II. PREGUNTAS
Al hacerlo, pude oír el murmullo de la multitud que, fuera, se agitaba y avanzaba a la primera señal de que iban a abrir la puerta; pero aquel ruido, por fuerte que sonara tras el silencio de la casa cerrada, no me distrajo tanto que dejara de advertir que el caballero que había salido la noche anterior no había cerrado con llave y que, por tanto, solo estaba echado el resbalón.
Bastó girar el pomo para que la puerta se abriera y me mostrara al tropel de muchachos que gritaban y a dos caballeros que aguardaban en el umbral a que los dejasen pasar.
Fruncí el ceño a la turba y sonreí a los caballeros, uno de los cuales era corpulento y de aspecto bonachón, y el otro delgado, con un punto de severidad en el semblante.
Pero, por alguna razón, aquellos caballeros no parecieron apreciar el honor que les había dispensado, pues ambos me dirigieron una mirada de disgusto tan extraña y poco cordial que me envaré un tanto, aunque enseguida recobré mi actitud habitual.
¿Comprendieron a primera vista que estaba destinada a ser una espina en el costado de cuantos se ocuparan de aquel asunto durante los días siguientes?
—¿Es usted la mujer que llamó desde la ventana? —preguntó el más corpulento de los dos, cuyo cometido allí me costó determinar al principio.
—Lo soy —respondí con absoluto dominio de mí misma—. Vivo en la casa de al lado, y mi presencia aquí se debe al solícito interés que siempre me tomo por mis vecinos. Tenía motivos para pensar que no todo marchaba como debía en esta casa, y no me equivocaba. Miren en el salón, señores.
Ya habían llegado al umbral de aquella habitación y no necesitaron más estímulo para entrar.
El hombre más grueso pasó primero, seguido del otro, y pueden estar seguros de que yo no me quedé muy atrás.
El espectáculo que se ofrecía a nuestros ojos era bastante espantoso, como ya saben; pero aquellos hombres debían de estar acostumbrados a tales espectáculos, porque apenas mostraron emoción.
—Creía que esta casa estaba vacía —observó el segundo caballero, que evidentemente era médico.
—Y lo estuvo hasta anoche —tercié; y estaba a punto de contar mi historia cuando sentí un tirón en las faldas.
Al volverme, descubrí que la advertencia procedía de la limpiadora, que estaba pegada a mí.
—¿Qué quiere? —pregunté, sin comprenderla y sin tener nada que ocultar.
—¿Yo? —balbució con aire asustado—. Nada, señora, nada.
—Entonces no me interrumpa —la reprendí con aspereza, molesta por una injerencia que tendía a poner en duda mi franqueza—.
Esta mujer ha venido a fregar y a limpiar —expliqué entonces—; hemos podido entrar en la casa gracias a la llave que llevaba.
No había hablado con ella en mi vida hasta hace media hora.
Ante lo cual, con una sutileza que estaba muy lejos de esperar en alguien de su aspecto, dio otro rumbo a sus emociones y, señalando a la muerta, exclamó impetuosamente:
—¡Pero esa pobre muchacha! ¿No van a quitarle esas cosas de encima? Es una crueldad dejarla debajo de todo eso. ¡Y si aún estuviera viva!
—¡Oh! No hay ninguna esperanza de eso —murmuró el médico, levantándole una mano y dejándola caer de nuevo.
—Aun así… —Lanzó una mirada de soslayo a su compañero, que asintió significativamente—. Convendría levantar este armario lo suficiente para que pueda ponerle la mano en el corazón.
Así lo hicieron; y el médico, inclinándose, apoyó la mano sobre el pobre pecho magullado.
—No hay vida —murmuró—. Lleva varias horas muerta. ¿Cree que deberíamos dejarle libre la cabeza? —prosiguió, alzando los ojos hacia el hombre corpulento que tenía al lado.
Pero este, que se iba poniendo serio por momentos, hizo una leve objeción con el dedo y, volviéndose hacia mí, preguntó con repentina autoridad:
—¿Qué quería decir cuando ha afirmado que la casa había estado vacía hasta anoche?
—Exactamente lo que he dicho, señor. Estaba vacía hasta eso de medianoche, cuando dos personas…
—Otra vez sentí un tirón del vestido, ahora muy cauteloso.
¿Qué quería aquella mujer? Sin atreverme a mirarla, pues aquellos hombres estaban demasiado dispuestos a ver mala intención en todo lo que yo hacía, aparté suavemente la falda y di un paso a un lado, prosiguiendo como si no hubiera habido interrupción—.
¿He dicho personas? Debí decir que un hombre y una mujer llegaron en coche a la casa y entraron. Los vi desde mi ventana.
—¿Los vio? —murmuró mi interlocutor, a quien ya había decidido atribuir la condición de detective—. Y supongo que esta es la mujer —prosiguió, señalando a la pobre criatura que yacía ante nosotros.
—Pues sí, por supuesto. ¿Quién otra puede ser? No le vi la cara anoche, pero era joven y ágil, y subió alegremente los escalones.
—¿Y el hombre? ¿Dónde está el hombre? No lo veo aquí.
—No me extraña. Se marchó muy poco después de llegar, ni diez minutos más tarde, diría yo. Eso fue lo que me alarmó y me llevó a hacer que se investigara la casa. No parecía natural, ni propio de ninguno de los Van Burnam, dejar a una mujer sola para pasar la noche en una casa tan grande.
—¿Conoce usted a los Van Burnam?
—No mucho. Pero eso no importa. Sé lo que se dice de ellos; son unos caballeros.
—Pero el señor Van Burnam está en Europa.
—Tiene dos hijos.
—¿Viven aquí?
—No; el soltero pasa las noches en Long Branch y el otro está con su mujer en algún lugar de Connecticut.
—¿Cómo entró anoche la joven pareja que vio? ¿Había alguien aquí para abrirles?
—No; el caballero tenía una llave.
—Ah, tenía una llave.
Más tarde recordé el tono en que había pronunciado aquellas palabras, pero en aquel momento me impresionó mucho más un sonido peculiar que oí detrás de mí, algo entre un jadeo y un chasquido de garganta que sabía que procedía de la mujer de la limpieza y que, por extraño y contradictorio que parezca, me sonó a una expresión de satisfacción, aunque no podía imaginar qué había en mis palabras que pudiera satisfacer a aquella pobre criatura.
Moviéndome para verle la cara, continué con el adusto aplomo propio de mi carácter:
—Y cuando salió se alejó a buen paso. El coche no lo había esperado.
—¡Ah! —murmuró de nuevo el caballero, recogiendo uno de los fragmentos de porcelana que había esparcidos por el suelo, mientras yo estudiaba el rostro de la limpiadora, que, para mi asombro, mostraba una confusión de emociones completamente inexplicable para mí.
Quizá el señor Gryce lo advirtiera también, porque se dirigió a ella de inmediato, aunque siguió mirando el fragmento de porcelana que tenía en la mano.
—¿Y cómo es que está usted limpiando la casa? —preguntó—. ¿Va a volver la familia?
—Sí, señor —respondió ella, disimulando sus emociones con gran habilidad en cuanto comprendió que la atención se dirigía hacia su persona, y hablando con una locuacidad repentina que nos dejó a todos mirándola—.
Se los espera cualquier día de estos. No lo supe hasta ayer…
¿Fue ayer? No, anteayer, cuando el señorito Franklin —es el hijo mayor, señor, y un hombre muy amable, muy amable— me mandó decir por carta que tenía que preparar la casa.
No es la primera vez que lo hago para ellos, señor, y, en cuanto pude conseguir del administrador la llave del sótano, vine aquí y trabajé todo el día de ayer, fregando los suelos y quitando el polvo.
Habría vuelto a hacerlo esta mañana si mi marido no hubiese estado enfermo.
Pero tuve que ir al dispensario a por medicinas, y era mediodía cuando llegué, y entonces me encontré a esta señora fuera con un policía; una señora muy amable, muy amable de veras, señor, a quien presento mis respetos —y me hizo una reverencia, nada menos, como una campesina en una obra de teatro—; y me quitaron la llave, y el policía abre la puerta, y él y yo subimos y entramos en todas las habitaciones, y cuando llegamos a esta…
Se estaba alterando tanto que apenas se la entendía.
Se interrumpió bruscamente y se puso a manosear el delantal con nerviosismo, mientras yo me preguntaba cómo podía haber estado trabajando en aquella casa el día anterior sin que yo lo supiera.
De pronto recordé que por la mañana había estado indispuesta y por la tarde ocupada en el orfanato; algo aliviada al encontrar tan excelente excusa para mi ignorancia, alcé la mirada para ver si el detective había advertido algo extraño en el comportamiento de aquella mujer.
Era de suponer que sí; pero, como tenía más experiencia que yo en la susceptibilidad de las personas ignorantes ante el peligro y la desgracia, le daba menos importancia que yo, de lo cual me alegré en secreto sin saber muy bien por qué.
—El jurado del juez forense la necesitará como testigo —le observó entonces, como si se estuviese dirigiendo al trozo de porcelana al que daba vueltas en la mano—.
¡Vamos, nada de tonterías! —protestó, cuando ella empezó a temblar y a suplicar—.
Usted fue la primera en ver a esta mujer muerta, y tendrá que estar presente para decirlo.
Como no puedo decirle cuándo se celebrará la investigación judicial, será mejor que se quede por aquí hasta que llegue el juez forense.
Vendrá pronto. Usted, y esta otra mujer también.
Por «esta otra mujer» se refería a mí , a la señorita Butterworth, de ascendencia colonial y de importancia nada desdeñable en el mundo social.
Pero, aunque no me agradó que se me equiparase tan a la ligera con aquella pobre mujer de la limpieza, procuré no mostrar desagrado, pues razoné que, como testigos, éramos iguales ante la ley y que él nos consideraba únicamente desde ese punto de vista.
Había algo en los modales de ambos caballeros que me convenció de que, aunque consideraban deseable mi presencia en la casa, no la deseaban especialmente en la habitación.
Por eso me retiraba de mala gana cuando sentí en el brazo un toque leve, pero imperioso, y, al volverme, vi al detective a mi lado, todavía absorto en su trozo de porcelana.
Era, como he dicho, corpulento y de aspecto benévolo; un hombre de aire paternal, en absoluto de los que se suelen asociar con la policía. Sin embargo, asumía el mando con gran naturalidad, y cuando hablaba me sentía obligada a responderle.
—¿Tendría la bondad, señora, de contarme de nuevo lo que vio anoche desde su ventana? Es probable que me encargue de este asunto, y me agradaría escuchar cuanto tenga usted que decir al respecto.
—Me llamo Butterworth —le indiqué cortésmente.
—Y yo me llamo Gryce.
—¿Detective?
—Exactamente.
—Debe de considerar este asunto muy grave —me aventuré.
—Una muerte violenta siempre es grave.
—Quiero decir que debe de considerar esta muerte algo más que un accidente.
Su sonrisa pareció decir: «Hoy no sabrá usted lo que pienso».
«Y usted tampoco sabrá hoy lo que pienso yo», repliqué para mis adentros; pero no dije nada en voz alta, porque aquel hombre tenía setenta y cinco años si tenía uno, y a mí me habían enseñado a respetar la edad, respeto que llevaba practicando cincuenta años y más.
Debí de dejar traslucir lo que me pasaba por la cabeza, y él debió de verlo reflejado en la pulida superficie de la porcelana que contemplaba, porque en sus labios apareció la sombra de una sonrisa lo bastante sarcástica como para hacerme comprender que estaba lejos de ser tan bonachón como indicaba su semblante.
—Vamos, vamos —dijo—, ya está aquí el juez forense. Diga lo que tenga que decir, como la mujer honrada y franca que parece ser.
—No me gustan los cumplidos —espeté. En efecto, siempre me han resultado odiosos. ¡Como si hubiera algún mérito en ser honrada y franca, o alguna distinción en que se lo dijeran a una!
—Soy la señorita Butterworth y no estoy acostumbrada a que me hablen como si fuera una simple campesina —objeté—. Pero repetiré lo que vi anoche, puesto que no es ningún secreto, y contarlo no me perjudicará y puede ayudarle a usted.
Así pues, volví a relatar la historia entera y fui bastante más locuaz de lo que había pretendido, tan persuasivos eran sus modales y tan pertinentes sus preguntas.
Pero ninguno de los dos abordó un tema: la peculiar actitud de la mujer de la limpieza.
Tal vez a él no le hubiera parecido peculiar y tal vez a mí tampoco debiera habérmelo parecido, pero, gracias al silencio que se guardó al respecto, tuve la sensación de haber adquirido sobre él una ventaja que podía tener consecuencias de no poca importancia.
¿Habría sentido lo mismo, o me habría felicitado tanto por mi supuesta superioridad, de haber sabido que era el hombre que había llevado el caso Leavenworth y que, en su juventud, había vivido aquella extraordinaria aventura en la escalera del Heart’s Delight?
Tal vez sí; porque, aunque no he tenido aventuras, me siento capaz de tenerlas y, en cuanto a la singular perspicacia que pudiera haber demostrado en su larga y azarosa carrera, es una cualidad que otros pueden compartir con él, como espero poder demostrar antes de terminar estas páginas.