III. AMELIA SE DESCUBRE A SÍ MISMA
En el extremo de la mansión de los Van Burnam hay una habitación pequeña.
En ella me refugié después de mi entrevista con el señor Gryce.
Mientras escogía la silla que más me convenía y me acomodaba para entregarme a una tranquila conversación con mis propios pensamientos, me sorprendió descubrir cuánto estaba disfrutando, pese a los mil y un deberes que me esperaban al otro lado de la medianera.
Incluso aquella soledad era bienvenida, pues me daba ocasión de reflexionar sobre el asunto.
Hasta aquella misma hora no había sabido que poseyera ningún don especial.
Mi padre, que era un hombre perspicaz de la vieja escuela de Nueva Inglaterra, dijo más veces de las que yo tengo años —lo cual no era decirlo tan a menudo como algunos puedan pensar— que Araminta —el nombre con que me bautizaron y el que encontrarán en el registro de la Biblia familiar, aunque yo firmo Amelia e insisto en que me llamen Amelia, por ser, o al menos así lo espero, una mujer sensata y no el compendio de sentimentalismo anticuado que sugiere el primer apelativo—, que Araminta llegaría a dejar huella; aunque nunca me explicó en qué, pues, como he observado, era un hombre perspicaz y, por tanto, poco propenso a comprometerse irreflexivamente.
Ahora sé que tenía razón; mis pretensiones datan del momento en que descubrí que aquel asunto, tan sencillo a primera vista y tan complicado a la segunda, había despertado en mí una fiebre investigadora que ningún razonamiento conseguía aplacar.
Aunque tenía en la cabeza otras cuestiones más personales, mis pensamientos solo se detenían en los detalles de aquella tragedia; y, como creía haber observado algunos hechos relacionados con ella de los que podían extraerse conclusiones, me entretuve anotándolos al dorso de una cuenta del tendero, cuyo importe discutía, que encontré por casualidad en el bolsillo.
Carentes de valor para explicar la tragedia, por estar fundadas en pruebas insuficientes, acaso resulten interesantes como muestra del funcionamiento de mi mente incluso en aquella fase tan temprana del asunto. Las organicé bajo tres epígrafes.
Primero: ¿había sido un accidente la muerte de aquella joven?
Segundo: ¿había sido un suicidio?
Tercero: ¿había sido un asesinato?
Bajo el primer epígrafe escribí:
Mis razones para no considerarlo un accidente.
Si hubiera sido un accidente y ella se hubiese echado el armario encima, la habrían encontrado con los pies orientados hacia la pared donde había estado el mueble.
(Pero tenía los pies hacia la puerta y la cabeza debajo del armario.)
La decorosa, incluso escrupulosa, disposición de la ropa en torno a sus pies, que excluye cualquier hipótesis de accidente.
Bajo el segundo:
Razón para no considerarlo un suicidio.
No podría haber sido encontrada en aquella postura sin haberse tendido viva en el suelo para luego volcarse encima los estantes.
(Hipótesis evidentemente demasiado improbable para tenerla en cuenta.)
Bajo el tercero:
Razón para no considerarlo un asesinato.
Habría sido necesario sujetarla contra el suelo mientras se volcaba el armario sobre ella, cosa que la plácida posición de sus manos y sus pies hacía parecer imposible.
A esto añadí:
Razones para aceptar la hipótesis del asesinato.
El hecho de que no entrara sola en la casa; que un hombre entrase con ella, permaneciese diez minutos y después volviera a salir y desapareciera calle arriba con todas las señales de tener prisa y un vivo deseo de alejarse del lugar.
La puerta principal, que había abierto con llave al entrar, no fue cerrada con llave a su salida, sino que quedó sujeta por el resbalón. Sin embargo, aunque podía haber vuelto a entrar con tanta facilidad, no mostró intención de regresar.
La disposición de las faldas, que revela el contacto de una mano cuidadosa después de la muerte.
Nada claro, como ven. Dudaba de todo; y, sin embargo, mis sospechas se inclinaban sobre todo hacia el asesinato.
Había almorzado antes de intervenir en aquel asunto, lo cual fue una suerte, porque no me llamaron hasta las tres para que me presentara ante el juez forense, de cuya llegada había tenido noticia algún tiempo antes.
Se encontraba en el salón delantero, donde yacía la muchacha muerta, y al dirigirme hacia allí experimenté las mismas sensaciones de desfallecimiento que habían estado a punto de dominarme en la ocasión anterior. Pero las vencí y me había recobrado por completo antes de cruzar el umbral.
Había varios caballeros presentes, pero de todos ellos solo reparé en dos: uno a quien tomé por el juez forense y el otro mi reciente interlocutor, el señor Gryce. Por la animación que se advertía en este último, deduje que el caso iba ganando interés desde el punto de vista detectivesco.
—Ah, ¿y esta es la testigo? —preguntó el juez forense cuando entré en la habitación.
—Soy la señorita Butterworth —respondí serenamente—. Amelia Butterworth. Vivo en la casa de al lado y estaba presente cuando se descubrió el cuerpo de esta pobre asesinada.
—¿Asesinada? —repitió—. ¿Por qué dice asesinada?
Por toda respuesta, saqué del bolsillo la cuenta en la que había garabateado mis conclusiones sobre el asunto.
—Lea esto —dije.
Visiblemente sorprendido, tomó el papel de mi mano y, tras dirigirme algunas miradas curiosas, condescendió a hacer lo que le pedía. El resultado fue una extraña mirada de admiración, no exenta de renuencia, dirigida hacia mí, y la rápida entrega del papel al detective.
Este, que había cambiado su fragmento de porcelana por un lápiz muy gastado y lleno de dentelladas, le dedicó a este último un ceño caprichoso antes de guardárselo en el bolsillo. Luego leyó mis apresurados garabatos.
—¡Dos Richmond en el campo de batalla! —comentó el juez forense, con una risita taimada—. Me temo que tendré que rendirme ante sus fuerzas aliadas. Señorita Butterworth, vamos a levantar el armario; ¿cree que podrá soportar lo que vea?
—Puedo soportarlo todo cuando está en juego la causa de la justicia —respondí.
—Muy bien, entonces siéntese, por favor. La llamaré cuando se vea el cuerpo entero.
Y, adelantándose, dio orden de retirar el reloj y la porcelana rota que rodeaban el cadáver.
Mientras dejaban el primero en un extremo de la repisa de la chimenea, alguien observó:
—¡Qué testigo tan valioso habría sido ese reloj si hubiera estado en marcha cuando cayeron los estantes!
Pero resultaba tan patente que llevaba meses parado que nadie respondió siquiera; y el señor Gryce ni siquiera lo miró. Aunque todos habíamos visto que las agujas marcaban las cinco menos tres minutos.
Me habían pedido que me sentara, pero me resultaba imposible. Al lado del detective, contemplé cómo volvían a colocar aquel pesado mueble contra la pared y cómo quedaba lentamente al descubierto la parte superior del cuerpo, oculta durante tanto tiempo.
Que no me derrumbase demuestra que la profecía de mi padre no carecía de cierto fundamento razonable; porque aquel espectáculo habría puesto a prueba los nervios más firmes y despertado la compasión del corazón más duro.
El juez forense, al cruzarse nuestras miradas, señaló interrogativamente a la pobre criatura.
—¿Es esta la mujer a la que vio entrar aquí anoche?
Bajé la vista hacia su vestido, reparé en la corta capa de verano anudada al cuello con un elaborado lazo de cinta y asentí.
—Recuerdo la capa —dije—. Pero ¿dónde está su sombrero?
Llevaba uno. A ver si puedo describirlo.
—Cerrando los ojos, traté de evocar la tenue silueta de su figura mientras le tendía el dinero al cochero; y lo conseguí hasta el punto de que un instante después estaba en condiciones de afirmar que su sombrero parecía de fieltro blando, con una pluma o un lazo de cinta que sobresalía, erguido, de un lado de la copa.
—Entonces queda establecido que esta mujer es la misma a la que vio entrar aquí anoche —observó el detective, inclinándose y sacando de debajo del cuerpo de la pobre muchacha un sombrero lo bastante parecido al que acababa de describir para convencer a todos de que era el mismo.
—Como si pudiera haber alguna duda —empecé.
Pero el juez forense, explicándome que se trataba de una simple formalidad, me indicó que me apartase para dejar sitio al médico, que parecía deseoso de acercarse al lugar donde yacía la muerta. Estaba a punto de hacerlo cuando se me ocurrió algo de pronto y tendí la mano hacia el sombrero.
—Déjeme mirarlo un momento —dije.
El señor Gryce me lo entregó de inmediato y lo examiné bien por dentro y por fuera.
—Está bastante aplastado —observé— y no presenta un aspecto muy nuevo, pero, aun así, solo se ha usado una vez.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó el juez forense.
—Que se lo explique el otro Richmond —respondí secamente, devolviéndoselo al detective.
A mi alrededor se oyó un murmullo; no me esforcé en determinar si era de diversión o de desagrado. Estaba descubriendo algo por mí misma y no me importaba lo que pensaran de mí.
—Tampoco ha usado mucho este vestido —continué—; pero no puede decirse lo mismo de los zapatos.
No son viejos, pero han conocido la acera, y eso es más de lo que puede decirse del bajo de este vestido.
No lleva guantes; por tanto, transcurrieron unos minutos antes de la agresión: los suficientes para que se los quitara.
—¡Mujer lista! —susurró una voz a mi oído, una voz entre admirativa y sarcástica que no tuve dificultad en atribuir al señor Gryce—. Pero ¿está segura de que los llevaba? ¿Se fijó en si tenía la mano enguantada cuando entró en la casa?
—No —respondí con franqueza—; pero una mujer tan bien vestida no entraría sin guantes en una casa como esta.
—Era una noche calurosa —sugirió alguien.
—No me importa. Encontrarán sus guantes igual que han encontrado su sombrero; y los encontrarán con los dedos del revés, tal como se los quitó. Eso es todo lo que estoy dispuesta a conceder al calor.
—Como estos, por ejemplo —intervino una voz tranquila.