El caso de la casa de al lado XVIII. EL PEQUEÑO ALFILETERO #2
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XVIII. EL PEQUEÑO ALFILETERO #2

El siguiente objeto que atrajo nuestra atención fue una novela encuadernada en papel que descubrí en una mesita de aquella misma habitación.

—¿De quién es esto? —pregunté.

—Mía no.

—Mía no.

—Sin embargo, se publicó este verano —observé.

Me miraron asombradas, e Isabella cogió el libro. Era una de esas publicaciones veraniegas destinadas principalmente a venderse en los ferrocarriles y, aunque no estaba ajada ni sucia, mostraba señales de haber sido leída.

—Déjamela —dije.

Isabella me la puso de inmediato en las manos.

—¿Fuma vuestro hermano? —pregunté.

—¿Cuál de los dos?

—Cualquiera de ellos.

—Franklin a veces, pero Howard nunca. Creo que le sienta mal.

—Estas páginas huelen ligeramente a tabaco. ¿Puede haberla traído Franklin?

—Oh, no, él nunca lee novelas; por lo menos, novelas como esta. Creemos que se pierde un gran placer.

Pasé las páginas. Las últimas estaban tan nuevas que casi podía señalar con el dedo el punto donde el lector había dejado de leer. Sintiéndome como un sabueso que acaba de dar con un rastro, devolví el libro a Caroline con la orden de que lo guardara; y, al ver su vacilación, añadí:

—Si tu hermano Franklin lo echa de menos, eso demostrará que lo trajo él, y entonces dejará de interesarme.

Lo cual pareció satisfacerla, pues lo guardó enseguida en un estante alto.

Al no ver nada más en aquellas habitaciones que me sugiriera alguna idea, me dirigí al vestíbulo. Allí tuve un nuevo pensamiento.

—¿Cuál de vosotras fue la primera en recorrer las habitaciones de arriba? —pregunté.

—Las dos —respondió Isabella—. Vinimos juntas. ¿Por qué lo pregunta, señorita Butterworth?

—Me preguntaba si lo encontrasteis todo en orden.

—No notamos nada raro, ¿verdad, Caroline? ¿Cree usted que la… la persona que cometió ese crimen espantoso subió al piso de arriba ? No podría pegar ojo si lo creyera.

—Ni yo —intervino Caroline—. ¡Oh, no diga que subió, señorita Butterworth!

—No lo sé —repuse.

—Pero ha preguntado…

—Y vuelvo a preguntar. ¿No había alguna cosita fuera de su lugar habitual? Subí un minuto a vuestra habitación delantera a buscar agua, pero no toqué nada más que el jarro.

—Echamos de menos el jarro, pero… ¡Oh, Caroline, el alfiletero! ¿Crees que la señorita Butterworth se refiere al alfiletero?

Me sobresalté. ¿Se refería al que yo había recogido del suelo y colocado sobre una mesita?

—¿Qué le pasaba al alfiletero? —pregunté.

—Oh, nada, pero no sabíamos por qué estaba encima de la mesa.

Verá, teníamos un alfiletero pequeño con forma de tomate que siempre colgaba de un lado de la cómoda.

Estaba atado a uno de los soportes y nunca se quitaba; Caroline le tenía cariño porque mantenía sus alfileres negros favoritos fuera del alcance de los niños de los vecinos cuando venían.

Pues bien, ese alfiletero, ese alfiletero sagrado que ninguna nos atrevíamos a tocar, lo encontramos sobre una mesita junto a la puerta, con la cinta de la que había estado atado a la cómoda colgando de él.

Alguien lo había arrancado, y con mucha brusquedad, pues la cinta estaba toda deshilachada y rota.

Pero no hay nada en una minucia así que le interese, ¿verdad, señorita Butterworth?

—No —dije, sin contar mi participación en el asunto—; no, si los saqueadores fueron los niños de nuestros vecinos.

—Pero ninguno de ellos había venido en los días anteriores a nuestra partida.

—¿Hay alfileres en el alfiletero?

—¿Quiere decir cuando lo encontramos? No.

No recordaba haber visto ninguno, pero no siempre puede una fiarse de su memoria.

—¿Pero habíais dejado alfileres en él?

—Es posible, no lo recuerdo. ¿Por qué iba a recordar una cosa así?

Pensé para mis adentros: «Yo sabría si había dejado alfileres en mi alfiletero o no»; pero no todo el mundo es tan metódico como yo, y es una lástima.

—¿Llevas encima algún alfiler como los que guardas en ese alfiletero? —pregunté a Caroline.

Se palpó el cinturón y el cuello y negó con la cabeza.

—Quizá tenga alguno arriba —respondió.

—Entonces tráeme uno.

Pero, antes de que pudiera ponerse en marcha, la retuve.

—¿Durmió alguna de vosotras en esa habitación anoche?

—No, íbamos a hacerlo —respondió Isabella—, pero después a Caroline le dio el capricho de dormir en una de las habitaciones del segundo piso. Dijo que quería alejarse todo lo posible de los salones.

—Entonces me gustaría echar una ojeada a la que está justo encima.

Que hubieran arrancado el alfiletero de su sitio me había dado una idea.

Me miraron anhelantes al disponerse a subir la escalera, pero no les di más explicaciones. ¡Qué valor tendría una idea compartida con ellas!

Su padre debía de estar acostado en la habitación trasera, pues se movieron con mucho sigilo al llegar a lo alto de la escalera; pero, una vez en la parte delantera, volvieron a dar rienda suelta a sus lenguas.

Yo, a quien nada importaba su parloteo cuando no contenía información, recorrí despacio el cuarto y me detuve por fin ante la cama.

Tenía un aspecto impecable, y les pregunté enseguida si la habían hecho recientemente. Me aseguraron que no y dijeron que siempre dejaban las camas cubiertas durante su ausencia, pues detestaban entrar en una habitación afeada por colchones desnudos.

Podría haberles dado una lección sobre las delicadezas del gobierno de una casa, pero me abstuve; en vez de eso, señalé una pequeña hendidura en la superficie lisa de la cama más cercana a la puerta.

—¿Ha hecho eso alguna de vosotras? —pregunté.

Negaron con la cabeza, asombradas.

—¿Qué tiene eso de particular? —empezó Caroline; pero le indiqué que me trajera el pequeño alfiletero y, en cuanto lo hizo, lo coloqué en la hendidura, donde encajó perfectamente.

—¡Qué viejecita tan maravillosa! —exclamó Caroline—. ¿Cómo se le ha ocurrido…?

Pero detuve su entusiasmo con una mirada. Puede que sea maravillosa, pero no soy vieja, y ya era hora de que lo supieran.

—El señor Gryce es viejo —dije.

Y, levantando el alfiletero, lo puse en una parte de la cama perfectamente lisa.

—Ahora quítalo —dije, y he aquí una segunda hendidura semejante a la primera.

—Ya veis dónde estuvo ese alfiletero antes de que lo pusieran en la mesa —observé; y, después de recordarle a Caroline el alfiler que quería, me despedí y regresé a mi casa, dejando atrás a dos muchachas tan llenas de asombro como permitía la frivolidad de sus cabezas.