El caso de la casa de al lado XV. UN TESTIGO RENUENTE
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XV. UN TESTIGO RENUENTE

Siguió entonces una pausa de considerable duración; una pausa exasperante que puso a prueba hasta mi paciencia, por mucho que me enorgullezca de ella.

Parecía haber alguna dificultad con el siguiente testigo.

El juez forense envió al señor Gryce a la habitación contigua más de una vez y, por fin, cuando la inquietud general parecía a punto de expresarse en un sonoro murmullo, apareció un caballero cuya presencia, en vez de apaciguar la excitación, la renovó de un modo verdaderamente extraordinario y sin precedentes.

No conocía a la persona así presentada.

Era un hombre guapo, muy guapo, a decir verdad; pero no parecía ser eso lo que hacía que la mitad de los presentes estiraran el cuello para verlo.

Otra cosa, algo enteramente ajeno a su comparecencia como testigo, parecía tener fascinada a la gente y despertar un entusiasmo contenido que se manifestaba no solo en sonrisas, sino en susurros y codazos significativos, sobre todo entre las mujeres, aunque observé que los miembros del jurado abrieron mucho los ojos cuando alguien tuvo la amabilidad de decirles el nombre del nuevo testigo.

Por fin llegó a mis oídos y, aunque también despertó en mí una curiosidad decidida, reprimí toda manifestación de ella, pues no quería añadir un ápice a aquella ridícula exhibición de debilidad humana.

Randolph Stone, como futuro marido de la rica señorita Althorpe, era una figura de cierta importancia en la ciudad y, aunque me alegraba mucho de aquella oportunidad de verlo, no pensaba perder la cabeza ni olvidar, por el vivo interés que suscitaba su persona, la gravísima causa que lo había llevado ante nosotros.

Y, sin embargo, supongo que nadie en la sala observó su figura con mayor minuciosidad.

Era de elegante constitución y poseía, como he dicho, un rostro de singular belleza.

Pero no eran aquellos sus únicos títulos para suscitar admiración.

Era un hombre de indudable inteligencia y de modales muy distinguidos.

Su inteligencia no me sorprendió, pues sabía cómo había alcanzado su envidiable posición actual en la sociedad en el breve espacio de cinco años.

Pero la perfección de sus modales me asombró, aunque no sé cómo podía haber esperado menos de un hombre honrado con el afecto de la señorita Althorpe.

Tenía esa palidez limpia de tez que tanto impresiona en un rostro bien afeitado, y su voz, cuando habló, poseía esa música que solo nace de una gran educación y del propósito deliberado de agradar.

Era amigo de Howard; lo comprendí por la breve mirada que intercambiaron al entrar él en la sala; pero que no estaba allí en calidad de amigo resultaba evidente por el asombro con que el primero lo reconoció, así como por el pesar que se percibía bajo los pulidos modales del propio testigo.

Aunque dueño de sí mismo y perfectamente respetuoso, mostró por todos los medios posibles el dolor que le causaba añadir el peso de una pluma a las pruebas contra un hombre con quien mantenía un trato más o menos íntimo.

Pero permítanme exponer su declaración. Tras reconocer que conocía bien a la familia Van Burnam, y a Howard en particular, afirmó que la noche del diecisiete lo habían retenido en su oficina unos asuntos más urgentes de lo habitual y que, viendo que no podía esperar descanso aquella noche, se había permitido el capricho de bajar del tranvía en Twenty-first Street en vez de continuar hasta Thirty-third Street, donde estaban sus habitaciones.

La sonrisa que provocaron estas palabras —la señorita Althorpe vive en Twenty-first Street— no encontró reflejo en su rostro.

De hecho, frunció el ceño ante ella, como si considerase que la gravedad de la situación no admitía frivolidad ni humor alguno.

Y Howard compartía ese sentimiento, pues se sobresaltó cuando el testigo mencionó Twenty-first Street y le dirigió una mirada demudada de consternación que, afortunadamente, nadie vio salvo yo, ya que todos los demás estaban pendientes del testigo. ¿O debería exceptuar al señor Gryce?

—Naturalmente, no tenía otra intención que dar un breve paseo por aquella calle antes de volver a mi casa —continuó gravemente el testigo—, y lamento verme obligado a mencionar ese capricho mío, pero lo considero necesario para explicar mi presencia allí a una hora tan poco habitual.

—No necesita disculparse —repuso el juez forense—. ¿Quiere indicar en qué línea de tranvía venía de su oficina?

—Subí por la Tercera Avenida.

—¡Ah! ¿Y caminó hacia Broadway?

—Sí.

—¿De modo que necesariamente pasó muy cerca de la mansión Van Burnam?

—Sí.

—¿A qué hora fue, puede decirlo?

—A las cuatro, o cerca de las cuatro. Eran las tres y media cuando salí de mi oficina.

—¿Había luz a esa hora? ¿Podía distinguir los objetos con facilidad?

—No tuve dificultad para ver.

—¿Y qué vio? ¿Algo anormal en la mansión Van Burnam?

—No, señor, nada anormal. Simplemente vi a Howard Van Burnam bajando la escalinata cuando pasé por la esquina.

—¿No se equivocó? ¿Era el caballero que menciona, y no otro, a quien vio en aquella escalinata a esa hora?

—Estoy muy seguro de que era él. Lo lamento…

Pero el juez forense no le dio ocasión de terminar.

—Dice usted que el señor Van Burnam y usted son amigos, y que había luz suficiente para reconocerse; entonces, ¿seguramente hablaron?

—No, no lo hicimos. Yo estaba pensando… bueno, en otras cosas. —Y aquí permitió que la sombra de una sonrisa cruzara sugestivamente sus labios firmes—. Y el señor Van Burnam también parecía absorto, pues, que yo sepa, ni siquiera miró hacia mí.

—¿Y usted no se detuvo?

—No; no parecía un hombre al que conviniera molestar.

—¿Y esto fue a las cuatro de la madrugada del dieciocho?

—A las cuatro.

—¿Está seguro de la hora y del día?

—Estoy seguro. No estaría aquí si no confiara plenamente en mi memoria. Lo lamento… —empezó de nuevo, pero el juez forense lo detuvo tan perentoriamente como antes.

—Los sentimientos no tienen cabida en una investigación como esta.

Y se despidió al testigo.

El señor Stone, que manifiestamente había declarado obligado, pareció aliviado al terminar.

Cuando regresó a la habitación de la que había salido, muchos solo repararon en la extrema elegancia de su figura y en el porte orgulloso de su cabeza, pero yo vi algo más.

Vi la mirada de pesar que dirigió a su amigo Howard.

Un silencio penoso siguió a su retirada; luego el juez forense habló al jurado:

—Señores, dejo a su juicio la importancia de este testimonio.

El señor Stone es un hombre conocido y de integridad indiscutible; pero quizá el señor Van Burnam pueda explicar cómo llegó a visitar la casa de su padre a las cuatro de la madrugada de aquella memorable noche, cuando, según su última declaración, había dejado allí a su mujer a las doce. Le daremos esa oportunidad.

—No sirve de nada —empezó el joven desde su asiento.

Pero, cobrando valor mientras hablaba, se adelantó rápidamente y, de nuevo ante el juez forense y el jurado, dijo con una especie de energía fingida que no engañó a nadie:

—Puedo explicar ese hecho, pero dudo que acepten mi explicación. Estuve ante la casa de mi padre a esa hora, pero no dentro. Mi inquietud me llevó de nuevo junto a mi mujer, pero, al no encontrar las llaves en el bolsillo, volví a bajar la escalinata y me marché.

—Ah, ahora comprendo por qué eludió la verdad esta mañana acerca del momento en que echó de menos esas llaves.

—Sé que mi declaración está llena de contradicciones.

—¿Temía que se supiera que había estado por segunda vez aquella noche en la escalinata de la casa de su padre?

—Naturalmente, ante la sospecha que percibía por todas partes a mi alrededor.

—¿Y esta vez no entró?

—No.

—¿Ni llamó al timbre?

—No.

—¿Por qué no, si había dejado dentro a su mujer viva y bien?

—No quería molestarla. Mi propósito no era lo bastante firme para superar la menor dificultad. Me dejé disuadir fácilmente de ir adonde tenía pocas ganas de estar.

—¿De modo que se limitó a subir la escalinata y a volver a bajarla en el momento en que lo vio el señor Stone?

—Sí, y, si hubiera pasado un minuto antes, lo habría visto: me habría visto subir, quiero decir, además de bajar. No me entretuve mucho en la puerta.

—¿Pero sí permaneció allí un momento?

—Sí; el tiempo suficiente para buscar las llaves y reponerme del asombro de no encontrarlas.

—¿Advirtió que el señor Stone pasaba por Twenty-first Street?

—No.

—¿Había tanta luz como ha dicho el señor Stone?

—Sí, había luz.

—¿Y no lo advirtió?

—No.

—Sin embargo, debió de seguirlo usted a muy poca distancia.

—No necesariamente. Fui por Twentieth Street, señor. No sé por qué, pues mis habitaciones están en la parte alta de la ciudad. No sé por qué hice la mitad de las cosas que hice aquella noche.

—Lo creo de buena gana —observó el juez forense.

La indignación del señor Van Burnam creció.

—Está intentando —dijo— relacionarme con la espantosa muerte de mi mujer en la casa solitaria de mi padre.

No puede hacerlo, porque soy tan inocente de esa muerte como usted o como cualquier otra persona de esta asamblea.

Tampoco derribé sobre ella aquellos estantes, como quiere hacer creer a este jurado, en mi última e irreflexiva visita a la puerta de mi padre.

Murió según la voluntad de Dios, por su propia mano o por algún accidente extraño e inexplicable que solo Él conoce.

Y así lo descubrirán, si la justicia tiene algún lugar en estas investigaciones y se permite que una inteligencia viril sustituya al prejuicio en el corazón de los doce hombres que ahora tengo sentados delante.

Y, haciendo una inclinación al juez forense, aguardó a que lo despidiera; cuando lo hizo, volvió, no a su rincón solitario, sino a su antiguo lugar entre su padre y su hermano, que lo recibieron con aire anhelante y extrañas miradas en las que se mezclaban la esperanza y la incredulidad.

—El jurado emitirá su veredicto el lunes por la mañana —anunció el juez forense, y suspendió la investigación.