirle aquella única prueba irrefutable de su culpa, cogí la labor de punto que vi en la cesta de la señorita Oliver y empecé a mover las agujas para dar algún descanso a mis pensamientos.

Pero apenas me había puesto a tejer cuando un movimiento de mi paciente volvió a atraer mi atención hacia la cama, y me sobresalté al verla de nuevo incorporada, aunque esta vez con una expresión de miedo, más que de sufrimiento, en el rostro.

—¡No! —jadeó, señalando con mano temblorosa la labor que yo sostenía—. No soporto el clic, clic de las agujas. Suéltelas, se lo ruego; ¡suéltelas!

Su agitación era tan grande y su nerviosismo tan evidente que obedecí de inmediato.

Por mucho que me afectara su culpa, no estaba dispuesta a hacer lo más mínimo que alterase sus nervios, ni siquiera a costa de los míos.

Cuando las agujas cayeron de mi mano, se dejó caer de nuevo y de sus labios escapó un suspiro rápido y breve.

Luego volvió a quedarse quieta, y yo permití que mis pensamientos regresaran al asunto de siempre.

¡Los anillos! ¡Los anillos! ¿Dónde estaban los anillos? ¿Sería imposible que yo los encontrase?