XXIII. RUTH OLIVER #2
Eché una rápida ojeada a la habitación, y mis ojos se posaron en el pequeño alfiletero azul de la cómoda de madera satinada.
—¿Puso usted ahí esos alfileres? —pregunté, señalando una docena o más de alfileres negros agrupados en un rincón.
— Yo no, no; y dudo que lo hiciera Crescenze. ¿Por qué?
Saqué un pequeño alfiler negro de mi cinturón, donde lo había sujetado bien, y, llevándolo al alfiletero, lo comparé con los que veía. Eran idénticos.
«Una minucia —decidí para mis adentros—, pero apunta en la dirección correcta»; luego, respondiendo a la señorita Althorpe, añadí en voz alta:
—Temo que sí. Al menos, todavía no he visto motivo para dudarlo. Pero debo cerciorarme. ¿Me permite despertarla?
—¡Oh, parece cruel! Ya está sufriendo bastante. ¡Vea cómo se retuerce y se revuelve!
—Me parece que será una obra de piedad sacarla de sueños tan llenos de dolor y angustia.
—Quizá, pero la dejaré sola para que lo haga. ¿Qué le dirá? ¿Cómo explicará su intromisión?
—Oh, encontraré el modo, y tampoco será demasiado cruel. Será mejor que se aparte junto a la cómoda y escuche. Creo que preferiría no asumir sola la responsabilidad de hacer esto.
La señorita Althorpe, sin comprender mis vacilaciones y entendiendo solo a medias el objeto de mi visita, me miró con duda, pero se retiró al lugar indicado; y, ya fuera por el susurro de su vestido de seda o porque el sueño de la muchacha a la que observábamos hubiera llegado a su punto culminante, la figura tendida ante mí se agitó un instante y, al momento, lanzó las manos al aire con un grito.
—¡Oh, cómo voy a tocarla! Está muerta y nunca he tocado un cadáver.
Retrocedí, respirando con dificultad, y los ojos de la señorita Althorpe, al encontrarse con los míos, se oscurecieron de horror. De hecho, estaba a punto de gritar también, pero hice un gesto imperioso y se limitó a retroceder aún más hacia la puerta.
Entretanto, yo me había inclinado hacia delante y había apoyado la mano sobre la temblorosa figura.
—Señorita Oliver —dije—, despierte, se lo ruego. Tengo un mensaje de la señora Desberger para usted.
Volvió la cabeza, me miró como una persona aturdida y luego se movió despacio y se incorporó.
—¿Quién es usted? —preguntó, recorriéndome a mí y al espacio que la rodeaba con unos ojos que no parecían percibir nada hasta posarse en la figura de la señorita Althorpe, de pie junto a la puerta entreabierta en una actitud de vergüenza y compasión mezcladas.
—¡Oh, señorita Althorpe! —suplicó—. Le ruego que me disculpe. No sabía que me necesitaba. Estaba dormida.
—Es esta señora quien la necesita —respondió la señorita Althorpe—. Es amiga mía y una persona a la que puede hacer confidencias.
—¡Confidencias!
Aquella palabra bastó para despertarla del todo. Se puso lívida y, cuando miró hacia mí, sus ojos mostraron tanto terror como sorpresa.
—¿Por qué cree que tengo algo que confiar? Si así fuera, no acudiría a otra persona antes que a usted, señorita Althorpe.
Había lágrimas en su voz, y tuve que recordar a la víctima recién enterrada en Woodlawn para no conceder a aquella mujer mucha más compasión de la que merecía. Su voz y su presencia eran magnéticas, pero eso no era motivo para olvidar lo que había hecho.
—Nadie le pide confidencias —protesté—, aunque quizá no le perjudicara aceptar una amiga cuando puede encontrarla. Solo deseo, como he dicho antes, darle un mensaje de la señora Desberger, bajo cuyo techo estuvo antes de venir aquí.
—Se lo agradezco —respondió, poniéndose de pie y temblando mucho—. La señora Desberger es una buena mujer; ¿qué quiere de mí?
Así que iba por buen camino; reconocía a la señora Desberger.
—Nada más que devolverle esto. Se le cayó del bolsillo mientras se vestía.
Y le tendí el pequeño alfiletero rojo que había tomado de la habitación delantera de los Van Burnam.
Lo miró, retrocedió violentamente y apenas consiguió evitar que se manifestara toda la profundidad de sus emociones.
—No sé nada de eso. No es mío, ¡no lo conozco!
Y se le movió el cabello sobre la frente mientras miraba el pequeño objeto que descansaba en la palma de mi mano, lo que me demostró que volvía a ver ante sí todos los horrores de la casa de la que procedía.
—¿Quién es usted ? —exigió de pronto, apartando los ojos de aquel sencillo alfiletero y clavándolos con extravío en mi rostro—. La señora Desberger nunca me ha enviado esto. Yo…
—Hace bien en detenerse ahí —intervine; y luego hice una pausa, sintiendo que había forzado una situación que apenas sabía cómo manejar.
El instante de pausa que se había concedido pareció devolverle el dominio de sí misma. Se apartó de mí y se dirigió hacia la señorita Althorpe.
—No sé quién es esta señora —dijo— ni qué significa lo que ha venido a tratar conmigo. Pero espero que no sea nada que me obligue a abandonar esta casa, que es mi único refugio.
La señorita Althorpe, demasiado predispuesta a favor de la muchacha para oír aquel ruego sin conmoverse, a pesar de la culpabilidad que había mostrado al recibir mi ataque, sonrió débilmente al responder:
—Solo las razones más poderosas me harían separarme ahora de usted. Si existen tales razones, me ahorrará el dolor de tener que recurrir a ellas. Creo que puedo confiar en usted hasta ese punto, señorita Oliver.
No hubo respuesta; la joven parecía incapaz de hablar.
—¿Hay alguna razón para que no deba mantenerla en mi casa, señorita Oliver? —continuó la amable dueña de tantos millones—. Si la hay, sé que no querrá quedarse cuando piense en lo cerca que está el día de mi boda y en lo libre que debería estar mi mente de preocupaciones ajenas a ella.
La muchacha seguía callada, aunque movía ligeramente los labios, como si hubiese hablado de haber podido.
—Pero quizá solo sea usted desgraciada —sugirió la señorita Althorpe, con una expresión de piedad casi angelical; no suelo ver ángeles en las mujeres—. Si es así, Dios no permita que abandone mi protección ni mi casa. ¿Qué dice, señorita Oliver?
—Que usted es la mensajera de Dios para mí —prorrumpió la otra, como si de pronto se le hubiera soltado la lengua—. Que la desgracia, y no la maldad, me ha traído hasta su puerta; y que no hay motivo para que la deje, a menos que mis sufrimientos secretos hagan que mi presencia le resulte ingrata.
¿Era aquella la manera de hablar de una mujer frívola atrapada de improviso en las redes de un crimen espantoso? Si lo era, se trataba de una actriz más consumada de lo que nos habían llevado a esperar incluso sus propias palabras a su marido disgustado.
—Parece usted una persona acostumbrada a decir la verdad —prosiguió la señorita Althorpe—. ¿No cree que se ha equivocado en algo, señorita Butterworth? —me preguntó, acercándose con una sonrisa ingenua.
Había olvidado advertirle que no utilizara mi nombre y, cuando lo pronunció, esperé ver a su desdichada compañera apartarse de mí con un grito.