El caso de la casa de al lado XXI. UNA CONJETURA SAGAZ
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XXI. UNA CONJETURA SAGAZ

La prueba de la que hablo fue la siguiente:

Publicaría un anuncio buscando a una persona vestida como yo creía que iba la señora Van Burnam al abandonar el lugar del crimen. Si recibía noticias de tal persona, podría dar mi teoría por confirmada.

En consecuencia, escribí el siguiente anuncio:

«Se desean noticias de una mujer que solicitó alojamiento la mañana del dieciocho del corriente, vestida con una falda de seda marrón y una blusa a cuadros blancos y negros de corte moderno.

Iba sin sombrero o, si una persona así vestida llevaba uno, lo compró a primera hora de la mañana en alguna tienda, en cuyo caso se ruega a los comerciantes que tomen nota.

Sus familiares buscan con gran interés a la persona que responde a esta descripción, y se pagará una generosa recompensa a quien proporcione información fehaciente sobre ella.

Dirigirse a T. W. Alvord, —— Liberty Street».

Omití deliberadamente toda mención a su aspecto físico, por temor a atraer la atención de la policía.

Hecho esto, escribí la siguiente carta:

«ESTIMADA SEÑORITA FERGUSON:

»Una mujer inteligente reconoce a otra. Yo soy inteligente y no me avergüenza reconocerlo.

Usted es inteligente y no debería avergonzarse de que se lo digan.

Fui testigo en la investigación judicial en la que usted se distinguió de manera tan notable, y entonces me dije: “¡He ahí una mujer como a mí me gustan!”.

Pero dejemos los cumplidos. Lo que deseo, y le pido que me procure, es una fotografía de la señora Van Burnam.

Soy amiga de la familia y considero que sus tribulaciones son mayores de lo que merecen.

Si tuviera su retrato, se lo mostraría a las señoritas Van Burnam, que sienten grandes remordimientos por el trato que le dieron y desean saber cómo era.

¿No podría encontrar uno en sus habitaciones?

El que había aquí en la habitación del señor Howard ha sido confiscado por la policía. 3

»Con la esperanza de que esté dispuesta a complacerme en esto —y le aseguro que los motivos de mi petición son excelentes—, quedo

»Cordialmente suya,

»AMELIA BUTTERWORTH.

»P. D.: Le ruego que me escriba al 564 de la avenida ——, a la atención de J. H. Denham».

Este era mi tendero, a quien a la mañana siguiente dejé instrucciones de que me entregara el paquete dentro del próximo saco de patatas que me enviara.

Mi lista doncella, Lena, llevó ambas comunicaciones al este de la ciudad, donde echó ella misma la carta al correo y confió el anuncio a un pretendiente suyo que lo llevó a las oficinas del Herald .

Mientras estuvo fuera, intenté descansar ocupando mi mente en otras cosas.

Pero no pude. Repasaba una y otra vez el testimonio de Howard a la luz de mi propia teoría y observaba cómo la dificultad de mantener la postura adoptada lo había obligado a incurrir en contradicciones y explicaciones traídas por los pelos.

Si su acompañante en el Hotel D—— era su esposa, su conducta, tanto allí como en el camino a la casa de su padre, había sido la de un hombre mucho más débil de lo que sus palabras y su aspecto permitían creer; pero, si por el contrario lo acompañaba una mujer con la que estaba a punto de fugarse —¿y qué significaba haber preparado todas sus pertenencias, si no eso?

—, todas las precauciones que tomaron parecían razonables.

Más tarde, mi mente se fijó en un punto.

Si la mujer que estaba con él era su esposa, como decía, el paquete que habían dejado caer a los pies de la anciana contenía el tan comentado vestido de seda a cuadros.

Si no lo era, contenía un vestido de otro tejido.

Ahora bien, ¿podía encontrarse aquel paquete?

Si era posible, ¿por qué no lo había presentado el señor Gryce?

La vista del vestido de seda a cuadros de la señora Van Burnam extendido sobre la mesa del juez forense habría tenido un gran efecto para afianzar las sospechas contra su marido.

Pero no se había encontrado ni el vestido —porque no lo habían dejado caer en el paquete, sino que la asesina se lo había llevado puesto— ni a la anciana.

También de esto creía saber la razón. No había ninguna anciana a la que encontrar, y se habían deshecho del paquete de otra manera.

¿De qué manera? Recorrería a pie aquella misma manzana para verlo, y lo haría a medianoche, pues solo así podría juzgar las posibilidades que ofrecía para ocultar o destruir un objeto semejante.

Tomada esta decisión, busqué el modo de llevarla a cabo.

No soy cobarde, pero tengo una respetabilidad que mantener, ¡y qué recado podía suponerse que tenía la señorita Butterworth en la calle a las doce de la noche!

Por fortuna, recordé que mi cocinera se había quejado de dolor de muelas cuando le di las órdenes para el desayuno y bajé enseguida a la cocina, donde estaba sentada con la mejilla apoyada en la mano, esperando a Lena.

Le dije con una aspereza que no admitía réplica:

—Tienes una muela terrible, Sarah, y debes ponerle remedio enseguida. Cuando vuelva Lena, mándamela. Voy a la farmacia por unas gotas y quiero que me acompañe.

Naturalmente, pareció atónita, pero no la dejé responder.

—No digas ni una palabra —exclamé—, solo empeorará tu dolor; y no pongas esa cara, como si un duende hubiera saltado sobre la mesa de la cocina. Creo que conozco mi deber, y sé muy bien qué clase de desayuno tendré mañana si te pasas la noche gimiendo por la muela.

Y salí antes de que apenas hubiera empezado a decir que no era para tanto, que no debía molestarme y todo lo demás, que sin duda era cierto, pero no era lo que yo quería oír en aquel momento.

Cuando entró Lena, vi por el brillo de su rostro que había cumplido su doble encargo.

Le hice saber, por tanto, que estaba satisfecha y le pregunté si estaba demasiado cansada para volver a salir, diciéndole de manera bastante perentoria que Sarah estaba enferma, que yo iba a la farmacia a buscar una medicina y que no quería ir sola.

El asombro de Lena, con los ojos muy abiertos, resultaba divertido; pero, como ya he dicho, es muy discreta y no se aventuró a decir más que un tímido «Es muy tarde, señorita Butterworth», observación innecesaria, como pronto comprendió.

No me gusta introducir demasiado mis inclinaciones aristocráticas en este relato, pero, cuando me encontré en la calle a solas con Lena, no pude evitar ciertos escrúpulos secretos por si mi conducta tenía algo de impropia.

Sin embargo, me sostuvo la idea de que trabajaba por la causa de la verdad y la justicia y, antes de recorrer dos manzanas, me sentía tan a mis anchas bajo el cielo de medianoche como si volviera a casa de la iglesia un domingo por la tarde.

Hay una farmacia en la Tercera Avenida donde me gusta comprar, y hacia ella dirigí ostensiblemente mis pasos.

Pero me cuidé de ir por Lexington Avenue y Twenty-seventh Street y, al llegar a la manzana donde habían visto a aquella pareja misteriosa, dediqué toda mi atención a los posibles escondrijos que ofrecía.

Lena, que me había seguido como una sombra y que evidentemente estaba demasiado estupefacta ante mi capricho para hablar, se puso a mi lado cuando íbamos a mitad de la manzana y me agarró temblando del brazo.

—Vienen dos hombres —dijo.

—No tengo miedo de los hombres —fue mi tajante respuesta.

Pero dije una mentira abominable; porque sí les tengo miedo en lugares así y en tales circunstancias, aunque no en condiciones normales, y nunca cuando la lengua es la única arma que cabe esperar que se emplee.

Los dos que se acercaban parecían estar de buen humor. Pero, al ver que nos manteníamos en nuestro lado de la acera, dejaron sus bromas y nos permitieron pasar con solo una o dos palabras burlonas.

—Sarah debería estarle muy agradecida —susurró Lena.

Me detuve en la esquina de la Tercera Avenida.

Hasta entonces no había visto más que escalinatas desnudas y oscuros pasos a los sótanos.

Nada que sugiriese un lugar donde deshacerse de objetos tan voluminosos como los que aquellas personas habían hecho desaparecer.

¿Ofrecía la avenida algo mejor? Me detuve bajo la farola de gas de la esquina para reflexionar, pese al suave tirón de Lena hacia la farmacia.

Mirando a izquierda y derecha y por los cruces embarrados, busqué inspiración.

Una confianza casi obstinada en mi propia teoría me llevaba a insistir para mis adentros en que no habían encontrado a ninguna anciana y, por tanto, no habían dejado caer los paquetes en plena calle.

Incluso me enfrasqué en una discusión conmigo misma, allí de pie, mientras los tranvías de cable pasaban silbando y Lena me tiraba del brazo.

«Si —me dije— la mujer que iba con él hubiera sido su esposa y todo aquello no hubiese sido más que una aventura insensata, podrían haberlo hecho; pero no era su esposa y el juego que se traían era serio, aunque se rieran de él; por tanto, su manera de deshacerse de aquellas prendas delatoras habría sido seria y adecuada para proteger su secreto. ¿Dónde, entonces, pudieron meterlas?».

Mientras murmuraba esto, mis ojos se posaban en la única tienda que alcanzaba a ver que seguía abierta e iluminada. Era el antro de un lavandero chino y, a través de los cristales de la fachada, podía verlo todavía trabajando, planchando.

«¡Ah!», pensé, y me lancé a cruzar la calle con tal ímpetu que Lena dejó escapar una exclamación de espanto y estuvo a punto de caer al suelo en su asustado intento de seguirme.

—¡Por ahí no! —gritó—. ¡Señorita Butterworth, se equivoca de camino!

Pero seguí adelante y no me detuve hasta llegar a la lavandería.

—Tengo un recado aquí —expliqué—. Espera en la puerta, Lena, y no te comportes como si me creyeras loca, porque nunca he estado más cuerda en mi vida.

No creo que aquello la tranquilizara mucho, pues no se supone que los locos sean buenos jueces de su propio estado mental; pero estaba tan acostumbrada a obedecer que se apartó cuando abrí la puerta y entré.

La sorpresa en el rostro del pobre chino al volverse y ver ante él a una dama de cierta edad y aspecto nada corriente me intimidó por un instante.

Pero una segunda mirada me mostró que incluso su sorpresa era inofensiva y, cobrando valor ante lo inesperado de mi propia situación, pregunté con toda la cortesía que podía mostrar a alguien de su abominable nacionalidad:

—¿No dejaron aquí un paquete un caballero y una dama con un velo muy tupido hace unos días, a esta misma hora de la noche, más o menos?

—¿Ropa señora para lavar? Sí, señora. No terminada. Ella decir no venir una semana.

—Entonces está bien; la señora ha muerto de repente y el caballero se ha marchado; tendrá que guardar la ropa mucho tiempo.

—¡Yo querer dinero, no querer ropa!

—Yo se la pagaré; no me importa que no esté planchada.

—¡Dar vale, dar ropa! ¡No dar vale, no dar ropa!

¡Aquello era un escollo! Pero, como no quería tanto la ropa como verla, no tardé en superar la dificultad.

—No la quiero esta noche —dije—. Solo quería asegurarme de que la tenía. ¿Qué noche estuvieron aquí esas personas?

—Martes noche, muy tarde; buen señor, buena señora. Ella querer hablar. Buen señor tirar de ella; yo no oír si mucho almidón. Todo lavado, ¡mirar! —continuó, arrastrando un cesto desde un rincón—. No planchado.

Estaba tan agitada, tan asombrada de mi propia perspicacia al suponer que aquel era un lugar donde un paquete de ropa interior podía perderse indefinidamente, que me limité a mirar mientras él revolvía las prendas del cesto.

Porque, por la calidad de los artículos que se disponía a mostrarme, podía resolverse definitivamente la cuestión que me había inquietado durante horas.

Si resultaban finos y de fabricación extranjera, la historia de Howard era cierta y todas mis sutiles teorías debían venirse abajo.

Pero, si por el contrario eran de los que suelen llevar las mujeres norteamericanas, mi propia idea sobre la identidad de la mujer que los había dejado allí quedaría confirmada y podría considerarla con seguridad la víctima, y a Louise Van Burnam la asesina, a menos que nuevos hechos vinieran a demostrar que, después de todo, el culpable era él.

La vista de los ojos de Lena, que me miraban con gran inquietud a través de los cristales de la puerta, distrajo mi atención un momento y, cuando volví a mirar, él sostenía dos o tres prendas ante mí.

Los artículos revelaron su historia al instante.

Distaban mucho de ser finos y tenían incluso menos bordados de los que esperaba.

—¿Tienen alguna marca? —pregunté.

Me mostró dos letras estampadas con tinta indeleble en la cinturilla de una falda. No llevaba las gafas, pero la tinta era negra, y leí O. R. «Las iniciales de la descarada», pensé.

Cuando salí de allí, mi satisfacción era tal que Lena no sabía qué pensar de mí.

Desde entonces me ha dicho que parecía tener ganas de gritar «¡Hurra!

», pero no puedo creer que me olvidara de mí misma hasta ese punto.

Sin embargo, por complacida que estuviera, solo había descubierto cómo se habían deshecho de uno de los paquetes.

Aún faltaba explicar lo ocurrido con el vestido y los adornos exteriores, y yo era la mujer indicada para hacerlo.

Habíamos avanzado mecánicamente hacia la farmacia y estábamos cerca del bordillo cuando llegué a este punto de mis meditaciones. Había llovido un poco antes, y un pequeño reguero corría por la cuneta y se vaciaba en la boca de la alcantarilla. Aquella visión aguzó mi ingenio.

Si quisiera deshacerme de algo comprometedor, lo dejaría caer junto a uno de esos agujeros y lo empujaría suavemente con el pie hacia la alcantarilla, pensé.

Y, sin dudar de haber encontrado una explicación a la desaparición del segundo paquete, seguí andando y decidí que, si tuviera a la policía a mis órdenes, haría registrar las alcantarillas de aquellas cuatro esquinas.

Volvimos a casa en coche después de pasar por la farmacia. No pensaba someter a Lena ni a mí misma a otro paseo de medianoche por Twenty-seventh Street.

Notas Esto era tan probable que no puede considerarse una falsedad. —A. B. ↩