El caso de la casa de al lado XIV. UNA GRAVE CONFESIÓN #2
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XIV. UNA GRAVE CONFESIÓN #2

Y, después de dirigir al testigo una mirada cargada de algo más hondo que el sarcasmo, se volvió hacia el jurado como para preguntar qué opinaba de aquellas explicaciones tan forzadas y sospechosas.

Pero, evidentemente, no sabían qué pensar, y la mirada del juez forense volvió al testigo, que parecía ser, de todos los presentes, el menos impresionado por la situación en que se encontraba.

—Señor Van Burnam —dijo—, esta mañana mostró usted una gran emoción al ver el sombrero de su mujer. ¿A qué se debió, y por qué esperó a ver esa prueba de su presencia en el lugar de la muerte para reconocer los hechos que ha tenido la bondad de contarnos esta tarde?

—Si tuviera a mi lado a un abogado, no me haría esa pregunta o, si la hiciera, no me permitirían responderla.

Pero no tengo aquí a ningún abogado, así que diré que la catástrofe que le había ocurrido a mi mujer me conmocionó profundamente y, bajo el peso de mis primeras emociones abrumadoras, sentí el impulso de ocultar que la víctima de tan espantosa desgracia era mi esposa.

Pensé que, si no se encontraba ninguna relación entre aquella difunta y yo, no correría el peligro de la sospecha que forzosamente recaería sobre el hombre que había entrado en la casa con ella.

Pero, como la mayoría de los primeros impulsos, fue una insensatez y cedió bajo la presión de la investigación.

Aun así, persistí en ello todo lo posible, en parte porque soy obstinado y en parte porque detestaba reconocer que era un necio; pero, cuando vi el sombrero y lo reconocí como prueba indiscutible de su presencia en la casa de los Van Burnam aquella noche, mi confianza en el intento que estaba haciendo se derrumbó de golpe.

Podía negar su figura, sus manos e incluso la cicatriz, que quizá compartiera con otras mujeres, pero no podía negar su sombrero.

Demasiadas personas se lo habían visto puesto.

Pero el juez forense no se dejaba engañar tan fácilmente.

—Comprendo, comprendo —repitió con gran sequedad—, y espero que el jurado quede satisfecho.

Y probablemente así será, a menos que recuerde el empeño que, según su relato, puso su mujer en que toda su indumentaria concordase con su apariencia de muchacha trabajadora.

Si fue tan escrupulosa como para considerar necesario ponerse ropa interior de confección, ¿por qué anular todas esas precauciones llevando a la casa un sombrero con el nombre de una modista cara en el interior?

—Las mujeres son inconsecuentes, señor. Le gustaba el sombrero y le dolía desprenderse de él. Creía que podría esconderlo en algún lugar de aquella gran casa; al menos eso fue lo que me dijo cuando se lo metió debajo de la capa.

El juez forense, que evidentemente no creía una palabra, miró al testigo como si la curiosidad fuera sustituyendo rápidamente a la indignación.

Y no me extrañó. Howard Van Burnam, tal como nos lo presentaba su propio testimonio, era una anomalía, tanto si debíamos creer lo que decía en aquel momento como lo que había dicho durante la sesión de la mañana.

Pero deseé haber podido interrogarlo yo.

Su siguiente respuesta, sin embargo, iluminó un punto oscuro en el que llevaba algún tiempo tratando de penetrar sin conseguirlo. Respondía a la siguiente pregunta:

—Todo esto —dijo el juez forense— es muy interesante; pero ¿qué explicación puede dar de haber llevado a su mujer a la casa vacía de su padre a una hora tan tardía, para luego dejarla pasar sola la mayor parte de la noche oscura?

—Ninguna —dijo— que le parezca sensata y juiciosa.

Pero aquella noche no fuimos sensatos ni juiciosos; de lo contrario, no estaría yo aquí intentando explicar lo que no puede explicarse conforme a ninguna de las reglas corrientes de conducta.

Estaba empeñada en ser la primera en recibir a mi padre cuando entrara en su casa, y su primer plan había sido hacerlo en su verdadera condición de esposa mía; pero después le dio el capricho, como he dicho, de hacerse pasar por el ama de llaves que mi padre nos había pedido por cable que lo esperase en su casa…

un cablegrama que llegó demasiado tarde para poder hacer nada y del que, por tanto, no nos ocupamos…

; y, temiendo que él llegara temprano por la mañana, antes de que ella pudiera estar allí para causar la buena impresión que pretendía, quiso que la dejara en la casa aquella noche, y yo la complací.

No preví el sufrimiento que mi marcha podía causarle, ni los temores que podían surgir de encontrarse sola en una vivienda tan grande y vacía.

O, más bien, debería decir que ella no los previó; pues me rogó que no me quedara cuando aludí a la oscuridad y a la tristeza del lugar, diciendo que estaba demasiado contenta para sentir miedo o pensar en otra cosa que en la sorpresa de mi padre y mis hermanas al descubrir que su agradable y joven ama de llaves era la mujer a la que habían despreciado durante tanto tiempo.

—¿Y por qué —insistió el juez forense, inclinándose hacia delante en su interés y permitiéndome así vislumbrar el rostro del señor Gryce, que también se inclinaba en su afán por oír cada palabra de aquel extraordinario testigo—, por qué habla de su miedo?

¿Qué motivo tiene para pensar que sintió temor después de su partida?

—¿Por qué? —repitió el testigo, como asombrado ante la falta de perspicacia del otro—.

¿Acaso no se quitó la vida en un momento de terror y abatimiento?

Habiéndola dejado, como la dejé, sana y de buen humor, ¿puede esperar que atribuya su muerte a otra causa que no sea un arrebato de frenesí provocado por el terror?

—¡Ah! —exclamó el juez forense en un tono de recelo que, sin duda, expresaba el sentir de la mayoría de los presentes—. ¿Entonces cree que su mujer se suicidó?

—Desde luego —respondió el testigo, evitando únicamente dos pares de ojos en toda la multitud: los de su padre y su hermano.