XI. EL ENCARGADO DE LOS PEDIDOS #3
—Nada, señor, que yo recuerde. No andaba buscando nada, señor. Eran una pareja rara, pero en nuestro hotel hay muchas parejas raras, y en lo que más me fijo, señor, es en los que se acuerdan de la camarera y en los que no. Esta pareja era de los que no.
—¿Barrió la habitación después de que se marcharan?
—Siempre lo hago. Se fueron tarde, así que barrí la habitación a la mañana siguiente.
—¿Y tiró lo que barrió, naturalmente?
—Naturalmente; ¿quería usted que lo guardase como un tesoro?
—Habría sido conveniente que lo hiciera —murmuró el juez forense—. Los cabellos que se le cayeran a la señora al peinarse podrían haber resultado muy útiles para establecer su identidad.
El portero encargado de la entrada de señoras fue el último testigo de aquel establecimiento.
Había estado de servicio la noche en cuestión y se había fijado en la pareja cuando se marchaba.
Ambos llevaban paquetes, y habían atraído su atención, primero, por el largo y anticuado guardapolvo que llevaba el caballero y, segundo, por el empeño que ponían los dos en que nadie los observara.
La mujer llevaba velo, como ya se había dicho, y el hombre sostenía su paquete de tal modo que le ocultaba por completo el rostro.
—¿De modo que no lo reconocería si volviera a verlo? —preguntó el juez forense.
—Exactamente, señor —fue la tajante respuesta.
Cuando se sentó, el juez forense observó:
—Advertirán por este testimonio, señores, que esta pareja, que se inscribió como el señor y la señora James Pope, de Filadelfia, abandonó el establecimiento vestida con sendas prendas largas, especialmente apropiadas para ocultarse: él con un guardapolvo de lino y ella con un impermeable ligero.
Sigamos ahora a esta pareja un poco más allá y veamos qué fue de esas prendas que les servían de disfraz. ¿Está aquí Seth Brown?
Al oírlo, avanzó arrastrando los pies un hombre que era tan evidentemente cochero de alquiler que parecía superfluo preguntarle a qué se dedicaba.
La pareja había salido del D—— en su coche.
Los recordaba muy bien, como tenía motivos para hacerlo.
Primero, porque el hombre le había pagado antes de subir al carruaje, diciéndole que debía dejarlos en la esquina noroeste de Madison Square, y, segundo…
Pero aquí el juez forense lo interrumpió para preguntarle si había visto el rostro del caballero cuando le pagó.
La respuesta fue, como podía esperarse, que no.
Estaba oscuro y él no había vuelto la cabeza.
—¿No le pareció extraño que le pagaran antes de llegar a su destino?
—Sí, pero lo demás fue todavía más extraño.
Después de coger el dinero… yo nunca rechazo dinero, señor…
y cuando esperaba que subiera al coche, se acerca otra vez y me dice en voz más baja que antes: «Mi mujer es muy nerviosa.
Vaya despacio, por favor, y, cuando llegue al lugar que le he indicado, vigile bien a los caballos, porque, si se mueven mientras ella baja, el sobresalto le provocará un ataque».
Como ella me había parecido muy desenvuelta y animada, aquello me resultó muy raro e intenté verle la cara, pero fue demasiado listo para mí y ya estaba dentro del coche antes de que pudiera echarle el ojo.
—Pero ¿tuvo más suerte cuando bajaron? ¿No vio entonces a uno de los dos, o a ambos?
—No, señor, no los vi. Tenía que vigilar las cabezas de los caballos, ya sabe. No me gustaría ser la causa de que una señorita sufriera un ataque.
—¿Sabe en qué dirección se fueron?
—Hacia el este, diría yo. Seguí oyéndolos reír mucho después de haber azuzado a los caballos. Una pareja rara, señor, que me dejó un poco perplejo, aunque no habría vuelto a pensar en ellos de no haber encontrado al día siguiente…
—¿Qué?
—El guardapolvo de lino del caballero y el bonito impermeable marrón que había llevado la señora, doblados bajo los dos cojines de atrás de mi coche; un regalo que les agradecí mucho, pero del que no me dejaron disfrutar demasiado, porque ayer la policía…
—Bueno, bueno, eso no importa. Aquí hay un guardapolvo y aquí un impermeable marrón. ¿Son estos los artículos que encontró bajo los cojines?
—Si examina el cuello del impermeable de la señora, podrá decirlo enseguida. El que encontré tenía un agujerito, como si hubieran recortado algo; el nombre de la dueña, probablemente.
—O el nombre del lugar donde lo compró —sugirió el juez forense, alzando la prenda para mostrar un agujero cuadrado bajo el cuello.
—¡Ese es! —exclamó el cochero—. Es el mismo. Una vergüenza, digo yo, estropear así una prenda nueva.
—¿Por qué dice que es nueva? —preguntó el juez forense.
—Porque no tiene ni una mancha de barro, ni siquiera una señal de polvo. Mi mujer y yo la miramos de arriba abajo y decidimos que hacía poco que había salido de la tienda. Un hallazgo bastante bueno para un pobre como yo, y si la policía…
Pero aquí volvió a interrumpirlo una pregunta importante:
—A poca distancia del lugar donde se detuvo hay un reloj. ¿Se fijó en la hora que era cuando se marchó?
—Sí, señor. No sé por qué lo recuerdo, pero lo recuerdo. Al volver para regresar al hotel, levanté la vista hacia ese reloj. Eran las once y media.