V. «NO ES NADIE A QUIEN CONOZCA»
Recibí a las señoritas Van Burnam con la cordialidad justa para demostrar que ningún motivo indigno me había llevado a invitarlas a mi casa.
Les cedí mi cuarto de invitados, pero las invité a sentarse en mi habitación delantera mientras sucediera algo interesante en la calle.
Sabía que les gustaría mirar por la ventana y, como aquella habitación puede presumir de un mirador con dos ventanas, había sitio para todas.
Desde donde estaba sentada podía oír de vez en cuando lo que decían, y aquello me parecía justo, porque, si la joven que había tenido un fin tan prematuro estaba relacionada de algún modo con ellas, sin duda era mejor que no se ocultara el hecho; y una de ellas, Isabella, es tan parlanchina…
El señor Van Burnam y su hijo habían vuelto a la casa contigua y, por lo que podíamos observar desde nuestro ventajoso puesto, se estaban haciendo preparativos para retirar el cadáver.
Mientras la multitud de abajo, dispersada por los policías un momento para volver a reunirse al siguiente, se agitaba y refunfuñaba en una espera continua y continuamente defraudada, oí que la voz de Caroline se elevaba en dos o tres frases breves.
—No encuentran a Howard, o ya habría venido. ¿La viste aquella vez que salíamos de Clark’s? Fanny Preston la vio y dijo que era guapa.
—No, no llegué a verla… —Un grito desde la calle.
—No puedo creerlo —fueron las siguientes palabras que oí—, pero Franklin tiene muchísimo miedo…
—¡Calla! O la ogresa… —Estoy segura de que la oí decir «ogresa»; pero lo que siguió quedó ahogado por otro fuerte murmullo, y no capté nada más hasta que Caroline, temblorosa y sobreexcitada, pronunció estas frases—: Si es ella, papá no volverá a ser el mismo.
¡Que haya muerto en nuestra casa! ¡Oh, ahí está Howard!
La interrupción fue rápida y brusca, y la siguieron un doble grito y un inquieto frufrú de ropas cuando las dos muchachas se pusieron en pie de un salto, ansiosas por atraer la atención de su hermano o quizá por transmitirle alguna advertencia.
Pero yo apenas les presté atención. Mis ojos estaban fijos en el coche en que había llegado Howard y que, debido a la ambulancia que había delante de la casa, se había detenido al otro lado de la calle.
Deseaba verlo bajar para juzgar si su figura me recordaba a la del hombre a quien había visto cruzar la acera la noche anterior.
Pero no bajó. Justo cuando puso la mano en la portezuela, media docena de hombres aparecieron en la escalinata de la casa vecina llevando una carga que se apresuraron a depositar en la ambulancia.
Al verla, se dejó caer hacia atrás y, cuando su rostro volvió a hacerse visible, estaba tan blanco que parecía ser el único rostro de la calle, aunque unas cincuenta personas permanecían allí mirando la casa, la ambulancia y a él.
Franklin Van Burnam debía de haber salido a la puerta con los demás; porque, no bien Howard mostró el rostro por segunda vez, vimos al primero bajar precipitadamente los escalones e intentar abrirse paso entre la multitud en un vano esfuerzo por llegar hasta su hermano.
El señor Gryce tuvo más éxito. No le costó atravesar la calle, y al cabo lo vi de pie junto al coche, intercambiando unas palabras con su ocupante.
Un instante después se apartó y, tras dirigirse al cochero, subió al coche con Howard y se alejaron rápidamente.
La ambulancia los siguió, así como parte de la multitud y, en cuanto pudieron conseguir un coche de alquiler, el señor Van Burnam y su hijo tomaron el mismo camino, dejándonos a las tres mujeres en un estado de incertidumbre que, en el caso de una de nosotras, terminó en una crisis nerviosa bastante parecida a un fallo del corazón.
Me refiero, por supuesto, a Caroline; Isabella y yo tardamos una buena media hora en devolverla a su estado normal y, una vez conseguido, Isabella se creyó en la obligación de ponerse histérica, lo cual, no siendo más que una débil imitación del estado de su hermana, afronté con severidad y curé frunciendo el ceño.
Cuando ambas estuvieron de nuevo en condiciones, me permití una observación.
—Cualquiera diría —comenté— que conocían a la joven que ha sido víctima de su propia insensatez en la casa de al lado.
Ante lo cual Isabella negó enérgicamente con la cabeza y Caroline observó:
—Ha sido la emoción, que ha podido conmigo. Nunca he tenido buena salud, y esta bienvenida a casa es tan espantosa… ¿Cuándo volverán padre y Franklin? Ha sido muy poco considerado irse sin decirnos una palabra de aliento.
—Probablemente no consideraron que la suerte de esta desconocida fuera un asunto de importancia para ustedes.
Las muchachas Van Burnam eran distintas de aspecto y de carácter, pero ambas mostraron el mismo azoramiento al oír aquello, bajando los ojos y comportándose de forma tan extraña que me vi obligada a preguntarme —sin muestra alguna de histeria, me complace decirlo— en qué acabaría todo aquel asunto y hasta qué punto me vería implicada antes de que saliera a la luz la verdad.
Durante la cena desplegaron lo que yo llamaría sus mejores modales de sociedad. Al verlo, adopté también mis modales de sociedad. Se ajustan a un modelo distinto del suyo, pero, a mi juicio, resultan igual de imponentes.
El resultado fue una comida sumamente ceremoniosa.
Había sacado mi mejor vajilla, pero no había añadido nada a mi menú habitual.
De hecho, había quitado algo. Se omitió un entrante del que mi cocinera se siente muy orgullosa.
¿Iba yo a permitir que aquellas orgullosas señoritas creyeran que me había esforzado por complacerlas?
No; prefería que me considerasen mezquina y enemiga del buen comer; así que el entrante quedó, como dicen los franceses, supprimé .
Por la noche vino su padre. Parecía muy abatido, y la mitad de su fanfarronería había desaparecido.
Llevaba un telegrama estrujado en la mano y hablaba muy deprisa.
Pero no me confió ninguno de sus secretos, y tuve que dar las buenas noches a las señoritas sin saber mucho más del asunto que nos absorbía que cuando había salido de su casa por la tarde.
Pero otros no eran tan ignorantes como yo.
Aquella tarde había tenido lugar una escena dramática y sumamente emocionante en la funeraria a la que habían trasladado el cuerpo de la desconocida, y, puesto que en más de una ocasión la he oído describir minuciosamente, procuraré transcribirla aquí con toda la imparcialidad de quien no estuvo presente.
Cuando el señor Gryce subió al coche en el que estaba sentado Howard, advirtió, en primer lugar, que el joven tenía miedo; y, en segundo, que no hacía ningún esfuerzo por ocultarlo.
Apenas había oído nada de labios del detective.
Sabía que lo buscaban por todas partes desde el mediodía y que lo necesitaban para identificar a una joven a la que habían encontrado muerta en casa de su padre, pero poco más le habían contado; y, sin embargo, no parecía sentir curiosidad ni se aventuró a expresar sorpresa alguna.
Se limitaba a aceptar la situación y a inquietarse por ella, sin mostrar deseos de hablar hasta muy cerca de su destino, cuando de pronto se rehízo y aventuró esta pregunta:
—¿Cómo se ha matado… esa joven, como usted la llama?
El detective, que en su larga carrera entre criminales y sospechosos había conocido a muchos hombres y se había encontrado en muchas situaciones, se animó ante aquella pregunta con buena parte de su antiguo brío.
Volviéndose más bien de espaldas al hombre que hacia él, se permitió un leve encogimiento de hombros y respondió serenamente:
—La encontraron debajo de un mueble pesado: el armario con los jarrones encima que, como recordará, estaba a la izquierda de la chimenea. Le había aplastado la cabeza y el pecho. Una forma de morir bastante singular, ¿no cree? En toda mi larga experiencia solo ha ocurrido una vez algo parecido.
—No creo lo que me dice —fue la asombrosa respuesta del joven—. Está intentando asustarme o burlarse de mí. Ninguna dama recurriría a un medio semejante para darse muerte.
—No he dicho que fuera una dama —replicó el señor Gryce, apuntándose mentalmente un tanto contra su incauto acompañante.
Un temblor recorrió el costado del joven allí donde rozaba al detective.
—No —murmuró—; pero deduje por sus palabras que no era una persona vulgar; o, de lo contrario —estalló con repentino ardor—, ¿por qué me exige que lo acompañe a verla? ¿Tengo acaso fama de relacionarme con mujeres que no sean damas?
—Discúlpeme —dijo el señor Gryce, con sombrío deleite ante la perspectiva que se desplegaba lentamente a sus ojos de uno de esos asuntos complicados en los que mentes como la suya se recrean de manera inconsciente—; no pretendía insinuar nada.
Le hemos pedido, como a su padre y a su hermano, que nos acompañe a la funeraria porque la identificación del cadáver es de suma importancia y hay que cumplir todas las formalidades que puedan garantizarla.
—¿Y ellos… mi padre y mi hermano, quiero decir… no la han reconocido?
—Sería difícil que la reconociera alguien que no la conociese bien.
Una expresión de horror cruzó las facciones de Howard Van Burnam que, si formaba parte de su actuación, demostraba que tenía un talento extraordinario para su papel .
Dejó caer la cabeza contra los cojines del coche y cerró los ojos un instante.
Cuando volvió a abrirlos, el coche se había detenido, y el señor Gryce, que, por supuesto, no había advertido su emoción, miraba por la ventanilla con una mano en la manilla de la puerta.
—¿Ya hemos llegado? —preguntó el joven con un estremecimiento—. Ojalá no hubiera considerado necesario que la viera. Sé que no encontraré nada familiar en ella.
El señor Gryce se inclinó, repitió que se trataba de una mera formalidad y siguió al joven al interior del edificio y después a la habitación donde yacía el cadáver.
Había allí un par de médicos y uno o dos funcionarios, en cuyos rostros buscó el joven algo parecido al aliento antes de dirigir los ojos hacia donde indicaba el detective.
Pero poco había en aquellas caras que pudiera tranquilizarlo y, apartándose bruscamente, cruzó la habitación con entereza y se colocó al lado del detective.
—Estoy seguro —empezó— de que no es mi mujer… —En ese momento retiraron la tela que cubría el cuerpo, y él dio un gran respingo de alivio—. Ya lo dije —observó fríamente—. No es nadie a quien conozca.
Su suspiro encontró un doble eco en la puerta. Al mirar en aquella dirección descubrió los rostros de su padre y de su hermano mayor, y se acercó a ellos con un aire tan aliviado que parecía otro hombre.
—Ya he dicho lo que tenía que decir —observó—. ¿Espero fuera hasta que ustedes hayan dicho lo suyo?
—Ya hemos dicho todo lo que teníamos que decir —respondió Franklin—. Hemos declarado que no reconocíamos a esta persona.
—Por supuesto, por supuesto —asintió el otro—. No entiendo por qué esperaban que la conociéramos. Alguna suicida vulgar que pensó que la casa estaba vacía… Pero ¿cómo entró?
—¿No lo sabe? —dijo el señor Gryce—. ¿Será posible que haya olvidado decírselo?
Pues le abrió por la noche un joven de estatura mediana —mientras hablaba, sus ojos recorrieron de arriba abajo la elegante figura del joven dandi que tenía delante—, que la dejó dentro y luego se marchó. Un joven que tenía una llave…
—¿Una llave ? Franklin, yo…
¿Fue una mirada de Franklin lo que lo hizo detenerse? Es posible, porque al llegar a aquel punto giró sobre sus talones y, alzando la cabeza con aire bastante alegre, exclamó:
—¡Pero no tiene importancia! La muchacha es una desconocida y, al decirlo, creo que hemos cumplido todas las exigencias de la ley y ya podemos olvidarnos del asunto. ¿Vas al club, Franklin?
—Sí, pero… —En ese momento el hermano mayor se acercó y le susurró algo al oído al otro, que, al oírlo, se volvió de nuevo hacia donde yacía la muerta.
Al advertir aquel movimiento, su inquieto padre se secó el sudor de la frente.
Silas Van Burnam había permanecido callado hasta entonces y parecía dispuesto a seguir así, pero observaba a su hijo menor con dolorosa atención.
—¡Tonterías! —escapó de los labios de Howard cuando su hermano terminó de hablarle; pese a ello, dio un paso hacia el cadáver, luego otro y otro, hasta encontrarse de nuevo a su lado.
Las manos no habían sufrido daño alguno, como hemos dicho, y en ellas se posaron ahora sus ojos.
—¡Son como las suyas! ¡Dios mío, son como las suyas! —murmuró, ensombreciéndose al instante—. Pero ¿dónde están los anillos? No se ve ningún anillo en estos dedos, y ella llevaba cinco, incluida la alianza.
—¿Está hablando de su mujer? —preguntó el señor Gryce, que se había acercado sigilosamente a su lado.
El joven fue cogido por sorpresa.
Se ruborizó intensamente, pero respondió con decisión y una gran apariencia de franqueza:
—Sí; mi mujer salió ayer de Haddam para venir a Nueva York y no la he visto desde entonces. Naturalmente, he tenido algunas dudas sobre si esta desdichada víctima podía ser ella. Pero no reconozco su ropa, no reconozco su figura; solo las manos me resultan familiares.
—¿Y el pelo?
—Es del mismo color que el suyo, pero es un color muy corriente. Nada de lo que veo me permite afirmar que esta sea mi mujer.
—Volveremos a llamarlo cuando el médico haya terminado la autopsia —dijo el señor Gryce—. Quizá tenga noticias de la señora Van Burnam antes de ese momento.
Pero aquella sugerencia no pareció traerle consuelo. El señor Van Burnam se alejó, pálido y desfallecido, para lo cual no le faltaban motivos, ciertamente, y, reuniéndose con su padre, trató de afrontar el momento con el aplomo de un hombre de mundo.
Pero los ojos de aquel padre estaban demasiado fijos en él; vaciló al sentarse y por fin habló con febril energía:
—¡Si es ella, Dios me sea testigo de que su muerte es un misterio para mí!
Últimamente hemos discutido más de una vez y a veces he perdido la paciencia con ella, pero no tenía ningún motivo para desearle la muerte; y estoy dispuesto a jurar, pese a esas manos, que ciertamente se parecen a las suyas, y a ese no sé qué al que Franklin llama parecido, que quien yace ahí es una desconocida y que su muerte en nuestra casa es una coincidencia.
—Bueno, bueno, esperaremos —respondió el detective con tono tranquilizador—. Siéntense en la habitación de enfrente y díganme qué desean cenar; me encargaré de que les sirvan una buena comida.
Los tres caballeros, sin ver manera de negarse, siguieron al discreto funcionario que iba delante de ellos, y la puerta de la habitación del médico se cerró sobre él y las pesquisas que se disponía a realizar.