IX. NOVEDADES #2
—¿Más de diez minutos?
El médico, que parecía comprender perfectamente la importancia de su respuesta, no vaciló. Evidentemente tenía una opinión muy firme.
— Sí; más de diez minutos .
Esa fue la conmoción que yo recibí de su testimonio.
Recordé lo que me había revelado el reloj, pero no moví un músculo de la cara. Aquellas sorpresas continuas me estaban enseñando a dominarme.
—Es una afirmación inesperada —observó el juez forense—. ¿Qué razones puede alegar para sostenerla?
—Razones muy sencillas y muy conocidas, al menos en nuestra profesión.
Había demasiado poca sangre para que las heridas se hubieran producido antes de la muerte o pocos minutos después.
Si la mujer hubiera estado viva cuando se las hicieron, o incluso si llevara muerta solo un rato, el suelo habría quedado inundado por la sangre que habría brotado de tantas lesiones y tan graves.
Pero el derrame era escaso, tan escaso que lo advertí enseguida y llegué a las conclusiones que he expuesto antes de encontrar la señal de la punzada que causó la muerte.
—¡Comprendo, comprendo! ¿Y por eso llamó a dos médicos de las inmediaciones para que vieran el cadáver antes de que lo retiraran de la casa?
—Sí, señor; en un asunto de tanta importancia deseaba que confirmasen mi criterio.
—¿Y esos médicos eran…?
—El doctor Campbell, del número 110 de East —— Street, y el doctor Jacobs, del —— de Lexington Avenue.
—¿Están aquí esos señores? —preguntó el juez forense a un agente que tenía cerca.
—Sí, señor.
—Muy bien; procederemos a hacer una o dos preguntas más a este testigo. Nos ha dicho que, incluso si la mujer llevaba muerta unos minutos cuando recibió aquellas contusiones, el suelo habría quedado más o menos inundado de sangre. ¿En qué basa esa afirmación?
—En que, en unos minutos, digamos diez, puesto que se ha empleado esa cifra, el cuerpo no ha tenido tiempo de enfriarse ni los vasos sanguíneos de endurecerse lo suficiente para impedir que la sangre salga libremente.
—¿Un cuerpo sigue caliente diez minutos después de la muerte?
—Sí.
—¿De modo que sus conclusiones son deducciones lógicas a partir de hechos bien conocidos?
—Desde luego, señor.
Siguió una pausa de cierta duración.
Cuando el juez forense reanudó su intervención, fue para observar:
—Estos descubrimientos complican el caso, pero no debemos dejarnos desalentar por ellos. Permítame preguntarle si encontró alguna marca en el cuerpo que pudiera ayudar a identificarlo.
—Una: una pequeña cicatriz en el tobillo izquierdo.
—¿Qué clase de cicatriz? Descríbala.
—Era como la que podría dejar una quemadura. Tenía forma alargada y estrecha y subía por la pierna desde el hueso del tobillo.
—¿Estaba en el pie derecho?
—No, en el izquierdo.
—¿Llamó la atención de alguien sobre esa marca durante el examen o después de él?
—Sí; se la mostré al detective, el señor Gryce, y a mis dos colegas; y se la mencioné al señor Howard Van Burnam, hijo del caballero en cuya casa se encontró el cadáver.
Era la primera vez que se mencionaba el nombre de aquel joven, y se me heló la sangre al ver cuántas miradas de soslayo y cuántos expresivos encogimientos de hombros provocó entre la variopinta concurrencia.
Pero no tenía tiempo para sentimentalismos; la investigación se estaba poniendo demasiado interesante.
—¿Y por qué —preguntó el juez forense— se lo mencionó a ese joven antes que a otros?
—Porque me lo pidió el señor Gryce. Porque tanto la familia como el propio joven habían mostrado cierto temor de que la fallecida resultara ser su esposa desaparecida, y aquello parecía un buen medio de resolver la cuestión.
—¿Y la resolvió? ¿Reconoció que era una marca que recordaba haber visto en su mujer?
—Dijo que ella tenía una cicatriz así, pero se negó a reconocer a la fallecida como su esposa.
—¿Vio la cicatriz?
—No; no quiso mirarla.
—¿Lo invitó usted a hacerlo?
—Sí, pero no mostró curiosidad.
Pensando, sin duda, que el silencio subrayaría mejor aquel hecho, ciertamente asombroso, el juez forense esperó un minuto.
Pero no hubo silencio. Un murmullo indescriptible, salido de muchos labios, llenó el intervalo.
Sentí una punzada de compasión por aquella orgullosa familia cuyo buen nombre se veía amenazado de ese modo en la persona de aquel joven.
—Doctor —continuó el juez forense en cuanto cesó el murmullo—, ¿se fijó en el color del pelo de la mujer?
—Era castaño claro.
—¿Cortó algún mechón? ¿Tiene aquí una muestra de ese pelo que enseñarnos?
—Sí, señor. A sugerencia del señor Gryce corté dos mechones pequeños. Uno se lo di a él y el otro lo he traído aquí.
—Déjeme verlo.
El médico se lo entregó y, a la vista de todos, el juez forense ató un cordel alrededor del mechón y le puso una etiqueta.
—Para evitar cualquier error —explicó aquel funcionario tan metódico, dejando el mechón a un lado de la mesa que tenía delante. Después se volvió de nuevo hacia el testigo.
—Doctor, le agradecemos su valioso testimonio y, como es usted un hombre ocupado, puede retirarse. Que llamen al doctor Jacobs.
Como este caballero, al igual que el testigo que lo siguió, se limitó a corroborar las afirmaciones del anterior y dejó establecido que los estantes habían caído sobre el cuerpo de la muchacha algún tiempo después de que recibiera la primera herida, no intentaré repetir sus testimonios.
La cuestión que ahora me inquietaba era si procurarían fijar la hora a la que cayeron los estantes mediante la prueba que aportaba el reloj.