XXII. UNA TARJETA EN BLANCO
Al día siguiente, a mediodía, Lena me subió una tarjeta en su bandeja. Estaba completamente en blanco.
—La doncella de la señorita Van Burnam dice que usted había pedido esto —anunció con recato.
—La doncella de la señorita Van Burnam tiene razón —dije, tomando la tarjeta y, con ella, una nueva dosis de valor.
Durante dos días no ocurrió nada; luego llegó aviso de la cocina de que habían recibido un saco de patatas. Bajé a verlas y saqué de entre ellas un sobre grande y cuadrado, que llevé de inmediato a mi habitación. No contenía ninguna fotografía, pero sí una carta redactada en estos términos:
«ESTIMADA SEÑORITA BUTTERWORTH:
»La estima que tiene la bondad de expresarme es correspondida.
Lamento no poder complacerla. No se encuentran fotografías en las habitaciones de la señora Van Burnam.
Quizá lo explique la curiosidad que ha mostrado por ellas un nuevo huésped muy acicalado que hemos tenido de Nueva York.
Su predilección por esa parte concreta de la casa era tal que no podía mantenerlo alejado de ella salvo bajo llave.
Si había allí un retrato de la señora Van Burnam, se lo llevó, pues una noche se marchó de manera muy repentina.
Me alegro de que no se llevara nada más.
Las conversaciones que mantuvo con mi criada casi me han llevado a despedirla.
»Le ruego que perdone la decepción que me veo obligada a causarle y quedo
»Sinceramente suya,
»SUSAN FERGUSON».
¡Vaya, vaya! Burlada por un emisario del señor Gryce. Bueno, bueno, ¡prescindiríamos de la fotografía! Tal vez el señor Gryce la necesitara, pero Amelia Butterworth no.
Esto ocurrió un jueves, y el sábado por la tarde recibí la pista tan deseada. Llegó en forma de una carta que me trajo el señor Alvord.
Nuestra entrevista no fue agradable. El señor Alvord es un hombre inteligente y hábil, o yo no seguiría empleándolo como abogado; pero nunca me ha comprendido a mí .
En esta ocasión, y con aquella carta en la mano, me comprendía menos que nunca, lo que naturalmente despertó mi capacidad de hacerme valer y dio lugar a una conversación animada entre nosotros.
Pero eso no viene al caso. Me había traído una respuesta a mi anuncio, y pronto quedé absorbida por ella.
Era la epístola de una mujer sin instrucción, y su letra y su ortografía eran espantosas; así que me limitaré a mencionar su contenido, muy interesante por sí mismo, como creo que reconocerán.
Ella, es decir, la autora, cuyo nombre, por lo que pude descifrar, era Bertha Desberger, conocía a una persona como la que yo describía y podía darme noticias suyas si acudía a su casa de West Ninth Street a las cuatro de la tarde del domingo.
¡Que si acudiría! Creo que mi rostro debió de mostrar mi satisfacción, pues el señor Alvord, que me observaba, comentó con sarcasmo:
—No parece encontrar ninguna dificultad en esa comunicación. Ahora bien, ¿qué opina de esta otra?
Me tendió otra carta dirigida a él y que había abierto. Su contenido me hizo subir un poco el color a las mejillas, pues no quería pasar por la molestia de volver a dar explicaciones:
«ESTIMADO SEÑOR:
»Por un extraño anuncio aparecido recientemente en el Herald , deduzco que se desea información sobre una joven que, la mañana del dieciocho del corriente, entró en mi tienda sin nada en la cabeza y, diciendo que había sufrido un accidente, compró un sombrero que se puso inmediatamente.
Estaba tan pálida como puede estarlo una muchacha y parecía tan enferma que le pregunté si se encontraba lo bastante bien para salir sola; pero no me respondió y abandonó la tienda lo antes posible.
Eso es todo lo que puedo decirle de ella».
Adjuntaba su tarjeta:
PHINEAS COX,
Sombrerería ,
Sombreros adornados y sin adornar ,
—— Sexta Avenida.
—Y bien, ¿qué significa esto? —preguntó el señor Alvord—. La mañana del dieciocho fue cuando se descubrió el asesinato por el que usted ha mostrado tanto interés.
—Significa —repuse con cierta energía, pues la mera dignidad no surtía efecto con aquel hombre— que me equivoqué al elegir su despacho como intermediario de mis comunicaciones de negocios.
Aquello fue al grano, y no dijo más, aunque miró con mucha curiosidad la carta que yo tenía en la mano y pareció más que tentado de reanudar las hostilidades con las que habíamos empezado nuestra entrevista.
De no haber sido sábado y, además, a última hora, habría visitado la tienda del señor Cox antes de acostarme; pero, dadas las circunstancias, me vi obligada a esperar al lunes. Entretanto, tenía por delante la entrevista, aún más importante, con la señora Desberger.
Como no tenía motivo para pensar que mi visita a cualquier número de Ninth Street despertara sospechas en la policía, al día siguiente fui allí en coche con toda decisión y, con Lena a mi lado, entré en la casa de la señora Bertha Desberger.
Para aquella salida me había vestido con sencillez y había echado sobre mis ojos —y sobre los abultados bucles que sigo considerando apropiados para una mujer de mi edad— un velo de lunares lo bastante tupido para ocultar mis facciones sin privarme de aquel aire de benevolencia necesario para el éxito de mi misión.
Lena llevaba su pulcro vestido gris de siempre y parecía la imagen de todas las virtudes.
Una gran placa de latón bien abrillantada en la puerta fue la primera señal que recibimos de la respetabilidad de la casa en la que íbamos a entrar; y el salón, cuando nos hicieron pasar a él, cumplió plenamente la promesa ofrecida en el umbral.
Era respetable, pero de un gusto deplorable en cuanto a los colores.
Yo, que tengo el gusto más delicado en tales cuestiones, miré consternada a mi alrededor al encontrarme con los verdes y los azules, los carmesíes y los morados que me rodeaban por todas partes.
Pero no había ido a visitar un templo del arte y, cerrando resueltamente los ojos al esplendor ofensivo que me rodeaba —esplendor de estambre, se entiende—, aguardé con expectación contenida a la señora de la casa.
Entró al poco rato, engalanada con un vestido de flores que era un compendio del estallido de colores que nos rodeaba; pero tenía un rostro bondadoso y comprendí que no tendría que enfrentarme ni a la malicia ni a un exceso de astucia.
Había visto el coche a la puerta y era toda sonrisas y agitación.
—Han venido por la pobre muchacha que estuvo aquí hace unos días —empezó, mirando alternativamente mi rostro y el de Lena con igual aire inquisitivo, lo cual por sí solo habría revelado su absoluta ignorancia de las distinciones sociales si yo no hubiera ordenado a Lena que permaneciera a mi lado y llevara la cabeza alta, como si tuviera tanto que hacer allí como yo.
—Sí —respondí—, así es. Lena ha perdido a una pariente —lo cual era cierto— y, al no saber de qué otro modo encontrarla, sugerí insertar un anuncio en el periódico. Habrá leído la descripción, naturalmente. ¿Ha estado en esta casa la persona que responde a ella?
—Sí; vino la mañana del dieciocho. Lo recuerdo porque ese fue precisamente el día en que se marchó mi cocinera, y todavía no he encontrado otra. —Suspiró y continuó—. Me interesé mucho por aquella joven desgraciada… ¿Era su hermana?
Esto último lo dirigió, con cierta duda, a Lena, que quizá llevaba demasiado pocos colores para su gusto.
—No —respondió Lena—, no era mi hermana, pero…
Le quité inmediatamente las palabras de la boca.
—¿A qué hora llegó y cuánto tiempo se quedó? Tenemos mucho interés en encontrarla. ¿Le dio algún nombre o le dijo adónde iba?
—Dijo que se llamaba Oliver. —Pensé en las letras O.
R. de la ropa de la lavandería—. Pero yo sabía que no era cierto; y, de no haber parecido tan modesta, quizá habría vacilado en admitirla.
Pero, ¡Señor!, no puedo resistirme a una muchacha en apuros, y ella lo estaba como pocas.
Además, tenía dinero… ¿Sabe qué le ocurría?
De nuevo se dirigía a Lena, con un aire a la vez receloso y curioso. Pero Lena también tiene un buen rostro, y sus ojos francos desarmaron enseguida a la mujer débil y bondadosa que teníamos delante.
—Me parecía —continuó antes de que Lena pudiera responder— que, fuera lo que fuese, usted no tenía nada que ver, ni esta señora tampoco.
—No —respondió Lena, al ver que yo quería que hablara ella—. Y no sabemos —lo cual era muy cierto por lo que a Lena se refería— exactamente qué le ocurría. ¿No se lo contó?
—No contó nada. Cuando llegó dijo que quería quedarse conmigo un poco.
A veces admito huéspedes… —En aquel momento tenía veinte en la casa, si tenía uno.
¿Creía que no podía ver la longitud de la mesa del comedor por la rendija de la puerta del salón?
—. «Puedo pagar», dijo, cosa que yo no había puesto en duda, porque su blusa era muy cara; aunque la falda me pareció extraña, y el sombrero…
¿He dicho que llevaba sombrero? En el anuncio parecían dudarlo.
¡Dios mío! Si no hubiera llevado sombrero, no habría llegado ni hasta la alfombrilla de mi salón.
Pero su blusa mostraba que era una dama…
y luego su cara… estaba tan blanca como ese pañuelo suyo, señora, pero era tan dulce…
Me hizo pensar en los rostros de la Virgen que había visto en las iglesias católicas.
Me sobresalté, comentando para mis adentros: «¡ Esa mujer, con rostro de Virgen!
». Pero una mirada a la habitación me tranquilizó.
La dueña de unos sofás y sillas tan horribles y de tantos cuadros que borraban, o más bien desfiguraban, el papel de las paredes no podía ser buena juez de rostros de vírgenes.
—Usted admira todo lo bueno y hermoso —sugerí, pues la señora Desberger se había interrumpido al verme mover.