El caso de la casa de al lado VII. EL SEÑOR GRYCE DESCUBRE A LA SEÑORITA AMELIA
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VII. EL SEÑOR GRYCE DESCUBRE A LA SEÑORITA AMELIA

Volvamos a mis propias observaciones. A las diez de aquella noche memorable sabía casi tan poco de lo que deseaba saber como a las cinco, pero estaba decidida a no seguir así.

Cuando las dos señoritas Van Burnam se retiraron a su habitación, me escabullí hasta la casa vecina y llamé resueltamente al timbre.

Había visto entrar al señor Gryce unos minutos antes y estaba decidida a conversar con él.

La lámpara del vestíbulo estaba encendida y, cuando abrió la puerta, pudimos vernos las caras. La mía quizá fuera digna de estudio, pero estoy segura de que la suya lo era. No había esperado encontrarse ante una señora de edad a aquellas horas de la noche.

—¡Vaya! —exclamó secamente—. Soy consciente del honor que me hace, señorita Butterworth. —Pero no me invitó a pasar.

—No esperaba menos —dije—. Lo he visto entrar y lo he seguido en cuanto he podido. Tengo algo que decirle.

Entonces me dejó pasar y cerró cuidadosamente la puerta. Sintiéndome libre para ser yo misma, me quité el velo que me había atado bajo la barbilla y me planté ante él con lo que yo llamo el verdadero temple.

—Señor Gryce —empecé—, intercambiemos cortesías. Dígame qué han hecho con Howard Van Burnam y yo le contaré lo que he observado durante las pesquisas de esta tarde.

Este anciano detective está acostumbrado a las mujeres, no me cabe duda, pero no está acostumbrado a mí . Lo vi por el modo en que daba vueltas y más vueltas a las gafas que tenía en la mano. Hice un esfuerzo por ayudarlo.

—Hoy he advertido algo que creo que a usted se le ha escapado. Es una pista tan insignificante que la mayoría de las mujeres ni la mencionarían. Pero, como me interesa el caso, se la diré si a cambio me pone al corriente de lo que saldrá mañana en los periódicos.

Pareció gustarle. Miró a través de sus gafas y a las gafas mismas con la sonrisa de un descubridor.

—Soy su más humilde servidor —declaró; y sentí que la hija de mi padre acababa de recibir su primer reconocimiento.

Pero no me abrumó con confidencias. Oh, no, es muy astuto este viejo y curtido detective; y, aunque aparentaba ser muy comunicativo, en realidad soltó muy poca información.

No obstante, dijo lo suficiente para que comprendiera que las cosas se presentaban sombrías para Howard, y, si así era, debía de haber quedado claro que la muerte que investigaban no había sido ni un accidente ni un suicidio.

Lo insinué, y él, sin duda con algún propósito propio, acabó por admitir que habían encontrado en la joven una herida que no podía haberse infligido ella misma; ante lo cual aumentó tanto mi interés por aquel singular asesinato que debí de hacer alguna demostración necia de ello, porque el cauteloso anciano soltó una risita y contempló sus gafas con verdadera ternura antes de plegarlas y guardárselas en el bolsillo.

—¿Y ahora qué tiene usted que decirme? —preguntó, deslizándose suavemente entre la puerta del salón y yo.

—Solo esto. Interrogue a fondo a esa limpiadora que se comporta de un modo tan extraño. Tiene algo que contar que a usted le corresponde saber.

Creo que se decepcionó. Pareció echar de menos las gafas que se había guardado y, cuando habló, había en su tono una aspereza que yo no había advertido antes.

—¿Sabe usted qué es ese algo? —preguntó.

—No, o se lo diría yo misma.

—¿Y qué le hace pensar que nos oculta algo?

—Su actitud. ¿No se ha fijado en su actitud?

Se encogió de hombros.

—A mí me ha dicho mucho —insistí—. Si yo fuera detective, le sacaría el secreto a esa mujer o moriría en el intento.

Se rio; aquel hombre astuto, viejo y casi decrépito se rio abiertamente. Luego miró con severidad a su vieja amiga, la figura del poste de la barandilla, y, enderezándose con cierta dignidad, hizo esta observación:

—Ha sido una gran suerte conocerla, señorita Butterworth. Usted y yo deberíamos ser capaces de resolver este caso de una manera satisfactoria para todas las partes.

Lo dijo con intención sarcástica, pero yo me lo tomé muy en serio, al menos en apariencia. Soy tan astuta como él y, aunque no tan vieja —ahora soy yo la sarcástica—, tengo parte de su ingenio, aunque poca de su experiencia.

—Entonces pongámonos a trabajar —dije—. Usted tiene sus teorías sobre este asesinato y yo tengo las mías; veamos cómo encajan.

Si la figura que tenía ante los ojos no hubiese sido de bronce, estoy segura de que la mirada que le dirigió la habría petrificado.

Lo que a mí me parecía la proposición natural de una mujer enérgica, especialmente dotada para el oficio de él, debió de parecerle una desfachatez de la peor especie.

Pero limitó su muestra de asombro a la figura que miraba y a mí solo me dio esta respuesta tan caballerosa:

—Le estoy muy agradecido, señora, y quizá esté dispuesto más adelante a considerar su atenta propuesta, pero ahora estoy ocupado, muy ocupado, y si tiene la bondad de esperarme en su casa media hora…

—¿Por qué no me deja esperar aquí? —intervine—. La atmósfera de este lugar puede aguzar mis facultades. Ya tengo la sensación de que otra mirada atenta a ese salón me permitiría formular alguna teoría valiosa.

—¡Usted…! —Bueno, no dijo lo que era yo o, mejor dicho, lo que era la figura a la que apostrofaba. Pero sin duda se disponía a pronunciar un cumplido nada corriente.

La remilgada reverencia con que agradecí su buena intención le hizo comprender que lo había entendido perfectamente; y, adoptando una actitud más apropiada al trabajo, observó después de un instante de reflexión:

—Esta tarde ha llegado a una conclusión, señorita Butterworth, de la que me gustaría obtener alguna explicación.

Al examinar el sombrero que se había sacado de debajo de los restos de la muchacha asesinada, ha observado que solo se había usado una vez.

Yo ya había llegado a la misma conclusión, aunque sin duda por otros medios.

¿Quiere decirme en qué se basaba su afirmación?

—Solo había un agujero de alfiler de sombrero —observé—. Si acostumbra usted a mirar dentro de los sombreros de las jóvenes, apreciará la fuerza de mi observación.

—¡Diantre! —fue su exclamación, ciertamente fuera de lugar—.

¡Ojos de mujer para asuntos de mujeres! Le estoy muy agradecido, señora.

Nos ha resuelto un problema muy importante.

¡Un alfiler de sombrero! ¡Hum! —murmuró para sí—.

El demonio que lleva dentro un hombre no se deja frustrar fácilmente; hasta un objeto tan inocente como ese puede servirle cuando faltan todos los demás medios.

Tal vez el hecho de que se le escaparan aquellas palabras sea una prueba de que el señor Gryce está envejeciendo. Pero, una vez pronunciadas, no intentó retirarlas y me hizo partícipe de su confianza hasta el punto de explicar:

—La mujer a la que mataron en esa habitación murió de la punzada de un alfiler largo y delgado. No habíamos pensado en un alfiler de sombrero, pero, ahora que lo menciona, estoy dispuesto a aceptarlo como arma del crimen. ¿No había ningún alfiler en el sombrero cuando usted lo miró?

—Ninguno. Lo examiné con mucho cuidado.

Sacudió la cabeza y pareció meditar. Como me sobraba tiempo, esperé, confiando en que volvería a hablar. Mi paciencia pareció impresionarlo. Subiendo y bajando alternativamente las manos, como si sopesara algo, pronto se dirigió otra vez a mí, ahora en tono de chanza:

—Este alfiler, si es que era un alfiler, apareció roto dentro de la herida.

Hemos buscado el extremo que quedó en la mano del asesino y no lo hemos encontrado.

No está en el suelo de los salones ni en el de este vestíbulo.

¿Qué cree que haría con él quien utilizó tan ingeniosamente semejante instrumento?

Ahora estoy segura de que lo dijo por sarcasmo. Se divertía a mi costa, pero entonces no lo comprendí. Estaba demasiado absorta en el asunto.

—No se lo llevaría —razoné con concisión—, al menos no muy lejos. No lo tiró al llegar a la calle, porque observé sus movimientos tan de cerca que lo habría visto. Por tanto, está en la casa y, presumiblemente, en el salón, aunque no lo encuentren en el suelo.

—¿Le gustaría buscarlo? —preguntó con solemnidad. Entonces no tenía yo forma de saber que cuanto más solemne se mostraba, menos franco y digno de confianza era.

—¿Que si me gustaría? —repetí; y, como soy delgada y mucho más ágil de lo que harían suponer mi edad y mi porte digno, me escurrí por debajo de sus brazos y estaba ya en el salón del señor Van Burnam antes de que se hubiera repuesto de la sorpresa.

No quisiera que supusieran ni por un instante que un hombre como él podía parecer ridículo. Pero no parecía muy satisfecho, y tuve tiempo de echar más de una mirada a mi alrededor antes de que recobrara el habla.

—¡Una ventaja injusta, señora, una ventaja injusta! Yo soy viejo y tengo reuma; usted es joven y está más sana que una manzana. Reconozco la necedad de haber intentado competir con usted y tendré que conformarme con la situación. Y ahora, señora, ¿dónde está ese alfiler?

Lo dijo con ligereza, pero aun así comprendí que había llegado mi oportunidad.

Si lograba encontrar aquella arma homicida, ¿qué no podría esperar de su gratitud?

Armándome de valor para la tarea que así se me encomendaba, miré de un lado a otro, observando cada objeto de la habitación antes de dar un paso.

Se había intentado corregir algo su desorden.

Habían recogido los fragmentos de porcelana y los habían colocado cuidadosamente sobre periódicos, en los estantes de los que habían caído.

El armario volvía a estar en pie en su sitio y el reloj, que había caído boca arriba, se hallaba en la misma posición sobre la repisa de la chimenea.

La alfombra estaba, por tanto, despejada, salvo por las manchas que contaban una historia tan penosa de tragedia y de crimen.

—Han movido las mesas y buscado detrás de los sofás —sugerí.

—Ni un palmo del suelo ha escapado a nuestra atención, señora.