VI. NUEVOS HECHOS
El señor Van Burnam y sus hijos habían cumplido con la formalidad de cenar y conversaban de la manera inconexa propia de hombres absortos en un asunto del que no se atreven a hablar cuando se abrió la puerta y entró el señor Gryce.
Avanzando con mucha calma, se dirigió al padre:
—Lamento —dijo— verme obligado a comunicarles que este asunto es mucho más grave de lo que esperábamos.
Esta joven ya estaba muerta antes de que le cayeran encima los estantes cargados de objetos de adorno.
Se trata de un asesinato; y de uno evidente, o no me atrevería a anticiparme al veredicto del jurado del juez forense.
¡Asesinato! ¡Una palabra capaz de estremecer al corazón más firme!
El anciano se tambaleó al incorporarse a medias, y Franklin, su hijo, reveló a su manera una emoción casi igual. Pero Howard se encogió de hombros como si le hubieran quitado de encima un peso inmenso, miró a su alrededor con aire alegre y exclamó vivamente:
—Entonces no es el cadáver de mi mujer el que tienen ahí. Nadie asesinaría a Louise. Me iré y demostraré la verdad de mis palabras buscándola inmediatamente.
El detective abrió la puerta e hizo entrar al médico, que susurró dos o tres palabras al oído de Howard.
No despertaron la emoción que, evidentemente, esperaba. Howard pareció sorprendido, pero respondió sin alterar la voz:
—Sí, Louise tenía una cicatriz así; y si es verdad que esta mujer tiene una marca semejante, se trata de una mera coincidencia. Nada me convencerá de que mi mujer ha sido víctima de un asesinato.
—¿No sería mejor que echara un vistazo a la cicatriz que acabo de mencionar?
—No. Estoy tan seguro de lo que digo que ni siquiera consideraré la posibilidad de equivocarme.
He examinado la ropa del cuerpo que me han enseñado, y ni una sola prenda procede del guardarropa de mi mujer; y mi mujer tampoco entraría de noche en una casa a oscuras, como me han informado que hizo esta mujer, con ningún hombre que no fuera su marido.
—¿Así que se niega por completo a reconocerla?
—Desde luego.
El detective hizo una pausa, miró los rostros angustiados de los otros dos caballeros, que apenas habían cambiado durante aquellas declaraciones, y observó con intención:
—No ha preguntado con qué la mataron.
—Y no me importa —gritó Howard.
—Fue por un medio muy peculiar, también nuevo en mi experiencia.
—No me interesa —replicó el otro.
El señor Gryce se volvió hacia su padre y su hermano.
—¿Les interesa a ustedes ? —preguntó.
El anciano, de ordinario tan irascible y tan imperioso, asintió en silencio, mientras Franklin exclamaba:
—Dígalo de una vez. Los detectives vacilan tanto ante lo desagradable… ¿La estrangularon o la apuñalaron?
—He dicho que el medio era peculiar. Le asestaron una puñalada, pero no… con un cuchillo.
Ahora conozco al señor Gryce lo bastante bien para estar segura de que no miró a Howard mientras decía aquello y de que, al mismo tiempo, no se le escapó el temblor de un solo músculo ni el movimiento de una pestaña.
Pero la fingida sangre fría de Howard no se alteró y su semblante permaneció imperturbable.
—La herida era tan pequeña —prosiguió el detective— que es un milagro que no pasara inadvertida. La produjo la penetración de un instrumento muy delgado en…
—¿El corazón? —intervino Franklin.
—Por supuesto, por supuesto —asintió el detective—; ¿qué otro punto es lo bastante vulnerable para causar la muerte?
—¿Hay alguna razón por la que no podamos marcharnos? —exigió saber Howard, sin hacer caso del vivísimo interés que mostraban los otros dos, con una determinación que revelaba una gran obstinación de carácter.
El detective no le hizo caso a él .
—Un golpe rápido, un golpe certero, un golpe mortal. La muchacha no volvió a respirar.
—Pero ¿y esas cosas bajo las que apareció aplastada?
—¡Ah, en ellas está el misterio! Su agresor debió de ser tan sutil como certero.
Y aun así Howard no mostró interés.
—Quiero telegrafiar a Haddam —declaró, al no responder nadie a la última observación. Haddam era el lugar donde él y su mujer habían pasado el verano.
—Ya hemos telegrafiado allí —observó el señor Gryce—. Su mujer todavía no ha vuelto.
—Hay otros sitios —insistió el otro con desafío—. Puedo encontrarla si me dan la oportunidad.
El señor Gryce se inclinó.
—Entonces debo dar orden de que se traslade este cuerpo al depósito de cadáveres.
Era una sugerencia inesperada y, por un instante, Howard demostró que tenía sentimientos como el que más. Pero se recobró enseguida y, evitando las miradas inquietas de su padre y de su hermano, respondió con una ligereza ofensiva:
—Eso no es asunto mío. Haga lo que crea conveniente.
Y el señor Gryce comprendió que le habían ganado un tanto y no supo si admirar al joven por su entereza o execrarlo por su brutalidad.
De lo que no dudaba el detective era de que aquella mujer a la que acababa de relegar con tanta despreocupación a la ignominia de las miradas del público era su esposa.