XXII. UNA TARJETA EN BLANCO #2
—Sí, así soy yo, señora. Me gusta lo bello.
—Y lanzó a su alrededor una mirada entre disculpatoria y orgullosa—.
Así que escuché a la muchacha y la dejé sentarse en mi salón.
No había comido nada aquella mañana y, aunque no lo pidió, fui a encargarle una taza de té, porque sabía que no podría subir la escalera sin tomarla.
Sus ojos me siguieron al salir de una manera que no podía quitarme de la cabeza y, cuando volví…
nunca lo olvidaré, señora…, estaba tendida en el suelo, boca abajo y con las manos extendidas.
¿No es horrible, señora? No me extraña que se estremezca.
¿Me estremecí? Si lo hice, fue porque pensaba en aquella otra mujer, la víctima de esta, a la que había visto boca arriba y con los brazos extendidos en la penumbra del salón semicerrado del señor Van Burnam.
—Parecía muerta —continuó la buena mujer—, pero, justo cuando iba a pedir ayuda, movió los dedos y corrí a levantarla. No estaba muerta ni se había desmayado; simplemente estaba muda de dolor. ¿Qué le habría ocurrido? Me lo he preguntado cien veces.
Tenía los labios muy apretados, pero los apreté aún más, porque sentía una gran tentación de exclamar: «¡Acababa de cometer un asesinato!
». Sin embargo, no salió de mi boca sonido alguno, y la buena mujer debió de considerarme poco más que una piedra, pues se volvió hacia Lena encogiéndose de hombros y repitió con más anhelo que antes:
—¿ De verdad no sabe qué le ocurría?
Pero, naturalmente, la pobre Lena no tenía nada que decir, y la mujer continuó con un suspiro:
—Bueno, supongo que nunca sabré qué había dejado tan deshecha a aquella pobre criatura.
Pero, fuera lo que fuese, me dio bastante trabajo, aunque no quiero quejarme, porque ¿para qué estamos aquí, si no para ayudar y consolar a los desgraciados?
Pasó una hora, señora; una hora, señorita, antes de que lograra hacer hablar a la pobre muchacha; pero, cuando lo conseguí y logré que bebiera el té y comiera un poco de tostada, me sentí bien recompensada por la mirada de gratitud que me dirigió y por la manera en que se aferró a mi manga cuando intenté dejarla un minuto.
Fue esta manga, señora —explicó, alzando un conjunto de volantes y cintas de todos los colores que un momento antes me habían parecido poco menos que ridículos, pero que, a la luz de la bondad de quien los llevaba, habían perdido parte de su aspecto ofensivo.
—¡Pobre Mary! —murmuró Lena con una presencia de ánimo que me pareció admirable.
—¿Qué nombre ha dicho? —exclamó la señora Desberger, deseosa de saber cuanto pudiera sobre su antigua y misteriosa huésped.
—Preferiría no decir su nombre —protestó Lena con una timidez que convenía de maravilla a su belleza un tanto de muñeca—. Ella no se lo dijo, y yo no creo que deba hacerlo.
¡Bien por la pequeña Lena! Y ni siquiera sabía por quién ni por qué interpretaba el papel que yo le había asignado.
—Me pareció que había dicho Mary. Pero no voy a ser indiscreta con usted.
Tampoco lo fui con ella. ¿Por dónde iba?
Ah, conseguí que hablara y después la ayudé a subir; pero no estuvo allí mucho tiempo.
Cuando volví a la hora de comer… tengo que hacer la compra ocurra lo que ocurra…
, la encontré sentada ante una mesa, con la cabeza entre las manos.
Había estado llorando, pero ahora su rostro estaba sereno, casi duro.
»“¡Oh, qué buena es usted! —exclamó al verme entrar—. Quiero darle las gracias”.
Pero no la dejé seguir malgastando palabras de esa manera, y enseguida estaba diciendo con mucho arrebato: “Quiero empezar una vida nueva. Quiero obrar como si nunca hubiera tenido un ayer. He sufrido, he sufrido de manera abrumadora, pero todavía sacaré algo de la existencia. Voy a vivir y, para hacerlo, trabajaré. ¿Tiene un periódico, señora Desberger? Quiero mirar los anuncios”.
Le llevé un Herald y fui a presidir mi mesa.
Cuando volví a verla parecía casi alegre.
“He encontrado justo lo que quiero —exclamó—: un puesto de dama de compañía. Pero no puedo presentarme con esta ropa”.
Y miró los grandes abullonados de su blusa de seda como si le dieran horror, aunque no imagino por qué, pues eran de la última moda y lo bastante lujosos para la hija de un millonario, aunque en cuestión de colores a mí me gustan más vivos.
“¿Querría usted… —lo pidió con mucha timidez— comprarme algunas cosas si le diera el dinero?”.
»Si hay algo que me gusta más que nada es ir de compras, así que le dije que la complacería con gusto y aquella tarde salí con una bonita suma a comprarle ropa.
Lo habría disfrutado más si me hubiera dejado elegir…
vi una blusa rosa y verde preciosa…, pero tenía ideas muy firmes sobre lo que quería, así que le compré unas cosas sencillas que creo que hasta usted, señora, habría aprobado.
Las traje yo misma, porque quería presentarse inmediatamente al puesto anunciado; pero, ¡ay! , cuando subí a su habitación…
—¿Se había marchado? —interrumpió Lena.
—Oh, no, pero había tal humareda y… y me dan ganas de llorar al pensarlo… allí, en el hogar, estaban los restos de su preciosa blusa de seda, humeantes y arruinados. Había intentado quemarla, y lo había conseguido. No pude rescatar ni un trozo del tamaño de mi mano.
—¡Pero rescató algún trozo! —soltó Lena, guiada por una mirada mía.
—Sí, retales, era tan bonita. Creo que ahora tengo un pedazo en el costurero.
—Oh, tráigamelo —rogó Lena—. Lo quiero para recordarla.
—Tengo aquí el costurero.
Y, acercándose a una especie de estantería cubierta de mil baratijas compradas en saldos, abrió un pequeño armario y sacó una cesta, de la que extrajo enseguida un cuadradito de seda.
Era, como había dicho, de un tejido riquísimo y, de eso no tenía yo la menor duda, parte del vestido con el que la señora Van Burnam había salido de Haddam.
—Sí, era suyo —dijo Lena, leyendo la expresión de mi rostro y guardándose el retal con mucho cuidado en el bolsillo.
—Yo le habría dado cinco dólares por aquella blusa —murmuró con pesar la señora Desberger—. Pero las muchachas como ella son tan poco previsoras.
—¿Y se marchó ese mismo día? —pregunté, al ver que a la mujer le costaba apartar sus pensamientos de aquella prenda codiciada.
—Sí, señora. Era tarde, y yo tenía pocas esperanzas de que consiguiera el puesto. Pero prometió volver si no lo lograba; y, como no volvió, deduje que había tenido más éxito del que yo esperaba.
—¿Y no sabe adónde fue? ¿No le confió nada?
—No; pero, como aquel día solo había tres anuncios de dama de compañía en el Herald , será fácil encontrarla. ¿Quiere verlos? Los guardé por curiosidad.
Asentí, como pueden suponer, y nos trajo los recortes enseguida.
Leí dos sin emoción, pero el tercero casi me dejó sin aliento.
Se solicitaba una dama de compañía habituada a la máquina de escribir y con cierto gusto para la confección de vestidos, y la dirección indicada era la de la señorita Althorpe.
¡Si aquella mujer, sumida en el dolor y ensombrecida por el crimen, estuviera allí!
Como no volveré a mencionar a la señora Desberger durante algún tiempo, diré aquí que, en la primera ocasión que tuve, envié a Lena a las tiendas con órdenes de comprar y hacer llegar a la señora Desberger la blusa de seda más fea y vistosa que pudiera encontrarse en la Sexta Avenida; y, como al regresar los hoyuelos de Lena estaban más pronunciados de lo habitual, no dudo que escogiera una adecuada para complacer el gusto y abrigar el cuerpo de aquella estimable mujer, cuya bondad me había causado tan favorable impresión.