IV. SILAS VAN BURNAM
—Por mucho que me necesiten en casa, no puedo conciliar con mi sentido del deber el marcharme todavía —confié al reportero, con lo que pretendía ser una adecuada muestra de sensatez y dominio de mí misma—; puede que el señor Van Burnam quiera hacerme algunas preguntas.
—Por supuesto, por supuesto —convino el otro—. Tiene usted toda la razón; me atrevería a decir que siempre tiene toda la razón.
Como no sabía lo que quería decir con aquello, fruncí el ceño, cosa siempre prudente ante la incertidumbre; es decir, si una desea mantener un aire de independencia y de aversión a la lisonja.
—¿No quiere sentarse? —sugirió—. Hay una silla al fondo del vestíbulo.
Pero no tuve necesidad de sentarme. Volvió a sonar el timbre de la puerta principal y, al mismo tiempo que esta se abría, se abrió la del salón y el señor Franklin Van Burnam apareció en el vestíbulo justo cuando entraba su padre, el señor Silas Van Burnam.
—¡Padre! —protestó, preocupado—. ¿No podía esperar?
El caballero de más edad, a quien evidentemente acababan de traer del vapor, se enjugó la frente con un gesto irascible que, debo decir, había observado en él otras veces y con mucho menos motivo.
—¿Esperar, con una multitud vociferante gritándome al oído que ha habido un asesinato, Isabella a mi lado pidiendo sales y Caroline en el asiento de enfrente, con ese tono azulado alrededor de la boca que tanto hemos aprendido a temer en un día tan caluroso como este?
No, señor, cuando algo va mal quiero saberlo, y aquí está claro que algo va mal. ¿Qué es? ¿Alguna de las… de Howard?
Pero el hijo, cogiéndome de la mano y haciéndome avanzar, interrumpió rápidamente la frase del anciano.
—¡La señorita Butterworth, padre! Ya sabe, nuestra vecina de al lado.
—¡Ah! ¡Hum! ¡Ja! La señorita Butterworth. ¿Cómo está usted, señora? ¿Qué —— hace aquí? —refunfuñó, no tan bajo que no oyera yo tanto el juramento como la alusión nada halagadora a mi persona.
—Si entra en el salón, se lo explicaré —instó el hijo—. Pero ¿qué ha hecho con Isabella y Caroline? ¿Las ha dejado en el coche, con esa turba gritando a su alrededor?
—He dicho al cochero que siguiera. A estas alturas deben de haber dado ya media vuelta a la manzana.
—Entonces entre aquí. Pero no se deje afectar demasiado por lo que va a ver. Ha ocurrido un triste accidente y debe estar preparado para ver sangre.
—¡Sangre! Oh, eso puedo soportarlo, si Howard…
El resto se perdió en el ruido de la puerta al cerrarse.
Y ahora, dirán ustedes, debería haberme marchado. Y tienen razón; pero ¿se habrían marchado ustedes, sobre todo estando el vestíbulo lleno de gente que no tenía nada que hacer allí?
Si lo hubieran hecho, entonces condénenme por haberme quedado unos minutos más.
Las voces del salón eran fuertes, pero pronto se apaciguaron; y cuando el dueño de la casa volvió a salir, mostraba un aire abatido que contrastaba con su furia al entrar tanto como el cambio que había observado en su hijo.
Estaba, de hecho, tan abstraído que no reparó en mí, aunque me encontraba justo en su camino.
—No dejes que venga Howard —le decía a su hijo con voz baja y pastosa—. Mantén a Howard alejado hasta que estemos seguros…
Estoy convencida de que, en ese momento, su hijo le apretó el brazo, porque se interrumpió de golpe y miró a su alrededor como ciego y aturdido.
—¡Oh! —exclamó con gran desagrado—. Esta es la mujer que vio…
—La señorita Butterworth, padre —intervino la voz inquieta de su hijo—. No intente hablar; lo que acaba de ver bastaría para trastornar a cualquier hombre.
—Sí, sí —tronó el anciano, captando sin duda alguna indicación en el tono o los modales del otro—.
Pero ¿dónde están las muchachas? Se morirán de miedo si no las tranquilizamos.
Se habían hecho a la idea de que el herido era su hermano Howard; y yo también, pero solo es alguna pobre vagabunda… alguna…
Parecía que no iban a permitirle terminar ninguna de sus frases, porque Franklin lo interrumpió entonces para preguntarle qué pensaba hacer con las muchachas. Desde luego, no podía hacerlas entrar allí.
—No —respondió el padre, pero con el aire distraído e inconsecuente de quien tiene el pensamiento en otra parte—. Supongo que tendré que llevarlas a algún hotel.
¡Ah, una idea! Me ruboricé al comprender la oportunidad que se me presentaba y tuve que esperar un momento para no hablar con demasiado entusiasmo.
—Permítanme cumplir con mi deber de vecina —rogué— y alojar esta noche a las señoritas. Mi casa está cerca y es tranquila.
—Pero las molestias que eso le ocasionará… —protestó el señor Franklin.
—Son justo lo que necesito para calmar mi agitación —respondí—. Me complacerá ofrecerles habitaciones para esta noche. Si a ellas les complace también aceptarlas…
—¡Tendrá que complacerles! —declaró el anciano—. No puedo andar de un lado a otro con ellas buscando habitaciones esta noche. La señorita Butterworth es muy amable; ve a buscar a las muchachas, Franklin; al menos quítamelas de la cabeza.
El joven se inclinó. Yo me incliné y, cuando por fin me retiraba de mi puesto junto a la escalera, sentí por tercera vez un tirón del vestido.
—¿Va a seguir manteniendo esa historia? —me susurró una voz al oído—. Eso del joven y la mujer que llegaron por la noche, ya sabe.
—¿Mantenerla? —susurré a mi vez, reconociendo a la mujer de la limpieza, que se había deslizado hasta mí desde algún lugar desconocido de la penumbra—. Pero si es verdad. ¿Por qué no iba a mantenerla?
Una risita difícil de describir, pero llena de significado, sacudió el brazo de la mujer mientras se apretaba contra mi costado.
—Oh, es usted de las buenas —dijo—. ¡No sabía que las hubiera tan buenas! —Y con otra risita llena de satisfacción y de una extraña especie de admiración que yo ciertamente no me había ganado, volvió a escabullirse entre las sombras.
Sin duda había algo en la actitud de aquella mujer ante el asunto que merecía atención.