El caso de la casa de al lado X. UN TESTIMONIO IMPORTANTE
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X. UN TESTIMONIO IMPORTANTE

Por lo visto, no; porque las siguientes palabras que oí fueron:

—¡Señorita Amelia Butterworth!

No esperaba que me llamaran tan pronto y la brusquedad de la citación me desconcertó un poco, pues no soy más que humana.

Pero me levanté con la debida compostura y me dirigí al lugar indicado por el juez forense con mi acostumbrada resolución, acentuada tan solo por la conciencia de la importancia de mi posición, tanto como testigo como por ser una mujer a la que el otrora famoso señor Gryce había hecho, en mayor o menor medida, partícipe de su confianza.

Mi aparición pareció despertar un interés para el que no estaba preparada.

Acababa de pensar lo bien que había sonado mi nombre en la voz sonora del juez forense y lo agradecida que debía sentirme por haber tenido el valor de sustituir el débil y sentimental nombre de Araminta por el distinguido de Amelia, cuando advertí que los ojos dirigidos hacia mí tenían una expresión difícil de comprender.

No me gustaría llamarla admiración y no la llamaré diversión y, sin embargo, parecía compuesta de ambas cosas.

Mientras intentaba descifrarla, llegó la primera pregunta.

Como mi interrogatorio ante el juez forense solo sacó a la luz los hechos que ya he relatado, no los abrumaré con una descripción minuciosa.

Solo una parte puede resultar de interés.

Me preguntaban por el aspecto de la pareja a la que había visto entrar en la mansión de los Van Burnam cuando el juez forense quiso saber si el paso de la joven era ligero o si revelaba vacilación.

Respondí:

—Ninguna vacilación; se movía deprisa, casi alegremente.

—¿Y él?

—Con más mesura; pero eso no significa nada; quizá fuera mayor.

—Nada de teorías, señorita Butterworth; buscamos hechos. ¿Sabe usted si era mayor?

—No, señor.

—¿Pudo hacerse alguna idea de su edad?

—Me dio la impresión de ser un hombre joven.

—¿Y su estatura?

—Mediana, y su figura era esbelta y elegante. Se movía como un caballero; de eso puedo hablar con mucha seguridad.

—¿Cree que podría identificarlo si lo viera, señorita Butterworth?

Vacilé al advertir que toda aquella masa agitada esperaba ansiosamente mi respuesta.

Incluso volví la cabeza al ver que otros lo hacían; pero lo lamenté cuando descubrí que yo, al igual que ellos, estaba mirando hacia la puerta tras la cual se suponía que estaban los Van Burnam.

Para disimular aquel paso en falso —pues todavía no deseaba centrar las sospechas en nadie—, me volví rápidamente hacia la multitud y declaré con todo el énfasis que pude:

—He pensado que podría hacerlo si lo viera en las mismas circunstancias en que recibí mi primera impresión. Pero últimamente he empezado a dudar incluso de eso. Nunca me atrevería a confiar en mi memoria a ese respecto.

El juez forense pareció decepcionado, igual que la gente que me rodeaba.

—Es una lástima —observó el juez forense— que no viera con más claridad. Y ahora, ¿cómo entraron esas personas en la casa?

Respondí con la mayor concisión posible.

Les conté cómo había usado él una llave para entrar, cuánto tiempo había permanecido dentro y cuál era su aspecto al marcharse.

También relaté cómo había llamado a un policía al día siguiente para que investigara el asunto y corroboré las declaraciones de aquel agente sobre el aspecto de la fallecida cuando fue descubierta.

Y ahí terminó mi interrogatorio. No me hicieron ninguna pregunta que permitiera conocer el origen de mis sospechas sobre la limpiadora, ni indagaron en los descubrimientos que había realizado en compañía del señor Gryce.

Quizá fuera lo mejor, pero yo nunca daría por bueno un trabajo hecho para mí con semejante descuido.

Siguió entonces un receso. No puedo imaginar por qué lo consideraron necesario, salvo que los caballeros quisieran fumar.

Si hubieran sentido tanto interés por aquel asesinato como yo, no habrían deseado comer ni beber hasta resolver la espantosa cuestión.

Ya que había un descanso, aproveché para ir a un restaurante cercano donde sirven unos bollos y un café muy buenos a un precio razonable. Pero habría podido pasar sin ellos.

El siguiente testigo, para mi asombro, fue el señor Gryce.

Mientras avanzaba, se estiraron cuellos y muchas mujeres se incorporaron en sus asientos para echar una mirada al célebre detective.

Yo no mostré curiosidad, pues para entonces conocía bien sus facciones, pero sí sentí una gran satisfacción al verlo ante el juez forense, porque ahora, pensé, oiremos algo digno de atención.

Pero su interrogatorio, aunque interesante, no fue completo.

El juez forense, recordando su promesa de mostrarnos el otro extremo de la punta de acero que se había partido en el cerebro de la muchacha muerta, se limitó a las preguntas que sacaban a la luz el hallazgo del alfiler roto en la rejilla de la calefacción del salón del señor Van Burnam.

El testigo no mencionó ninguna ayuda que hubiera podido recibir para hacer aquel descubrimiento; cosa que me hizo sonreír: los hombres son tan celosos de cualquier intervención en sus asuntos…

Tanto el extremo encontrado en la rejilla como el que el médico del juez forense había extraído de la cabeza de la pobre mujer fueron entregados al jurado, y resultó interesante observar cómo cada hombre hacía su pequeño esfuerzo por encajar los dos fragmentos y las miradas que intercambiaban al conseguirlo.

Sin lugar a dudas, y a ojos de todos, se había encontrado el arma del crimen. ¡Pero qué arma!

A continuación se presentó el sombrero de fieltro que había aparecido debajo del cadáver y se examinó el único agujero hecho por un alfiler semejante.

Luego preguntaron al señor Gryce si se había recogido algún otro alfiler del suelo de la habitación, y él respondió que no; con lo cual quedó establecido en la mente de todos los presentes que habían matado a la joven con un alfiler de su propio sombrero.

—Un crimen sutil y cruel, obra de una inteligencia calculadora —comentó el juez forense al permitir que el detective se sentara. Aquella manifestación de opinión me pareció censurable, pues tendía a predisponer al jurado contra la única persona sospechosa hasta entonces.

La investigación tomó ahora otro rumbo. Se llamó a la señorita Ferguson.

¿Quién era la señorita Ferguson? Para casi todos era un nombre nuevo, y su rostro, cuando se levantó, no hizo sino aumentar la curiosidad general.

Era la cara menos agraciada que pueda imaginarse, aunque no era malvada ni poco inteligente.

Al estudiarla y advertir la contracción nerviosa que le desfiguraba el labio, no pude por menos de sentirme consciente de mis bendiciones.

Yo no soy guapa, aunque ha habido quienes me lo han dicho, pero tampoco soy fea y, en comparación con aquella mujer…

Bueno, no diré nada. Solo sé que, después de verla, me sentí profundamente agradecida a la bondadosa Providencia.

En cuanto a la pobre mujer, sabía que no era ninguna belleza, pero se había acostumbrado tanto a que los ojos ajenos se apartaran de su cara que no mostró emoción alguna, salvo el tic nervioso que he mencionado.

—¿Cuál es su nombre completo y dónde vive? —preguntó el juez forense.

—Me llamo Susan Ferguson y vivo en Haddam, Connecticut —respondió con una voz tan suave y hermosa que todos se quedaron asombrados. Era como un arroyo de agua límpida que brotase de una roca de aspecto sumamente desagradable. Perdonen la metáfora; no suelo permitírmelas.

—¿Admite huéspedes?

—Sí; unos pocos, señor; los que caben en mi casa.

—¿A quién ha tenido con usted este verano?

Yo sabía cuál iba a ser su respuesta antes de que la pronunciara; lo mismo que un centenar de personas más, aunque ellas lo demostraron de distintas maneras. Yo no lo demostré en absoluto.

—He tenido alojados —dijo— a un señor y una señora Van Burnam, de Nueva York. El nombre completo de él es Howard Van Burnam, si quiere que sea precisa.

—¿A alguien más?

—A un señor Hull, también de Nueva York, y a una pareja joven de Hartford. No tengo sitio para más.

—¿Cuánto tiempo lleva con usted la primera pareja que ha mencionado?

—Tres meses. Llegaron en junio.

—¿Siguen con usted?

—En la práctica, sí, señor. No se han llevado los baúles; pero ninguno de los dos está actualmente en Haddam.

La señora Van Burnam vino a Nueva York el lunes pasado por la mañana, y por la tarde su marido se marchó también, presumiblemente hacia Nueva York.

No he vuelto a ver a ninguno desde entonces.

(El asesinato ocurrió el martes por la noche.)

—¿Se llevó alguno un baúl?

—No, señor.

—¿Un bolso de viaje?

—Sí; la señora Van Burnam llevaba uno, pero muy pequeño.

—¿Lo bastante grande para guardar un vestido?

—Oh, no, señor.

—¿Y el señor Van Burnam?

—Llevaba un paraguas; no vi nada más.

—¿Por qué no se marcharon juntos? ¿Oyó a alguien decirlo?

—Sí; les oí decir que la señora Van Burnam venía contra la voluntad de su marido.

Él no quería que se marchase de Haddam, pero ella estaba decidida, y a él no le hizo ninguna gracia.

De hecho, discutieron por eso y, como nuestras habitaciones dan a la misma galería, no pude evitar oír parte de su conversación.

—¿Quiere contarnos lo que oyó?

—No me parece correcto —así habló aquella mujer honrada—, pero, si es lo que manda la ley, no debo oponerme.

Lo oí decir estas palabras: «He cambiado de opinión, Louise.

Cuanto más lo pienso, menos quiero que te metas en este asunto.

Además, no servirá de nada. Solo aumentarás los prejuicios que tienen contra ti, y nuestra vida se volverá aún más insoportable de lo que ya es».

—¿De qué hablaban?

—No lo sé.

—¿Y qué respondió ella?

—Oh, soltó un torrente de palabras en las que había más sentimiento que sentido.

Quería ir, iría, ella no había cambiado de opinión y consideraba que sus impulsos eran tan dignos de seguirse como el frío juicio de él.

No era feliz, nunca había sido feliz y estaba decidida a que las cosas cambiaran, aunque fuera para empeorar.

Pero no creía que fueran a empeorar. ¿Acaso no era guapa?

¿No estaba muy guapa cuando sufría y alzaba así la mirada?

Y la oí caer de rodillas, un movimiento que arrancó un gruñido a su marido, aunque no puedo decir si era de aprobación o de desaprobación.

Siguió un silencio durante el cual oí sus pasos incesantes de un lado a otro de la habitación.

Luego ella volvió a hablar con tono caprichoso: «Puede que a ti te parezca una tontería —exclamó—, porque me conoces y estás acostumbrado a verme de todos los humores.

Pero a él lo sorprenderá, y lo haré de tal modo que consiga todo lo que queremos y quizá incluso más.

Yo… yo tengo talento para algunas cosas, Howard; y mi ángel bueno me dice que lo lograré».

—¿Y qué respondió él a eso?

—Que su ángel bueno se llamaba Vanidad; que su padre descubriría sus halagos; que le prohibía llevar adelante sus intrigas, y muchas cosas más del mismo tenor.

A todo lo cual ella respondió con un fuerte golpe del pie y la declaración de que haría lo que creyera mejor pese a cualquier oposición; que se había casado con un enamorado, no con un tirano, y que, si él no sabía lo que le convenía, ella sí; y que, cuando su padre le comunicara que se había cerrado la brecha en la familia, reconocería que, si ella no tenía fortuna ni relaciones, al menos andaba sobrada de ingenio.

A lo cual él observó: «¡Una pobre cualidad cuando roza la necedad!

». Aquello pareció poner fin a la conversación, porque no oí nada más hasta que el frufrú de sus faldas al pasar por mi puerta me indicó que se había salido con la suya y abandonaba la casa.

Pero no sin causar un gran disgusto a su marido, a juzgar por las pocas palabras, breves pero enfáticas, que se le escaparon antes de cerrar su puerta y seguirla por el pasillo.

—¿Recuerda esas palabras?

—Eran juramentos, señor; siento decirlo, pero la maldijo a ella y maldijo su propia insensatez. Y, sin embargo, siempre creí que la quería.

—¿La vio después de que pasara por su puerta?

—Sí, señor, en el camino de fuera.

—¿Iba entonces a tomar el tren?

—Sí, señor.

—¿Llevaba el bolso del que ha hablado?

—Sí, señor; otra prueba de cómo estaban las cosas entre ellos, porque él era muy considerado con las damas y nunca lo había visto hacer nada descortés.

—¿Dice que la observó mientras se alejaba por el camino?

—Sí, señor; es la naturaleza humana, señor; no tengo otra excusa que ofrecer.

Era una disculpa que yo misma podría haber dado. Empecé a sentir simpatía por aquella mujer poco agraciada y tan práctica.

—¿Se fijó en su vestido?

—Sí, señor; también eso es propio de la naturaleza humana o, más bien, de la femenina.

—¿Con suficiente atención, señora, para poder describirlo al jurado que tiene delante?

—Creo que sí.

—Entonces, ¿tendría la bondad de decirnos qué clase de vestido llevaba la señora Van Burnam cuando salió de su casa para venir a la ciudad?

—Era de seda a cuadros blancos y negros, muy lujoso…

Pero ¿qué significaba aquello? Todos esperábamos una descripción muy distinta.

—Estaba confeccionado a la moda, y las mangas… Bueno, es imposible describir las mangas. No llevaba ninguna prenda de abrigo, lo cual me pareció una imprudencia, porque a veces tenemos cambios de tiempo muy bruscos en septiembre.

—¡Un vestido a cuadros! ¿Y se fijó en el sombrero?

—Oh, he visto ese sombrero muchas veces. Tenía todos los colores imaginables. En otro tiempo se habría considerado de mal gusto, pero hoy en día…

La pausa fue significativa. Más de un hombre de la sala soltó una risita, pero las mujeres guardaron un discreto silencio.

—¿Reconocería ese sombrero si lo viera?

—¡Ya lo creo!

El énfasis era el de una mujer de campo y divirtió a algunos pese al tono melodioso con que lo expresó.

Pero a mí no me divirtió; mis pensamientos habían volado al sombrero que el señor Gryce había encontrado en la tercera habitación de la casa del señor Van Burnam y que tenía todos los colores del arcoíris.

El juez forense hizo otras dos preguntas: una sobre los guantes que llevaba la señora Van Burnam y otra acerca de sus zapatos.

A la primera, la señorita Ferguson respondió que no se había fijado en los guantes; y a la segunda, que la señora Van Burnam iba muy a la moda y que, puesto que los zapatos de punta estaban de moda, al menos en las ciudades, probablemente los llevaba de punta.

El descubrimiento de que aquel día la señora Van Burnam vestía de manera distinta a la joven encontrada muerta en los salones de los Van Burnam había sacudido a la mayoría de los espectadores.

Apenas empezaban a recobrarse cuando la señorita Ferguson se sentó.

El juez forense era el único que no había parecido desconcertado. Pronto sabríamos por qué.