VII. EL SEÑOR GRYCE DESCUBRE A LA SEÑORITA AMELIA #2
Mis ojos se posaron en la rejilla de la calefacción, medio cubierta por mis faldas. Estaba cerrada; me agaché y la abrí. Debajo se veía una caja cuadrada de hojalata, en cuyo fondo distinguí la cabeza redonda de un alfiler de sombrero roto.
Nunca en mi vida me había sentido como en aquel instante.
Me incorporé, señalé la rejilla y dejé traslucir parte de mi triunfo; pero no todo, pues entonces no estaba ni mucho menos segura, ni lo estoy ahora, de que él no hubiese hecho el descubrimiento antes que yo y se limitara a poner a prueba mis pretensiones.
Sea como fuere, se acercó rápidamente y, tras algún esfuerzo, extrajo el alfiler roto y lo examinó con curiosidad.
—Diría que esto es lo que buscamos —declaró, y desde ese momento me trató con la debida deferencia.
—Yo explico que esté ahí de esta manera —argumenté—.
La habitación estaba a oscuras; porque, la iluminara o no para cometer el crimen, desde luego no la dejó iluminada mucho tiempo.
Al salir, su pie tropezó con el hierro de la rejilla y se le ocurrió algo de pronto.
No se había atrevido a dejar la cabeza del alfiler en el suelo, porque esperaba haber ocultado su crimen al volcar el pesado armario sobre la víctima; tampoco quería llevarse un recuerdo semejante de su crueldad.
Así que lo dejó caer por la rejilla, esperando sin duda que desapareciera por los conductos de la calefacción.
Pero la caja de hojalata lo retuvo. ¿No es verosímil, señor?
—Yo mismo no habría podido razonar mejor, señora. Todavía acabaremos teniéndola en el cuerpo.
Pero ante la familiaridad de aquella sugerencia me envaré indignada.
—Soy la señorita Butterworth —repuse con aspereza—, y cualquier interés que pueda tomarme en este asunto se debe a mi sentido de la justicia.
Al ver que me había ofendido, el astuto detective devolvió la conversación al asunto que nos ocupaba.
—A propósito —dijo—, sus conocimientos femeninos pueden ayudarme en otro punto. Si no le da miedo quedarse sola un momento en esta habitación, traeré un objeto sobre el que me gustaría conocer su opinión.
Le aseguré que no me daba el menor miedo, ante lo cual me hizo otra de sus extrañas reverencias y pasó al salón contiguo.
No se detuvo allí. Abrió las puertas correderas que comunicaban con el comedor del fondo, desapareció en él y cerró las puertas a su espalda.
Al encontrarme sola por un momento en el escenario del crimen, me acerqué a la repisa de la chimenea y levanté el reloj que yacía sobre ella.
Apenas sé por qué lo hice. Soy muy ordenada por naturaleza —algunos me llaman puntillosa—, y probablemente me irritaba ver un objeto tan valioso fuera de su posición natural.
Sea como fuere, lo levanté y lo puse derecho, y entonces, para mi asombro, empezó a hacer tictac.
Si las agujas no hubieran estado en la misma posición que cuando vi por primera vez el reloj boca arriba en el suelo junto a la muchacha muerta, habría pensado que el señor Gryce o alguna otra persona oficiosa había puesto en marcha el mecanismo desde entonces.
Pero marcaban, como antes, unos minutos antes de las cinco, y la única conclusión a la que podía llegar era que el reloj estaba en marcha cuando cayó, por sorprendente que pareciera en una casa que llevaba meses deshabitada.
Pero, si estaba en marcha y solo se había detenido al caer al suelo, ¿por qué señalaban las agujas las cinco y no las doce, que era la hora a la que se suponía que había ocurrido el accidente?
Aquello daba que pensar y, para poder hacerlo sin que me molestaran, me apresuré a tumbar de nuevo el reloj, tomando incluso la precaución de devolver las agujas a la posición exacta que ocupaban antes de poner en marcha el mecanismo.
Si el señor Gryce ignoraba su secreto, tanto peor para el señor Gryce.
Ya había vuelto a mi sitio junto a la rejilla cuando se abrieron de nuevo las puertas. Notaba un ligero rubor en las mejillas, así que saqué del bolsillo aquella desconcertante cuenta del tendero y repasaba laboriosamente su larga columna de cifras cuando reapareció el señor Gryce.
Para mi sorpresa, llevaba un sombrero de mujer en la mano.
«¡Vaya! —pensé—. ¿Qué significa esto?».
Era una elegante muestra del arte de la sombrerería y estaba a la última moda. Llevaba cintas, flores y alas de pájaro y, mientras el señor Gryce le daba vueltas con mano hábil, ofrecía un aspecto que algunos habrían calificado de encantador, pero que a mí me parecía simplemente grotesco y absurdo.
—¿Es un sombrero de la primavera pasada? —preguntó.
—No lo sé, pero diría que acaba de salir de la sombrerería.
—Lo he encontrado con un par de guantes metidos dentro, en una balda por lo demás vacía del armario del comedor. Me ha parecido demasiado nuevo para ser un sombrero desechado por alguna de las señoritas Van Burnam. ¿Qué opina usted?
—Déjemelo —dije.
—Oh, se ha usado —sonrió—, varias veces. Y también tiene el alfiler.
—Hay otra cosa que quiero ver.
Me lo entregó.
—Creo que pertenece a una de ellas —declaré—. Lo ha hecho La Mole, de la Quinta Avenida, cuyos precios son sencillamente… un pecado.
—Pero las señoritas llevan fuera… déjeme pensar… cinco meses. ¿Pudo comprarse antes de entonces?
—Es posible, porque es un sombrero de importación.
Pero ¿por qué dejarlo tirado con semejante descuido?
Costó veinte dólares, si no treinta, y, si por algún motivo su dueña decidió no llevárselo, ¿por qué no lo guardó como es debido?
No soporto a la joven moderna; está hecha de imprudencia y despilfarro.