El caso de la casa de al lado XVIII. EL PEQUEÑO ALFILETERO
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XVIII. EL PEQUEÑO ALFILETERO

El veredicto emitido por el jurado del juez forense mostró que aquellos hombres tenían más discernimiento del que yo había supuesto. Se trataba de un asesinato cometido por mano desconocida.

Aquello me produjo tal satisfacción que salí de la sala bastante agitada; tanto, en realidad, que crucé una puerta en lugar de otra y fui a dar inesperadamente con un grupo formado casi exclusivamente por la familia Van Burnam.

Retrocedí, pues detesto todo lo que parezca una intromisión, sobre todo cuando no puede obtenerse con ella ningún fin importante, y estaba a punto de volver sobre mis pasos cuando sentí dos brazos suaves alrededor del cuello.

—¡Oh, señorita Butterworth, qué alivio que haya terminado esta cosa espantosa! No recuerdo haber sentido nunca nada con tanta intensidad.

Era Isabella Van Burnam.

Sobresaltada, pues son pocos los abrazos que recibo, emití una especie de gruñido contenido, que, sin embargo, no disgustó a la joven, ya que estrechó sus brazos y me murmuró al oído:

—¡Querida viejecita! La quiero tanto .

—Vamos a ser muy buenas vecinas —arrulló una voz aún más dulce en mi otro oído—. Papá dice que debemos ir a visitarla pronto.

Y el recatado rostro de Caroline se asomó al mío de una manera que algunos habrían considerado sumamente encantadora.

—¡Gracias, lindas muñequitas! —respondí, librándome lo más deprisa posible de unos abrazos cuya sinceridad me parecía discutible—. Mi casa siempre está abierta para vosotras.

Y, sin demasiadas ceremonias, salí con paso firme y me dirigí al coche que me aguardaba.

Consideré aquella manifestación de afecto un mero desbordamiento de dos jóvenes sobreexcitadas y, por tanto, me sorprendió un tanto que interrumpieran mi siesta para anunciarme que las dos señoritas Van Burnam me esperaban en el salón.

Al bajar, las vi allí de pie, cogidas de la mano y ambas blancas como la cera.

—¡Oh, señorita Butterworth! —exclamaron, abalanzándose hacia mí—. Han detenido a Howard y no tenemos a nadie que nos diga una palabra de consuelo.

—¡Detenido! —repetí, muy sorprendida, pues no esperaba que sucediera tan pronto, si es que llegaba a suceder.

—Sí, y padre está casi abatido por completo.

Franklin también, pero él se sostiene, mientras que padre se ha encerrado en su habitación y no quiere ver a nadie, ni siquiera a nosotras.

¡Oh, no sé cómo vamos a soportarlo! ¡Qué deshonra y qué vergüenza tan horribles, tan horribles!

Porque Howard nunca tuvo nada que ver con la muerte de su mujer, ¿verdad, señorita Butterworth?

—No —respondí, tomando partido de inmediato y con energía, pues creía sinceramente lo que decía—. Es inocente de su muerte, y me gustaría tener la oportunidad de demostrarlo.

Evidentemente, no esperaban de mí una afirmación tan rotunda, pues casi me ahogaron a besos y me llamaron su única amiga ; y, de hecho, mostraron esta vez tanto sentimiento verdadero que ni las aparté ni traté de sustraerme a sus abrazos.

Cuando sus emociones se hubieron agotado un poco, las conduje a un sofá y me senté frente a ellas. Eran muchachas sin madre, y mi corazón, aunque duro, no es de pedernal ni está enteramente cerrado a los llamamientos de la piedad y la amistad.

—Muchachas —dije—, si os calmáis, quisiera haceros unas preguntas.

—Pregúntenos lo que quiera —respondió Isabella—; nadie tiene más derecho a nuestra confianza que usted.

Era otra de sus expresiones exageradas, pero tenía tantas ganas de oír lo que pudieran contarme que la dejé pasar.

Así que, en vez de reprenderlas, pregunté dónde habían detenido a su hermano, y supe que había sido en sus habitaciones, en presencia de ellas y de Franklin.

Seguí preguntando y averigüé que, por lo que sabían, no se había descubierto nada más de lo que había salido a la luz en la investigación judicial, salvo que habían encontrado los baúles de Howard preparados, como si hubiese estado organizando un viaje cuando lo interrumpió el espantoso suceso que lo había puesto en manos de la policía.

Como aquello tenía cierta significación, las muchachas parecían casi tan impresionadas como yo; pero no lo discutimos mucho, porque cambié de pronto de actitud y, tomándolas a ambas de la mano, les pregunté si sabían guardar un secreto.

—¿Un secreto? —preguntaron entrecortadamente.

—Sí, un secreto. No sois las muchachas en quienes confiaría en circunstancias normales; pero esta desgracia os ha hecho sentar la cabeza.

—Oh, podemos hacer cualquier cosa —empezó Isabella; y Caroline murmuró:

—Pónganos a prueba.

Pero, conociendo la locuacidad de una y la debilidad de la otra, sacudí la cabeza ante sus promesas y me limité a tratar de inculcarles que la seguridad de su hermano dependía de su discreción.

Ante lo cual parecieron muy resueltas para ser unas muñequitas y me apretaron las manos con tanta fuerza que deseé haberme quitado algunos anillos antes de emprender aquella entrevista.

Cuando volvieron a estar tranquilas y dispuestas a escuchar, les conté mis planes.

Se sorprendieron, naturalmente, y se preguntaron cómo podría yo contribuir a descubrir al verdadero asesino de su cuñada; pero, al ver mi resolución, cambiaron de tono y declararon con mucho sentimiento su plena confianza en mí y en el éxito de cuanto pudiera emprender.

Aquello era alentador y, pasando por alto su momentánea desconfianza, proseguí:

—Pero, para que yo tenga éxito en este asunto, nadie debe conocer mi interés por él.

No debéis visitarme, ni hacerme confidencias, ni, si podéis evitarlo, mencionar mi nombre ante nadie , ni siquiera ante vuestro padre y vuestro hermano.

Hasta aquí las precauciones, queridas; ahora pasemos a las medidas activas.

No tengo curiosidad, como creo que podéis ver, pero tendré que haceros algunas preguntas que, en otras circunstancias, tendrían un cierto sabor a impertinencia.

¿Tenía vuestra cuñada algún admirador especial entre el otro sexo?

—¡Oh! —protestó Caroline, echándose hacia atrás, mientras los ojos de Isabella se redondeaban como los de una niña asustada—. Ninguno del que hayamos oído hablar. No era esa clase de mujer, ¿verdad, Belle? No era por nada de eso por lo que papá no la quería.

—No, no, eso habría sido demasiado terrible. Lo que nos desagradaba era su familia, nada más.

—Bueno, bueno —me disculpé, dándoles unas palmaditas tranquilizadoras en las manos—, solo lo preguntaba… dejadme decir ahora… por curiosidad, aunque os aseguro que no poseo ni una partícula de esa cualidad.

—¿Pensaba… tenía alguna idea… —balbuceó Caroline— de que…?

—No importa —interrumpí—. Debéis dejar que mis palabras os entren por un oído y os salgan por el otro después de responderlas. Ojalá —aquí adopté un aire animado— pudiera volver a recorrer vuestros salones antes de que se elimine todo rastro del crimen cometido allí.

—Pues puede hacerlo —respondió Isabella.

—Ahora no hay nadie en ellos —añadió Caroline—; Franklin salió justo antes de que nos marcháramos.

Ante lo cual me levanté afablemente y, siguiendo sus pasos, pronto volví a encontrarme en la mansión Van Burnam.

Al entrar de nuevo en los salones, mi primera mirada se dirigió, naturalmente, al lugar de la tragedia.

Habían vuelto a colocar el armario y repuesto los estantes sobre él; pero estos estaban vacíos, y no vi el reloj ni allí ni en la repisa de la chimenea contigua.

Eso me dio que pensar, y decidí volver a examinar aquel reloj.

Mediante preguntas juiciosas averigüé que lo habían llevado a la tercera habitación, donde no tardamos en encontrarlo tumbado en un estante del mismo armario en que el señor Gryce había descubierto el sombrero.

Franklin lo había puesto allí por temor a que su vista afectara a Howard y, como las agujas seguían en la posición en que yo las había dejado, deduje que ni él ni nadie de la familia había descubierto que estaba en condiciones de funcionar.

Segura de ello, las asombré al pedirles que lo bajaran y lo pusieran de pie sobre la mesa; apenas lo hicieron, empezó a sonar su tictac, exactamente como había ocurrido en mis manos unas noches antes.

Las muchachas, muy sobresaltadas, se miraron con asombro.

—¡Pero si funciona! —exclamó Caroline.

—¡Quién habrá podido darle cuerda! —se maravilló Isabella.

—¡Escuchad! —exclamé.

El reloj había empezado a dar la hora.

Dio cinco campanadas claras.

—¡Vaya, es un misterio! —exclamó Isabella.

Luego, al no ver asombro en mi rostro, añadió:

—¿Lo sabía usted, señorita Butterworth?

—Queridas muchachas —me apresuré a decir, con toda la gravedad que me caracteriza en mis momentos más serios—, no espero que me pidáis información que yo no os ofrezca voluntariamente.

Sé que es difícil; pero algún día seré del todo franca con vosotras.

¿Estáis dispuestas a aceptar mi ayuda en estas condiciones?

—Oh, sí —respondieron entrecortadamente, aunque parecieron no poco decepcionadas.

—Y ahora —dije—, dejad el reloj donde está y, cuando vuelva vuestro hermano, enseñádselo y decidle que, al tener la curiosidad de examinarlo, os sorprendió descubrir que funcionaba y lo dejasteis allí para que lo viera.

Él también se sorprenderá y, por consiguiente, os preguntará primero a vosotras y después a la policía para averiguar quién le dio cuerda.

Si reconocen haberlo hecho, debéis avisarme enseguida, porque eso es lo que quiero saber.

¿Lo entiendes, Caroline? Y tú, Isabella, ¿crees que puedes hacer todo esto sin decir una palabra sobre mí ni sobre mi interés por este asunto?

Naturalmente, respondieron que sí, y, naturalmente, con tanta efusión que me vi obligada a recordarles que debían contener su entusiasmo, así como a indicarles que no vinieran a mi casa ni me enviaran notas, sino simplemente una tarjeta en blanco que significase: «Nadie sabe quién dio cuerda al reloj».

—¡Qué deliciosamente misterioso! —exclamó Isabella.

Y con aquella exclamación de muchacha terminó nuestra conversación acerca del reloj.