El caso de la casa de al lado XIII. HOWARD VAN BURNAM
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XIII. HOWARD VAN BURNAM

El caballero que bajó del coche y entró aquella noche a las doce en casa del señor Van Burnam me causó tan poca impresión que me acosté convencida de que aquellos esfuerzos de identificación no darían resultado alguno.

Así se lo dije al señor Gryce cuando llegó a la mañana siguiente. Pero no pareció desconcertarse en absoluto y se limitó a pedir que me prestara a una prueba más. Di mi consentimiento y él se marchó.

Podría haberle hecho un sinfín de preguntas, pero sus modales no invitaban a ello y, por alguna razón, era demasiado cauta para mostrar por aquella tragedia un interés superior al que sentía cualquier persona de recto juicio relacionada con ella.

A las diez estaba en mi asiento de siempre en la sala.

Tenía delante a la misma multitud con rostros distintos, entre los cuales los doce semblantes impasibles del jurado parecían viejos amigos.

Se llamó a declarar a Howard Van Burnam y, cuando avanzó y se situó a la vista de todos nosotros, el interés de la ocasión alcanzó su punto culminante.

Su rostro mostraba una expresión temeraria que no contribuía a predisponer a su favor a las personas a cuya merced se encontraba.

Pero no parecía importarle y aguardó las preguntas del juez forense con una soltura que contrastaba directamente con los rostros tensos y afligidos de su padre y de su hermano, apenas visibles al fondo.

El juez forense Dahl lo observó unos minutos antes de hablar; luego preguntó con calma si había visto el cadáver de la mujer encontrada bajo un mueble caído en casa de su padre.

Respondió que sí.

—¿Antes de que la sacaran de la casa o después?

—Después.

—¿Lo reconoció? ¿Era el cuerpo de alguien a quien conoce?

—No lo creo.

—¿Se ha tenido ya alguna noticia de su mujer, que ayer seguía desaparecida, señor Van Burnam?

—Que yo sepa, no, señor.

—¿No tenía ella… es decir, su mujer… una tez semejante a la de la difunta que acabamos de mencionar?

—Tenía la piel clara y el cabello castaño, si a eso se refiere. Pero esos rasgos son comunes a demasiadas mujeres para que les conceda importancia en un intento de identificación de esta trascendencia.

—¿No tenían otros puntos de semejanza menos generales? ¿No era su mujer de figura esbelta y grácil, como se atribuye a la persona objeto de esta investigación?

—Mi mujer era esbelta y grácil; rasgos comunes también.

—¿Y su mujer tenía una cicatriz?

—Sí.

—¿En el tobillo izquierdo?

—Sí.

—¿Que también tiene la difunta?

—Eso no lo sé. Eso dicen, pero no tuve interés en mirarla.

—¿Por qué, si puede saberse? ¿No le pareció una coincidencia notable?

El joven frunció el ceño. Fue la primera señal de emoción que había dado.

—No buscaba coincidencias —fue su fría respuesta—. No tenía ningún motivo para creer que aquella desdichada víctima de la brutalidad de un desconocido fuera mi mujer y, por tanto, no me permití conmoverme ni siquiera por un hecho como ese.

—No tenía ningún motivo —repitió el juez forense— para pensar que aquella mujer era su esposa. ¿Tenía algún motivo para pensar que no lo era?

—Sí.

—¿Quiere decirnos cuál?

—Tenía más de uno. Primero, mi mujer nunca llevaría la ropa que vi en la muchacha cuyo cadáver me mostraron. Segundo, nunca iría a ninguna casa sola con un hombre a la hora que ha indicado uno de sus testigos. 1

—¿Con ningún hombre?

—Naturalmente, no pretendía incluir a su marido en mi observación. Pero, puesto que yo no la llevé a Gramercy Park, el hecho de que la difunta entrara en una casa vacía acompañada de un hombre es prueba suficiente para mí de que no era Louise Van Burnam.

—¿Cuándo se separó de su mujer?

—El lunes por la mañana, en la estación de Haddam.

—¿Sabía adónde iba?

—Sabía adónde decía que iba.

—¿Y adónde era, si puede saberse?

—A Nueva York, a entrevistarse con mi padre.

—Pero ¿su padre no estaba en Nueva York?

—Se esperaba su llegada cualquier día. El vapor en el que había embarcado en Southampton debía llegar el martes.

—¿Tenía ella algún interés en ver a su padre? ¿Había alguna razón especial para dejarlo a usted con ese fin?

—Ella creía que sí; pensaba que él se reconciliaría con su entrada en nuestra familia si la veía de improviso y sin personas prejuiciadas a su alrededor.

—¿Y temía usted estropear el efecto de aquel encuentro si la acompañaba?

—No, porque dudaba de que el encuentro llegara a producirse. No compartía sus planes y no quería darles la aprobación de mi presencia.

—¿Fue esa la razón por la que la dejó ir sola a Nueva York?

—Sí.

—¿No tenía ninguna otra?

—No.

—Entonces, ¿por qué la siguió antes de que transcurrieran cinco horas?

—Porque estaba inquieto; porque yo también quería ver a mi padre; porque soy un hombre acostumbrado a obedecer todos sus impulsos, y aquel día el impulso me llevó en la dirección de mi esposa, un tanto obstinada.

—¿Sabía dónde pensaba pasar la noche su mujer?

—No lo sabía. Ella tiene muchos amigos en la ciudad, o al menos yo los tengo, y supuse que acudiría a uno de ellos, como hizo.

—¿Cuándo llegó a la ciudad? ¿Antes de las diez?

—Sí, unos minutos antes.

—¿Trató de encontrar a su mujer?

—No. Fui directamente al club.

—¿Trató de encontrarla a la mañana siguiente?

—No; había oído que aún no se había avistado el vapor a la altura de Fire Island, así que consideré innecesario el esfuerzo.

—¿Por qué? ¿Qué relación hay entre ese hecho y que usted tratara de encontrar a su mujer?

—Una muy estrecha. Había venido a Nueva York para arrojarse a los pies de mi padre. Pues bien, solo podía hacerlo en el vapor o en…

—¿Por qué no continúa, señor Van Burnam?

—Lo haré. No sé por qué me he detenido… o en su propia casa.

—¿En su propia casa? ¿Se refiere a la casa de Gramercy Park?

—Sí, no tiene otra.

—¿La casa en la que se encontró a esa muchacha muerta?

—Sí —con impaciencia.

—¿Pensó que ella podría arrojarse allí a sus pies?

—Dijo que quizá lo hiciera; y, como es romántica, insensatamente romántica, la creí muy capaz de hacerlo.

—¿Y por eso no la buscó por la mañana?

—No, señor.

—¿Y por la tarde?

La pregunta era comprometida; vimos que lo afectaba, aunque intentó salir airoso.

—No la vi por la tarde. Me encontraba inquieto y no me quedé en la ciudad.

—¡Ah! ¿De veras? ¿Y adónde fue?

—A menos que sea necesario, prefiero no decirlo.

—Es necesario.

—Fui a Coney Island.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Vio allí a algún conocido?

—No.

—¿Y cuándo regresó?

—A medianoche.

—¿Cuándo llegó a sus habitaciones?

—Más tarde.

—¿Cuánto más tarde?

—Dos o tres horas.

—¿Y dónde estuvo durante esas horas?

—Caminando por las calles.

Eran extraordinarias la soltura y la serenidad con que hacía aquellas confesiones.

Todos y cada uno de los miembros del jurado lo honraron con una mirada prolongada, y la multitud, sobrecogida, apenas respiró mientras las pronunciaba.

A la última frase se alzó un murmullo, ante el cual levantó la cabeza y contempló con sorpresa a las personas que tenía delante.

Aunque debía de saber qué significaba su asombro, no se acobardó ni palideció y, pese a no ser en realidad un hombre guapo, sin duda lo parecía en aquel momento.

No sabía qué pensar, así que me abstuve de pensar nada. Entretanto, el interrogatorio continuaba.

—Señor Van Burnam, me han dicho que el medallón que veo colgado de la cadena de su reloj contiene un mechón de cabello de su mujer. ¿Es así?

—Tengo un mechón de su cabello aquí, sí.

—Aquí hay un mechón cortado de la cabeza de la desconocida cuya identidad tratamos de establecer. ¿Tiene algún inconveniente en comparar ambos?

—No es agradable la tarea que me encomienda —fue la imperturbable respuesta—, pero no tengo inconveniente en hacer lo que me pide.

Y, alzando tranquilamente la cadena, desenganchó el medallón, lo abrió y lo tendió cortésmente hacia el juez forense.

—¿Puedo pedirle que haga usted la primera comparación? —dijo.

El juez forense tomó el medallón, colocó juntos los dos mechones de cabello castaño y, tras contemplarlos un momento, miró con gravedad al joven y observó:

—Son del mismo tono. ¿Se los paso al jurado?

Howard hizo una inclinación. Cualquiera habría pensado que estaba en un salón concediendo un favor. Pero su hermano Franklin tenía un semblante muy distinto y, en cuanto a su padre, ni siquiera se le veía el rostro, de tan obstinadamente como mantenía la mano delante.

El jurado, bien despierto ahora, fue pasándose el medallón entre muchos cabeceos de complicidad y unas cuantas palabras en voz baja. Cuando volvió al juez forense, este lo tomó y se lo entregó al señor Van Burnam, diciendo:

—Quisiera que comprobara usted mismo la semejanza. Apenas consigo encontrar diferencia alguna entre ellos.

—¡Gracias! Estoy dispuesto a aceptar su palabra —respondió el joven con un aplomo verdaderamente asombroso.

Y el juez forense y el jurado parecieron desconcertados por un momento; hasta el señor Gryce, cuyo rostro vislumbré fugazmente en aquel instante, miró el pomo de su bastón como si estuviera hecho de una madera más dura de lo que esperaba y tuviese más nudos de los que incluso su mano acostumbrada deseaba encontrar.

Sin embargo, no estaba de más otro intento; y el juez forense, recurriendo a parte de aquella severidad pomposa que a veces le resultaba útil, preguntó al testigo si le habían llamado la atención sobre las manos de la difunta.

Él reconoció que sí.

—El médico que realizó la autopsia me instó a mirarlas, y así lo hice; ciertamente, se parecían mucho a las de mi mujer.

—Solo se parecían.

—No puedo decir que fueran las de mi mujer. ¿Quiere que cometa perjurio?

—Un hombre debería conocer las manos de su mujer tan bien como su rostro.

—Muy probablemente.

—¿Y está dispuesto a jurar que aquellas no eran las manos de su mujer?

—Estoy dispuesto a jurar que no las consideré como tales.

—¿Y eso es todo?

—Eso es todo.

El juez forense frunció el ceño y dirigió una mirada al jurado. De vez en cuando necesitaban un acicate, y ese era su modo de dárselo. En cuanto dieron muestras de comprender la insinuación, volvió hacia el testigo y reanudó el interrogatorio con estas palabras: