XVI. CAVILACIONES
Mi cocinera me había preparado una cena excelente, pensando que necesitaba todo el consuelo posible después de un día de experiencias tan penosas.
Pero comí poco; mis pensamientos estaban demasiado ocupados, mi mente demasiado agitada.
¿Cuál sería el veredicto del jurado, y podía confiarse en que aquel jurado en particular emitiera un veredicto justo?
A las siete ya me había levantado de la mesa y estaba encerrada en mi habitación. No podía descansar hasta haber sondeado mi propia mente respecto a los acontecimientos del día.
La cuestión —la gran cuestión, naturalmente, ahora— era cuánto había que creer del testimonio de Howard y si, pese a sus afirmaciones en sentido contrario, era el asesino de su mujer.
A la mayoría la respuesta le parecía fácil.
Por la expresión de las personas con quienes había tropezado al salir de la sala, deduje que la mayoría de los presentes ya lo había sentenciado en su fuero interno.
Pero aquellos juicios precipitados no influían en mí.
Espero mirar más allá de la superficie, y mi mente no podía admitir su culpabilidad, a pesar de la mala impresión que me habían causado sus falsedades y contradicciones.
Ahora bien, ¿por qué no podía admitirla?
¿Se había apoderado de mí el sentimentalismo, de mí, Amelia Butterworth, y ya no era capaz de mirar las cosas de frente?
¿Habían despertado los Van Burnam, precisamente ellos, mi compasión a costa de mi sensatez, y estaba dispuesta a ver virtud en un hombre en quien cada circunstancia que salía a la luz apenas revelaba otra cosa que necedad y debilidad?
Las mentiras que había dicho —pues no hay otra palabra para describir sus contradicciones— habrían bastado, en la mayoría de las circunstancias, para condenar a un hombre a mis ojos.
¿Por qué, entonces, buscaba en secreto excusas para su conducta?
Ahondando hasta el fondo del asunto, razoné de esta manera: la segunda mitad de su declaración contradecía por completo a la primera, y deliberadamente.
En la primera se había presentado como un egoísta sin corazón, con tan poco interés por su mujer que ni siquiera se esforzaba por determinar si ella y la asesinada eran la misma persona; en la segunda se había mostrado como un hombre influido hasta la insensatez por una mujer ante la que pocas horas antes se había mantenido absolutamente inflexible.
Ahora bien, sabiendo que la naturaleza humana está llena de contradicciones, no lograba convencerme de que estuviera justificado aceptar como enteramente verdadera ninguna de las dos mitades de su declaración.
El hombre que en un momento es todo firmeza puede ser todo debilidad al siguiente y, ante las serenas afirmaciones que este había hecho al verse acorralado por los inesperados descubrimientos de la policía, no me atrevía a decidir que sus últimas aseveraciones fueran completamente falsas y que él no fuese el hombre a quien yo había visto entrar en la casa contigua con su mujer.
¿Por qué, entonces, no llevar la conclusión más allá y admitir, como sugerían la razón y la probabilidad, que también era su asesino; que la había matado durante su primera visita y derribado los estantes sobre ella en la segunda?
¿No explicaría eso todos los fenómenos observados en relación con aquel asunto, de otro modo inexplicable?
Ciertamente, todos salvo uno; uno que quizá nadie conociera excepto yo, y era el testimonio del reloj.
Él decía que los estantes habían caído a las cinco, mientras que, según la declaración del señor Stone, eran las cuatro, o alrededor de esa hora, cuando el señor Van Burnam abandonó la casa de su padre.
Pero tal vez el reloj no fuera un testigo fiable.
Podía estar mal puesto en hora, o quizá ni siquiera funcionaba en el momento del accidente.
No, no debía confiar demasiado en algo tan dudoso, y no lo hacía; sin embargo, no podía librarme de la convicción de que Howard decía la verdad al declarar ante el juez forense y el jurado que no podían relacionarlo con aquel crimen; y, tanto si esa conclusión nacía del sentimentalismo como de la intuición, estaba resuelta a mantenerla, al menos durante aquella noche.
El día siguiente quizá mostrase su inutilidad, pero el día siguiente aún no había llegado.
Entretanto, aceptada aquella teoría, ¿qué explicación podía darse a los hechos tan peculiares que rodeaban la muerte de aquella mujer? ¿Cabía considerar por un instante la hipótesis de suicidio que Howard había expuesto ante el juez forense, o la igualmente improbable sugerencia de un accidente?
Fui al cajón de mi cómoda, saqué la vieja cuenta del tendero que ya ha figurado en estas páginas y releí las notas que había garabateado en el reverso al principio de este asunto.
Se referían, como recordarán, a esa misma cuestión y todavía parecían responderla de manera más o menos convincente.
Perdónenme si transcribo de nuevo esas notas, pues no puedo imaginar que mis primeras deliberaciones sobre el tema les causaran una impresión lo bastante profunda para recordarlas sin mi ayuda.
La cuestión planteada en aquellas notas era triple, y las respuestas, como recordarán, se habían escrito antes de que el hallazgo del alfiler roto en el cerebro de la difunta determinara la causa de la muerte.
Estas eran las preguntas:
Primera: ¿se debió su muerte a un accidente?
Segunda: ¿se la causó ella misma?
Tercera: ¿fue un asesinato?
Las respuestas se daban en forma de razones, a saber:
Mis razones para no considerarlo un accidente.
Si hubiera sido un accidente y ella hubiera volcado el armario sobre sí misma, la habrían encontrado con los pies orientados hacia la pared junto a la que estaba el mueble. Pero sus pies apuntaban hacia la puerta y su cabeza estaba bajo el armario.
La disposición meticulosa de la ropa alrededor de los pies, que excluía cualquier teoría de accidente.
Mi razón para no considerarlo un suicidio.
No la habrían encontrado en aquella postura sin que antes se hubiera tendido viva en el suelo y después hubiera tirado de los estantes sobre sí misma. (Una teoría evidentemente demasiado improbable para tenerla en cuenta.)
Mi razón para no considerarlo un asesinato.
Habrían tenido que sujetarla contra el suelo mientras derribaban el armario sobre ella, cosa que el aspecto tranquilo de sus manos y sus pies hacía parecer imposible.
(Muy bien, pero ahora sabemos que ya estaba muerta cuando cayeron los estantes, de modo que mi única excusa para no considerarlo un asesinato queda anulada.)
Mis razones para considerarlo un asesinato.
… Pero estas no las repetiré. Mis razones para no considerarlo un accidente ni un suicidio seguían siendo tan válidas como cuando las escribí y, si su muerte no se debía a ninguna de esas causas, tenía que deberse a una mano asesina.
¿Era esa mano la de su marido? Ya he expresado mi opinión de que no lo era.
Ahora bien, ¿cómo sostener aquella opinión y reconciliarme de nuevo conmigo misma?
Porque no estoy acostumbrada a que mis instintos luchen contra mi juicio.
¿Hay alguna razón para pensar como pienso?
Sí, la hombría de aquel hombre. Solo ofrecía buen aspecto cuando rechazaba la sospecha que veía en los rostros que lo rodeaban.
Pero aquello podía ser fingido, igual que lo había sido su despreocupación durante la primera parte de la investigación.
Necesitaba alguna razón más sólida para mi creencia.
¿Los dos sombreros? Bien, había explicado por qué había dos sombreros en el lugar del crimen, pero su explicación no había sido muy satisfactoria.
Yo no había visto ningún sombrero en la mano de ella cuando cruzó la acera hacia la casa de su padre.
Pero podía haberlo llevado bajo la capa sin que yo lo viera…
quizá. 2 El hallazgo de dos sombreros y dos pares de guantes en los salones del señor Van Burnam era un hecho digno de mayor investigación, y tomé nota mental de ello, aunque en aquel momento no veía ninguna perspectiva de intervenir en el asunto más allá de lo que exigían mis deberes como testigo.
¿Y qué otra pista se me ofrecía, aparte de la ya mencionada del reloj?
Ninguna a la que pudiera aferrarme; y, sintiendo la debilidad de la causa que había abrazado con tanta obstinación, me levanté de mi asiento junto a la mesa del té y empecé a hacer los cambios necesarios en mi atuendo para prepararme para la velada y mis inevitables visitas.
«Amelia —me dije al encontrar en el espejo mi reflejo, nada satisfecho—, ¿será que, después de todo, deberías haberte llamado Araminta?
¿Basta una momentánea muestra de entereza por parte de un joven de principios dudosos para hacerte olvidar los dictados del buen sentido que siempre te han gobernado hasta ahora? ».
La severa imagen que me miraba desde el espejo no me respondió y, asaltada por un repentino disgusto, me aparté de él y bajé a recibir a unos amigos que acababan de llegar en su coche.
Se quedaron una hora y hablaron de un solo asunto: Howard Van Burnam y su probable relación con el crimen ocurrido en la casa de al lado.
Pero, aunque hablé algo y escuché más, como corresponde a una mujer en su propia casa, no dije ni oí nada que no se hubiera dicho y oído ya en innumerables hogares aquella noche.
Cualquier pensamiento mío que difiriera de algún modo de las opiniones generales lo guardé para mí; si guiada por la discreción o por el orgullo, no sabría decirlo; probablemente por ambos, pues no me falta ninguna de esas cualidades.
Ya se habían hecho los preparativos para el entierro de la señora Van Burnam aquella noche y, como la ceremonia fúnebre iba a celebrarse en la casa contigua, muchos de mis invitados vinieron solo para sentarse junto a mis ventanas y observar las idas y venidas de las pocas personas invitadas a ella.
Pero yo no alenté aquello. No soporto la curiosidad ociosa. Por consiguiente, a las nueve me había quedado sola para prestar al asunto la verdadera atención que exigía; cosa que, naturalmente, no habría podido hacer con media docena de amigos chismosos asomados por encima de mi hombro.
Notas Tal como afirmó su marido al declarar bajo juramento. ↩