XIII. HOWARD VAN BURNAM #2
—Señor Van Burnam, ¿le entregó su hermano, a petición de usted, las llaves de la casa de su padre la mañana del día en que ocurrió esta tragedia?
—Así lo hizo.
—¿Tiene ahora esas llaves?
—No las tengo.
—¿Qué ha hecho con ellas? ¿Se las devolvió a su hermano?
—No; veo adónde se encaminan sus preguntas y no supongo que vaya a creer mi simple palabra, pero perdí las llaves el mismo día en que las recibí; por eso…
—Bien, puede continuar, señor Van Burnam.
—No tengo nada más que decir; no valía la pena terminar mi frase.
El murmullo que se alzó a su alrededor pareció denotar descontento; pero él permaneció imperturbable, o más bien como un hombre que no oye. Empecé a sentir un interés dolorosísimo por la investigación y temía, a la vez que aguardaba con ansiedad, que continuaran interrogándolo.
—Perdió usted las llaves; ¿puedo preguntar cuándo y dónde?
—Eso no lo sé; habían desaparecido cuando las busqué; de mi bolsillo, quiero decir.
—¡Ah! ¿Y cuándo las buscó?
—Al día siguiente… después de enterarme… de… de lo ocurrido en casa de mi padre.
Las vacilaciones eran las de un hombre que sopesa su respuesta. Causaron impresión en el jurado, como siempre ocurre con semejantes vacilaciones, e hicieron que el juez forense perdiera un ápice del respeto que hasta entonces había mostrado a aquel testigo tan tranquilo.
—¿Y no sabe qué fue de ellas?
—No.
—¿Ni en manos de quién cayeron?
—No, pero probablemente en las del miserable…
Para asombro de todos, estuvo a punto de dejarse llevar por la vehemencia; pero, al advertirlo, se dominó con una brusquedad casi sobrecogedora.
—Encuentre al asesino de esa pobre muchacha —dijo con una calma más estremecedora que cualquier arrebato— y pregúntele a él dónde consiguió las llaves con que abrió la puerta de la casa de mi padre a medianoche.
¿Era aquello un desafío o solo el arrebato natural de un inocente?
Ni el jurado ni el juez forense parecían saberlo: el primero estaba sobresaltado y el segundo, perplejo.
Pero el señor Gryce, que se había movido y ahora estaba a la vista, acarició el pomo de su bastón con un gesto verdaderamente afectuoso y, en aquel momento, no pareció encontrar desagradables sus irregularidades.
—Desde luego, procuraremos seguir su consejo —le aseguró el juez forense—. Entretanto, debemos preguntarle cuántos anillos acostumbra llevar su mujer.
—Cinco. Dos en la mano izquierda y tres en la derecha.
—¿Conoce esos anillos?
—Sí.
—¿Mejor que sus manos?
—Igual de bien, señor.
—¿Los llevaba puestos cuando se separó de ella en Haddam?
—Los llevaba.
—¿Los llevaba siempre?
—Casi siempre. De hecho, no recuerdo haberla visto quitarse más de uno de ellos.
—¿Cuál?
—El rubí con la montura de diamantes.
—¿Llevaba algún anillo la muchacha muerta cuando la vio?
—No, señor.
—¿Se fijó para comprobarlo?
—Creo que sí, en la primera conmoción del descubrimiento.
—¿Y no vio ninguno?
—No, señor.
—¿Y de eso dedujo que no era su mujer?
—De eso y de otras cosas.
—Sin embargo, debió de ver que aquella mujer tenía costumbre de llevar anillos, aunque en ese momento no los llevara en las manos.
—¿Por qué, señor? ¿Qué iba a saber yo de sus costumbres?
—¿No es un anillo lo que veo ahora en su dedo meñique?
—Lo es; mi sortija de sello, que llevo siempre.
—¿Quiere quitársela?
—¡Quitármela!
—Por favor; le pido una simple prueba, señor.
El testigo pareció asombrado, pero se quitó la sortija al instante.
—Aquí está —dijo.
—Gracias, pero no la quiero. Solo quiero que se mire el dedo.
El testigo obedeció, evidentemente más desconcertado que inquieto por aquella orden.
—¿Ve alguna diferencia entre ese dedo y el de al lado?
—Sí; hay una marca alrededor del meñique que muestra dónde ha presionado la sortija.
—Muy bien; había marcas así en los dedos de la muchacha muerta, que, como usted dice, no llevaba anillos. Yo las vi, ¿y quizá usted también?
—No; no miré con suficiente atención.
—Estaban en el meñique de la mano derecha, en el dedo de la alianza de la izquierda y en el índice de esa misma mano. ¿En qué dedos llevaba anillos su mujer?
—En esos mismos dedos, señor, pero no aceptaré ese hecho como prueba de que ella y la difunta sean la misma persona. La mayoría de las mujeres llevan anillos, y precisamente en esos dedos.
El juez forense se irritó, pero no se desanimó. Cambió una mirada con el señor Gryce, aunque nada más pasó entre ellos, y nos dejaron conjeturar qué significaba aquel intercambio de miradas.
El testigo, a quien no parecían afectar ni el carácter de aquel interrogatorio ni las conjeturas que suscitaba, conservó su sangre fría y miró al juez forense como habría mirado a cualquier otra persona que le hiciera preguntas, con el debido respeto, pero sin temor y con muy poca impaciencia.
Y, sin embargo, debía de conocer la horrible sospecha que ensombrecía las mentes de muchos de los presentes y sospechar, aun contra su voluntad, que aquel interrogatorio, por significativo que fuera, no era más que el precursor de otro todavía más grave.
—Está usted muy decidido —observó el juez forense al reanudar sus preguntas— a no aceptar las pruebas tan sustanciales que se le presentan de la identidad entre la persona objeto de esta investigación y su esposa desaparecida.
Pero aún no estamos dispuestos a darnos por vencidos, así que debo preguntarle si ha oído la descripción de la señorita Ferguson sobre cómo iba vestida su mujer al salir de Haddam.
—La he oído.
—¿Era correcta? ¿Llevaba un vestido de seda a cuadros blancos y negros y un sombrero adornado con cintas y flores de varios colores?
—Así es.
—¿Recuerda el sombrero? ¿Estaba con ella cuando lo compró, o llamó alguna vez su atención de manera especial?
—Recuerdo el sombrero.
—¿Es este, señor Van Burnam?
Yo observaba a Howard, y el sobresalto que dio fue tan pronunciado y la emoción que mostró contrastó tan violentamente con el dominio de sí mismo que había mantenido hasta entonces, que la impresión me dejó paralizada y no miré el objeto que el juez forense había alzado de pronto para su examen.
Pero, cuando volví la cabeza hacia él, reconocí al instante el sombrero multicolor que el señor Gryce había traído de la tercera habitación de la casa de los Van Burnam la noche en que yo estuve allí, y comprendí casi al mismo tiempo que, por grande que hasta entonces hubiese parecido aquel misterio, probablemente resultaría aún mayor antes de llegar a esclarecerse debidamente.
—¿Lo encontraron en casa de mi padre? ¿Dónde… dónde encontraron ese sombrero? —balbuceó el testigo, olvidándose de sí mismo hasta el punto de señalar el objeto en cuestión.
—Lo encontró el señor Gryce en un armario contiguo al comedor de su padre, poco después de que sacaran a la muchacha muerta.
—No lo creo —vociferó el joven, palideciendo por algo más que ira y temblando de pies a cabeza.
—¿Quiere que tome de nuevo juramento al señor Gryce? —preguntó suavemente el juez forense.
El joven lo miró fijamente; aquellas palabras, al parecer, no llegaban a su entendimiento.
—¿ Es el sombrero de su mujer? —insistió el juez forense con muy poca piedad—. ¿Lo reconoce como el que llevaba al salir de Haddam?
—¡Quisiera Dios que no! —estalló el testigo con intensa aflicción, y al instante se derrumbó por completo y buscó el apoyo del brazo de su hermano.
Franklin se adelantó y, por un momento, los dos hermanos permanecieron ante toda aquella masa agitada de curiosos, cogidos del brazo, pero con expresiones muy distintas en sus dos rostros orgullosos. Howard fue el primero en hablar.
—Si eso se encontró en los salones de casa de mi padre —exclamó—, entonces la mujer que murió allí era mi esposa.
Y echó a andar hacia la puerta con aire extraviado.
—¿Adónde va? —preguntó con calma el juez forense, mientras un agente se interponía discretamente y su hermano tiraba de su brazo con compasión para hacerlo retroceder.
—Voy a sacarla de ese lugar horrible; es mi mujer. Padre, no querrá usted que permanezca allí ni un momento más, ¿verdad?, teniendo nosotros una casa propia.
El señor Van Burnam padre, que se había apartado todo lo posible de las miradas durante aquellas dolorosas manifestaciones, se levantó al oír esas palabras de su hijo angustiado y, haciéndole un gesto alentador, salió apresuradamente de la sala; al verlo, el joven se serenó y, aunque no dejó de estremecerse, intentó dominar su primer dolor, que a quienes lo observaban de cerca les parecía evidentemente muy sincero.
—No quería creer que fuera ella —exclamó, olvidando por completo ante quién se encontraba—; no quería creerlo; pero ahora…
Un gesto lastimero puso fin a la frase, y ni el juez forense ni el jurado parecían saber muy bien cómo proceder, tan distinta era la conducta del joven de lo que habían esperado.
Tras una breve pausa, bastante penosa para todos los interesados, el juez forense, viendo que en aquellas circunstancias poco podía hacerse con el testigo, suspendió la sesión hasta la tarde.
Notas ¿Por qué no podía haber dicho señorita Butterworth? Estos Van Burnam son orgullosos, vilmente orgullosos, como dice el poeta. —A. B. ↩