XIX. UN PASO DECIDIDO HACIA DELANTE #2
—Si le pidió que la dejara entrar, no veo cómo podía negarse. ¿Vino por la mañana o a última hora de la tarde?
—¿No lo sabe, señora? Por su manera de hablar creía que lo sabía todo.
¿Había sido indiscreta? ¿No soportaba que la interrogaran? Mirándola con cierta severidad, declaré en un tono menos familiar que cualquiera de los que había usado hasta entonces:
—Nadie sabe más que yo de este asunto, pero no sé la hora exacta en que aquella señora llegó a la casa. Aunque no le pido que me lo diga si no quiere.
—Oh, señora —protestó humildemente—, claro que estoy dispuesta a contárselo todo. Fue por la tarde, mientras fregaba el suelo de la parte delantera del sótano.
—¿Y vino a la puerta del sótano?
—Sí, señora.
—¿Y pidió que la dejara entrar?
—Sí, señora.
—¿La joven señora Van Burnam?
—Sí, señora.
—¿Vestida de seda a cuadros blancos y negros, y con un sombrero cubierto de flores?
—Sí, señora, o algo parecido. Sé que era muy vistoso y que le sentaba muy bien.
—¿Y por qué vino a la puerta del sótano una señora vestida así?
—Porque sabía que yo no podía abrir la puerta principal, que no tenía la llave.
Oh, hablaba de maravilla, señora, y conmigo no se mostró orgullosa en absoluto.
Me hizo dejarla quedarse en la casa y, cuando le dije que pronto oscurecería y que no había arreglado las habitaciones de arriba, se rio y dijo que no le importaba, que no tenía miedo a la oscuridad y que no le disgustaba pasar toda la noche sola en aquella gran casa, porque llevaba un libro… ¿Ha dicho algo, señora?
—No, no, continúe; llevaba un libro.
—Que podía leer hasta que le entrara sueño. Nunca pensé que pudiera pasarle nada.
—Naturalmente que no, ¿por qué iba a pensarlo? ¿De modo que la dejó entrar y la dejó allí cuando se marchó? Bueno, no me extraña que se horrorizara al verla muerta en el suelo a la mañana siguiente.
—Fue horrible, señora. Temía que me culparan de lo ocurrido. Pero no hice nada para que muriera. Solo la dejé quedarse en la casa. ¿Cree que me harán algo si lo saben?
—No —dije, tratando de comprender los temores nacidos de la ignorancia de aquella mujer—; esas cosas no se castigan. ¡Por desgracia! —Esto último me lo dije a mí misma—. ¿Cómo podía saber que le caería encima un mueble antes de amanecer? ¿La dejó encerrada cuando salió de la casa?
—Sí, señora. Ella me lo pidió.
Entonces era una prisionera.
Confundida por el misterio de todo aquel asunto, permanecí tan inmóvil que la mujer me miró con asombro y comprendí que convenía continuar mis preguntas.
—¿Qué razón dio para querer quedarse en la casa toda la noche?
—¿Qué razón, señora? No lo sé. Algo sobre que tenía que estar allí cuando volviera el señor Van Burnam. No lo entendí, ni traté de entenderlo. Estaba demasiado ocupada preguntándome qué tendría para comer.
—¿Y qué tenía?
—No lo sé, señora. Dijo que tenía algo, pero yo no lo vi.
—Quizá la deslumbró el dinero que le dio. Le dio algo, naturalmente, ¿no?
—Oh, no mucho, señora, no mucho. Y no habría aceptado ni un centavo si no hubiera parecido tan contenta de dármelo. ¡Qué guapa, qué guapa era! ¡Una verdadera dama, digan lo que digan de ella!
—¿Y estaba contenta? Ha dicho que estaba contenta, alegre y guapa.
—Oh, sí, señora; ella no sabía lo que iba a ocurrir. Hasta la oí cantar después de que subiera.
Deseé que mis oídos hubieran cumplido con su deber aquel día, y quizá también la habría oído cantar. Pero los muros entre mi casa y la de los Van Burnam son muy gruesos, como he tenido ocasión de comprobar más de una vez.
—Entonces, ¿subió antes de que usted se marchara?
—Claro, señora; ¿qué iba a hacer en la cocina?
—¿Y no volvió a verla?
—No, señora; pero la oí andar de un lado a otro.
—¿En los salones, quiere decir?
—Sí, señora, en los salones.
—¿Usted no subió?
—No, señora, bastante tenía que hacer abajo.
—¿No subió cuando se marchó?
—No, señora; no me pareció bien.
—¿Cuándo se fue?
—A las cinco, señora; siempre me voy a las cinco.
—¿Cómo sabía que eran las cinco?
—Me lo dijo el reloj de la cocina; le di cuerda, señora, y lo puse en hora cuando sonaron los silbatos de las doce.
—¿Fue ese el único reloj al que dio cuerda?
—¿El único reloj? ¿Cree que iba a andar por la casa dando cuerda a los demás?
Su rostro expresó tal sorpresa y sus ojos se encontraron con los míos con tanta franqueza que quedé convencida de que decía la verdad.
Satisfecha —no sé por qué—, le dediqué mi primera sonrisa, que pareció afectarla, pues su semblante se suavizó y me miró con cierta avidez un momento antes de decir:
—No piensa tan mal de mí, ¿verdad, señora?
Pero se me había ocurrido algo que me hizo olvidar por un momento su pregunta. Ella había dado cuerda al reloj de la cocina para su propio uso; ¿por qué no podía la señora de arriba haber dado cuerda al del salón para el suyo? Llena de aquella idea sorprendente, observé:
—La señorita llevaba reloj, naturalmente, ¿no?
Pero la sugerencia pasó inadvertida. La señora Boppert estaba tan absorta en sus pensamientos como yo en los míos.
—¿Llevaba reloj la joven señora Van Burnam? —insistí.
El rostro de la señora Boppert siguió inexpresivo.
Irritada por su impasibilidad, la sacudí con mano airada y exigí imperiosamente:
—¿En qué está pensando? ¿Por qué no responde a mis preguntas?
Volvió en sí al instante.
—Oh, señora, perdóneme. Me preguntaba si se refería al reloj del salón.
Me calmé, adopté un aire severo para ocultar mi vivísimo interés y exclamé con brusquedad:
—Naturalmente que me refiero al reloj del salón. ¿Le dio usted cuerda?
—Oh, no, no, no; antes se me ocurriría tocar el oro o la plata. Pero la señorita sí, estoy segura, señora, porque lo oí dar la hora mientras lo ajustaba.
¡Ah! Si mi naturaleza no hubiera sido tan poco efusiva y si no me hubieran educado en un profundo sentido de las distinciones sociales, quizá habría manifestado mi satisfacción ante aquella noticia de una manera que habría sobresaltado a aquella sencilla alemana.
Pero permanecí inmóvil, hasta el punto de hacerle creer que no la había oído.
Atreviéndose a sacudirme un poco a mí , volvió a hablar tras un minuto de silencio.
—Quizá se sentía sola, ya sabe, señora; y el tictac de un reloj hace tanta compañía.
—Sí —respondí con más viveza de la habitual, pues dio un respingo como si la hubiera golpeado—. Ha dado usted en el clavo, señora Boppert, y es mucho más lista de lo que yo pensaba. Pero ¿cuándo dio cuerda al reloj?
—A las cinco, señora, justo antes de que yo saliera de la casa.
—Oh, ¿y sabía que usted se iba?
—Creo que sí, señora, porque, justo antes de ponerme la capota, le grité desde abajo que eran las cinco y que me marchaba.
—Ah, ¿sí? ¿Y le respondió?
—Sí, señora. Oí sus pasos en el vestíbulo y después su voz. Preguntó si estaba segura de que eran las cinco, y le dije que sí, porque había puesto en hora el reloj de la cocina a las doce. No dijo nada más, pero justo después oí que el reloj del salón empezaba a dar la hora.
Oh, pensé, ¡qué no puede obtenerse del testigo más torpe y renuente con paciencia y preguntas bien escogidas!
Saber que aquel reloj se había puesto en marcha después de las cinco, es decir, después de la hora que marcaban las agujas cuando cayó, y que se había puesto correctamente en hora al arrancarlo, de modo que daría testimonio indiscutible del momento en que cayeron los estantes, eran datos de la mayor importancia.
Me sentí tan complacida que volví a sonreír a la mujer.
Al instante exclamó:
—Pero no dirá nada de esto, ¿verdad, señora? Podrían hacerme pagar todas las cosas que se rompieron.
Esta vez mi sonrisa no fue solo de aliento. Pero podría haber sido de cualquier clase, a juzgar por el efecto que le hizo. Las complicaciones del asunto habían vuelto a trastornar su pobre cerebro, y todas sus facultades mentales se entregaron al lamento.
—¡Oh! —se lamentó—. ¡Ojalá nunca la hubiera visto!
No me dolería tanto la cabeza con este lío.
¡Pero, señora, su marido dijo que había venido a la casa a medianoche con su mujer!
¿Cómo podía ser, si ella había estado dentro todo el tiempo?
Aunque quizá lo dijo, igual que usted, para evitar que me culparan.
Pero ¿por qué iba a hacer eso un caballero como él?
—No vale la pena que se rompa la cabeza con ello —protesté—. Basta con que me duela la mía .
No supongo que me entendiera ni que lo intentara. Sus entendederas habían pasado por una dura prueba, y mis preguntas, algo severas, no habían contribuido a aclarárselas. En cualquier caso, al momento continuó como si yo no hubiera hablado:
—Pero ¿qué fue de su bonito vestido? Nunca me he asombrado tanto como cuando la vi con aquella falda oscura.
—Quizá dejó su vestido elegante arriba —aventuré, sin ganas de entrar con aquella mujer en las sutilezas de las pruebas.
—Puede ser, puede ser, y quizá lo que vimos eran sus enaguas.
Pero al instante comprendió que aquello era imposible, pues añadió:
—Pero yo le vi las enaguas, y eran de seda marrón. Las enseñó cuando se levantó la falda para sacar el monedero. No lo entiendo, señora.
Como a aquellas alturas tenía el rostro casi morado, consideré piadoso dar por terminada la entrevista; de modo que pronuncié unas palabras tranquilizadoras y alentadoras y, al ver que hacía falta algo más tangible para devolverle un estado de ánimo aceptable, saqué mi portamonedas y le di unas cuantas monedas de plata.
Aquello sí podía entenderlo. Se animó de inmediato y, antes de que hubiera terminado sus expresiones de alegría, yo había salido de la habitación y, pocos minutos después, de la tienda.
Espero que las dos mujeres tomaran después su taza de té.