El caso de la casa de al lado XIV. UNA GRAVE CONFESIÓN #3
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XIV. UNA GRAVE CONFESIÓN #3

—¡ Con un alfiler de sombrero —continuó el juez forense, dejando que su ironía, hasta entonces apenas contenida, se manifestara plenamente en la voz y en los modales— clavado en la nuca, en un punto que las señoritas no tienen, desde luego, muchos motivos para saber que es especialmente mortal!

¡Suicidio, cuando apareció aplastada bajo un montón de objetos de adorno que alguien arrojó, o que cayeron, sobre ella horas después de recibir la herida fatal!

—No sé de qué otra manera pudo morir —insistió tranquilamente el testigo—, a menos que abriera la puerta a algún ladrón.

¿Y qué ladrón mataría así a una mujer, pudiendo golpearla con los puños?

No; perdió la razón y se hirió en su desesperación, o todo ocurrió por accidente, ¡Dios sabe cómo!

Y, en cuanto al testimonio de los expertos…

, todos sabemos con qué facilidad pueden equivocarse hasta los más sabios, incluso en cuestiones tan graves como estas.

Si todos los expertos del mundo —aquí elevó la voz y se le dilataron las aletas de la nariz hasta que su aspecto se volvió verdaderamente imperioso y nos impresionó a todos como una transformación repentina—, si todos los expertos del mundo juraran que aquellos estantes fueron arrojados sobre ella después de llevar cuatro horas muerta, no los creería.

Con apariencias o sin ellas, con sangre o sin ella, declaro aquí que ella volcó aquel armario en su agonía; y estoy dispuesto a hacer descansar sobre la verdad de este hecho mi honor como hombre y mi integridad como marido .

Se produjo de inmediato un alboroto, entre el que se oían gritos de «¡Miente!

» y «¡Es un necio!». La actitud del testigo era tan inesperada que no podía dejar indiferente ni al más insensible de los presentes.

Pero la curiosidad es una pasión tan poderosa como la sorpresa y, al cabo de unos minutos, volvió el silencio y todos aguardaron atentos la respuesta del juez forense a aquellas afirmaciones.

—He oído hablar de un ciego que negaba la existencia de la luz —dijo aquel caballero—, pero nunca antes de un ser sensato como usted defendiendo las teorías más insostenibles ante pruebas como las que se nos han presentado durante esta investigación.

Si su mujer se suicidó, o si la punta de un alfiler de sombrero penetró accidentalmente en su columna vertebral, ¿cómo se explica que la cabeza del alfiler apareciera a tantos pasos de ella y en un lugar como la rejilla de la calefacción del salón?

—Puede haber saltado hasta allí al romperse o, lo que es mucho más probable, alguna de las muchas personas que entraron y salieron de la habitación entre su muerte y su descubrimiento pudo haberla desplazado de una patada.

—Pero la rejilla se encontró cerrada —insistió el juez forense—. ¿No es así, señor Gryce?

El aludido se levantó un instante.

—Así es —dijo, y volvió a sentarse deliberadamente.

El rostro del testigo, que había permanecido singularmente inexpresivo desde su último arrebato, se ensombreció por un momento y bajó la mirada como si se sintiera empeñado en una lucha desigual. Pero recuperó enseguida el valor y observó con calma:

—La rejilla pudo cerrarla un pie al pasar. He conocido coincidencias más extrañas.

—Señor Van Burnam —preguntó el juez forense, como cansado de subterfugios y discusiones—, ¿ha considerado el efecto que esta declaración suya tan contradictoria puede tener en su reputación?

—Lo he considerado.

—¿Y está dispuesto a aceptar las consecuencias?

—Si se deriva de ella alguna consecuencia particular, tendré que aceptarla, señor.

—¿Cuándo perdió las llaves que dice no tener ahora en su poder? Esta mañana afirmó no saberlo; pero quizá esta tarde quiera modificar esa declaración.

—Las perdí después de dejar a mi mujer encerrada en casa de mi padre.

—¿Poco después?

—Muy poco después.

—¿Cuánto?

—Antes de una hora, calculo.

—¿Cómo sabe que fue tan pronto?

—Las eché de menos enseguida.

—¿Dónde estaba cuando las echó de menos?

—No lo sé; en algún sitio. Caminaba por las calles, como he dicho. No recuerdo exactamente dónde estaba cuando metí las manos en el bolsillo y descubrí que las llaves habían desaparecido.

—¿No lo recuerda?

—No.

—¿Pero fue antes de que transcurriera una hora desde su salida de la casa?

—Sí.

—Muy bien; las llaves han aparecido.

El testigo se sobresaltó, y tan violentamente que sus dientes chocaron con un chasquido lo bastante fuerte para oírse en toda la sala.

—¿Han aparecido? —dijo, haciendo un esfuerzo de indiferencia que, sin embargo, no engañó a nadie que advirtiera su cambio de color—. Entonces usted puede decirme dónde las perdí.

—Se encontraron —dijo el juez forense— en su lugar habitual, encima del escritorio de su hermano, en Duane Street.

—¡Oh! —murmuró el testigo, completamente desconcertado o aparentándolo—. No puedo explicar que aparecieran en la oficina. Estaba tan seguro de haberlas dejado caer en la calle.

—No creía que pudiera explicarlo —observó serenamente el juez forense.

Y, sin añadir otra palabra, despidió al testigo, que fue tambaleándose hasta un asiento lo más alejado posible de aquel en que antes se había sentado entre su padre y su hermano.