El caso de la casa de al lado XI. EL ENCARGADO DE LOS PEDIDOS
23%

XI. EL ENCARGADO DE LOS PEDIDOS

La siguiente persona llamada a declarar fue una dama muy conocida en la sociedad neoyorquina.

Era amiga de la familia Van Burnam y conocía a Howard desde niño.

No le había gustado su matrimonio; de hecho, compartía en buena medida la oposición de la familia; pero, cuando la joven señora Van Burnam se presentó en su casa el lunes anterior y le suplicó que le permitiera quedarse una noche, no había tenido corazón para negárselo.

Por tanto, la señora Van Burnam había dormido en su casa la noche del lunes.

Interrogada acerca del aspecto y los modales de aquella señora, respondió que su huésped se había mostrado alegre de una manera poco natural, que se había reído mucho y dado muestras de gran vivacidad; que no había explicado el motivo de su buen humor ni mencionado en absoluto sus propios asuntos; antes bien, se había esforzado por no hacerlo.

—¿Cuánto tiempo se quedó?

—Hasta la mañana siguiente.

—¿Y cómo iba vestida?

—Exactamente como ha descrito la señorita Ferguson.

—¿Llevó su bolso de viaje a casa de usted?

—Sí, y lo dejó allí. Lo encontramos en su habitación después de que se marchara.

—¡Vaya! ¿Y cómo explica usted eso?

—Estaba preocupada. Lo noté en su alegría, que era forzada y no siempre oportuna.

—¿Y dónde está ahora ese bolso?

—Lo tiene el señor Van Burnam. Lo guardamos un día y, como no vino a recogerlo, lo enviamos a la oficina el miércoles por la mañana.

—¿Antes de haber tenido noticia del asesinato?

—Oh, sí, antes de haber oído nada acerca del asesinato.

—Puesto que era huésped suya, ¿seguramente la acompañó hasta la puerta?

—Así lo hice, señor.

—¿Se fijó en sus manos? ¿Puede decir de qué color eran sus guantes?

—No creo que llevara puestos los guantes al marcharse; hacía mucho calor y los tenía en la mano. Lo recuerdo porque me fijé en el brillo de sus anillos cuando se volvió para despedirse.

—¡Ah, vio usted sus anillos!

—Con toda claridad.

—De modo que, cuando se marchó de su casa, llevaba un vestido de seda a cuadros blancos y negros, un sombrero grande cubierto de flores y anillos.

—Sí, señor.

Y, con estas palabras resonando en los oídos del jurado, la testigo se sentó.

¿Qué vendría ahora? Algo importante, o el juez forense no parecería tan satisfecho, ni los rostros de los funcionarios que lo rodeaban tan expectantes. Aguardé con gran impaciencia, aunque contenida, el testimonio del siguiente testigo, un joven llamado Callahan.

Por lo general, los jóvenes no me gustan.

O son excesivamente melosos y corteses, como si condescendieran a recordar que una tiene cierta edad y fuera obligación suya hacérselo olvidar, o son descarados y superficiales y causan repugnancia con su egotismo.

Pero aquel joven parecía sensato y práctico, y me cayó bien de inmediato, aunque no podía imaginar qué relación tendría con aquel asunto.

Sus primeras palabras, sin embargo, despejaron todas las dudas sobre su persona: era el encargado de los pedidos de Altman’s.

Al reconocerlo él, me pareció tener un débil presentimiento de lo que se avecinaba.

Quizá no me hubiera faltado cierta idea vaga de la verdad desde que había empezado a reflexionar sobre este asunto; quizá mi ingenio solo recibiese entonces su verdadero estímulo; pero lo cierto es que, en cuanto abrió los labios, supe lo que iba a decir, lo cual me hizo formar bastante buena opinión de mí misma; si con razón o sin ella, dejo que lo juzguen ustedes.

Su testimonio fue breve, pero muy pertinente.

El diecisiete de septiembre, como podía comprobarse en los libros, la firma había recibido un pedido de un equipo completo de ropa de mujer, que debía enviarse contra reembolso a la señora James Pope, al Hotel D——, en Broadway.

Se indicaban tallas, medidas y algunos pormenores y, como en el pedido figuraban subrayadas las palabras Con urgencia , varios dependientes lo habían ayudado a prepararlo y, una vez listo, se había enviado por un recadero especial al lugar indicado.

¿Llevaba consigo aquel pedido?

Lo llevaba.

¿Y podía identificar los artículos enviados para cumplimentarlo?

Podía.

Ante lo cual el juez forense hizo una seña a un agente, y de algún rincón misterioso trajeron un montón de ropa y lo depositaron ante el testigo.

La expectación aumentó de inmediato, pues todos reconocieron, o creyeron reconocer, las prendas que se habían quitado a la víctima.

El joven, que era del tipo despierto y nervioso, tomó los artículos uno por uno y los examinó atentamente.

Mientras lo hacía, toda la multitud reunida se inclinó hacia delante, y las miradas fulgurantes de un centenar de ojos siguieron cada uno de sus movimientos y expresiones.

—¿Son los mismos? —preguntó el juez forense.

El testigo no vaciló. Tras echar una rápida ojeada al vestido de sarga azul, a la capa negra y al maltrecho sombrero, respondió con voz firme:

—Lo son.

Y por fin se nos ofreció una pista del espantoso misterio que nos absorbía.

El profundo suspiro que recorrió la sala atestiguó la satisfacción general; luego nuestra atención volvió a concentrarse, pues el juez forense, señalando las prendas interiores que acompañaban a los artículos ya mencionados, preguntó si estaban incluidas en el pedido.

La respuesta a esta pregunta fue tan poco vacilante como la anterior. Reconoció que todas las prendas procedían de su establecimiento.

—Observarán —dijo— que no se han lavado nunca y que aún conservan las marcas de lápiz.

—Muy bien —observó el juez forense—, y usted observará que una de esas prendas está rasgada por la espalda. ¿Estaba en esas condiciones cuando se envió?

—No, señor.

—¿Todas estaban en perfecto estado?

—Desde luego, señor.

—Muy bien, de nuevo. El jurado tomará nota de este hecho, que puede serle útil para sus futuras conclusiones. Y ahora, señor Callahan, ¿nota que falte aquí algo de la lista de artículos que envió?

—No, señor.

—Sin embargo, hay un complemento muy necesario en el equipo de una mujer que no se encuentra aquí.

—Sí, señor, los zapatos; pero eso no me sorprende. Enviamos unos zapatos, pero no resultaron satisfactorios y nos los devolvieron.

—Ah, comprendo. Agente, muestre al testigo los zapatos que se quitaron a la difunta.

Así se hizo, y, cuando el señor Callahan los hubo examinado, el juez forense le preguntó si procedían de su tienda. Respondió que no.

Entonces se alzaron para mostrárselos al jurado, y se llamó la atención sobre el hecho de que, aunque más nuevos que viejos, daban señales de haber sido usados más de una vez; cosa que no ocurría con ninguna de las demás prendas de la víctima.

Aclarado este punto, el juez forense continuó con sus preguntas.

—¿Quién llevó los artículos pedidos a la dirección indicada?

—Un empleado nuestro llamado Clapp.

—¿Regresó con el importe de la factura?

—Sí, señor, menos los cinco dólares de los zapatos.

—¿Cuál era el importe, si puede saberse?

—Aquí está nuestro libro de caja, señor. La cantidad recibida de la señora James Pope, Hotel D——, el diecisiete de septiembre es, como puede ver, de setenta y cinco dólares y cincuenta y ocho centavos.

—Que el jurado vea el libro; también el pedido.

Se entregaron ambos al jurado y, si alguna vez deseé ponerme en los zapatos de otra persona, en vez de en los míos, tan sólidos, fue en aquel momento. ¡Cuánto deseaba echar una ojeada a aquel pedido!

También pareció interesar al jurado, pues sus miembros juntaron las cabezas sobre él con gran afán y cruzaron algunos susurros y unas cuantas miradas de entendimiento. Por fin habló uno de ellos:

—Está escrito con una letra muy extraña. ¿Diría usted que es letra de mujer o de hombre?

—No tengo ninguna opinión que dar al respecto —repuso el testigo—. La letra es legible, y eso es lo único de mi incumbencia.

Los doce hombres se removieron en sus asientos y miraron con avidez al juez forense. ¿Por qué no continuaba? Evidentemente, no se daba tanta prisa como ellos deseaban.

—¿Tienen alguna otra pregunta para este testigo? —preguntó aquel caballero tras una breve demora.

Su nerviosismo aumentó, pero ninguno se atrevió a seguir la sugerencia del juez forense. ¡Una pandilla de inútiles, eso digo yo, una verdadera pandilla de inútiles! Yo habría encontrado preguntas de sobra que hacerle.

Esperaba que llamaran a continuación a ese hombre, Clapp, pero también en eso me llevé un chasco.

El nombre pronunciado fue Henshaw, y quien se levantó al oírlo fue un hombre alto y corpulento, con una mata de pelo negro y rizado.

Era el recepcionista del Hotel D——, y todos olvidamos a Clapp en nuestro afán por oír lo que este hombre tuviera que decir.

Su testimonio se redujo a lo siguiente:

Que en sus libros figuraba inscrita una persona llamada Pope.

Que había llegado a su establecimiento el diecisiete de septiembre, hacia el mediodía.

Que no estaba sola; que la acompañaba una persona a la que llamaba su marido y que, a petición de ella, les habían dado una habitación en el primer piso, con vistas a Broadway.

—¿Vio usted al marido? ¿Es su letra la que vemos en el registro?

—No, señor. Entró en la recepción, pero no se acercó al mostrador.

Fue ella quien los inscribió a ambos y quien se ocupó, en realidad, de todos los trámites.

Me pareció extraño, pero di por supuesto que él estaba enfermo, pues mantenía la cabeza muy baja y se comportaba como si se sintiera inquieto o preocupado.

—¿Se fijó bien en él? ¿Sería capaz de identificarlo al verlo?

—No, señor, no lo sería. Se parecía a un centenar de hombres que veo a diario: de estatura y complexión medianas, con pelo castaño y bigote castaño. No llamaba la atención por nada, señor, salvo por su aire cohibido y su evidente deseo de pasar inadvertido.

—Pero ¿lo vio más tarde?

—No, señor. Después de subir a su habitación se quedó allí, y nadie lo vio. Ni siquiera lo vi cuando se marchó del establecimiento. Su mujer pagó la cuenta, y él no entró en la recepción.

—Pero a ella la vio bien; ¿la reconocería?