VII. EL SEÑOR GRYCE DESCUBRE A LA SEÑORITA AMELIA #3
—He oído que las señoritas se alojan en su casa —observó con intención.
—Así es.
—Entonces puede hacer algunas preguntas acerca de este sombrero; también de los guantes, que son unos guantes de calle corrientes.
—¿De qué color?
—Grises; están bastante nuevos, talla seis.
—Muy bien; les preguntaré por ellos a las señoritas.
—Esta tercera habitación se usa como comedor, y en el armario donde los he encontrado se guarda la cristalería.
La presencia del sombrero allí es un misterio, pero supongo que las señoritas Van Burnam podrán resolverlo.
En cualquier caso, es muy improbable que tenga algo que ver con el crimen cometido aquí.
—Muy improbable —convine.
—Tan improbable —prosiguió— que, pensándolo mejor, le aconsejo no molestar a las señoritas con preguntas al respecto, a menos que aparezcan otras razones para hacerlo.
—Muy bien —respondí. Pero aquel cambio de parecer no me engañó.
Como sostenía abierta ante mí la puerta del salón de una manera muy significativa, me até el velo bajo la barbilla y estaba a punto de marcharme cuando me detuvo.
—Tengo otro favor que pedirle —dijo, esta vez con su sonrisa más benévola—. Señorita Butterworth, ¿le importaría quedarse levantada unas cuantas noches hasta las doce?
—En absoluto —respondí—, si hay una buena razón para ello.
—Esta noche, a las doce, entrará un caballero en esta casa. Le agradecería que lo observara desde su ventana.
—¿Para ver si es el mismo que vi anoche? Desde luego que lo miraré, pero…
—Mañana por la noche —prosiguió imperturbable— se repetirá la prueba, y me gustaría que volviera a mirar; sin prejuicios, señora; recuérdelo, sin prejuicios.
—Yo no tengo prejuicios… —empecé.
—Es posible que la prueba no termine en dos noches —continuó, sin prestar atención a mis palabras—. Así que no se apresure a echarle el ojo a su hombre, como se dice vulgarmente. Y ahora, buenas noches; volveremos a vernos mañana.
—¡Espere! —ordené, porque estaba a punto de cerrar la puerta—. Apenas distinguí a aquel hombre; solo me quedó una impresión. No quisiera que ahorcaran a nadie por una identificación mía.
—A nadie lo ahorcan por una simple identificación. Tendremos que demostrar el crimen, señora, pero la identificación es importante; incluso una como la que usted pueda hacer.
No había más que decir; di las buenas noches serenamente y me alejé aprisa. Gracias a un uso juicioso de las oportunidades, sabía bastante más de aquel asunto capital que cuando había entrado en la casa.
Eran las once y media cuando regresé a casa, una hora tardía para entrar sola por mi respetable puerta principal.
Pero las circunstancias habían justificado mi escapada, y subí a mi habitación con la conciencia tranquila y la alegre satisfacción del deber cumplido, dispuesta a pasar despierta la media hora que faltaba para medianoche.
Sé estar a gusto cuando me encuentro sola, y no tuve dificultad en aprovechar aquel rato.
Como soy muy ordenada, según habrán advertido, tengo a mano todo lo necesario para prepararme una taza de té a cualquier hora del día o de la noche; así que, sintiendo cierta necesidad de reponer fuerzas, dispuse la mesita que reservo para ese fin, preparé el té y me senté a sorberlo.
Mientras lo hacía, le daba vueltas al asunto que ocupaba mi mente y trataba de conciliar la historia que contaba el reloj con mi teoría preconcebida del asesinato; pero no había conciliación posible.
A la mujer la habían matado a las doce, y el reloj había caído a las cinco.
¿Cómo podían concordar ambas cosas? Y, puesto que era imposible, ¿cuál debía ceder: la teoría o el testimonio del reloj?
Los dos parecían irrefutables y, sin embargo, uno tenía que ser falso. ¿Cuál?
Me inclinaba a pensar que el problema estaba en el reloj; que mis conclusiones me habían engañado y que no estaba en marcha cuando se cometió el crimen.
Quizá el señor Gryce hubiera ordenado darle cuerda y luego colocarlo boca arriba para impedir que las agujas pasaran del punto en que se encontraban cuando se descubrió el crimen.
Era un acto inexplicable, pero posible; mientras que suponer que estaba en marcha cuando cayeron los estantes llevaba la improbabilidad al extremo, pues, hasta donde podíamos averiguar, no había habido nadie en la casa durante meses con la destreza suficiente para poner en hora un reloj tan valioso; porque ¿quién podía imaginar a la mujer de la limpieza entregada a una tarea que exigía una manipulación tan delicada?
¡No! Algún funcionario entrometido se había entretenido poniendo en marcha el mecanismo, y la pista que yo creía tan importante probablemente carecería de valor.
Aquel pensamiento era humillante, y sentí alivio al oír acercarse un coche justo cuando el reloj de mi chimenea daba las doce. Me levanté de un salto, apagué la luz y volé hacia la ventana.
El coche se acercó y se detuvo ante la casa de al lado. Vi bajar a un caballero y cruzar la acera con paso vivo hacia la escalinata vecina. Su figura no era la del hombre a quien había visto entrar la noche anterior.