XII. LAS LLAVES
A estas alturas todos estábamos muy interesados en las actuaciones; y, cuando llamaron a otro cochero, comprendimos de inmediato que se iba a intentar relacionar a aquella pareja con la que había bajado ante la puerta del señor Van Burnam.
El testigo, que era un individuo melancólico, tenía su parada en el lado este de la plaza.
Hacia las doce menos veinte, un golpe seco en el brazo con que manejaba el látigo lo despertó de una siesta que estaba echando en lo alto de su coche y, al bajar la vista, vio a una dama y un caballero de pie junto a la portezuela de su vehículo.
—Queremos ir a Gramercy Park —dijo la señora—. Llévenos allí enseguida.
—Asentí, porque ¿de qué sirve malgastar palabras cuando puede evitarse?, y subieron inmediatamente al coche.
—¿Puede describirlos, decirnos qué aspecto tenían?
—Nunca me fijo en la gente; además, estaba oscuro; pero él tenía aire de señorito, y ella era desenvuelta y alegre, pues se rio al cerrar la portezuela.
—¿No recuerda cómo iban vestidos?
—No, señor; ella llevaba algo que le aleteaba sobre los hombros, y él un sombrero oscuro en la cabeza, pero eso fue todo lo que vi.
—¿No le vio la cara?
—Ni un poquito; la mantenía vuelta. No quería que nadie lo mirase a él . Ella se encargó de todo.
—¿Entonces vio la cara de ella ?
—Sí, un momento. Pero no la reconocería. Era joven y guapa, y la mano con que dejó caer el dinero en la mía era pequeña, pero no podría decir nada más, aunque me diera usted toda la ciudad.
—¿Sabía que la casa ante la que se detuvo era la del señor Van Burnam y que se suponía que estaba vacía?
—No, señor; no soy de los señoritos. Mis conocidos viven en otra parte de la ciudad.
—Pero ¿advirtió que la casa estaba a oscuras?
—Puede ser. No lo sé.
—¿Y eso es todo lo que tiene que decirnos acerca de ellos?
—No, señor; a la mañana siguiente, que fue ayer, señor, mientras quitaba el polvo del coche encontré bajo los cojines un gran velo azul, doblado y muy aplastado. Pero lo habían rajado con un cuchillo y no se podía usar.
Aquello también era extraño y, mientras más de una persona a mi alrededor aventuraba una opinión, yo murmuré para mis adentros: «¡James Pope, su marca!», asombrada ante una coincidencia que relacionaba tan completamente a los ocupantes de ambos coches.
Pero el juez forense pudo presentar a un testigo cuyo testimonio llevaba el asunto aún más lejos.
Declaró a continuación un policía de uniforme completo y, después de explicar que su ronda lo llevaba desde Madison Avenue hasta la Tercera Avenida por Twenty-seventh Street, añadió que, cuando subía por aquella calle el martes por la noche, unos minutos antes de medianoche, se encontró, en algún punto entre Lexington Avenue y la Tercera, con un hombre y una mujer que caminaban deprisa hacia esta última avenida, llevando cada uno un paquete de cierto tamaño; que se fijó en ellos porque parecían muy alegres, pero que no le habría dado importancia de no haberlos visto regresar al poco rato sin los paquetes.
Charlaban aún más animadamente que antes.
La señora llevaba una capa corta y el caballero una chaqueta oscura, pero no podía dar ninguna otra descripción de su aspecto, pues pasaron deprisa y a él le interesaba más preguntarse qué habían hecho con unos paquetes tan grandes en tan poco tiempo y a aquellas horas de la noche que fijarse en cómo eran o adónde iban.
Sí observó, sin embargo, que se dirigían hacia Madison Square, y ahora recordaba haber oído que un coche se alejaba de pronto en aquella dirección.
El juez forense solo le hizo una pregunta:
—¿No llevaba ningún paquete la señora la última vez que la vio?
—No vi ninguno.
—¿No podía llevar uno debajo de la capa?
—Quizá, si era lo bastante pequeño.
—¿Tan pequeño como un sombrero de señora, por ejemplo?
—Bueno, tendría que ser más pequeño que algunos de los que se llevan ahora, señor.
Y así terminó aquella parte de la investigación.
A la retirada de este testigo siguió una breve demora.
El juez forense, que era un hombre algo corpulento y había sufrido mucho el calor de aquel día, se recostó y pareció preocupado, mientras los miembros del jurado, siempre inquietos, se removían en sus asientos como una pandilla de colegiales y parecían anhelar la hora de suspender la sesión, a pesar del interés que todos, excepto ellos, parecían tomarse por aquella apasionante investigación.
Por fin, un agente enviado a la habitación contigua regresó con un caballero y, en cuanto se reconoció en él al señor Franklin Van Burnam, se produjo un gran cambio en los semblantes de todos los presentes.
El juez forense se inclinó hacia delante y dejó caer el gran abanico de hoja de palma que había estado usando afanosamente durante los últimos minutos, el jurado se sosegó y los susurros de los muchos curiosos que me rodeaban fueron haciéndose menos audibles hasta cesar por completo.
Iban a interrogar a un caballero de la familia, ¡y a qué caballero!
Me he abstenido deliberadamente de describir a este miembro de la familia Van Burnam, el más conocido y el de mejor reputación, previendo este momento en que atraería la atención de un centenar de ojos y en que su aspecto requeriría nuestra especial consideración.
Procuraré, por tanto, retratarlo tal como se presentó aquella memorable mañana, con la simple advertencia de que no deben esperar que yo mire con los ojos de una muchacha, ni siquiera con los de una dama de la alta sociedad.
Sé reconocer a un hombre cuando lo veo y siempre había considerado al señor Franklin un caballero de aspecto excepcionalmente distinguido y atractivo; pero no voy a extasiarme, como oí hacer a una muchacha que tenía detrás, ni me siento inclinada a proclamarlo dechado de todas las virtudes, como hizo la señora Cunningham aquella noche en mi salón.
Es un hombre de estatura mediana, con una figura no muy distinta de la de su hermano.
Tiene el cabello oscuro y también los ojos, pero el bigote es castaño y la tez bastante clara.
Su porte es distinguido y, aunque su semblante en reposo tiene un aire puntilloso que no resulta del todo agradable, cuando habla o sonríe adquiere una expresión a la vez perspicaz y afable.
En aquella ocasión no sonrió y, aunque su elegancia era bastante evidente, su valía no lo era tanto. Sin embargo, la impresión general fue favorable, como podía deducirse del respeto con que se recibió su testimonio.
Le hicieron muchas preguntas. Algunas eran pertinentes al asunto que nos ocupaba y otras parecían no venir a cuento en absoluto.
Las respondió todas cortésmente, mostrando al hacerlo una compostura viril que sirvió para calmar la excitación febril en que los relatos de los dos cocheros habían sumido a muchos.
Pero, como hasta aquel momento su declaración solo se refería a cuestiones menores, aquello no era extraño ni concluyente.
La verdadera prueba empezó cuando el juez forense, con cierta aparatosidad que acaso pretendía atraer la atención del jurado, ya visiblemente menguante, o, más probablemente, era la expresión inconsciente de un embarazo secreto, aunque hasta entonces bien disimulado, preguntó al testigo si existían duplicados de las llaves de la puerta principal de su padre.
La respuesta llegó en un tono decididamente distinto.
—No. La llave que utiliza nuestro administrador solo abre la puerta del sótano.
El juez forense mostró su satisfacción.
—No hay duplicados —repitió—; entonces no tendrá dificultad en decirnos dónde se guardaban las llaves de la puerta principal de su padre durante la ausencia de la familia.
¿Vaciló el joven, o fue solo imaginación mía?
—Por lo general, estaban en mi poder.
—¡Por lo general! —Había ironía en el tono; evidentemente, el juez forense estaba venciendo su embarazo, si es que lo había sentido—. ¿Y dónde estaban el diecisiete de este mes? ¿Estaban entonces en su poder?
—No, señor. —El joven trató de parecer sereno y tranquilo, pero resultaba evidente el esfuerzo que le costaba—. Aquella mañana —continuó— se las entregué a mi hermano.
¡Ah! Aquello era algo tangible, además de importante.
Empecé a temer que la policía supiera demasiado bien lo que se hacía; y lo mismo le ocurrió a toda la multitud allí reunida.
Un gemido en un lado tuvo por respuesta un suspiro en otro, y fue necesaria toda la autoridad del juez forense para impedir un estallido.
Entretanto, el señor Van Burnam permanecía erguido e impasible, aunque sus ojos revelaban el sufrimiento que aquellas manifestaciones le causaban.
No se volvió hacia la habitación donde estábamos seguros de que se encontraba su familia, pero era evidente que sus pensamientos sí lo hacían, y de la forma más dolorosa.
El juez forense, por el contrario, mostró poca o ninguna emoción; había llevado la investigación hasta aquel punto crítico y se sentía plenamente capaz de conducirla más lejos.
—¿Puedo preguntar —dijo— dónde tuvo lugar la entrega de esas llaves?
—Se las di en nuestra oficina el martes pasado por la mañana. Dijo que quizá quisiera entrar en la casa antes de que volviera su padre.
—¿Dijo por qué quería entrar en la casa?
—No.
—¿Tenía por costumbre entrar en ella solo y durante la ausencia de la familia?
—No.
—¿Tenía allí ropa? ¿O algún objeto suyo o de su mujer que pudiera desear llevarse?
—No.
—¿Y, sin embargo, quería entrar?
—Eso dijo.
—¿Y le dio usted las llaves sin hacer preguntas?
—Desde luego, señor.
—¿No era eso contrario a sus principios habituales, a su manera de hacer las cosas, debería decir?
—Quizá; pero los principios, por los que supongo que se refiere a mis métodos habituales de trabajo, no me rigen en mis relaciones con mi hermano. Me pidió un favor y se lo concedí. Habría tenido que ser mucho mayor para que le pidiera explicaciones antes de hacerlo.
—Sin embargo, no se lleva usted bien con su hermano; al menos, desde hace algún tiempo no es eso lo que se dice.
—No hemos tenido ninguna disputa.