El caso de la casa de al lado III. AMELIA SE DESCUBRE A SÍ MISMA #2
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III. AMELIA SE DESCUBRE A SÍ MISMA #2

Sobresaltada, porque una mano había aparecido por encima de mi hombro balanceando un par de guantes ante mis ojos, exclamé, con un tono algo demasiado triunfal, lo reconozco:

—¡Sí, sí, exactamente como esos! ¿Los ha recogido aquí? ¿Son los suyos?

—Usted dice que así deberían estar los suyos.

—Y lo repito.

—Entonces permítame felicitarla. Los hemos recogido aquí.

—Pero ¿dónde? —exclamé—. Creía haber examinado esta alfombra de arriba abajo.

Sonrió, no a mí, sino a los guantes, y se me ocurrió que tenía la impresión de estar volviendo del revés algo más que aquellos guantes. Por eso apreté los labios y decidí estar más en guardia.

—No tiene importancia —le aseguré—; todo eso saldrá a la luz en la investigación judicial.

El señor Gryce asintió y volvió a guardarse los guantes en el bolsillo. Con ellos pareció guardarse parte de su afabilidad y su paciencia.

—Ya habíamos examinado todos esos hechos antes de que usted entrara —dijo, afirmación que ruego se considere discutible.

El médico, que apenas había movido un músculo durante todo aquel coloquio, se levantó entonces de donde estaba arrodillado, junto a la cabeza de la muchacha.

—Tendré que solicitar la presencia de otro médico —dijo—. ¿Mandará buscar a uno de su oficina, juez Dahl?

Ante lo cual yo retrocedí y el juez forense se adelantó, aunque al pasar junto a mí dijo:

—La investigación judicial se celebrará pasado mañana en mi oficina. Esté preparada para asistir. La considero uno de mis principales testigos.

Le aseguré que estaría presente y, obedeciendo una indicación de su dedo, me retiré de la habitación; pero aún no salí de la casa.

Un hombre erguido y delgado, de cabeza muy pequeña, pero de mirada muy viva, estaba apoyado en el arranque de la barandilla del vestíbulo y, al verme, se incorporó con tal presteza que comprendí que tenía algo que tratar conmigo y esperé a que hablase.

—¿Es usted la señorita Butterworth? —preguntó.

—Lo soy, señor.

—Y yo soy reportero del New York World . ¿Me permitiría…?

¿Por qué se detuvo? Yo no había hecho más que mirarlo. Pero se detuvo, y eso es mucho decir de un reportero del New York World .

—Desde luego, estoy dispuesta a contarle lo que he contado a todos los demás —intervine, considerando preferible no ganarme la enemistad de un joven tan juicioso; y, al verlo animarse, le relaté cuanto juzgaba conveniente que supiera el público en general.

Estaba a punto de seguir mi camino cuando, pensando que un favor merece otro, me detuve y le pregunté si creía que dejarían a la muchacha muerta toda la noche en aquella casa.

Respondió que no lo creía. Que algún tiempo antes habían enviado un telegrama al joven señor Van Burnam y que solo esperaban su llegada para llevársela.

—¿Se refiere a Howard? —pregunté.

—¿Es el mayor?

—No.

—Han llamado al mayor, al que ha estado alojándose en Long Branch.

—Entonces, ¿cómo pueden esperarlo tan pronto?

—Porque está en la ciudad. Parece que su padre regresa en el New York y, como está previsto que llegue hoy, Franklin Van Burnam ha venido a Nueva York para recibirlo.

«¡Hum! —pensé—. Se avecinan momentos animados». Y por primera vez me acordé de mi cena y de las órdenes que no había dado sobre unas cortinas que debían colgarse aquel día, y de todas las demás razones que tenía para estar en casa.

Debí de dejar traslucir mis sentimientos, por mucho que me enorgullezca de mi impasibilidad en cualquier circunstancia, porque él me ofreció inmediatamente el brazo y se brindó a guiarme entre la multitud hasta mi casa; y estaba a punto de aceptarlo cuando el timbre sonó con tal estridencia que nos detuvimos involuntariamente.

—Un nuevo testigo o un telegrama para el juez forense —me susurró el reportero al oído.

Traté de parecer indiferente y, sin duda, lo conseguí bastante bien, pues añadió después de mirarme el rostro con disimulo:

—¿No desea quedarse un poco más?

No contesté, pero creo que mi dignidad le impresionó. ¿No comprendía que sería el colmo de la mala educación salir precipitadamente delante de quien estuviera entrando?

Un agente abrió la puerta y, cuando vimos quién estaba allí, estoy segura de que el reportero, al igual que yo, agradeció que hubiéramos escuchado los dictados de la cortesía. Era el joven señor Van Burnam: Franklin, me refiero al mayor y más respetable de los dos hijos.

Estaba sofocado y agitado, y parecía desear aniquilar a la multitud que lo empujaba en su propia escalinata. Al entrar lanzó una mirada furiosa hacia atrás, y entonces vi que al otro lado de la calle había un coche cargado de equipaje y deduje que no había regresado solo a casa de su padre.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué significa todo esto? —fueron las palabras que nos lanzó cuando se cerró la puerta a sus espaldas y se encontró cara a cara con media docena de desconocidos, entre los que el reportero y yo destacábamos de forma notoria.

El señor Gryce, que apareció de pronto de alguna parte, fue quien le respondió.

—Un suceso doloroso, señor. Han encontrado aquí a una muchacha muerta, aplastada bajo uno de los armarios del salón.

—¡Una muchacha! —repitió. (¡Cuánto me alegré de haber sido educada para no transgredir jamás los principios de la cortesía!)—. ¿Aquí, en esta casa cerrada? ¿Qué muchacha? Querrá decir una mujer mayor, ¿no? La limpiadora o alguien…

—No, señor Van Burnam, queremos decir exactamente lo que hemos dicho, aunque quizá debería llamarla señorita. Va vestida muy a la moda.

—¡El…! —La verdad es que no puedo repetir públicamente la palabra que empleó el señor Van Burnam. Lo disculpé en aquel momento, pero no voy a perpetuar su descuido en estas páginas.

—Sigue tendida tal como la encontramos —prosiguió el señor Gryce con su tono tranquilo, casi paternal—. ¿No quiere echarle una mirada? Quizá pueda decirnos quién es.

—¿Yo? —El señor Van Burnam pareció escandalizado—. ¡Cómo voy a conocerla! Alguna ladrona, probablemente, que se ha matado al hurgar en la propiedad ajena.

—Tal vez —dijo lacónicamente el señor Gryce; lo cual me enfadó tanto, por cuanto tendía a engañar a mi apuesto joven vecino, que no pude resistirme a hacer lo que había decidido firmemente no hacer: adelantarme e intervenir en la conversación.

—¿Cómo puede decir eso —exclamé—, cuando entró aquí gracias a un joven que le abrió con llave a medianoche y después la dejó consumirse de pena completamente sola en esta enorme casa?

He causado sensación en mi vida, pero nunca de forma tan marcada como entonces.

En un instante todas las miradas se posaron en mí, salvo la del detective.

La suya estaba fija en la figura que coronaba el arranque de la barandilla, y era una mirada de una severidad acerba, aunque enseguida se volvió cautelosa cuando el joven se acercó a mí y preguntó impetuosamente:

—¿Quién habla así? Pero ¡si es la señorita Butterworth! Señora, me temo que no he comprendido del todo lo que ha dicho.

Repetí, pues, mis palabras, esta vez con mucha calma, pero con claridad, mientras el señor Gryce seguía mirando ceñudo a la figura de bronce que había elegido como confidente.

Cuando terminé, el semblante del señor Van Burnam había cambiado, y también sus modales.

Se mantenía tan erguido como antes, pero sin tanta arrogancia.

También mostraba prisa e impaciencia, pero no la misma clase de prisa ni exactamente la misma clase de impaciencia.

Las comisuras de los labios del señor Gryce delataron que advertía aquel cambio, pero no apartó la vista del poste de la barandilla.

—Lo que acaba de contarme es una circunstancia extraordinaria —observó el señor Van Burnam, haciéndome la primera reverencia que jamás había recibido de él—.

No sé qué pensar. Pero sigo sosteniendo que se trata de alguna ladrona.

¿Ha dicho que ha muerto? ¿Está muerta de verdad?

Pues habría dado quinientos dólares por que esto no hubiera ocurrido en esta casa.

Se había ido acercando a la puerta del salón y entonces entró. El señor Gryce se puso a su lado inmediatamente.

—¿Van a cerrar la puerta? —le susurré al reportero, que no se perdía detalle, como yo.

—Me temo que sí —murmuró.

Y la cerraron. El señor Gryce debía de estar harto de mis intromisiones y había resuelto dejarme fuera; pero alcancé a oír unas palabras y a entrever el rostro del señor Van Burnam antes de que se cerrara la pesada puerta.

Las palabras fueron: «¡Oh, está tan mal!

¿Cómo va a reconocerla nadie…?». Y lo que entreví…

Bueno, lo que entreví me demostró que estaba mucho más profundamente alterado de lo que deseaba aparentar, y cualquier agitación extraordinaria por su parte contradecía de lleno la misma frase que estaba pronunciando.