El caso de la casa de al lado XIX. UN PASO DECIDIDO HACIA DELANTE
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XIX. UN PASO DECIDIDO HACIA DELANTE

Sentía que había avanzado. Poco, sin duda, pero había avanzado.

Sin embargo, no podía detenerme ahí, ni sacar conclusiones definitivas de lo que había visto sin más hechos que me orientaran.

La señora Boppert podía proporcionármelos, o eso creía yo.

En consecuencia, decidí visitar a la señora Boppert.

Sin saber si el señor Gryce habría considerado conveniente vigilar mis movimientos, pero dando por supuesto que sería muy propio de él hacerlo, realicé un par de visitas de cumplido en la avenida antes de dirigirme hacia el este.

Había averiguado la dirección de la señora Boppert antes de salir de casa, pero no fui directamente al edificio de viviendas donde residía.

Preferí bajar en una pequeña tienda de artículos diversos que vi en el barrio.

Era un lugar curioso. Nunca en mi vida había visto tantas cosas, ni tan variadas, en un espacio tan pequeño; pero no perdí tiempo en contemplar aquel singular interior, sino que me acerqué de inmediato a la buena mujer que vi inclinada sobre el mostrador.

La mirada de la mujer fue demasiado rápida y recelosa para permitir una negativa; pero estaba a punto de intentarlo cuando la interrumpí diciendo:

—Tengo mucho interés en ver a la señora Boppert, pero no en sus habitaciones. Pagaré bien a quien me facilite cinco minutos de conversación con ella en un lugar como, por ejemplo, el que veo detrás de esa puerta acristalada, al fondo de esta misma tienda.

La mujer, sobresaltada por una propuesta tan inesperada, retrocedió un paso y estaba a punto de negar con la cabeza cuando puse ante ella, sobre el mostrador —¿diré cuánto? Sí, pues no fue dinero malgastado—, un billete de cinco dólares, al verlo el cual lanzó una exclamación ahogada de alegría.

—¿Me dará eso ? —exclamó.

Por toda respuesta lo empujé hacia ella, pero, antes de que sus dedos pudieran atraparlo, dije con firmeza:

—La señora Boppert no debe saber que hay alguien esperándola aquí para verla, o no vendrá. No le tengo mala voluntad y solo deseo su bien, pero es una persona tímida y…

—Ya sé que es tímida —interrumpió la buena mujer con viveza—.

¡Y motivos ha tenido de sobra! Entre los policías que van a buscarla de noche y los chicos y chicas con cara de no haber roto un plato que la llevan a los rincones para que les cuente lo que vio en aquella gran casa donde ocurrió el asesinato, le ha cogido tanto miedo a su sombra que casi no hay quien la haga salir después de ponerse el sol.

Pero creo que puedo traerla aquí; y, si usted no quiere hacerle daño, pues, señora…

Tenía los dedos sobre el billete y, encantada con su tacto, olvidó terminar la frase.

—¿Hay alguien en aquella habitación del fondo? —pregunté, deseosa de hacerla volver en sí.

—No, señora, nadie en absoluto. Soy una pobre viuda y no estoy acostumbrada a compañías como la suya; pero, si se sienta, me arreglaré un poco y traeré a la señora Boppert en un momento.

Y, llamando a alguien de nombre Susie para que atendiera la tienda, se encaminó a la puerta acristalada que he mencionado.

Aliviada al ver que todo marchaba tan bien y resuelta a sacar de la señora Boppert el valor de mi dinero cuando la viera, seguí a la mujer hasta la habitación más atestada en la que he entrado jamás.

La tienda no era nada en comparación; allí podía una moverse sin tropezar con nada, aquí no.

Había mesas contra todas las paredes, y sillas donde no había mesas.

Frente a mí, un alféizar estaba lleno de plantas en flor, y a mi derecha había un hogar y una repisa de chimenea cubierta, la repisa, se entiende, de innumerables objetos pequeños que evidentemente habían pasado una larga y desolada prueba en los estantes de la tienda antes de acabar allí.

Mientras los miraba y me maravillaba de la escasa cantidad de polvo que encontraba, la mujer desapareció detrás de una pila de cajas para las que, sin duda, no había sitio en la tienda.

¿Habría ido ya a buscar a la señora Boppert, o se habría escabullido a otra habitación para esconder el dinero que había llegado tan inesperadamente a sus manos?

No permanecí mucho tiempo en la duda, pues al momento volvió con una cofia adornada de flores sobre su lisa cabellera gris, que la transformaba en una figura tan satisfecha y tan ridícula a la vez que, de no haber tenido nervios de hierro, habría delatado sin duda mi diversión.

Con ella se había puesto también sus modales de recibir visitas y, entre las sonrisas que me dedicaba y su perfecta satisfacción con su propio aspecto, me costó lo indecible mantenerme firme y hacer que se atuviera al asunto.

Por fin comprendió mi impaciencia y su obligación y, diciendo que la señora Boppert nunca podía rechazar una taza de té, se ofreció a invitarla a cenar.

Como aquello me pareció bien, asentí, ante lo cual inclinó la cabeza a un lado y susurró de manera insinuante:

—¿Y pagaría usted el té, señora?

Solté un «¡No!» indignado que pareció sorprenderla.

Volviendo de inmediato a la humildad, respondió que no importaba, que tenía té de sobra y que la tienda proporcionaría pasteles y galletas; a todo lo cual contesté con una mirada que la intimidó tanto que casi dejó caer los platos con los que intentaba poner una de las mesas.

—Le disgusta tanto hablar del asesinato que será una bendición encontrarse en buena compañía, como esta, sin vecinos entrometidos alrededor. ¿Le pongo una silla, señora?

Decliné el honor, diciendo que me quedaría sentada donde estaba, y añadí, al verla dispuesta a marcharse:

—Deje que entre directamente, y estará en medio de la habitación antes de verme. Eso nos vendrá bien a las dos; porque, una vez que me haya visto, no tendrá miedo. Pero usted no debe escuchar detrás de la puerta.

Dije esto con gran severidad, pues veía que la mujer se estaba poniendo muy curiosa y, después de decirlo, la despedí con un gesto perentorio.

No le gustó, pero el recuerdo de los cinco dólares la consoló.

Tras echar una última mirada a la mesa, que no estaba dispuesta de manera nada desagradable, se escabulló, y yo me quedé contemplando la docena larga de fotografías que cubrían las paredes.

Me parecieron tan atroces y su disposición tan perturbadora para mi protuberancia del orden, que es muy pronunciada, que acabé cerrando los ojos a toda aquella escena y, en esa postura, empecé a ordenar mis pensamientos.

Pero apenas había avanzado cuando se oyeron pasos en la tienda y, al instante, la puerta se abrió de golpe y apareció la señora Boppert, con la cara como una peonía en plena floración. Se detuvo al verme y se quedó mirando.

—¡Pero si es la señora…!

—¡Silencio! Cierre la puerta. Tengo algo muy particular que decirle.

—Oh… —empezó, con aspecto de querer retroceder.

Pero fui más rápida que ella. Cerré yo misma la puerta y, tomándola del brazo, la senté en el rincón.

—No demuestra usted mucha gratitud —observé.

No sabía qué tenía que agradecerme, pero en nuestra primera entrevista había insinuado tan claramente que consideraba que yo le había hecho un favor, que estaba dispuesta a aprovecharlo cuanto pudiera para ganar su confianza.

—Ya lo sé, señora, pero si viera cómo me han acosado, señora.

El asesinato, y nada más que el asesinato a todas horas; y para alejarme de esas conversaciones he venido aquí, señora, y ahora me encuentro con usted, que también hablará de ello, porque, si no, ¿qué iba a hacer en un lugar como este, señora?

—¿Y qué importa que hable de ello? Sabe que soy amiga suya; si no, nunca le habría hecho aquel favor la mañana en que encontramos el cuerpo de la pobre muchacha.

—Lo sé, señora, y se lo agradezco, sí; pero nunca lo he entendido, señora. ¿Fue para evitar que esos malvados policías me culparan, o lo soñó usted, y también el caballero? Porque he oído lo que dijo en la investigación, y tengo la cabeza tan revuelta que ya no sé ni dónde estoy.

¡Lo que yo había dicho y lo que había dicho el caballero! ¿Qué quería decir aquella pobre criatura? Como no me atrevía a mostrar mi ignorancia, me limité a sacudir la cabeza.

—No importa por qué hablamos como lo hicimos, con tal de que la ayudáramos a usted . Y la ayudamos, ¿verdad? La policía nunca averiguó qué tuvo usted que ver con la muerte de esa mujer, ¿no es así?

—No, señora, oh, no, señora. Cuando una dama tan respetable como usted dijo que había visto entrar a la señorita en la casa a medianoche, ¿cómo iban a no creerla? Nunca me preguntaron si yo sabía otra cosa.

—No —dije, casi muda ante mi éxito, pero sin dejar escapar indicio alguno de satisfacción—. Y yo no quería que lo hicieran. Es usted una mujer honrada, señora Boppert, y no deberían molestarla.

—Gracias, señora. Pero ¿cómo sabía que ella había llegado a la casa antes de que yo me marchara? ¿La vio?

Aborrezco la mentira como el veneno, pero tuve que recurrir a todos mis principios cristianos para no decir una entonces.

—No —dije—, no la vi, pero no siempre tengo que usar los ojos para saber qué ocurre en casa de mis vecinos.

Lo cual es bastante cierto, aunque resulte algo humillante confesarlo.

—¡Oh, señora, qué lista es usted, señora! Ojalá tuviera yo algo de esa listeza. Pero mi marido se la llevó toda. Era un hombre… ¡Oh, qué es eso!

—Solo la caja del té; la he volcado con el codo.

—¡Cómo me sobresalto por todo! Tengo miedo de mi propia sombra desde que vi a aquella pobre criatura debajo de aquel montón de cacharros.

—No me extraña.

—Debió de tirarse aquellas cosas encima, ¿no cree, señora? Nadie entró allí a matarla. Pero ¿cómo llegó a ponerse aquella ropa? Iba vestida de una manera muy distinta cuando la dejé entrar. Todo es un lío, señora, y tendrá que ser muy listo el hombre que lo explique.

«O una mujer muy lista», pensé.

—¿Hice mal, señora? Eso es lo que me atormenta. Me suplicó tanto que la dejara entrar que no supe cerrarle la puerta. Además, se llamaba Van Burnam, o eso me dijo.

Aquello sí que era un enredo. Dominando mi sorpresa, observé: