IX. NOVEDADES
El señor Gryce vino a eso de las nueve de la mañana siguiente.
—Bien —dijo—, ¿qué hay del visitante que vino a verme anoche?
—Se parece y no se parece —respondí—. Nada me induciría a decir que es el hombre que buscamos y, sin embargo, tampoco me atrevería a jurar que no lo es.
—¿Tiene dudas, entonces, sobre él?
—Las tengo.
El señor Gryce se inclinó, me recordó la investigación judicial y se marchó. No se habló del sombrero.
A las diez me preparé para ir al lugar que me había indicado.
Jamás en mi vida había asistido a una investigación judicial y, en consecuencia, estaba un tanto nerviosa; pero, cuando terminé de atarme las cintas de la capota —la despreciada capota que, por cierto, no devolví a madame More—, ya había dominado aquella debilidad y adquirido un porte más acorde con mi importantísima condición de principal testigo en una grave investigación policial.
Había mandado buscar un coche para que me llevara, y salí de mi casa entre los gritos de media docena de muchachos reunidos junto al bordillo.
Pero no permití que aquella publicidad me desanimara.
Al contrario, mantuve la cabeza tan erguida como quiso la naturaleza y la espalda tan recta como lo permite mi buena salud.
El camino del deber tiene sus tramos espinosos, pero a las mentes fuertes como la mía les corresponde no hacerles caso.
A las diez en punto entré en la sala reservada para la investigación y me acompañaron al asiento que me habían asignado.
Aunque nunca he sido una mujer cohibida, no pude dejar de advertir las numerosas miradas que me seguían, y procuré comportarme de modo que no cupiera duda sobre mi respetable posición en la comunidad.
Lo consideraba un deber hacia la memoria de mi padre, muy presente en mis pensamientos aquel día.
El juez forense ya ocupaba su asiento cuando entré y, aunque no vi por ninguna parte cerca de él el bondadoso rostro del señor Gryce, no dudé de que se encontraba al alcance del oído.
Apenas reparé en los demás, salvo en la honrada mujer de la limpieza, cuyo rostro colorado y ojos inquietos bajo una capota disparatada —que no procedía de La Mole— entreveía vagamente entre la multitud que se agitaba de un lado a otro entre nosotras.
No se veía a ninguno de los Van Burnam, pero eso no significaba necesariamente que estuvieran ausentes.
De hecho, por ciertos indicios, estaba muy segura de que se podía ver a más de un miembro de la familia en la pequeña habitación que comunicaba con la sala grande donde estábamos sentados los testigos y el jurado.
El policía, Carroll, fue el primero en hablar.
Contó cómo lo había detenido yo mientras hacía su ronda y cómo había entrado en casa del señor Van Burnam con la mujer de la limpieza.
Expuso los detalles del hallazgo del cuerpo en el suelo del salón e insistió en que no había permitido que nadie —aquí me miró con mucha fijeza— tocara el cadáver hasta que llegó ayuda de Jefatura.
Lo siguió la señora Boppert, la mujer de la limpieza; y, si nadie más en aquella sala la vigilaba, yo sí.
Su actitud ante el juez forense no resultó, a mi entender, más satisfactoria que en el salón del señor Van Burnam.
Dio un respingo muy perceptible cuando pronunciaron su nombre y pareció muy asustada cuando le tendieron la Biblia.
Sin embargo, prestó juramento y, con su testimonio, la investigación empezó en serio.
—¿Cómo se llama? —preguntó el juez forense.
Como era algo que no podía por menos de saber, pronunció las palabras necesarias sin tropiezos, aunque de una manera que dejaba claro cuánto le molestaba la impertinencia de preguntarle lo que él ya sabía.
—¿Dónde vive? ¿Y cómo se gana la vida? —fueron las rápidas preguntas que siguieron.
Respondió que era mujer de la limpieza y que limpiaba casas; y, dicho esto, adoptó un aire muy obstinado que me pareció lo bastante extraño para despertar alguna duda en quienes la observaban. Pero nadie más parecía ver en ello otra cosa que el azoramiento de la ignorancia.
—¿Desde cuándo conoce a la familia Van Burnam? —prosiguió el juez forense.
—Hará dos años por Navidad, señor.
—¿Ha trabajado para ellos con frecuencia?
—Les limpio la casa dos veces al año, en otoño y en primavera.
—¿Por qué estaba en esa casa hace dos días?
—Para fregar los suelos de la cocina, señor, y ordenar las despensas.
—¿Había recibido aviso de que lo hiciera?
—Sí, señor, por medio del señor Franklin Van Burnam.
—¿Y era ese el primer día que trabajaba allí?
—No, señor; había estado allí todo el día anterior.
—No habla lo bastante alto —objetó el juez forense—; recuerde que todos los presentes quieren oírla.
Alzó la vista y contempló con aire asustado a la multitud que la rodeaba. Estar a la vista de todos la incomodaba muchísimo, y su voz bajó en lugar de subir.
—¿Dónde consiguió la llave de la casa y por qué puerta entró?
—Entré por el sótano, señor, y conseguí la llave en casa del administrador del señor Van Burnam, en Dey Street. Tuve que ir a buscarla; a veces me la mandan, pero esta vez no.
—Y ahora relate su encuentro con el policía el miércoles por la mañana, delante de la casa del señor Van Burnam.
Trató de contar su historia, pero lo hizo con tanta torpeza que tuvieron que acribillarla a preguntas para obtener el menor dato. Finalmente consiguió repetir lo que ya sabíamos: cómo entró en la casa con el policía y cómo se encontraron con la mujer muerta en el salón.
No la interrogaron más, y yo, Amelia Butterworth, tuve que permanecer sentada en silencio y verla volver a su asiento, más colorada que antes, pero con un aire extrañamente satisfecho que me decía que había salido del paso con más facilidad de la que esperaba.
¡Y eso que el señor Gryce había sido advertido de que sabía más de lo que aparentaba, y por alguien en quien parecía haber depositado cierta confianza!
A continuación llamaron al médico. Su testimonio fue importantísimo y encerraba una sorpresa para mí y más de una para los demás. Tras un breve interrogatorio preliminar, le pidieron que precisara cuánto tiempo llevaba muerta la mujer cuando lo llamaron para examinarla.
—Más de doce horas y menos de dieciocho —respondió con calma.
—¿Había comenzado la rigidez cadavérica?
—No, pero empezó poco después.
—¿Examinó las heridas producidas por la caída de los estantes y los jarrones que cayeron con ellos?
—Sí.
—¿Quiere describirlas?
Así lo hizo.
—Y ahora… —hubo una pausa en la pregunta del juez forense que nos hizo conscientes de su importancia—, ¿cuál de esas numerosas heridas graves fue, en su opinión, la causa de la muerte?
El testigo estaba acostumbrado a escenas semejantes y se desenvolvía en ellas con absoluta soltura. Miró respetuosamente al juez forense, se volvió despacio hacia el jurado y respondió con lentitud y solemnidad:
—Estoy dispuesto a declarar, señores, que ninguna. No la mató la caída del armario.
—¡No la mataron los estantes al caer! ¿Por qué no? ¿No pesaban lo suficiente o no la golpearon en un punto vital?
—Pesaban lo suficiente y la golpearon de una manera que la habría matado si no hubiera estado ya muerta cuando le cayeron encima. En esas condiciones, se limitaron a magullar un cuerpo del que la vida ya había desaparecido.
Aquello estaba expresado con tal claridad que muchos de los presentes que no conocían aún aquellos hechos manifestaron su interés de manera inequívoca; pero el juez forense, sin atender a aquellos síntomas de creciente excitación, se apresuró a decir:
—Lo que está afirmando es muy grave, doctor. Si no murió de las heridas infligidas por los objetos que le cayeron encima, ¿de qué murió? ¿Puede afirmar que su muerte fue natural y que la caída de los estantes no fue más que un desgraciado accidente posterior?
—No, señor; su muerte no fue natural. La mataron, pero no al caerle encima el armario.
—¿La mataron, y no fue el armario? ¿Cómo, entonces? ¿Tenía alguna otra herida que usted considere mortal?
—Sí, señor. Sospechando que había muerto por un medio distinto del aparente, examiné el cuerpo con el mayor rigor y descubrí bajo el pelo, en la nuca, un punto diminuto que, al explorarlo, resultó ser el extremo de una pequeña y delgada punta de acero.
Una mano cuidadosa la había introducido en la parte más vulnerable del cuerpo, y la muerte debió de ser inmediata.
Aquello fue demasiado para algunas personas impresionables y se produjo una agitación momentánea que, sin embargo, no era nada comparada con la de mi propio pecho.
¡Vaya, vaya! De modo que le habían atravesado la nuca y no el corazón. El señor Gryce nos había dejado creer esto último, pero no era eso lo que me dejaba estupefacta, sino la destreza y la diabólica sangre fría del hombre que había asestado aquel golpe mortal.
Cuando se restableció el orden, cosa que, debo decir, ocurrió muy pronto, el juez forense continuó sus preguntas con mayor gravedad en el tono:
—¿Reconoció ese fragmento de acero como perteneciente a algún instrumento de uso médico?
—No; era un acero demasiado poco templado para haber sido fabricado con fines punzantes o cortantes. Era del tipo más corriente y se había partido dentro de la herida. Solo encontré la punta.
—¿La lleva consigo? Me refiero a la punta que encontró incrustada en la base del cerebro de la muerta.
—Sí, señor. —Y se la entregó al jurado. Mientras se la pasaban, el juez forense observó:
—Más adelante les mostraremos el resto de esta arma homicida. —Lo cual no contribuyó a calmar la excitación general. Al advertirlo, el juez forense satisfizo aquel interés creciente prosiguiendo el interrogatorio.
—Doctor —preguntó—, ¿está en condiciones de precisar cuánto tiempo transcurrió entre la herida mortal y las que la desfiguraron?
—No, señor, no con exactitud; pero algún tiempo.
¡Algún tiempo, cuando el asesino solo había estado diez minutos en la casa! Todos dejaron ver su sorpresa y, como si el juez forense hubiera adivinado aquella curiosidad general, se inclinó hacia delante y repitió con énfasis: