El caso de la casa de al lado VIII. LAS SEÑORITAS VAN BURNAM
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VIII. LAS SEÑORITAS VAN BURNAM

Por tarde que me hubiera acostado, me levanté temprano; de hecho, en cuanto repartieron los periódicos. El Tribune estaba en la escalinata. Lo cogí con avidez; lo leí con avidez. Por sus titulares podrán juzgar lo que tenía que decir de aquel asesinato:

UN DESCUbrIMIENTO ESTREMECEDOR EN LA MANSIÓN DE LOS VAN BURNAM EN GRAMERCY PARK.

ENCONTRADA UNA MUCHACHA MUERTA BAJO UN ARMARIO VOLCADO.

INDICIOS DE QUE FUE ASESINADA ANTES DE QUE SE LO ECHARAN ENCIMA.

ALGUNOS CREEN QUE SE TRATA DE LA SEÑORA DE HOWARD VAN BURNAM.

UN CRIMEN ESPANTOSO ENVUELTO EN UN MISTERIO IMPENETRABLE.

LO QUE DICE EL SEÑOR VAN BURNAM AL RESPECTO: NO RECONOCE A LA MUJER COMO SU ESPOSA.

Vaya, vaya, de modo que era de su esposa de quien hablaban. No me lo había esperado. ¡Vaya, vaya! No era de extrañar que las muchachas parecieran asustadas y preocupadas. Y me detuve a recordar lo que había oído acerca del matrimonio de Howard Van Burnam.

No había sido afortunado. Su elegida era bastante guapa, pero no se había criado en los usos de la buena sociedad, y los demás miembros de la familia nunca la habían reconocido.

El padre, en particular, había dejado de saludar a su hijo desde la boda e incluso había llegado a amenazar con disolver la sociedad de la que todos formaban parte.

Peor aún, había rumores de desavenencias entre Howard y su esposa.

No siempre se llevaban bien, y las opiniones diferían sobre cuál de los dos tenía más culpa.

Eso era cuanto sabía de aquellas dos personas.

Al leer el artículo entero supe que la señora Van Burnam había desaparecido; que había salido de Haddam hacia Nueva York el día anterior a su marido y que desde entonces no se tenían noticias de ella.

Howard confiaba, sin embargo, en que la publicidad que los periódicos daban a su desaparición permitiría saber de ella de inmediato.

El efecto del artículo en su conjunto era suscitar graves dudas sobre la franqueza de las afirmaciones del señor Van Burnam, y me han dicho que algunos de los periódicos menos escrupulosos no solo expresaban esas dudas, sino que aventuraban conjeturas sobre su identidad con la persona a la que yo había visto entrar en la casa con la joven.

En cuanto a mi nombre, lo pregonaban de una manera nada satisfactoria.

En un periódico —me lo contó una buena amiga— me llamaban «la entrometida señorita Amelia».

Como si mis intromisiones no hubiesen proporcionado a la policía su única pista para identificar al criminal.

El New York World era el único periódico que me trataba con cierta consideración.

Aquel joven de cabeza pequeña y ojos de abalorio no se había dejado intimidar por mí en vano.

Me mencionaba como la inteligente señorita Butterworth, cuyo testimonio probablemente resultara de gran valor en aquel interesantísimo caso.

Fue el World el que entregué a las señoritas Van Burnam cuando bajaron a desayunar.

Me hacía justicia a mí y no demasiada injusticia a él.

Lo leyeron juntas, con las dos cabezas hundidas en el periódico, de modo que no pude observar sus caras.

Pero sí vi temblar la hoja y advertí que su barniz social aún no era lo bastante espeso para ocultar el verdadero terror y la angustia que sentían cuando al fin volvieron a mirarme.

—¿Ha leído… ha visto esta noticia horrible? —preguntó Caroline con voz temblorosa, al encontrarse con mis ojos.

—Sí, y ahora comprendo por qué estaban tan preocupadas ayer. ¿Conocían a su cuñada? ¿Creen que podrían haberla atraído de esa manera a la casa de su padre?

Fue Isabella quien respondió.

—Nunca la hemos visto y sabemos poco de ella, pero no hay forma de saber lo que puede hacer una persona tan poco cultivada como esa. Ahora bien, que nuestro buen hermano Howard entrara allí con ella es mentira, ¿verdad, Caroline? Una mentira vil y malintencionada.

—Por supuesto que lo es, por supuesto, por supuesto. Usted no cree que el hombre al que vio fuera Howard, ¿verdad, querida señorita Butterworth?

¿ Querida ? ¡Dios mío!

—No conozco a su hermano —respondí—. Lo he visto muy pocas veces en mi vida. Ya saben que últimamente no ha frecuentado mucho la casa de su padre.

Me miraron suplicantes, tan suplicantes.

—Diga que no era Howard —susurró Caroline, acercándose un poco más a mí.

—Y no lo olvidaremos nunca —murmuró Isabella con lo que me veo obligada a decir que no eran sus modales de sociedad.

—Espero poder decirlo —fue mi escueta respuesta, dificultada por los prejuicios que me había formado—. Cuando vea a su hermano, quizá pueda decidir de una ojeada que la persona que vi entrar en su casa no era él.

—Sí, oh, sí. ¿Lo oyes, Isabella? La señorita Butterworth aún salvará a Howard. ¡Ay, querida viejecita! ¡Casi podría quererla!

Aquello no me gustó. ¡Yo, una querida viejecita!

Un calificativo para una vendedora de mantequilla, no para una Butterworth.

Me retiré, y sus sentimentalismos terminaron.

Espero que su hermano Howard no sea el culpable que presentan los periódicos, pero, si lo es, la hermosa frase de las señoritas Van Burnam, Casi podríamos quererla , no me impedirá ser honrada en este asunto.

El señor Gryce vino temprano, y me alegró poder decirle que el caballero que lo había visitado la noche anterior no me recordaba la impresión que me había causado el otro.

Recibió la noticia con calma y, por su actitud, deduje que la esperaba más o menos.

Pero ¿quién puede interpretar correctamente los modales de un detective, sobre todo de uno tan taimado e imperturbable como este?

Me moría de ganas de preguntar quién era su visitante, pero no me atreví o, mejor dicho —por ser franca en las cosas pequeñas para que me crean en las grandes—, estaba segura de que no me lo diría, así que no iba a comprometer mi dignidad con una pregunta inútil.

Se marchó al cabo de cinco minutos, y yo estaba a punto de dedicarme a los asuntos de la casa cuando entró Franklin.

Sus hermanas saltaron a su encuentro como marionetas.

—¡Oh! —exclamaron, por una vez pensando y hablando al unísono—. ¿La habéis encontrado?

Su silencio fue tan elocuente que no necesitó negar con la cabeza.

—Pero la encontraréis antes de que termine el día, ¿verdad? —protestó Caroline.

—Todavía es muy pronto —añadió Isabella.

—Nunca pensé que me alegraría de ver a esa mujer en ninguna circunstancia —continuó la primera—, pero ahora creo que, si la viera venir por la calle del brazo de Howard, me sentiría tan feliz que saldría corriendo a… a…

—Darle un abrazo —terminó Isabella, más impetuosa.

No era eso lo que Caroline había querido decir, pero aceptó la enmienda con apenas un leve gesto de reserva. Ambas debían de querer mucho a Howard y, en su desgracia, estaban dispuestas a olvidarlo y perdonarlo todo. Empezaron a caerme bien de nuevo.

—¿Has leído esos periódicos horribles?

—¿Cómo está papá esta mañana?

—¿Qué vamos a hacer para salvar a Howard?

Las preguntas salían ahora rápidamente de sus labios y, considerando natural que dijeran unas palabras, me senté en mi silla más incómoda y esperé a que se agotaran aquellos primeros arrebatos.

Inmediatamente, el señor Van Burnam las cogió del brazo y las llevó a un sofá apartado.

—¿Estáis a gusto aquí? —preguntó, con lo que pretendía ser un tono muy confidencial. Pero yo oigo, con tanta facilidad como una persona sorda, cualquier cosa que no esté destinada a mis oídos.

—Oh, es bastante amable —susurró Caroline—, pero tan tacaña… Llévanos a algún sitio donde podamos comer algo.

—¡Se gasta todo el dinero en porcelana! ¡Qué platos! ¡ Y qué poco pone en ellos !

Ante aquellas expresiones, pronunciadas con toda la energía que permite un susurro, me regodeé en mi tranquilo rincón. ¡Pobres criaturas atolondradas! Pero ya verían, ya verían.

—Me temo —ahora hablaba el señor Van Burnam— que hoy tendré que llevarme a mis hermanas de su amable cuidado. Su padre las necesita y, según creo, ya les ha reservado habitaciones en el Plaza.

—Lo lamento —respondí—, pero desde luego no se marcharán sin compartir otra comida conmigo. Retrasen su partida hasta después del almuerzo, señoritas, y me harán un gran favor. Quizá no volvamos a reunirnos en circunstancias tan agradables.

Se agitaron en sus asientos —como yo esperaba— y dirigieron a su hermano furtivas miradas de súplica casi cómicas; pero él fingió no verlas, dispuesto por algún motivo a acceder a mi petición.

Aprovechando la vacilación momentánea que siguió, hice a los tres mi reverencia más conciliadora y dije, mientras me retiraba detrás de la cortina de la puerta:

—Voy a dar las órdenes para el almuerzo. Entretanto, espero que las señoritas se sientan con plena libertad en mi casa. Cuanto tengo está a su disposición. —Y me fui antes de que pudieran protestar.

La siguiente vez que las vi estaban arriba, en mi habitación delantera. Se habían sentado juntas al lado de la ventana y parecían lo bastante desdichadas para necesitar alguna distracción. Me acerqué al armario y saqué una sombrerera. Contenía mi mejor capota.

—Señoritas, ¿qué les parece esto? —pregunté, sacando la capota y colocándomela cuidadosamente en la cabeza.

A mí me parece un tocado muy favorecedor, pero ellas alzaron las cejas de una manera escasamente halagadora.

—¿No les gusta? —observé—. Pues yo tengo en gran estima el gusto de las jóvenes; mañana se la devolveré a madame More.

—No tengo muy buena opinión de madame More —observó Isabella—, y después de París…

—¿Prefieren a La Mole? —pregunté, moviendo la cabeza de un lado a otro ante el espejo para ocultar mejor mi interés por la tentativa que estaba haciendo.

—No me gusta ninguna, salvo D’Aubigny —respondió Isabella—. Cobra el doble que La Mole…

¡El doble! ¿De qué están hechos los monederos de estas muchachas o, mejor dicho, el de su padre?

—Pero tiene el chic que estamos acostumbradas a ver en la sombrerería francesa. Nunca iré a otra.

—Nos la recomendaron en París —intervino Caroline, con más languidez. Aquel tema frívolo solo le interesaba a medias.

—Pero ¿nunca han tenido un sombrero de La Mole? —proseguí, cogiendo un espejo de mano, ostensiblemente para ver cómo me quedaba la capota por detrás, pero en realidad para ocultar mi interés por sus rostros desprevenidos.

—¡Nunca! —replicó Isabella—. No compraría nada a esa criatura.

—¿Usted tampoco? —insistí con indiferencia, volviéndome hacia Caroline.

—No; nunca he entrado en su tienda.

—Entonces, ¿de quién es…? —empecé, y me detuve. Un detective dedicado a la tarea que yo llevaba entre manos no revelaría el objeto de sus preguntas con tanta imprudencia.

—Entonces, ¿quién es —rectifiqué— la mejor después de D’Aubigny? Yo no puedo pagar sus precios. Me parecería un pecado.

—Oh, no nos lo pregunte a nosotras —protestó Isabella—. Nunca hemos estudiado quién hace las mejores capotas. Por ahora llevamos sombreros.

Y, después de restregarme así su juventud, se volvieron otra vez hacia la ventana, sin darse cuenta de que la señora de mediana edad a la que miraban con tanto desdén acababa de conseguir que bailaran a su son con el mayor éxito.

El almuerzo que encargué fue esmerado, pues estaba decidida a que las señoritas Van Burnam vieran que sabía servir una buena comida y que mis platos no siempre eran mejores que mis viandas.

Había invitado a otras dos personas para que no pareciese que me había tomado tantas molestias por dos jovencitas y, como eran personas tranquilas, igual que yo, la comida transcurrió con el mayor decoro.

Cuando terminó, las señoritas Caroline e Isabella habían perdido parte de sus aires de importancia, y de veras creo que la deferencia que me han mostrado desde entonces se debe más a la sorpresa que les produjo la perfección de aquel exquisito almuerzo que a una apreciación atenta de mi carácter y mis capacidades.

Se marcharon a las tres, todavía sin noticias de la señora Van Burnam; y, convencida a aquellas alturas de que las sombras se espesaban sobre aquella familia, las vi partir con cierta pena y un auténtico sentimiento de compasión.

Si las hubieran educado en el debido respeto a sus mayores, ¡cuánto más fácil habría sido ver seriedad en Caroline e impulsos afectuosos en Isabella!

Los periódicos de la tarde apenas añadieron nada a lo que sabía.

Se prometían grandes revelaciones, pero no se daba ninguna pista sobre su naturaleza.

Ninguna de las cientos de personas que habían visto el cadáver en el depósito lo había identificado, y Howard seguía negándose a reconocerlo como el de su esposa.

Se esperaba con ansiedad el día siguiente.

¡Eso era todo lo que decía la prensa!

A las doce de la noche estaba de nuevo sentada en mi ventana.

La casa de al lado estaba iluminada desde las diez y yo aguardaba a cada instante la llegada de su visitante nocturno.

Llegó puntualmente a la hora fijada, bajó del coche de un salto, cerró la portezuela de golpe y cruzó la acera con alegre celeridad.

Su figura no era tan claramente semejante ni tan claramente distinta de la del supuesto asesino como para permitirme afirmar: «Es él» o «No es él», y me acosté perpleja y no poco abrumada por el sentido de la responsabilidad que se me había impuesto en aquel asunto.

Y así transcurrió el día entre el asesinato y la investigación judicial.