El caso de la casa de al lado XXIII. RUTH OLIVER
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XXIII. RUTH OLIVER

Desde casa de la señora Desberger fui inmediatamente en coche a la de la señorita Althorpe, con el propósito de comprobar sin demora si se encontraba allí la desdichada fugitiva cuyo rastro seguía.

Las seis de la tarde de un domingo no son una hora propicia para visitar a una joven, sobre todo cuando esta tiene un enamorado que acostumbra a tomar el té con la familia.

Pero yo estaba dispuesta a transgredir todas las normas e incluso a olvidar los derechos de los enamorados.

Además, a una mujer de mi condición se le perdona mucho, especialmente una persona con la sensatez y la amabilidad de la señorita Althorpe.

Que no me equivocaba en mis cálculos quedó patente en el recibimiento.

La señorita Althorpe se adelantó con toda la gracia y con tan poca sorpresa en sus modales como cabía esperar dadas las circunstancias, y por un momento me conmovieron tanto su belleza y el encanto natural de sus maneras que olvidé mi recado y solo pensé en el placer de encontrar a una dama que estaba verdaderamente a la altura del ideal que una se ha fijado en secreto.

Naturalmente, es mucho más joven que yo —algunos dicen que solo tiene veintitrés años—; pero una dama lo es a cualquier edad, y Ella Althorpe podría servir de modelo a una mujer mucho mayor que yo.

La habitación en la que nos sentamos era grande y, aunque podía oír la voz del señor Stone en la estancia contigua, no temí abordar el asunto que me había llevado allí.

—Quizá le parezca extraña esta intromisión —empecé—, pero creo que hace unos días publicó un anuncio buscando a una joven dama de compañía. ¿Ha encontrado lo que buscaba, señorita Althorpe?

—Oh, sí; tengo conmigo a una joven que me gusta mucho.

—¡Ah, ya tiene a alguien! ¿Es una persona conocida suya?

—No, es una desconocida y, lo que es más, no trajo recomendaciones. Pero su aspecto es tan agradable y deseaba tanto el puesto que accedí a probarla. Y estoy muy satisfecha con ella, ¡pobre muchacha!, verdaderamente satisfecha.

Ah, he aquí una oportunidad para hacer preguntas. Sin mostrar demasiado afán, pero sí el interés debido, observé sonriendo:

—Nadie que permanezca bajo su techo puede ser llamado pobre durante mucho tiempo, señorita Althorpe. Pero quizá haya perdido a sus allegados; ¿no son tantas las buenas muchachas que se ven obligadas a valerse por sí mismas por la muerte de sus familiares?

—No viste de luto; pero, aun así, sufre alguna gran desgracia. Aunque esto no puede interesarle, señorita Butterworth; ¿tiene alguna protegida a la que deseaba recomendar para el puesto?

La oí, pero no respondí enseguida. En realidad, estaba pensando cómo proceder. ¿Debía confiarme a ella o continuar de la manera ambigua en que había empezado? Al verla sonreír, me di cuenta del incómodo silencio.

—Discúlpeme —dije, recuperando mis mejores modales—, pero hay algo que quiero decirle y que quizá le parezca peculiar.

—Oh, no —dijo ella.

— Sí me interesa la muchacha a la que ha protegido, y por razones muy distintas de las que usted supone. Temo… tengo grandes motivos para temer… que no sea precisamente la persona a la que le gustaría dar cobijo bajo su techo.

—¡De veras! Pero ¿qué sabe de ella? ¿Algo malo, señorita Butterworth?

Sacudí la cabeza y le rogué que primero me dijera cómo era la muchacha y en qué circunstancias había acudido a ella; pues deseaba no equivocarme al identificarla con la persona que buscaba.

—Es una muchacha de aspecto dulce —fue la respuesta que recibí—; no hermosa, pero de expresión y modales interesantes.

Tiene el pelo castaño —me estremecí—, los ojos castaños y una boca que sería preciosa si alguna vez sonriera.

En realidad, es muy atractiva y tan distinguida que he deseado hacer de ella una verdadera compañera.

Pero, aunque atiende a todos sus deberes y me está manifiestamente agradecida por el hogar que le he dado, muestra tan pocas ganas de compañía o conversación que, desde hace un día o dos, he desistido de animarla siquiera a hablar.

Pero ¿me preguntaba en qué circunstancias vino a mí?

—Sí, ¿qué día y a qué hora? ¿Iba bien vestida o su ropa parecía ajada?

—Vino el mismo día en que publiqué el anuncio: el dieciocho… sí, fue el dieciocho de este mes; e iba vestida, por lo que observé, con mucho aseo. De hecho, su ropa parecía nueva. Tenía que serlo, porque no trajo nada más que lo que cabía en un pequeño bolso de viaje.

—¿También nuevo? —sugerí.

—Muy probablemente; no me fijé.

—¡Oh, señorita Althorpe! —exclamé, esta vez con bastante vehemencia—. Temo, o más bien espero, que sea la mujer que busco.

—¡Que busca usted !

—Sí, yo ; pero todavía no puedo decirle para qué. Debo estar segura, pues no querría someter a una persona inocente a sospechas más de lo que usted querría.

—¡Sospechas! ¿Entonces no es honrada? Eso me preocuparía, señorita Butterworth, pues, como sabe, la casa está ahora llena de regalos de boda y… Pero no puedo creer tal cosa de ella . Será algún otro defecto, menos despreciable y degradante.

—No digo que tenga ningún defecto; solo he dicho que temo. ¿Con qué nombre se presenta?

—Oliver; Ruth Oliver.

Volví a pensar en las letras O. R. de la ropa de la lavandería.

—Ojalá pudiera verla —aventuré—. Daría cualquier cosa por echar una ojeada a su rostro sin que me viera.

—No sé cómo podría conseguir eso ; es muy tímida y nunca aparece por la parte delantera de la casa.

Incluso come en su habitación, pues me rogó que se lo permitiera hasta después de mi boda, cuando la casa se organice de otra manera.

Pero puede acompañarme a su cuarto. Si no tiene nada que ocultar, no puede oponerse a una visita; y, si lo tiene , será mejor que lo sepa enseguida.

—Desde luego —dije, y me levanté para seguirla, pensando cómo explicaría a la joven mi intromisión.

Acababa de llegar a una conclusión que me pareció sensata cuando la señorita Althorpe, inclinándose hacia mí, dijo con una impetuosidad tan sincera que no pude menos que admirarla:

—La muchacha está muy nerviosa; tiene el aspecto y los modales de alguien que ha sufrido una conmoción espantosa.

No la asuste, señorita Butterworth, ni la acuse de nada malo demasiado de repente.

Quizá sea inocente, y quizá, si no lo es, unas tentaciones muy grandes la hayan arrastrado al mal.

La compadezco, tanto si es simplemente desgraciada como si está atormentada por el remordimiento.

Porque nunca he visto un rostro más dulce, ni unos ojos con una profundidad de dolor tan ilimitada.

¡Exactamente lo que había dicho la señora Desberger! Era extraño, pero empecé a sentir cierta compasión por el ser desdichado al que perseguía.

—Tendré cuidado —dije—. Solo quiero asegurarme de que es la misma muchacha de la que he tenido noticias por última vez a través de una señora Desberger.

La señorita Althorpe, que ya iba a mitad de la suntuosa escalera que hace de su casa una de las más notables de la ciudad, se volvió y me dirigió una rápida mirada por encima del hombro.

—No conozco a la señora Desberger —observó.

Sonreí ante aquello. ¿Creía que la señora Desberger pertenecía a la sociedad?

Nos detuvimos al final de un pasillo del piso superior.

—Esta es la puerta —susurró la señorita Althorpe—. Quizá sea mejor que entre primero para ver si está preparada para recibir a alguien.

Me alegró que lo hiciera, pues sentía que yo misma necesitaba prepararme para encontrarme con aquella joven sobre la que, en mi mente, pesaba la espantosa sospecha de asesinato.

Pero el tiempo transcurrido entre los golpes de la señorita Althorpe en la puerta y su entrada, por breve que fuera, fue mayor que el que pasó entre su entrada y su apresurada reaparición.

—Puede cumplirse su deseo —dijo—. Está dormida en la cama y podrá verla sin que la observe. Pero —suplicó, apretándome el brazo con una vehemencia que revelaba su naturaleza afectuosa—, ¿no le parece un poco como aprovecharse de ella?

—Las circunstancias lo justifican en este caso —respondí, admirando la consideración de mi anfitriona, pero sin creer necesario imitarla.

Y, con muy pocas ceremonias, empujé la puerta y entré en el cuarto de la llamada Ruth Oliver.

El silencio y la quietud que me recibieron, aunque no eran más de lo que podía esperar, me causaron la primera impresión, y la joven figura tendida en una cama de delicada blancura, la segunda.

Todo a mi alrededor era tan apacible, y los suaves tonos azules y blancos de la habitación expresaban de tal modo inocencia y reposo, que mis pies se movieron instintivamente con mayor suavidad sobre el suelo pulido y, cuando por fin se detuvieron ante aquella cama tenuemente velada, lo hicieron con algo parecido a la vacilación en su pisada habitualmente enérgica.

El rostro de la ocupante de la cama, que ahora podía ver con claridad, quizá contribuyera a producir aquel efecto.

Tan redondeado por la salud y, sin embargo, tan demacrado por la pena.

Sin saber si la señorita Althorpe estaba detrás de mí, pero demasiado absorta en la muchacha dormida para que me importara, me incliné sobre sus facciones medio vueltas y las estudié con atención.

Eran, en efecto, las de una Virgen, cosa que no había esperado pese a las afirmaciones recibidas en ese sentido; y, aunque alteradas por el sufrimiento, explicaban sobradamente el interés que habían despertado en la bondadosa señora Desberger y en la culta señorita Althorpe.

Molesta por aquella belleza, que tan mal concordaba con el carácter de la mujer que la poseía, me incliné más, buscando algún defecto en su hermosura, cuando advertí que la lucha y la angustia visibles en su expresión se debían a algún sueño.

Conmovida, incluso contra mi voluntad, por la visión de sus párpados temblorosos y su boca crispada, estaba a punto de despertarla cuando me detuvo el suave contacto de la mano de la señorita Althorpe en mi hombro.

—¿Es la muchacha que busca?