El Cartero Capítulo 22. Veredicto #5
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Capítulo 22. Veredicto #5

La sala estaba llena. La galería estaba llena.

Ashby en su sitio, en la primera fila, con el abrigo de cachemir y las manos sobre el puño del paraguas.

La señora Fenn en su esquina, junto a la columna, con el bolso en las rodillas, y Doreen a su lado, cogiéndole la mano.

Owen y Malcolm en el banco de abajo, detrás de Peter Lunn, el uno junto al otro, sin mirarse.

Shaw en la fila de la prensa, con la libreta abierta y el bolígrafo quieto.

Encima de la puerta por la que entraba el jurado, en la pared de madera oscura, había un reloj redondo, blanco, con números negros, de los de las estaciones de tren. Lo había mirado diecisiete días sin verlo.

Lo vi entonces.

Las doce menos tres minutos.

Entraron en fila. Se sentaron en sus bancos, despacio, sin mirarme. Todos sin mirarme. Así se sabe. Lo sabe cualquier policía con más de cinco años en el oficio, cualquier abogado, cualquier preso. Si un jurado vuelve y te mira, puedes respirar. Si vuelve y no te mira, ya está.

No me miraron.

El secretario del tribunal, un hombre pequeño con peluca y gafas de media luna, se levantó.

—¿Quiere ponerse en pie el portavoz del jurado?

Se levantó la mujer de las perlas.

Las doce menos uno.

—En el primer cargo, el asesinato de Harold Beck, ¿consideran ustedes al acusado culpable o no culpable?

La mujer de las perlas miró el papel que tenía en la mano. Le temblaba un poco el papel. Luego levantó la vista. No hacia mí. Hacia el juez.

—Culpable.

La aguja grande del reloj se movió. Un clic pequeño, seco, que no oyó nadie más que yo.

Las doce.

—En el segundo cargo, el asesinato de la doctora Ruth Kavanagh, ¿consideran ustedes al acusado culpable o no culpable?

—Culpable.

—En el tercer cargo, el homicidio del inspector jefe Graham Whitlock, ¿consideran ustedes al acusado culpable o no culpable?

—Culpable.

—¿Y es ese el veredicto de todos ustedes?

—Sí.

⁂

No hubo silencio esta vez.

Hubo ruido. Mucho. Un grito en la galería, de mujer, que no sé de quién era.

Un murmullo que subía y bajaba como el mar.

Los periodistas levantándose a la vez, como una bandada, corriendo hacia la puerta, hacia los teléfonos del pasillo.

El juez pidiendo silencio con la mano levantada, sin conseguirlo.

Owen, en el banco de abajo, de pie, con las dos manos en la cabeza, gritándole algo a Thorne que se perdió en el ruido.

Malcolm sujetándole del brazo, tirando de él hacia abajo.

Lo oí todo.

Busqué a Ashby con los ojos.

Estaba en su sitio. No se había levantado.

No sonreía. Tenía los ojos cerrados y la cara vuelta un poco hacia arriba, hacia las lámparas de globo blanco, como un hombre que espera algo que tenía que llegar y que no llega.

Lo esperó un momento. Luego abrió los ojos, despacio, y me miró, y vi que no había llegado.

Que no había llegado nada. Que tenía la misma cara que en el vestíbulo de Harrogate, con la lámpara de cristal encima, y que la iba a tener siempre.

Me dio pena. No sé si se lo creerá alguien. Me dio pena.

Y en la esquina, junto a la columna, la señora Fenn se había puesto de pie.

Sola. Con el bolso colgando del brazo y el abrigo negro abrochado hasta arriba, en medio de toda aquella gente sentada y gritando, de pie, quieta, mirándome.

Como se pone de pie la gente en la capilla de Fountain Street cuando entra el ataúd.

Se quedó de pie hasta que me fui.

El juez me condenó esa misma tarde, a las cuatro.

Cadena perpetua, con la recomendación de que no saliera antes de veinte años.

Leyó la sentencia con voz cansada, sin mirarme más que al principio y al final.

Dijo que yo había traicionado la confianza de la comunidad a la que había servido durante un cuarto de siglo.

Dijo que la gravedad de mis crímenes no se veía atenuada, sino agravada, por mi experiencia.

Dijo que no había mostrado arrepentimiento.

Dijo que el tribunal lamentaba profundamente que un hombre de mi inteligencia hubiera elegido usarla así.

Tenía razón en una cosa. No mostré arrepentimiento. No sabía de qué.

Me bajaron por la escalera estrecha, la de las celdas. Diecinueve peldaños hacia abajo. Un funcionario delante y otro detrás, con la mano en mi codo.

No los conté.

Iba pensando en mi padre.

En Winston Grey, conductor de autobús, sindicalista de pub, con la mano quemada en la fundición de Hunslet, esperándome en la puerta de los calabozos del Ayuntamiento un lunes por la tarde de septiembre de 1963.

En lo que me dijo aquella noche, en la cocina de Chapeltown, mientras mi madre me ponía hielo en la cara envuelto en un paño.

Lo que me había dicho tantas veces, en tantas cocinas, con la cerveza en la mano, golpeando la mesa con el dedo.

Los ricos nos joden a los pobres como nosotros, hijo. Pero si llevas placa, tú puedes joder a esos hijos de puta.

Por eso me hice policía. Por eso y por mi madre. Por las dos voces.

Bajé el último peldaño. El funcionario abrió la puerta de hierro de la celda del sótano. Entré. La cerró.

El golpe del hierro contra el marco de hierro. La llave. Dos vueltas. El cerrojo.

Me senté en el banco de madera, debajo de la bombilla.

Papá , pensé. Al final tenías razón. Los ricos siempre joden a los más pobres.

Pero te equivocaste con la policía.