XVII. BUTTERWORTH CONTRA GRYCE
El resultado de aquella atención se conocerá mejor por la conversación que mantuve con el señor Gryce a la mañana siguiente.
Llegó más temprano de lo habitual, pero me encontró levantada y en plena actividad.
—Bueno —exclamó, saludándome con una sonrisa cuando entré en el salón donde estaba sentado—, esta vez todo ha ido bien, ¿verdad? ¿Ninguna dificultad para identificar al caballero que entró anoche en casa de su vecino a las doce menos cuarto?
Resuelta a sondear hasta el fondo la mente de aquel hombre, adopté mi aire más severo.
—No esperaba que nadie entrara allí tan tarde anoche —dije—. El señor Van Burnam declaró con tanta firmeza en la investigación que él era la persona a la que tratábamos de identificar, que no supuse que usted considerara necesario traerlo a la casa para que yo lo viera.
—¿Y por eso no estaba en la ventana?
—No he dicho tal cosa; siempre estoy donde he prometido estar, señor Gryce.
—¿Entonces? —preguntó secamente.
Tardé deliberadamente en responderle: así disponía de más tiempo para escrutar su rostro. Pero su serenidad era impenetrable, y por fin declaré:
—El hombre que trajo anoche… usted era quien lo acompañaba, ¿verdad?… no era el hombre al que vi bajar allí hace cuatro noches.
Quizá lo esperaba; quizá fuera precisamente la afirmación que deseaba de mí, pero sus modales mostraron desagrado, y el rápido «¿Cómo?» que pronunció fue seco y perentorio.
—No le pregunto quién era —proseguí con un tranquilo ademán que le devolvió de inmediato su compostura—, porque sé que no me lo dirá.
Pero lo que sí espero saber es el nombre del hombre que entró en esa misma casa exactamente a las nueve y diez.
Era uno de los asistentes al funeral y llegó en un coche precedido inmediatamente por otro del que bajaron cuatro personas, dos damas y dos caballeros.
—No conozco al caballero, señora —repuso el detective, entre sorprendido y divertido—. No llevé la cuenta de todos los invitados que asistieron al funeral.
—Entonces no hizo usted su trabajo tan bien como yo el mío —respondí con cierta sequedad—.
Porque yo me fijé en todos los que entraron; y ese caballero, fuera quien fuese, se parecía más a la persona que he estado tratando de identificar que cualquiera de los que he visto entrar allí durante mis cuatro vigilias de medianoche.
El señor Gryce sonrió, soltó un breve «¡ Vaya !» y pareció más esfinge que nunca. Bajo mi tranquilo exterior, empecé a odiarlo silenciosamente.
—¿Estuvo Howard en el funeral de su mujer? —pregunté.
—Sí, señora.
—¿Y vino en coche?
—Sí, señora.
—¿Solo?
—Creía estar solo; sí, señora.
—Entonces, ¿no pudo ser él?
—No puedo decirlo, señora.
Era tan evidente que el señor Gryce se encontraba fuera de su elemento bajo aquel interrogatorio que no pude reprimir una sonrisa, aun sintiendo una vivísima indignación ante su reserva.
Quizá me vio sonreír y quizá no, pues sus ojos, como he indicado, siempre estaban ocupados en algún objeto enteramente ajeno a la persona con quien hablaba; pero, en cualquier caso, se levantó, sin dejarme otra alternativa que hacer lo mismo.
—De modo que no reconoció al caballero que traje a la casa vecina poco antes de las doce —observó tranquilamente, ignorando mi última pregunta con una calma un tanto exasperante.
—No.
—Entonces, señora —declaró, con un brusco cambio de actitud destinado, a mi juicio, a ponerme en mi sitio—, no creo que podamos confiar en la exactitud de su memoria.
E hizo ademán de marcharse.
Como no sabía si su aparente decepción era real o no, lo dejé acercarse a la puerta sin responder. Pero, una vez allí, lo detuve.
—Señor Gryce —dije—, no sé qué piensa de este asunto, ni siquiera si desea conocer mi opinión. Pero, aun así, voy a expresarla. Yo no creo que Howard matara a su mujer con un alfiler de sombrero.
—¿No? —repuso el anciano, mirando dentro de su sombrero con una sonrisa irónica que aquella inofensiva prenda no había merecido en absoluto—. ¿Y por qué, señorita Butterworth, por qué? Sin duda tiene razones de peso para cualquier opinión que forme.
—Tengo una intuición —respondí—, respaldada por ciertas razones. La intuición no lo impresionará mucho, pero quizá las razones no carezcan de peso, y voy a confiárselas.
—Hágalo —suplicó con un tono jocoso que me pareció impropio, pero que estaba dispuesta a pasar por alto en consideración a su edad y a sus modales tan paternales.
—Pues bien —dije—, esta es una. Si el crimen fue premeditado, si odiaba a su mujer y consideraba conveniente quitarla de en medio, un hombre de la sensatez del señor Van Burnam habría elegido cualquier otro lugar antes que la casa de su padre para matarla, sabiendo que su identidad no podría ocultarse una vez relacionada con el apellido Van Burnam.
Si, por el contrario, la llevó allí de buena fe y su muerte fue el resultado inesperado de una disputa entre ellos, entonces los medios empleados habrían sido más sencillos.
Un hombre furioso no se detiene a realizar una delicada operación quirúrgica cuando llega al extremo del asesinato, sino que usa las manos o los puños, como sugirió el propio señor Van Burnam.
—¡Hum! —gruñó el detective, mirando con suma intensidad el interior de su sombrero.
—No debe creerme amiga de este joven —continué, con el bienintencionado deseo de hacerle ver la imparcialidad de mi actitud—.
Nunca he hablado con él ni él conmigo, pero soy amiga de la justicia, y debo declarar que en la emoción que mostró al ver el sombrero de su mujer había una nota de sorpresa demasiado natural para ser fingida.
El detective no se impresionó. Podría haberlo esperado, conociendo su sexo y la confianza que un hombre así suele depositar en sus propias facultades.
—¡Comedia, señora, comedia! —fue su lacónico comentario—. Un carácter muy poco corriente el del señor Howard Van Burnam. No creo que le haga usted plena justicia.
—Quizá no, pero procure no menospreciar el mío.
No espero que atienda estas sugerencias más de lo que atendió las que le hice respecto a la señora Boppert, la mujer de la limpieza; pero esta comunicación alivia mi conciencia, y eso es mucho para una mujer solitaria como yo, obligada a pasar tantas horas largas a solas sin otra compañía.
—Entonces algo se ha logrado con esta demora —observó.
Luego, como avergonzado de aquella momentánea muestra de irritación, añadió en el tono afable que le era más natural:
—No la culpo por su buena opinión de ese joven interesante, pero en absoluto digno de confianza, señorita Butterworth. El buen corazón de una mujer le impide juzgar debidamente a los criminales.
—No verá fallar sus instintos, aunque sí su juicio.
Su inclinación fue tan cortés como falta de convencimiento.
—Espero que no permita que sus instintos la lleven a realizar investigaciones innecesarias —sugirió con calma.
—Eso no puedo prometerlo. Si detiene a Howard Van Burnam por asesinato, quizá sienta la tentación de inmiscuirme en asuntos que no me conciernen.
Una sonrisa divertida rompió su fingida seriedad.
—Entonces acepte de antemano mis felicitaciones, señora. Mi salud es tal que llevo tiempo pensando en abandonar mi profesión; pero, si voy a contar con ayudantes como usted en mi trabajo, me sentiré inclinado a seguir en ella algún tiempo más.
—Cuando un hombre tan ocupado como usted se detiene a entregarse al sarcasmo, es que está más o menos de buen humor. Me han dicho que ese estado solo se da en los detectives cuando han llegado a una conclusión firme acerca del caso que los ocupa.
—Veo que ya conoce a los miembros de su futura profesión.
—Tanto como es necesario en este momento —repuse.
Luego, al ver que se disponía a repetir su inclinación, añadí con brusquedad:
—No se moleste en mostrarme demasiada cortesía. Si intervengo en este asunto, no será como colaboradora suya, sino como rival.
—¿Mi rival?
—Sí, su rival; y los rivales nunca son buenos amigos hasta que uno queda irremediablemente vencido.
—Señorita Butterworth, ya me veo a sus pies.
Y con aquella ocurrencia y una risita breve que, más que todo lo que había dicho, terminó de afirmar mi incipiente decisión de cumplir mi amenaza, abrió la puerta y desapareció tranquilamente.