XX. LA TEORÍA DE LA SEÑORITA BUTTERWORTH
Estaba tan excitada cuando subí al coche que hice todo el trayecto de vuelta a casa con la capota torcida sin darme cuenta.
Cuando llegué a mi habitación y me vi en el espejo, me espanté y miré de reojo a Lena, que preparaba mi mesita del té, para ver si se había fijado en el aspecto ridículo que ofrecía.
Pero ella es la discreción en persona y, para ser una muchacha con dos innegables hoyuelos en las mejillas, sonríe poco; al menos cuando yo la miro.
Ahora no sonreía y, aunque, por la razón ya expuesta, aquello no resultaba tan tranquilizador como pudiera parecer, decidí no preocuparme más por semejante minucia cuando tenía en la cabeza asuntos de tanta importancia.
Me quité la capota, cuyo aire desenvuelto me había dado tal sobresalto, me senté y, durante media hora, no me moví ni hablé.
Estaba pensando. Una teoría que se me había insinuado vagamente durante la investigación judicial iba cobrando cuerpo con estas últimas novedades.
En el lugar de la tragedia se habían encontrado dos sombreros y dos pares de guantes, y ahora sabía que allí había habido dos mujeres: aquella a la que la señora Boppert había dejado encerrada al marcharse y aquella a la que yo había visto entrar a medianoche con el señor Van Burnam.
¿Cuál de las dos había muerto? Se nos había inducido a pensar, y el propio señor Van Burnam lo había reconocido, que era su esposa; pero su esposa había ido vestida de manera muy distinta a la asesinada y, como pronto empecé a ver, era mucho más probable que hubiera sido la asesina que la víctima.
¿Desean conocer mis razones para esta extraordinaria afirmación? En tal caso, son las siguientes:
Siempre había visto una mano de mujer en aquella obra, pero, al no tener motivo para creer que en el lugar del crimen hubiese otra mujer aparte de la víctima, había desechado la sospecha por insostenible. Ahora, sin embargo, que había encontrado a la segunda mujer, volvía a ella.
Pero ¿cómo relacionarla con el asesinato?
Parecía bastante fácil si aquella otra mujer era su rival.
No habíamos oído hablar de ninguna rival, pero ella podía saber que existía una, y ese conocimiento podía estar en el origen de sus desavenencias con su marido y de la determinación casi enloquecida que había mostrado por ganarse a la familia de él.
Supongamos, pues, que la segunda mujer era la rival de la señora Van Burnam.
Que él la llevó allí sin saber que su mujer había conseguido entrar en la casa; que la llevó después de una tarde en el Hotel D——, durante la cual le había proporcionado un nuevo vestuario de estilo quizá menos llamativo que el que llevaba antes.
El uso de dos coches y el cuidado que pusieron en desviar las sospechas de su rastro podían formar parte de un plan de futura fuga amorosa, pues no creía que tuvieran intención de quedarse en la casa del señor Van Burnam.
Entonces, ¿para qué fueron allí? ¿Para encontrarse con la señora Van Burnam y matarla, dejando así más libre el camino para su huida?
No; prefería pensar que fueron a la casa sin imaginar a quién encontrarían y que solo después de entrar en los salones se dio él cuenta de que su insensatez había puesto frente a frente a las dos mujeres a las que menos deseaba ver juntas.
La presencia en la tercera habitación del sombrero, los guantes y la novela de la señora Van Burnam parecía indicar que había pasado la velada leyendo junto a la mesa del comedor; pero, tanto si había sido así como si no, la llegada de un coche a la puerta y el abrirse esta por una mano acostumbrada le aseguraron sin duda que el anciano o algún otro miembro de la familia había llegado inesperadamente.
Por tanto, estaría en la puerta del salón o cerca de ella cuando entraron, y la conmoción de encontrarse con su odiada rival en compañía de su marido, bajo el mismo techo donde había esperado poner los cimientos de su felicidad futura, debió de ser grande, si no enloquecedora.
Las acusaciones, incluso las recriminaciones, no la satisfacían.
Quería matar, pero no tenía arma. De pronto sus ojos se posaron en el alfiler que su rival, más dueña de sí misma, había sacado del sombrero, posiblemente antes del encuentro, y concibió un plan que parecía prometerle la venganza que buscaba.
Cómo lo ejecutó; por qué medios pudo acercarse a su víctima y asestar con tanta certeza la herida mortal que dejó a su enemiga a sus pies, puede dejarse a la imaginación.
Pero que fue ella, una mujer, y no Howard, un hombre, quien hundió aquella arma femenina en la columna de la desconocida, lo demostraré todavía, o perderé toda fe en mis propias intuiciones.
Pero, si esta teoría es cierta, ¿qué ocurre con los estantes que cayeron al amanecer y con su salida de la casa sin ser descubierta?
Un poco de reflexión lo explica todo. El hombre, horrorizado sin duda por el resultado de su imprudencia y execrando el crimen al que había conducido, abandonó la casa casi inmediatamente.
Pero la mujer permaneció allí, quizá porque se había desmayado, quizá porque él no quiso saber nada de ella; y, al volver en sí, vio el rostro de su víctima mirándola con una belleza acusadora que le resultaba imposible afrontar.
¿Qué hacer para escapar de él? ¿Adónde ir?
Lo odiaba tanto que habría podido pisotearlo, pero contuvo sus pasiones hasta el amanecer, cuando, en un arrebato salvaje de furia y odio, derribó el armario sobre él y huyó de la escena de horror que ella misma había causado.
Esto ocurrió a las cinco o, para ser exactos, tres minutos antes de esa hora, como indicaba el reloj que había puesto despreocupadamente en hora durante sus momentos más alegres.
Escapó por la puerta principal, que su marido había tenido la misericordia de no cerrar con llave; y la policía no la había encontrado porque su aspecto no concordaba con la descripción que les habían dado.
¿Cómo lo sabía yo? Recuerden los descubrimientos que había hecho en la habitación de la señorita Van Burnam y dejen que les ayuden a comprender mis conclusiones.
Alguien había entrado en aquella habitación; alguien que necesitaba alfileres; y, manteniendo ese hecho ante mis ojos, comprendí el motivo y las acciones de la fugitiva.
Llevaba un vestido separado en la cintura y, al encontrar quizá una mancha de sangre en la falda, concibió la idea de cubrirla con las enaguas, que también eran de seda y estaban sin duda tan bien hechas como los vestidos de muchas mujeres.
Pero la falda del vestido era más larga que las enaguas, y se vio obligada a recogerla con alfileres.
Como no tenía ninguno y no encontró ninguno en el suelo del salón, subió a buscarlos.
La puerta que había al final de la escalera estaba cerrada con llave, pero la habitación delantera estaba abierta, así que entró allí.
Avanzando a tientas hacia la cómoda, pues el cuarto estaba muy oscuro, encontró un alfiletero colgado de un soporte.
Al palparlo y notar que estaba lleno de alfileres, y sabiendo que donde se encontraba no podía ver nada, lo arrancó y se lo llevó hacia la puerta.
Allí llegaba algo de luz de la claraboya sobre la escalera, así que dejó el alfiletero en la cama y prendió con alfileres la falda de su vestido.
Hecho esto, se dispuso a marcharse y, en su agitación, tiró el alfiletero de la cama al rozarlo; luego, por temor a que la rastrearan por su sombrero multicolor, o porque no le quedaba valor para enfrentarse de nuevo al horror del salón, salió sin él y se fue, Dios sabe adónde, con su terror y su remordimiento.
Hasta aquí mi teoría; ahora, los hechos que impedían aceptarla por completo.
Eran dos: la cicatriz del tobillo de la muchacha muerta, que era una particularidad de Louise Van Burnam, y las marcas de los anillos en sus dedos.
Pero ¿quién había identificado la cicatriz?
Su marido. Nadie más. Y, si por algún extraño capricho del azar la otra mujer también tenía una cicatriz en el pie izquierdo, entonces la apatía, de otro modo inexplicable, que él había mostrado al oír hablar de aquella señal distintiva, así como su temeridad al tomarla después como base para una identificación falsa, resultaban igualmente coherentes y naturales; y, en cuanto a las marcas de los anillos, lo extraño habría sido que una mujer como aquella no llevara anillos, y muchos.
La conducta de Howard durante el interrogatorio y la contradicción entre sus primeras afirmaciones y las posteriores se aclaran a la luz de esta nueva teoría.
Había visto a su mujer matar ante sus ojos a una mujer indefensa y, ya fuera por el antiguo afecto que le tenía o por el orgullo que sentía por su buen nombre, no podía dejar de desear ocultar su culpa, aun a costa de su propia veracidad.
Así, mientras las circunstancias se lo permitieron, mantuvo su actitud indiferente y negó que la difunta fuera su mujer.
Pero, al verse acorralado por la prueba indiscutible de que su esposa había estado en el lugar del asesinato, comprendió, o creyó comprender, que seguir negando que Louise Van Burnam fuera la víctima podía conducir tarde o temprano a la sospecha de que era la asesina y, movido por ese temor, tomó la repentina resolución de aprovechar todos los rasgos que ambas mujeres tenían en común y reconocer lo que todos esperaban que reconociera desde el principio: que la mujer del depósito de cadáveres era su esposa.
Eso la exoneraría, lo libraría de cualquier temor a que regresara algún día para deshonrarlo y aseguraría —y quizá fuera este pensamiento el que más influyera en él, pues ¿quién puede comprender a semejantes hombres o las pasiones que los gobiernan?
— al objeto de su devoción más reciente un entierro digno en un cementerio cristiano.
Ciertamente, el riesgo que corría era grande, pero la urgencia también, y quizá no se detuvo a calcular el precio.
En cualquier caso, es seguro que cometió perjurio cuando dijo que había llevado a su mujer a la casa desde el Hotel D—— y, si mintió bajo juramento en esto, probablemente lo hizo también en otras cosas, de modo que su testimonio no merece ninguna confianza.
Aunque en mi fuero interno estaba convencida de haber dado con una verdad que resistiría el examen más minucioso, no me conformaba con actuar sobre ella hasta haberla sometido a prueba.
Los medios que empleé para hacerlo fueron audaces y estaban muy en consonancia con todo aquel asunto desesperado.
Prometían, sin embargo, un resultado lo bastante importante para que el señor Gryce se sonrojara por el desdén con que había recibido mis amenazas de intervenir.